[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 7)
#11
Ah... No eran todos humanos, no. ¡Al menos eso! No era solo que los esclavos humanos tendiesen a ser los peores esclavos, ¡que por descontado, claro! Es que eran también los más insolentes. Precisamente aquellos que jamás habían vivido la esclavitud no hacían sino jactarse de su amor por la libertad y de su desprecio por la institución. Lo que había que aguantar. Una Lunarian, sin embargo, era otro cantar. E incluso una Kuja, ¡era su día de suerte! Sin embargo, no debía dejarse llevar; era fundamental ver las capacidades de combate de cada uno. El gas ya había comenzado a hacer efecto, claro, y la cuenta atrás había comenzado. Los brillantes ojos verdes de Landon se detuvieron en los hilos que aquel humano de pelo azabache había comenzado a generar. Qué habilidad tan curiosa. En su experiencia, los humanos eran los que más disfrutaban de delegar sus capacidades de combate en las habilidades de una fruta. Aquella fruta, sin embargo, estaba destinada a morir allí, con todos ellos.




El otro humano se situó frente a él, intentando hablar, gesticulando. Landon inclinó ligeramente la cabeza. Aquel no debía de ser el lápiz más afilado del estuche. Un soldado raso... ¿De la División 80, había dicho? Los humanos siempre habían sido los peores, también en la Marina. Recordó cómo solía estampar a sus compañeros humanos contra los muros de la base en mitad de la noche, rompiéndoles cada uno de sus preciados dientes y haciéndoles alguna que otra fractura difícil de explicar luego en la enfermería. Qué grandes tiempos. En cualquier otro momento, Landon se hubiera puesto a rememorar sus tiempos como recluta con pasión, pero supo que sería mejor dejarlo para después. Ahora tenía la oportunidad de volver a llevar a cabo aquellas mismas prácticas con el joven. En aquel instante, aquella insignificante ratoncilla, la Kuja, perturbando el gas a su paso, se había desplazado a una velocidad muy considerable hasta su flanco, propiciándole dos golpes. A Landon, sin embargo, le resultó difícil inmutarse ante aquello, de la misma forma que uno no se preocupa por la picadura de un mosquito cuando está a otras cuestiones. La ratita Kuja podía jugar a su juego, ¿qué daño hacía? Sin embargo, era ese otro humano, el de pelo oscuro, el que le daba ganas de vomitar. Si lo que quería era pelear uno contra uno, Landon le daría una pequeña muestra.

—Gu-gogogo... Lamentablemente, no tengo control alguno del gas. Pero si pelear es lo que quieres, humano... ¡Reh! —dijo, preparándose y poniéndose en tensión. Nadie lo vio, pero, bajo la máscara, sonreía para sí. Sus ojos verdes siguieron su trayectoria al completo, contemplando cómo se aproximaba y esperando al momento perfecto.

Ninguno de ellos parecía ser consciente de la gravedad de la situación. Estaban aterrorizados, sí, y eso se les notaba en la cara, en los ojos, en cada microgesto de sus bocas. Pero no lo suficiente. El gas debía de resultar intimidante, claro, como debía de resultarlo el propio aspecto de Landon. Pero, de nuevo, no era suficiente. Si hubieran sido plenamente conscientes de lo que aquel monstruo pretendía hacer con ellos, ni siquiera la adrenalina hubiera tenido efecto; se hubieran limitado a tirarse al suelo y llorar. Landon no era ningún sádico, claro, pero era un hombre con una tarea, con un propósito: destruir a los no aptos. Los tubos que conectaban con su espalda burbujearon con fuerza. En el preciso instante en que el humano se disponía a golpearle, justo cuando se encontraba ya a escasa distancia de él, Landon saltó como un resorte, lanzando la totalidad de su cuerpo contra el impertinente espadachín de los hilos, aplastando su pecho. Fue como liberar un muelle, descargando toda la tensión que habían acumulado sus músculos durante los instantes previos. Cerca de media tonelada de huesos y músculo pertenecientes a aquella mole golpearon a Cill como un meteorito, arrollándolo e, incluso, provocando que saliese rebotado hacia atrás tras el impacto. En su experiencia, así era como acababan los que intentaban hacerse los héroes.

—Los humanos realmente no tenéis remedio —dijo, su carraspera y pesada voz filtrada por la máscara y recibiendo una pátina metálica en el proceso—. Os preguntaré de nuevo: ¿cómo queréis hacer esto?

En el instante en que finalizó aquellas palabras, echó a correr en dirección al pequeño humano rubio, contemplándolo de arriba a abajo, y, en el mismo instante en que lo tuvo a tiro, propinó un fortísimo puñetazo contra su abdomen, proyectando todo su peso en el movimiento, ejecutándolo de forma simple pero con absoluta efectividad. Se giró, volviendo a mirar en dirección al espadachín de los hilos.

—Capitán Landon Coates —se presentó, dándole la espalda tanto a Akira como a Asherah, haciendo un ademán con el pulgar hacia sí mismo. Aun así, era evidente que se dirigía al llamativo Marine rubio al que acababa de atacar—. Sus órdenes son claras, soldado: máteme o muera. O mate a esta escoria, y sea el último en pie.



Resumen

Información
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 4278 - 336 = 3942
Energia: 3421 - 256 = 3165
Espiritu: 505 + 0 = 505
#12
Atributos Personaje

Landon Coates. Aquel nombre no se le olvidaría nunca. Un nombre de mierda, que pertenece a un “marine” de mierda, que ensuciaba la capa de capitán de aquello que era su portador, mierda. Akira no podía olerlo debido al gas tóxico que rodeaba la sala, pero estaba convencido al cien por cien de que, si pudiera olfatear, a pesar de su mal sentido del olfato, no diferenciaría la peste del dopaje que aquel buccaneer emanaba, sino que olería la mierda en la que se había convertido y que ensuciaba el pulcro color blanco del uniforme. Tanto químico por su cuerpo, tanta necesidad de ayuda a base de chutes solo significaba una cosa: debilidad. Y por muy confiado que pudiera parecer al verse tan grande y con tanta ventaja dada la asfixia a la que estaban sometidos Akira y el resto de los presentes, el joven marine tenía una cosa clara: no iba a permitir que nada ni nadie ensuciara el nombre de la Marina en su presencia.

En la mente de Akira no cabía la posibilidad de matar por gusto, y si él también estaba en aquella sala significaba que era también una posible víctima. Y entonces fue ahí, en ese momento, en ese preciso momento en el que la verdadera escoria dijo su nombre, que aquella sensación de pánico y desesperación se esfumó de la mente del marine, intercambiándose por una sonrisa confiada y llena de adrenalina: máteme o muera. 



Las acciones del resto de sus compañeros eran claras. Ninguno quería estar ahí y ninguno iba a marcharse por las buenas. La capacidad de diálogo estaba completamente anulada, y a pesar de la habilidad que Landon había demostrado al ser capaz de leer los labios, parecía que llegar con él a un entendimiento iba a resultar imposible. Y la mente de Akira estaba procesando lo suficientemente rápido como para darse cuenta de que esta situación no era normal. Si esta gente fueran sádicos piratas, no los habrían encerrado junto él, ya que llevaba puesta la camiseta del uniforme. Y las declaraciones del tipo de seis metros sobre la posibilidad de elegir quienes morir y cómo, habían dejado de provocar en el joven marine aquella extraña sensación de pánico que había originado la foca.

Examinó la escena desde el borde de la sala, interponiéndose entre aquella mujer alada de grandes dimensiones y el falso marine. La mujer no tenía aspecto de querer entablar un conflicto bélico, a diferencia de su amigo Cill y de la otra chica morena de pelo liso, quienes sí tenían los ojos tintados en sangre, por decirlo de alguna manera.

La asfixia por su parte, empezaba ya a picarle en los pulmones como si acabara de sufrir una fuerte alergia, pero supo calmarse gracias a su entrenamiento marcial. Akira era una persona que practicaba apnea como forma de meditación, así que, por esa parte, y por el momento, la asfixia era el menor de sus problemas. El mayor: ser capaces de salir de allí y poder librarse de aquellos collares de esclavo. Y el gordo: Landon “Mierda” Coates. Un cate es lo que se iba a llevar el Coates. Y tras ese pensamiento, Akira apretó y tensó sus músculos, confiado.

Lo que veía desde su posición era lo siguiente, la kuja cargando sus puños y descargando con rápidez dos poderosos puñetazos en la rodilla del falso capitán. Lo siguiente, a Cill retándole e intentando cortarle velozmente con su katana, momento que aprovechó el buccaneer para acercarse él como un misil y propinarle un fuerte golpe en el pecho con el hombro. Akira estaba alucinando, no lograba entender como un marine permitía que se encerrara a la gente de aquella manera e intentara intoxicarla sin ningún motivo. Y sabía que no existía ningún motivo porque sino, un marine como él, no se encontraría en aquella misma situación. Notó cómo los tubos enganchados a su espalda burbujeaban y se rascó el cuello, justo debajo del collar, que seguía emitiendo ruiditos extraños. No era capaz de confirmar que aquella sustancia verde actuara de potenciador de alguna manera, pero sí que cada vez que realizaba algún esfuerzo físico las burbujas aparecían con más frecuencia. Si realmente aquello era lo que le permitía respirar aquel aire tóxico, tenía que quitárselo. Y de pronto, puñetazo.

La velocidad de aquel tipo era digna de admirar, pero por suerte, Akira se preparó lo que pudo para mitigar el golpe al haberse encontrado en posición de combate. Aunque esto fue inútil para detener un posible daño, y se comió el puñetazo de lleno con en el abdomen. Si bien eso le hizo sentirse algo confuso y desorientado, no afectó para nada en su convicción de que saldrían de allí. Vivos. Apretó más el abdomen y con molestia retomó la compostura.

Y entonces, Landon le dio la espalda a Akira y a la lunarian, presentándose con su rango y su nombre con aquella voz que buscaba intimidar, pero consiguiendo, en el auténtico marine, el efecto contrario—. A confianza no me gana nadie —pensó, sonrió y saltó hacia él con una velocidad de infarto mientras se quitaba la camiseta, siendo incapaz esta vez de ver como el marine le acortaba distancia.

Aprovechó que le estaba dando la espalda para colocarle la camiseta en la cabeza y anularle por completo la visión, intentando conseguirles al resto el margen suficiente como para poder atacarlo de nuevo. Alguien que se hacía llamar marine y que llevaba una capa de capitán, debía de comportarse como tal, pero esta persona no era digna ni de poder tocar la camiseta con las divisas de soldado raso que Akira le acababa de poner en la cabeza—. Me das vergüenza —y tras cortarle el campo de visión, en la caída vertical se enganchó como una garrapata a los tubos que conectaban con su espalda, con intención de tirar de ellos con la fuerza suficiente como para arrancárselos, o al menos, desenchufarlos de su cuerpo.



Info.
—Hablo —. ”Pienso”
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2541 - 580 = 1961
Energia: 2317 + 12 = 2329
Espiritu: 378 + 0 = 378
#13
Atributos Personaje


Si acaso, mi primer gesto —ese leve movimiento escalonado de los dedos— pasó completamente inadvertido, disuelto antes de existir en un escenario donde todo comenzó a precipitarse con una velocidad que no dejaba espacio para sutilezas.

El primero en moverse fue Cill, y no lo procesé como una decisión ajena sino como algo reconocible, casi inevitable en él: esa forma de avanzar cuando ya no queda margen para esperar, cuando el mundo deja de ser diálogo y se convierte en pulso. Cruzó el umbral con una determinación que no necesita imponerse en lo evidente y, aunque no pude seguir cada uno de sus movimientos —demasiado lejos de mi eje inmediato para cuando ya estuve en movimiento— comprendí lo esencial: había decidido atacar, sin tanteos ni mediciones, como si cualquier otra opción ya hubiese sido descartada.

Tras él, la otra figura irrumpió casi como una consecuencia natural: la mujer de piel oscura, de movimientos tensos y directos que no dejaban lugar a interpretaciones. No necesitaba conocerla para entender su intención; su trayectoria surcó limpia y frontal por el rabillo de mi ojo, cargada de una visceralidad que no negociaba con el entorno. Iba hacia el enemigo sin rodeos, como si su cuerpo hubiese decidido antes que la mente.

No intenté seguirles. No podía.

Mi atención se replegó hacia lo inmediato, hacia aquello que aún podía sostener sin quebrarse, y se detuvo en el marine rubio de pelos pinchudos, cuya presencia —menor en tamaño frente a la mía— resultó imposible de ignorar por la forma en que se posicionó. Se interpuso entre esa cosa y yo sin teatralidad, sin gestos heroicos, sino con una naturalidad casi mecánica, como si su cuerpo respondiera a una lógica que el mío recién comenzaba a comprender. En ese gesto, reorganizó mi campo visual, lo volvió centro, referencia, un punto fijo dentro del desorden.

Lo observé desde mi altura, con esa perspectiva inclinada que me obligaba a abarcarlo en descenso: los gestos amplios, la insistencia de su boca intentando articular palabras que el aire ya no permitía sostener, esa obstinación —casi absurda y, sin embargo, firme— de aferrarse a un orden que claramente había dejado de existir. No era debilidad ni ingenuidad pura; era otra cosa, algo que mi mente, todavía enturbiada por el miedo, no terminaba de encajar.

Y fue en ese mínimo desvío donde todo cambió.

No vi el golpe ni el movimiento que lo originó, pero el resultado bastó para reconstruirlo. Cill ya no ocupaba su lugar; el espacio que antes le pertenecía había sido quebrado, desplazado con una violencia que no necesitaba explicación. Entendí, sin más, que había sido alcanzado de lleno.

El aire se volvió más denso, o tal vez fui yo quien dejó de poder sostenerlo igual.

La respiración se acortó sin permiso, y esta vez no fue solo el gas. Fue el miedo, intacto, persistente, alojado entre el pecho y la garganta oprimida por el metal como una presión constante. No estaba hecha para eso, no quería estar ahí, no había en mí impulso alguno de confrontar, de herir, de imponerme sobre otro cuerpo.

La cobardía seguía viva, pero había cambiado de forma.

No se transformó en valentía de un momento a otro ni se disipó como un espejismo; simplemente dejó de inmovilizarme. Se replegó lo suficiente, mientras tragaba saliva, para dejar espacio a algo más urgente: la certeza de que permanecer quieta, de seguir observando sin intervenir, no era una forma de conservarme… sino otra forma de desaparecer. No solo yo. Todos.

La respiración tembló, irregular, contenida detrás de mi mano, pero se sostuvo. Porque el miedo ya no me retenía; me empujaba.

Volví al marine, o quizá el mundo me devolvió a él sin darme elección.

Esta vez el impacto ocurrió dentro de mi campo de visión, aunque tampoco pude seguirlo completo. Percibí la proximidad, el desplazamiento de esa masa desproporcionada, y luego el cuerpo del rubio absorbiendo el golpe en el abdomen, doblándose apenas lo suficiente para que incluso yo, limitada en lo físico, pudiera comprender su magnitud.

No cayó.

Ese fue el primer pensamiento claro.

No cayó.

Hubo un instante breve en el que pareció tambalearse, en el que cualquier otro habría cedido, pero él se sostuvo, ajustó el cuerpo y volvió a erguirse dentro de lo que el dolor le permitía, aferrándose a algo que no dependía de la comodidad ni de la lógica.

Entonces la voz irrumpió, grave y metálica, filtrada por la máscara hasta volverse casi irreal, desprovista de cualquier rastro humano reconocible. Ya no necesitaba comprender cada palabra ahora que lo tenía cerca; la intención atravesó el aire con claridad. Se presentó no como cortesía, sino como dominio, como si su nombre bastara para definir el desenlace. Capitán. Orden. Matar o morir. Las piezas encajaron incluso en medio de la asfixia.

No había negociación. No había salida simple. Solo una estructura donde alguien debía permanecer en pie.

Y entonces hizo algo que terminó de romper cualquier ilusión de equilibrio: Nos dio la espalda.

No fue descuido, no podía serlo; era una forma de control, una declaración silenciosa de superioridad, como si ninguno de nosotros mereciera aún su atención completa. Comprendí, en ese gesto, la distancia real que nos separaba de él, y esa comprensión pesó más que cualquier golpe o improperio que no hubiese recibido.

Sin embargo, el marine no se detuvo.

Lo vi recomponerse lo suficiente para tomar una decisión sin titubeo, llevar las manos a su camiseta y desprenderse de ella en un movimiento rápido.

Luego saltó.

Fue un impulso preciso, contenido y liberado en una sola dirección, como si todo su cuerpo hubiese sido diseñado para ese instante. Durante un segundo lo vi elevarse, recortándose contra la figura del enemigo, y en ese gesto hubo algo más que ataque: hubo ingenio.

La tela cubrió el rostro del capitán, buscando anular esa mirada que hasta entonces dominaba el espacio, y en el mismo movimiento, aprovechando la caída, su cuerpo se aferró a los tubos que emergían desde la máscara hacia su espalda.

Tiró.

No supe si sería suficiente ni si lograría algo tangible, pero lo intentó, y en ese intento, en esa decisión de actuar aun frente a la desproporción, algo terminó de acomodarse dentro de mí con una claridad que ya no admitía evasivas.

Esto no iba a resolverse esperando.

El tiempo ya corría en contra, el aire dejaba de ser un recurso fiable, y frente a nosotros no había un oponente que dudara, sino una voluntad que ya había decidido el final.

Y yo no quería pelear. No quería herir. No había en mí nada que deseara imponerse sobre otro. Pero tampoco podía quedarme inmóvil. Porque esa pureza, si elegía no intervenir, no protegía a nadie. Y fue desde esa comprensión —extrañamente serena, nacida del mismo miedo que aún me habitaba— que entendí que incluso alguien como yo debía moverse, no por deseo de confrontar, sino por la necesidad de que, al menos, la historia no terminara en silencio.

Y entonces me moví.

No como ellos, no desde la furia ni desde el impulso de quebrar algo, sino desde ese lugar más inaudible donde el cuerpo decide intervenir sin traicionarse, donde la acción no nace de la violencia sino de la precisión. No iba a enfrentarme a él en su propio lenguaje, pero podía alterar lo que ya estaba ocurriendo, inclinarlo apenas, lo suficiente.

Mis alas se desplegaron con firmeza contenida, empujando el aire en un batir corto y preciso, y el espacio que me separaba de ellos —apenas un par de metros— dejó de ser distancia para convertirse en trayectoria. Así me deslicé, trazando una diagonal limpia que no buscaba el frente ni el centro, sino el ángulo que él mismo había expuesto al darnos la espalda.

El rubio aún tiraba, suspendido en su esfuerzo, y no interrumpí su acción: la tomé, la integré. Mis manos encontraron su cuerpo en el punto exacto donde podía sostenerlo sin desviar su intención, amplificándolo en lugar de sustituirlo. La sujeción fue firme, casi orgánica, como si su impulso y el mío pudieran volverse uno solo.

Y entonces batí las alas otra vez con más fuerza.

El empuje no fue frontal ni ascendente, sino inclinado, arrastrando la inercia en una diagonal que nacía desde la espalda del capitán, forzando una dirección que no estaba preparada para resistir. No buscaba solo desprender los tubos, sino romper su eje, negarle ese equilibrio invisible que sostenía su aparente invulnerabilidad.

Porque incluso una mole necesita sostenerse en algo.

Y por un instante… se lo intentaríamos negar.

El tirón dejó de pertenecer solo al marine; se convirtió en vector, en palanca, en una fuerza que ya no dependía únicamente de sus manos y brazos, sino de todo mi cuerpo proyectándose en esa dirección. El aire pareció comprimirse, como si cada partícula se alineara para empujar lo imposible un poco más allá de su límite.

No supe si los tubos cederían, si se romperían o si apenas crujirían lo suficiente para desestabilizarlo.

Pero sí supe algo con absoluta claridad: estaba dentro de la acción, sosteniéndola, empujándola, formando parte de algo que ya no podía detenerse. Porque a veces no hace falta ser quien rompe...

A veces basta con empujar en el instante exacto… para que todo lo demás termine de ceder.


Cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]
#14
Atributos Personaje

Eterno conflicto.

La dicotomía que subyace bajo un endeble suelo que oculta la lucha sempiterna entre la razón y el instinto. La razón que la cordura grita dentro mío que es un enemigo que me supera en todos los aspectos, y la falta de aire y gas en la cámara es una sepultura con fecha y hora grabada junto a mi nombre, y, por otro lado el instinto, ese que saca a relucir el lado más primitivo de la psique humana, el instinto de supervivencia. Ese que gritaba y rugía con uñas y dientes por mi libertad, por mi vida, por Miyori, por Alek, por elegir creer que hasta que no hubieran pruebas de que no estén con vida aún puedo salvarlos, por no volver a vivir aquello que viví años atrás… No estaba dispuesto a perderlo todo otra vez… La eterna lucha dentro mío entre el pánico y el terror por aquel poder abrumador que aún recorría mi cuerpo en chispazos, y mi espíritu que como una débil llama que parecía extinguirse poco a poco comenzaba a revivir como fuego sin control. Estaba con miedo, estaba aterrado, estaba sudando de los nervios, mis manos aferraban la katana para convencerse de que no había temblor, pero también estaba vivo, también estaba luchando, y aunque tuviera un collar en mi cuello todavía era libre… El oxígeno menguaba, escurriendo el tiempo como agua por las manos, cayendo lentamente a lo inevitable, pero el vigor volvía…

No me quedaría allí.
No moriría allí.
Y si así tocaba, lo haría a mi manera..
~ Una apuesta más… ~ pensé intentando convencerme… Animarme… Porque si éste era mi último día, mis últimos momentos… Serían a mi manera… Serían como un hombre libre que amó luchar hasta el fin, y hasta el último momento, nada se guardó…

En el momento que me había lanzado a Coates, vi la apertura mientras iba hacia él… La velocidad de la Kuja superaba mi visión, pero no miraba a ella, miraba a él, que se distrajo volteando su vista a mi buen amigo Akira, y a la Kuja que le atacó valientemente. En ese momento, a los dos metros que se encontraban de Landon mis hilos, dos pares uno por cada flanco, arremetieron juntos en dos latigazos a su punto ciego en la espalda. Y seguí hacia él para intentar cortarlo a la altura de su cintura, pero aquella mole era fuerte… Y de un topetazo me mandó a volar…

Por un momento en aquel empujón de dos metros, todo dió vueltas en mi cabeza, fué como si mi cuerpo hubiera recibido el golpe, luego el empuje, y se despidiera solo quedando mi mente suspendida allí en el impacto y luego fuera tras mi cuerpo… Dolió, mierda que dolió, el feo enmascarado pegaba duro, pero no me podía permitir caer, no ahora… Aterricé como pude, con pies y manos, casi como quien adopta la postura de un animal. Atiné a incorporarme instantáneamente pero me tomé un segundo a menear mi cabeza e intentar recomponerme de aquel golpe, que progresivamente iba mi mente conectando con mi cuerpo otra vez. Siquiera podía jadear o regular la respiración y nivelar el oxígeno para ayudar el sistema nervioso, situación inoportuna como poco…

Tenía que luchar, no iba a finalizar mi viaje apenas comenzar, mi mente aún tambaleaba por efecto de aquel golpe, mi cuerpo aún recalibraba su funcionamiento, y mi espíritu recién comenzaba a levantarse nuevamente de a poco a medida que avanzaba aquella encarnizada lucha, a pesar de que de igual manera, el oxígeno cada vez era menos. Al parecer Landon también le había dado sus saludos a Akira, aunque no pude verlo, aún tomaba mi segundo aire.

Sin embargo no podía quedarme… De mi mano izquierda aún sin moverme, de esos dedos, volvieron a aparecer cinco hilos que sutilmente, cuatro comenzaron a salir pegados al suelo, en dirección a Landon, lo más veloz que podía, mientras que el último, comenzó a envolver el acero de mi katana… Ahí me incorporé con vista a mi enemigo, cuando ví que Akira se lanzó sobre él cubriendo su rostro y aferrándose a los tubos de su espalda intentando arrancarlos, incluso Asheera la comerciante hizo su parte ayudando a mi preciado amigo. Mis hilos estaban allí ya, donde tenían que estar, en el momento oportuno para aprovechar aquel momento de distracción y apertura en el enmascarado. Rápidamente dos de los hilos subieron envolviendo sus piernas fuertemente, y los otros envolviendo su torso con brazos y todo, mientras utilizaba mi energía para hacer el mayor esfuerzo posible, no lograría atraparlo por mucho tiempo, pero si el suficiente y más del que le gustaría al buccaneer, quien por el momento se encontraba inmóvil. Corrí hacia el cuatro metros, y salté directo a él, de frente, cara a cara, para darle un corte directo con la katana en su rostro, rompiendo finalmente su máscara para poder ver por fin su cara. Al caer di un salto de dos metros hacia atrás y me alejé un metro más, quedando a tres metros alejado de Landon.

—Si no piensas quitar el gas, te vas a morir también, marica— le dije en mímica con los labios, aterrado ante la idea de que sí, tenía razón en lo que le dije, pero allí, yo seguía siendo la presa.

inventario

Bélico

Karmas

gastos y eso

akuma

resumen

off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1757 - 606 = 1151
Energia: 1810 - 729 = 1081
Espiritu: 213 + 0 = 213
#15




A medida que terminaba de pronunciar sus palabras hacia el Marine rubio, y viendo cómo el espadachín pelinegro se disponía a moverse, echó a correr contra la joven Kuja. Aquel tipo de los hilos sabía lo que se hacía. Para ser humano, llegaba a ser enormemente competente, aunque, claro, el mérito debía de ser de su fruta. En cualquier caso, Landon no estaba dispuesto a dejar que aquello se prolongase mucho más de la cuenta; tenía una misión, un objetivo a realizar. Tras aquella máscara espeluznante, corrían aquellos pensamientos químicamente alterados, en antinatural cadencia, que habían determinado que aquella sería su siguiente presa. Cada paso de Landon Coates retumbaba en la enorme estancia, haciendo vibrar incluso aquel suelo de sólido hormigón armado, corriendo como un ariete monstruoso. A medida que corría, sin siquiera percatarse de la treta que habían intentado pergeñar el Marine rubio y la Lunarian, dejó atrás lo que fuera que intentaba hacer Cill con sus hilos. Estos, en su lugar, atraparon al Marine, que, en pleno salto, quedó en la posición idónea para recibir el tajo proveniente del pirata.

Justo mientras se detenía, se produjo una grotesca sonrisa tras la máscara, oyendo cómo la hoja cubierta de hilos cortaba el abdomen de Akira. No era ningún sádico, pero le encantaba cuando la gente empezaba a perder la cabeza, cuando la desesperación hacía su trabajo por él. La mole alzó a la Kuja, diminuta en sus manos, girándose de nuevo sobre sí mismo para contemplar a Cill y Akira (o, mejor dicho, para que ellos lo viesen a él), sujetando su hombro y su pierna y situándola en horizontal frente a él, justo mientras, en un rápido movimiento, clavaba su rodilla derecha en su espalda, produciendo un estremecedor crujido que retumbó sonoramente por toda la sala. Crac.



Landon era consciente de que, pronto, el gas haría su efecto, y todos caerían doblegados. En cierta forma, le daba rabia no ser él mismo quien finalizase el trabajo, tal vez por el hecho de que aquellos aspirantes a esclavos se le hubiesen resistido lo suficiente como para que tuviese que ser aquella silenciosa asfixia la que acabase con ellos en su lugar; una suerte de muesca en su orgullo profesional, por decirlo de alguna manera. Aquella máscara muda, de ojos verdes y brillantes, rabiaba. Sus dedos se apretaron con fuerza sobre la misma pierna de la Kuja, rompiendo su carne a simple y pura presión mecánica y cubriéndose de la sangre proveniente de su musculatura, que comenzó a chorrear sobre el suelo de hormigón. —¡Reh! ¿Habéis vist...?

Se dio cuenta de algo en aquel momento: había dejado de entrar gas en la sala. El aire estaba lejos de poder ser considerado limpio, pero ahora era posible respirar... y hablar. —¿Qué hacéis los de control? —preguntó Landon, dirigéndose, aparentemente, a la nada, mientras mantenía su atención en sus presas, aún sujetando a la Kuja. —Parece que te han concedido tu deseo, humano de los hilitos... ¡Gu-gogogo! ¿Queréis venir a jugar ahora?



Resumen

Información
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3942 - 736 = 3206
Energia: 3165 - 721 = 2444
Espiritu: 505 + 0 = 505
#16
Atributos Personaje
La atmósfera en la cámara de gas, por llamarla de algún modo, se empezaba a sentir como una sopa espesa, un vapor tóxico que convertía cada bocanada de aire en una sentencia de muerte, pero Akira no iba a permitir que eso acabara con él. El silencio era absoluto, solo lo interrumpía Landon con sus ocurrencias y esa arrogante confianza. Y es que aquella presión física que los obligaba a mantener los labios sellados a la fuerza, ya empezaba a agobiar en exceso al joven marine, necesitaba decirle algo, necesitaba gritarle al oído hasta dejarlo completamente sordo la basura que era.

En el centro de aquella nube tóxica, estaba Landon, el bully que por verse mucho más grande se pensaba que podía abusar de los demás sin ningún motivo. Se erguía como una estatua inamovible, con la mandíbula apretada debajo de esa horrible máscara.

Y a su espalda, Akira, que todavía podía sentir el dolor del impacto anterior vibrando en su estómago y sus costillas. Al haberse interpuesto entre él y Ashera, actuó como un escudo humano para la chica alada, y sin ni siquiera esperarse aquel golpe de manera tan gratuita, por eso de que compartían uniforme y alguna tontería más como que, sin ir más lejos, él no había hecho por atacarle… Bah, tonterías. Eso sí, tonterías las justas. El dolor era un recordatorio de la fuerza bruta de Landon, una fuerza que ahora parecía canalizar hacia su siguiente movimiento.

En un acto de desesperación y estrategia bien medida, el marine se arrancó la camiseta con un movimiento violento mientras la lanzaba con todas sus fuerzas al rostro del traidor, buscando cegarlo y conseguir así un respiro. Metafórico, claro, ya que no podían respirar. Pero Landon no era un bruto torpe, como ya mencionamos antes, lo que era un típico bully… Con un movimiento de cuello casi fluido, dejó que la prenda pasara de largo y sus ojos, fríos y cargados de una disciplina militar envidiable pero repugnante, ni siquiera se detuvieron en Akira. Fue directo a por Runin.

Se lanzó hacia ella y Akira quería gritar, ordenarle agresivamente que corriera, pero sus pulmones estaban cerrados y su sangre ahora, en la caída libre, bombeaba cada vez más fuerte al ver el destrozo que le hizo a la pobre muchacha. Y antes de que pudiera dar un paso al tocar nuevamente el suelo, el desastre lo alcanzó de mano de su amigo. Los hilos de Cill se enredaron en su torso y piernas, unos hilos que habían medido perfectamente las dimensiones de Landon, que media 6 metros, y eso fue lo que le dio margen de acción al artista marcial. Su compañero, confundido por la velocidad de Landon, lo había confundido con el enemigo. Pero, por suerte, aquellos hilos no apretaron. El descomunal tamaño de Landon le permitió a Akira soltarse fácilmente dado que se había quedado en el centro de aquel agarre que pretendía rodear al gigantón.

Se quedó unos segundos paralizado, forcejeando contra unos cables casi invisibles que al contrario de lo que el pensaba, se habían destensado al no tener el volumen del falso capitán. Y aunque en su mente, en esa prisión, Landon alcanzará a Runin y cayera al suelo, inerte, con los ojos vacíos, la realidad dio un vuelco. Y el tajo de Cill le alcanzó al él, algo que pudo ver venir, pero que dadas las circunstancias y la distracción de los hilos, se comió de lleno.

Y no pas ni medio segundo que hilos de Cill, que antes parecían irrompibles, perdieron su fuerza y se esfumaron. Cayendo unos pocos sin peso, como si la voluntad de su creador se hubiera desvanecido. Miro a Cill, que estaba frente Akira. Le negó con la cabeza mientras le mostraba una sonrisa, confiado de que todavía era capaz de maniobrar. No iba a tenérselo en cuenta, Landon era más rápido que él y podía notarlo, pero también sabía que su intención era el gigante. Y a pesar de verse la vista algo nublada por la pérdida de sangre causada por el corte, que se había convertido en una hemorragia, eso no afectaba para nada a lo que estaba por venir. Landon media 6 metros, le daba igual tener que llevar gafas, era evidente que podía diferenciarlo y saber donde tenía los brazos y las piernas. Apretó el abdomen, tensó el cuerpo…

Y en ese mismo instante, las rejillas de ventilación rechinaron y una corriente de aire puro barrió el gas en un suspiro.

Y el estúpido de Landon, confiado, le vaciló de nuevo al espadachín, que anteriormente le había retado a pelear en igualdad de condiciones. Ese fue el error del que se arrepentiría toda su vida.

La mente de Akira trabajó a una velocidad sobrenatural, analizó el escenario asegurándose de que Ashera se encontraba fuera de su alcance, al igual que Cill. Y echó a correr como loco hacia Landon, realizando una especie de zigzag por si volvía a intentar embestir como un toro. Pero en una sala de dime si les tan reducidas, tenía que medir muy bien la manera en la que enfrentarse a aquella mole que tanto espacio ocupaba.

Podía verse a sí mismo por un breve momento rebotando en las paredes, haciendo uso de su escasa pero útil agilidad. El haber aguantado la respiración mentalmente le había afectado, y no por la apnea, sino por la posibilidad de morir a causa del gas y por la imposibilidad de responderle a la cara al buccaneer. Pero la rabia por Runin exigía algo más devastador, algo que no buscara esquivar, sino destruir. Algo directo, que les fuera útil para salir de aquella sala. La velocidad extrema tal vez vendría más adelante, cuando abrieran aquella puerta, ahora no pretendía ser una pelota de pinball, sino un martillo que medía la fuerza. ¿No habían ido a un parque de atracciones? Pues aquí llegaba la primera atracción:

—¡CABEZA MILITAR GIRATORIA! ¡AHORA QUE BULLY DE MIERDA! ¡TE VOY A MEAR EN LA CARA, VAS A RESPIRAR ÁCIDO CABRÓN!

Se lanzó de cabeza contra el suelo, utilizando la inercia de la carrera para clavar la coronilla en las baldosas, y en un alarde de fuerza centrífuga, el cuerpo de Akira comenzó a girar. Y lo que empezó como un giro se convirtió en un en un tornado humano. Sus piernas se transformaron en aspas de acero que cortaban el aire acumulando una energía cinética aterradora.

—¡ESTÁS MUERTO!

El impacto fue colosal. Sus pies conectaron directamente contra las costillas de Landon gracias a un envite que dio con la cabeza en el suelo ayudándose del giro. Y Landon, que pesaba cientos de kilos de puro músculo, fue arrancado de su sitio. Su cuerpo cruzó la sala, estampándolo, recorriendo diez metros exactos antes de estrellarse contra el muro reforzado, cuya estructura crujió ante el peso del traidor, que seguía vestido de blanco.

Y en ese desplazamiento, antes de que el gigante tocara la pared a causa del impacto, antes de que le diera tiempo a recorrer esos diez metros, antes de que pudiera siquiera procesar el golpe, el rubio se puso de pie de un salto y se lanzó en una línea recta de pura potencia. Era el momento perfecto para encadenar su segundo ataque:

—¡BUTO TRAIDOR! DIGO, ¡PUTO TRAIDOR!

Su cabeza impactó con la fuerza de un mazo directamente en su mentón, ignorando la máscara pues el golpe le vino desde abajo, en la barbilla, y obligándolo a cerrar la mandíbula con un estallido seco.

El cabezazo de Akia hizo que la cabeza de Landon rebotara hacia atrás contra el muro.

Y ese mismo instante, antes de caer de nuevo, las manos de Akira se cerraron sobre sus hombros y con un gruñido desprecio, trío con fuerza hacia afuera con toda su rabia. La tela se desgarró y ese fue el canto de victoria del marine. Le arrancó las divisas de capitán de la Marina de los hombros, arrebatándole aquello que creía tener, su rango y su honor.

—No te mereces esto maldito trozo de mierda gigante. Me das vergüenza.

Se las metió las divisas, tejidas en hilo dorado, en los bolsillos del pantalón mientras se alejaba caminando de espaldas en dirección a Runin, dejándole espacio a Cill para que continuara lo que había dejado a medias y vigilando por el rabillo del ojo que Ashera se encontrara bien, pero sin perder de vista a Landon.




Info.
—Hablo —. ”Pienso”
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1961 - 705 = 1256
Energia: 2329 - 248 = 2081
Espiritu: 378 + 0 = 378
#17
Atributos Personaje



La tenacidad impoluta de las almas, aferradas al vano concepto de la vida, vibra en la inhóspita estancia, colmada por una sustancia aeriforme que no deja de arreciar. La vital necesidad de respirar se vuelve infame e ínfima ante el escenario que se cierne sobre ellos. ¿Qué los empuja a continuar? ¿Supervivencia u orgullo? ¿Cólera o miedo? ¿Esperanza o apatía? La dicotomía de la naturaleza humana se torna en motivo de burla para quien los pone a prueba, aquel que se yergue ante ellos con desdén y preeminencia: Landon Coates.

El verdugo.

Aquel uniformado de formidable estatura convertido en el epítome de la arrogancia, en uno de los tantos que se reconocen a sí mismos como los más fuertes, capaces de mostrar la indiferencia más despreciable, de romper los sueños de los más inocentes y ahogar la esperanza de aquellos que anhelan la libertad. ¿Ellos qué son en comparación? Insectos pegados contra la piel en la calurosa selva, la infinidad de partículas de polvo esparcidas por el vasto mundo, el sonido de un solitario pez al nadar en la inmensidad del mar.

Un elefante jamás dedica tiempo a apreciar una hormiga.

Si una de ellas se entromete en su camino, simplemente continúa, así deba pisarla. ¿No es así?

Un parpadeo es suficiente. La mirada se nubla durante un instante, la mente se aferra a conectar imágenes, el cuerpo se tensa repentinamente y los labios se oprimen entre sí ante la incapacidad de emitir vocablos. Cada sentido se atenúa al notar el vacío que se extiende en su estómago. La respiración mengua a vertiginosa velocidad, un sonido atascado emerge desde el fondo de su garganta, obligándola a separar su labios.

Durante un instante todo ha sido oscuridad y después, la mirada chocolate observa el techo del recinto en una posición en la que no recuerda haberse encontrado. El mundo se torna difuso al intentar moverse, percatándose de lo obvio: desde que sus cuellos fueron apresados, unas oscuras y enormes garras se cernieron sobre ellos, sobre sus voluntades.

Un crack llena la silenciosa habitación.

Los labios se separan aún más que antes, temblorosos, la comisura de los orbes se siente acuosa y un grito que no termina de salir se estrangula en su garganta.

”Duele”

¿Qué importa si duele?

”¡Mi espalda!”

¿Qué importa si es su espalda?

”¡DUELE!”

Otra vez

¿Qué importa?

No importa nada. No importa cuando de repente los dientes se presionan entre ellos, apretándose en una resiliencia carente de lógica, un coraje que reverbera en su mirada inyectada en odio y en el hilillo de sangre que chorrea de sus labios al haberse mordido sin darse cuenta. Tampoco importa cuando al instante de haber sido atacada, sintiendo el dolor como una fuente de cordura, su brazo libre, el derecho, gira tres veces a velocidad absurda.

Siente repulsión por aquellas asquerosas manos que se atreven a tocar su anatomía, desea alejarlas, necesita alejarlas. En un movimiento más acostumbrado que consciente lanza un puñetazo que acierta en la muñeca derecha de Landon, aquella que sostiene su hombro. Los orbes chocolate de la fémina se abren con sorpresa al sentir bajo sus guantes el cosquilleo propio de quien actúa impulsada por la violencia.

Ahí está.

La repugnante impresión de entender que con ese tipo de ataques sin sentido no logrará siquiera llamar la atención del elefante en la habitación. ¿Por qué? ¿Por qué la sensación es similar a la de golpear una enorme viga de acero anclada en la profundidad de una superficie firme? El punzante dolor recorre el puño de la amazona, un hormigueo persistente se vuelve irrelevante ante el contraste del segundo ataque ejercido por el marine.


Su pierna.

El rostro de la amazona se desfigura en un gesto plagado de aflicción. Incapaz de gritar a viva voz, continúa apretando los dientes hasta hacerlos chirriar, la conciencia escapa y vuelve al instante, las voces se sienten ajenas y la presencia de todos los afectados en ese lugar se vuelve invisible; un horrible y agudo calambre asciende hasta hacer que todo su cuerpo vibre en un vano intento de escapar del dolor. La acuosa mirada se transforma en una lágrima que cae hacia la superficie al igual que las gotas de sangre que tiñen de rojo el suelo de hormigón.

El cuerpo se siente endeble y lánguido, como si se tratase de un pañuelo raído por el tiempo y las circunstancias, por el uso o el desuso. La cabeza se siente pesada, la mente actúa letárgica y el pecho… ¿Por qué duele tanto algo que no puede sentir con sus propias manos? ¿Por qué se estruja como si hubiera perdido algo? ¿Será el ego? ¿El orgullo? ¿La templanza? La lista se puntúa mientras los vocablos entrecortados de Landon se escuchan como el sonido del agua al descender por un lejano riachuelo.

Aquella repugnante voz solo se ve mermada por el recuerdo de cierto azabache sosteniendo su cuerpo después de verla llorar sin aparente control.

"Eres una guerrera amazona ¿recuerdas?"

Algo en la mente de la fémina empieza a aclararse, no, no solo es su mente; los dedos de su mano derecha se mueven erráticamente, como si se tratase de un impulso involuntario. El pecho asciende y desciende inconscientemente, no se percata en un principio, no hasta que lo hace por una segunda vez. ¿Está… respirando?

"Cuento contigo para que salves mi trasero."

La dulce jocosidad reverbera en sus oídos como si pudiese revivir el momento en el que zarpó de Isla Karate para llegar a Sorbet, donde conocería a varios de sus nuevos compañeros de tripulación, sus amigos… su familia. Los músculos de la mandíbula se relajan un solo segundo al igual que su adolorido cuerpo, como si se estuviera rindiendo, a punto de sumirse en un sueño eterno… hasta que cierta sonrisa es rememorada como un fatídico golpe de realidad. Aquella noche, aquel momento, aquellas palabras…

"Después de todo, confío en ti."

De repente la fémina abre los ojos con fuerza, respira a profundidad y permite que los músculos vuelvan a tensarse. La primera imagen que prima en su campo de visión es la de Landon. Lo segundo que sabe es que su brazo derecho gira una vez  a velocidad absurda.

¿Runin Kitay ha estado a punto de rendirse? ¿A punto de dejarse llevar por la ambrosía de la inconsciencia y, de seguro, posterior muerte?

”¡NO!”

Se dice a sí misma, como si algo rebotase en un golpe seco contra sus propios pensamientos. El brazo gira dos veces más, preparada para contraatacar a una absurda velocidad.

”No será así, no será aquí y, definitivamente, no será contra él.”

No existe tiempo alguno para dudar o elaborar complejas estrategias. Ha pasado toda su vida luchando por sobrevivir, aferrándose a ese concepto frágil y efímero que es continuar con vida… y siempre ha salido adelante. Por ello, incluso bajo esas condiciones, aún con todo en su contra, no hay una sola razón para desconfiar de sí misma.

”Si él… no, si ellos confían en mí, entonces. ¿Por qué no he de hacerlo yo?”

Sin perder tiempo la fémina gira ligeramente su cuerpo hacia adentro, el puño cargado por su fruta del diablo brilla alrededor de sus guantes y por todo el brazo derecho cuando vuelve a alcanzar un segundo puñetazo al antebrazo derecho de su oponente, porque desde ahora se niega a verlo como su captor, aún si está literalmente en sus manos.

Al fin la enérgica voz de la amazona resuena.



—¡DESDE AHORA HARÉ QUE TAMBIÉN ODIES A LAS KUJAS, CARIÑO! ¡¡¡STAR TRIAL!!!

El golpe brilla en medio de ellos. Sus cautivos compañeros han sido atacados anteriormente por Landon, incluso entre ellos -fuera de la mirada de la fémina de mirada chocolate-. Así que ¿Qué posibilidad tienen ahora? ¿Qué pueden hacer contra aquella mole de músculos e irrespeto? ¿Tienen alguna oportunidad?

¿Saben?

Eso no importa.

No importa si le hace o no el daño suficiente. No le interesa si sus posibilidades son nulas, lo único que desea es ver a aquel marine corrupto retorcerse en su propia confianza y arrogancia; porque en cuanto a osadía se trata, aquel cuarteto está muy por encima de Landon Coates; el siguiente en demostrarlo, sin duda alguna, es aquel marine: Akira.



BOLSA DE ESTRELLITAS
[Imagen: MQT49Lq.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2594 - 1350 = 1244
Energia: 2503 - 98 = 2405
Espiritu: 480 + 0 = 480
#18
Atributos Personaje


Cuando el marine de pelos pinchudos saltó, algo en mí se tensó sin aviso, como si el cuerpo hubiese entendido antes que la mente la importancia de ese instante, y durante ese breve segundo en que su silueta se recortó contra la figura descomunal del capitán sentí que todo encontraba un orden mínimo, suficiente para que ese gesto tuviera sentido dentro del caos; había en su movimiento una determinación limpia, casi hermosa, que no nacía de la violencia sino de una necesidad más profunda, de esa voluntad que avanza incluso sin garantías.

Y aun así, no se concretó.

Lo percibí antes de poder pensarlo y mucho menos el notarlo con la vista, en esa forma extraña en que el error se siente primero en el cuerpo, porque el capitán se desplazó con una precisión inquietante, apenas lo necesario para vaciar de sentido el punto de impacto, y de pronto el impulso del rubio quedó suspendido en una intención sin destino, como si el mundo hubiese retirado el suelo justo antes de que pudiera pisarlo.

Entonces todo se volvió denso, no caótico sino saturado, con demasiadas cosas ocurriendo a la vez, y en medio de esa superposición apareció la interferencia: una tensión que no correspondía, algo que se interponía en su trayectoria, y entendí —más por intuición que por claridad— que eran hilos, que otra voluntad había irrumpido en ese mismo instante sin coordinación posible.

El corte llegó como consecuencia, no como imagen nítida, porque no alcancé a verlo completo entre cuerpos y movimientos cruzados, pero el resultado fue suficiente cuando su cuerpo tocó el suelo, arrastrado hacia abajo en una caída que me apretó el pecho de una forma más profunda que el propio gas.

Y, sin embargo, no se detuvo. Eso fue lo que realmente me atravesó.

No la caída, sino su decisión de continuar, porque incluso desde ese punto bajo lo vi incorporarse apenas, sosteniéndose lo justo, y en ese gesto mínimo —una señal hacia Cill— hubo algo tan humano que desplazó todo lo demás: seguía ahí, sin palabras, sin aire, pero presente.

Y volvió a lanzarse.

Ese pequeño desajuste lo cambió todo, porque en ese instante entendí que el eje había variado, que el combate se había reorganizado sin dar margen a acompañarlo, y la cercanía que un segundo antes podía resolver se abrió entre nosotros con una claridad casi definitiva.

No fue miedo lo que me detuvo, sino la certeza de que alcanzarlo no significaba llegar a tiempo, porque entraría tarde en un ritmo que ya no era el mío, y en ese desfase no se ayuda: se estorba.

Decidí no avanzar ni seguirlo entonces.

Mis alas se abrieron de todos modos, impulsándome hacia arriba en un movimiento contenido que buscó la verticalidad, y el aire respondió distinto, menos hostil, sosteniéndome mientras me elevaba lo suficiente para salir de esa capa donde todo ocurre sin orden; desde esa leve altura, el combate dejó de ser fragmento y empezó a revelarse en trayectorias.

Vi al rubio avanzar otra vez con una línea más clara. Vi a Cill insistir, negándose a quedar fuera. Vi a la mujer resistir entre la violencia de la mole, con una mezcla de fragilidad y fuerza que dolía mirar.

Y en el centro de la discordia, como no, constante, él.

El aire cambió entonces, aflojando la presión sobre el pecho lo justo para que respirar dejara de doler, y ese pequeño respiro trajo algo más que alivio: trajo claridad.

Me quedé suspendida acercándome lo justo para poder contemplar todo el campo, sintiendo el miedo todavía presente, pero transformado en un pulso fino que afinaba cada decisión en lugar de bloquearla, y desde ese lugar entendí que no todo se resuelve en el centro ni avanzando sin pensar, porque hay movimientos que necesitan ser vistos antes de existir.

Mis alas se mantuvieron firmes, sosteniéndome en ese equilibrio que no era quietud sino preparación, mientras esperaba el instante exacto en que intervenir dejara de romper el ritmo… y empezara, por fin, a formar parte de él.


Cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]
#19
¿Cuán traicionero podía ser el destino?

Landon sin dudas era formidable, como también imperdonable, las dudas por mis nakamas, por quien quería… Miyori… Alek… Más todo lo que estaba sucediendo… Atentar contra la libertad de la gente… Incluso haberme orillado a lastimar tan gravemente a quien consideraba mi mejor amigo, aunque nos separara un cartel de se busca, un uniforme… La supresión había sido efectiva y el corte profundo y certero… Aunque instantáneamente deshice tal agarre. Quedé atónito un instante contemplando lo sucedido…

~Akira…~ no me salieron palabras aunque ya podía hablar y respirar, sentir el aire purgarse poco a poco…

La furia crecía pero no era momento de perder la cabeza… El panorama era una mierda… Runin… Akira… Incluso yo me había llevado la rebanada de pastel… Intenté recomponerme rápidamente, lo primero que hice fue encender un cigarro que saque de la caja de mi bolsillo junto al encendedor y envainé mi espada dejando reposar mi mano sobre el mango al finalizar y observar lo que ocurría… Tenía que poder ayudar… Sin embargo no podía encontrar la forma…

No obstante me encontraba a seis metros del enemigo ya que antes de envainar, había recortado la mitad de la distancia con un salto… Ninguna distancia era lo suficientemente larga para estar a salvo, ninguna lo suficientemente cercana para la rabia que tenía hacia él y el deseo de retribuir…

De mi mano izquierda, los hilos comenzaron a inundar el ambiente serpeando salvajemente de forma desordenada en el espacio entre landon y yo, a diferentes alturas quedando por detrás de éste tres hilos a un metro por detrás de él y un metro sobre su altura, y otros dos sobre su flanco izquierdo a dos metros, expectantes… Se acercaba el final… Y todo estaba por verse…

Puto Landon... Tenía que morir


Contenido Oculto


inventario

Bélico

Karmas

gastos, etc

akuma

resumen

off
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1151 + 0 = 1151
Energia: 1081 - 20 = 1061
Espiritu: 213 + 0 = 213
#20
Sentir la sangre de la Kuja fluyendo por su mano, chorreando sobre el suelo de hormigón, no fue satisfactorio para el colosal Marine. Al revés: había algo de frustrante en derramar sangre —siempre que fuese no humana, claro—, incluso cuando era una cuestión de trabajo, como en aquel caso. Landon se repetía una y otra vez, día sí y día también, que no era ningún sádico, simplemente un profesional con una serie clara de objetivos. Simplemente era el responsable de aquel cualitativo proceso de selección: solo la mejor mano de obra esclava podía salir viva de aquel lugar. Él era el filtro, el encargado de encontrar a los más capaces; en aquel caso, a quienes pudiesen soportar las más opresivas condiciones ambientales. Parecía, sin embargo, que desde la sala de control habían empezado a tomar algunas decisiones al respecto. No sería correcto decir que no se había inmutado ante los ataques de Runin, pero, a decir verdad, tampoco le habían importado demasiado: la ratita Kuja podía jugar, su atención estaba en otra parte.




El Marine rubio corría hacia él, ensangrentado, en su atuendo blanco, decidido, lleno de furia contenida. Le recordó a alguien. Era lo típico de los humanos, aquella tenacidad desmedida, aquella incapacidad para saber cuándo tocaba rendirse ante una superioridad abrumadora. Él no se creía mejor que nadie; se sabía mejor que cualquiera de ellos de forma estrictamente empírica. Ya no se trataba solo de la inferioridad natural de un vulgar humano, nacido para servir, sino de la superioridad evidente de un Buccaneer como él. Al comenzar el proceso de selección (porque se negaba a llamarlo combate, auténticamente), había advertido a aquel grupo que al menos dos de los presentes morirían allí aquel día, pero empezaba a tener claro que solo iba a haber un superviviente, y ese iba a ser él. Una vez más.

El recorrido en zig zag pareció divertir a Landon, que, lejos de prepararse, esperó con paciencia, con la intención de ver exactamente qué pretendía hacer. Se le pasó por la cabeza la idea de usar a aquella muchacha a modo de escudo... Pero él no hacía así las cosas: la dejó caer al suelo con brusquedad. Quería ser él mismo quien acabase con ellos. Eso, si al espadachín pelinegro no se le volvía a ir la cabeza y se ponía a filetear a sus compañeros, que era una posibilidad que no había que descartar. Su pesada y metálica respiración se cortó por un instante: la potencia del golpe del rubio lo sorprendió, y aún más cuando se dio cuenta de que lo había mandado a volar contra una de las paredes. Había cierto placer en aquel dolor, el placer de recibir el adecuado castigo por un trabajo incompleto. Durante su recorrido por los aires, mantuvo su mirada fija en el sorprendente humano rubio, atento a su próximo movimiento. En el preciso instante en que se acercaba ya a la pared, decidió que ya era hora de dejar de jugar con la comida.

—Haga el favor de dejar de gritar, soldado —dijo, viendo cómo el muchacho había salido disparado hacia su posición—, es suficiente. ¡Reh!

Akira estaba ya a apenas unos centímetros de él, a un instante de golpear su mandíbula, y gritó para pronunciar el nombre de su ataque y, de paso, insultarlo. Sin embargo, cuando abrió la boca, no emergió ningún sonido. Nada. Se había hecho el silencio más absoluto.

El muchacho rubio cayó al suelo, también sin emitir ningún tipo de ruido. Tampoco oyó nadie cercano cómo salpicaba la sangre que aún surgía del profundo corte efectuado por Cill, ni cómo crujieron sus huesos al golpear con crudeza el hormigón. Al mismo tiempo, Landon, que vio cómo el muchacho pelinegro acababa de recortar la distancia entre ambos, pareció sentir algún tipo de satisfacción, y se lanzó contra él. —¡Así que has venido a por más, hombrecillo! —exclamó tras la máscara, aunque Cill no pudo oír ni una palabra. Tampoco oyó sus mastodónticos pasos, lo suficientemente colosales como para hacer vibrar aquel suelo de hormigón al correr. En un movimiento tan rápido y preciso como descarnado y directo, tomó la cabecita de Cill con su propia mano derecha, sujetándola con fuerza, y la mantuvo fija en su lugar mientras le propinaba un demoledor puñetazo con la izquierda que destrozó la cara del espadachín, con varios de sus nudillos hundiéndose con firmeza en su musculatura facial, como balas.

Era hora de cerrar aquel telón.



Resumen

Información importante
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 3206 - 1049 = 2157
Energia: 2444 - 406 = 2038
Espiritu: 505 + 0 = 505


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)