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[EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 7) - Voz Seductora - 20-03-2026 Venimos de este post. Recordad que debéis postear con el código ["personaje=3367"] (sin las comillas, claro), con el fin de preservar vuestras estadísticas tal y como se encontraban al iniciar el evento. Es obligatorio poner bien el código (limitaos a copiar y pegar, quitar las comillas y ponerlo al principio de vuestro post). No colocar el código será motivo de descalificación. Si caer insconsciente ante el Haoshoku Haki se había sentido como si el mundo mismo colapsara, despertar no resultó mucho más agradable. La realidad fue volviendo a todos los presentes en aquel lugar con lentitud, como si a sus cerebros les costase volver a poner todas las máquinas debidamente en funcionamiento, como si todo a su alrededor no tuviese más remedio que desvelarse poco a poco ante sus ojos, aún incapaces de enfocar correctamente. Lo surrealista de la situación, naturalmente, tampoco ayudaba. ¿Qué era aquel lugar? Al mismo tiempo que recobraban la conciencia, todos se pudieron dar cuenta de lo más aterrador: de sus cuellos colgaban pesados collares de metal oscuro, ceñidos a su piel y reforzados con tornillos. Cada uno de ellos exhibía un número, tal vez algún tipo de código o identificación. A medida que los ojos de aquellos imprudentes aventureros se abrían y se acostumbraban a la escasa luz que se filtraba por algún lugar, se dieron cuenta de que sus corazones seguían latiendo con fuerza inusitada; en efecto, cuando uno pierde el conocimiento bajo aquellas circunstancias, el pavor no se disipa así como así. La adrenalina comenzaba a bombear por los sistemas de todos ellos, si es que había dejado de hacerlo en algún momento, y todos sus sistemas entraban, una vez más, en alerta, como si la fuente de aquel Haki monstruoso aún siguiese allí, esperándolos, acechando desde las sombras, y tal vez fuese mejor así. El silencio era total. Estaban en casi completa penumbra, en algún tipo de estancia que, sin embargo, no parecía mucho más grande que el camarote de uno de los barcos en que habían llegado hasta aquel lugar. En uno de los lados, una enorme puerta acorazada y hermética, de frío metal, permanecía cerrada a cal y canto, como un muro más. Ninguno de ellos tenía ningún recuerdo de cómo habían llegado hasta allí, si es que todo aquello era, de hecho, real; le sensación, en cambio, era de pura pesadilla, como si aquel haki los hubiera sumido en un sueño angustioso.
Resumen
Información importante
RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 2 (GRUPO 7) - Asherah Bel-Nadin - 21-03-2026 [personajeinvalido=3367] Despertar no fue un regreso: fue una irrupción. Algo abrió la puerta de mi conciencia sin llamar, sin medir, sin concederme la mínima cortesía de una transición. No hubo ese lento ascenso desde la tibieza hacia la forma, ni el consuelo de reconocer el propio cuerpo como un territorio seguro; hubo, en cambio, una violencia muda, un arrastre, una imposición, como si alguien —o algo— hubiera decidido que yo debía volver, y punto. Lo primero que sentí no fue el mundo, sino mi propio pulso: un latido desbordado, irregular, demasiado presente. No era el ritmo habitual de la vida, sino una advertencia insistente, casi desesperada. Mi corazón no latía: golpeaba, como si quisiera romper su propia jaula, como si hubiera comprendido antes que yo que algo estaba mal. Cada embate contra mis costillas no dolía por su intensidad, sino por su desorden; no había armonía ni constancia, solo urgencia. El aire llegó después, pero no como alivio. Entró áspero, frío, con una densidad extraña que volvía cada inhalación incompleta. Respirar dejó de ser automático: cada intento requería voluntad, esfuerzo, concentración, como si el mundo se hubiera vuelto más pesado de golpe y mi cuerpo no hubiese sido diseñado para sostenerlo. Durante un instante —breve, pero nítido— dudé en abrir los ojos. No fue miedo en su forma más simple, sino intuición: algo en la forma en que mi cuerpo reaccionaba me decía que lo que iba a encontrar no sería fácil de aceptar, que había una fractura, que algo había cambiado de una manera que no podía deshacerse. Pero el cuerpo no pide permiso. Actúa. Y el mío ya lo estaba haciendo. Mis manos se alzaron antes de que pudiera pensar, mientras mi cuerpo yacía torpemente ladeado sobre una superficie dura, una pierna semiflexionada bajo la otra, los hombros apenas incorporándose en un esfuerzo descoordinado... justo cuando sentí una forma ajena a mis alhajas. El movimiento fue instintivo, urgente, cargado de una necesidad que no había sido formulada pero que se sentía absoluta. Los dedos temblaban, torpes, como si aún no respondieran del todo a mí, y entonces tocaron: frío, sólido, innegable. No necesité ver. Mis dedos recorrieron ese objeto en mi cuello con rapidez, con una precisión temblorosa, buscando una falla, una grieta, una mentira, cualquier cosa que contradijera lo que ya estaba tomando forma en mi pecho; pero no hubo sorpresa: metal firme, superficie continua, ajustes exactos. Cada detalle encajaba demasiado bien. Tragué saliva, y ese gesto bastó para que su presencia se volviera absoluta. El roce contra mi garganta, la presión constante, el peso… todo se alineó en una certeza que no necesitaba palabras. Y entonces tiré. No desde la lógica, sino desde un impulso breve, violento, casi reflejo: mis dedos se aferraron al metal y mi cuerpo entero acompañó el gesto en un tirón seco, torpe, desmedido, como si en ese único instante todavía creyera posible arrancarlo. La fuerza no duró. Se quebró casi al mismo tiempo en que apareció, deshaciéndose en mis músculos con una debilidad súbita, dejando apenas el eco del intento vibrando en mis manos. No volví a hacerlo. No podía. El conocimiento que me cruzó en el siguiente instante no llegó como descubrimiento, sino como advertencia: algo aprendido, observado, escuchado en conversaciones que no eran para mí, pero que igual había retenido. Esos collares no estaban hechos para resistir; estaban hechos para castigar. Un escalofrío lento me recorrió la espalda, haciendo que mi cuerpo reaccionara en un espasmo breve, casi imperceptible, y mis dedos, que un instante antes habían buscado salida, se detuvieron. Permanecieron allí, sosteniendo el borde del metal con una cautela casi reverencial, no por respeto, sino por supervivencia. No había margen, no había error posible, no había negociación. Eso era un collar de esclavo. El concepto no estalló: se asentó. Y con ella, algo dentro de mí cedió. Mi espalda encontró una superficie fría detrás; no recuerdo haberme movido, pero el cuerpo siempre encuentra la manera de sostenerse cuando la mente ya no puede. Terminé apoyada contra ella de forma desigual, con las rodillas apenas recogidas, los hombros vencidos hacia adelante y la cabeza inclinándose sin control. Me dejé caer contra esa dureza, sintiendo cómo la tensión que me había mantenido erguida empezaba a deshacerse desde adentro, mientras un sudor frío comenzaba a perlar en la nuca y descender lentamente por mi espalda. Mis alas se percibían como una mochila pesada en donde cada pluma podía distinguirse incluso sin haber una brisa que las crepitara. Cerré los ojos, y entonces volvió esa caída imposible: no era física, tampoco concreta, pero era real, como si el mundo hubiese perdido su estructura y yo hubiera sido arrastrada hacia un vacío sin dirección. No había suelo ni referencia, solo descenso. Y en medio de esa caída… esa presencia. No tenía forma ni rostro, pero tenía peso, un peso que anulaba cualquier intento de afirmación. No necesitaba atacar ni moverse: existía con tal intensidad que todo lo demás —incluyéndome— se volvía irrelevante. Mi respiración se quebró otra vez, irregular, entrecortada, acompañada por un leve tembleque que empezó en las manos y se extendió, traicionero, por los brazos. " No… " - la palabra apenas sobrevivió como eco en mi cabeza. No era una negación racional, sino un reflejo, una resistencia mínima frente a algo que no podía enfrentarse. Entonces llegaron los recuerdos, no en orden ni completos, sino en fragmentos: un salón amplio donde mi voz no era necesaria, miradas que me atravesaban sin detenerse, decisiones tomadas sin mi intervención, sonrisas elegantes sellando acuerdos donde yo era la moneda, un compromiso impuesto, una vida trazada por otros, la sensación de ser útil, intercambiable, prescindible. Mis dedos se tensaron levemente contra el collar, no para arrancarlo, sino para sentirlo, para comprobar que no era una extensión de ese pasado, mientras mis hombros se encogían de forma involuntaria, como si intentaran proteger algo que ya no tenía resguardo. " No… otra vez no…" - esta vez la voz mental tuvo forma, pero no fuerza. Había huido. Eso creía. Había roto. Eso elegí. Había dicho no. Eso me repetí. Y sin embargo… aquí estaba. La ironía no llegó como pensamiento, sino como sensación, como una grieta silenciosa que se abría bajo todo lo que había construido. Una risa breve escapó de mis labios — Hhh heh… — apenas un soplo tembloroso que se quebró a mitad de camino, y se deshizo antes de poder sostenerse. Es todo un tema… La frase apareció en mi mente por costumbre, como si pudiera domesticar lo que estaba pasando; no lo hizo, solo lo volvió más claro. Porque lo entendía: no había escapado, solo había cambiado de forma el encierro. Mi mano descendió lentamente desde el collar hasta apoyarse sobre mi pecho, notando cómo el látex estaba levemente húmedo, pegándose a la piel incluso más de lo que debería. El latido seguía ahí, desbordado, insistente, como si se negara a sincronizarse con nada. Viva. La palabra no trajo alivio; trajo peso, porque estar viva implicaba sostener esto, sentir esto, ser esto. El entorno empezó a insinuarse en los bordes de mi percepción —sombras, volúmenes, una rendija de luz por debajo de lo que parecía una puerta, tal vez otras presencias— pero no enfoqué, no quise, no podía. Mirar implicaba aceptar, y aún no estaba ahí. Mis hombros cedieron apenas, la cabeza se inclinó hacia adelante, y mi cuerpo terminó encorvado sobre sí mismo, como si buscara hacerse más pequeño, más contenido, mientras un leve temblor persistía en las manos y en la línea tensa de la mandíbula. Un mechón de cabello cayó sobre mi rostro, húmedo por una transpiración que no había notado. La piel estaba fría, pero no por el ambiente: era interna, una respuesta que no encontraba salida. El terror seguía ahí, intacto, y debajo… algo más: un vacío, ni calmado ni tranquilo, un vacío que no aliviaba, sino que absorbía, que tomaba la intensidad y la convertía en otra cosa, más densa, más silenciosa. Algo en mí se replegó; no se rompió ni desapareció, pero dejó de exponerse, se guardó en un lugar más profundo, donde esa presión no pudiera alcanzarlo del todo. Respiré una vez, y otra: irregular, insuficiente, pero suficiente, mientras el temblor iba perdiendo fuerza hasta quedar en una vibración casi imperceptible, contenida en los músculos tensos. El collar seguía ahí, el peso seguía ahí, el miedo también, y yo… yo seguía existiendo dentro de todo eso, no con la claridad ni la certeza de antes, pero presente, aferrada a algo que no sabía nombrar y que, aun así, se negaba a desaparecer incluso bajo ese peso. Mi cuerpo quedó finalmente recogido contra esa superficie fría, con la espalda apoyada, las piernas ligeramente flexionadas y las alas cubriéndome como una nueva coraza, como si el simple acto de cerrarme sobre mí misma pudiera ofrecer una mínima ilusión de control. Y entonces, en medio de esa confusión, de ese quiebre silencioso, una idea se instaló con una calma inquietante: no importa cuánto uno corra, cuánto rompa, cuánto elija; siempre puede haber algo más grande, algo que no negocia, algo que no pide permiso, algo que decide. Y esta vez… había decidido por mí. Y lo peor no era el dolor, ni el miedo, ni siquiera el collar. Lo peor era reconocer la sensación, porque significaba que, en algún lugar profundo —uno que nunca había querido mirar— una parte de mí siempre había sabido que esto era posible: que la libertad no era un estado permanente, que podía ser interrumpida, arrebatada, reemplazada, y que, incluso después de haber escapado, incluso después de haber elegido, incluso después de haberme prometido a mí misma que nunca volvería a ser aquello… bastó un instante, una voluntad más fuerte, un mundo que no preguntó, para devolverme exactamente al mismo lugar del que creí haber salido. Solo que ahora… peor. Porque esta vez no había ilusión. Solo certeza. Y un metal frío en la garganta para recordármelo.
Cositas
RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 2 (GRUPO 7) - Akira Raito - 21-03-2026 [personajeinvalido=3367] El despertar del marine fue lento, la cabeza le daba vueltas, y no sabía diferenciar si había sido por aquella extraña foca que emitía una energía que le presionaba todo el cuerpo o por el golpe en la cabeza que se había dado al caerse desde los cinco metros de alto que medía su compañera Sigrid. Abrió los ojos y miró al techo. ¿Qué era esto?
Se levantó ayudándose de una cabeza de pelo rebelde y abultado que le resultaba algo familiar, sin mirar muy bien que pertenecía a su colega Cill. Simplemente utilizó su cabeza de apoyo, y se puso de pie. Todavía notaba un frío en su interior que le hacía temblar. ¿Qué clase de poder tenía aquella foca? Esto no había sido a causa de un golpe en la cabeza, su cabeza era bien dura. De pronto, empezó a escuchar une extraño sonido, como si fuera un reloj en el que avanzaban las manecillas sin tener en cuenta el intervalo entre un segundo y otro, y se tocó rápidamente los pendientes. Ahí seguían. Pudo descansar. Pero el sonido no venía de ellos al chocarse contra lo que tenía en el cuello. Venía del propio collar. —Ah, mierda… ¿Qué es esto? Pesa un poquito… Bueno, mejor, así hago cuello, que me viene bien después de lo de Sira… —lo tocó con curiosidad intentando levantarlo para medir el peso, pero no se preocupó mucho por intentar quitárselo. En su contexto de artista marcial que estaba aprendiendo a usar el Hasshoken, era una ayuda para fortalecer los músculos que le sujetaban la cabeza. Movió el cuello hacia un lado y hacia otro—. Qué frio… —se abrazó a sí mismo mientras ya empezaba a echarle un ojo a aquella habitación, y en especial a las personas con las que estaba. —Hola chicos… ¿Sabéis como hemos llegado hasta aquí? —recorrió uno a uno las caras, una chica estaba asustada en la pared del fondo de la habitación, otra todavía no había abierto los ojos, y la cabeza de quien le había ayudado a levantarse era de—. ¿Cill? —se acercó como pudo y le levantó dándole un par de tortas en los mofletes para que recuperara rápidamente la consciencia—. Venga despierta… —y lo dejó mientras veía que abría los ojos. —Esto no es normal… Todos dormidos… La foca esa… —se giró y se dirigió a la puerta a intentar abrirla de forma algo desesperada, forcejeando inútilmente. Estaban encerrados—. Mierda, no… —¿los habían secuestrado? No podía ser eso posible, algo en el interior de Akira le hacía creer que saldrían de allí airosos… Pero esa sensación de miedo no la había tenido nunca… ¿Qué tipo de broma era esta? Tenían que salir de allí cuanto antes. Corrió a abofetear al resto de los que estaban allí presentes. —No sé dónde estamos, pero estoy cagado de miedo, no os voy a mentir... Esta isla es peligrosa y como marine debo protegeros, así que todos en pie, y tú, deja de llorar, voy a intentar algo… —dijo señalando a la mujer que estaba hecha una bolita en el suelo—. Bien, voy. Tragó saliva y dio unos cuantos saltitos intentando que aquel temblor que no dejaba de recorrerle el cuerpo cesara por unos segundos. Hacía frío, pero estaba sudando. Tal vez al salir de allí la foca les estaría esperando con un pescado en la boca, o alguien fuera a atacarles. Lo que sí que tenía claro era que en aquella sala él era el único con uniforme, y que aquella gente era su responsabilidad. Si esto era una broma de los del Joy Park, habían conseguido que el pasaje del terror tuviera una puntuación de 5 estrellas en Grand Line Maps. Pero sabía de sobra que estaban en Kutsukku, y que este lugar era más peligroso que amigable. El miedo que estaba sintiendo le venía bien, significaba que no podía tener esa confianza desbordante que le hacía acercarse a la parca sin pensárselo dos veces. El sonido del collar continuaba con el tintineo metálico y empezaba a ponerle nervioso, asustándose cada vez que escuchaba un nuevo click. Se giró a la puerta. Podía diferenciarla con la poca luz que entraba en la sala, y secándose la frente, actúo. Se colocó en la otra punta de la habitación, tomó carrerilla y con un fuerte pisotón que le dio impulso—. Os sacaré de aquí… ¡Cabeza Militar! —prometió y saltó velozmente con la cabeza por delante en dirección al canto entre la puerta y la pared, intentando que si el metal no se habría por lo menos poder hacer un agujero en la roca que los separaba del exterior. La adrenalina lo estaba haciendo actuar casi por instinto. Una isla criminal, todos dormidos y encerrados… Nada de esto olía bien… Y, por si fuera poco, aquel collar no dejaba de hacer ruidos extraños y estaba empezando a volverle loco.
Info.
RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 7) - Runin D. Kitay - 22-03-2026 [personajeinvalido=3367] ”¿Por qué me condenas por haberte concedido la libertad?”
La flecha sobre la mesa es observada con la devoción de quien, por primera vez en la vida, tiene ante sí su más profundo anhelo. Extiende la temblorosa mano intentando llegar a ella, dudando de su veracidad, de su existencia, deseando que sea real; mas una mano adulta se cierne sobre sus dedos hasta entrelazarlos con los propios, impidiéndole llegar al tan cercano objetivo. La mirada chocolate asciende hasta encontrarse con verdosos orbes que miran sin ver, que analizan sin juicio o criterio, que esconden desapego, traición y el más profundo desamor. ”Te busqué por amor, no debí haberlo hecho.”
Cada vocablo serpentea desde unos abultados labios hasta los pequeños oídos que prefieren no escuchar. La niña estira con rudeza la mano, busca alejarse a toda costa, pero los largos dedos de la mujer mayor la apresan sin aparente piedad. La pequeña niña desea gritar, tomar la flecha y hundirla en la mano de su captora hasta conquistar por sí misma la ansiada libertad; mas no lo logra. Está paralizada, inmovil; la mente se atenúa, incapaz de hallar salida, mientras esos oscuros orbes verdes penetran en su mente, sembrando profundo pavor. ¿Por qué? ¿Por qué no puede emitir palabra alguna? El corazón bulle en desbocados latidos que provocan dolorosas punzadas en su pecho. La respiración se quiebra, entrecortada e irregular, al borde extinguirse. ”¿Duele? Espero que duela.”
Los jadeos se confunden con el entorno ,y cada pensamiento que atraviesa por su mente es aplastado a vertiginosa velocidad. Nada florece en su interior. La mirada baja hasta sus temblorosas manos, solo para percatarse de lo inevitable: todo su cuerpo sufre lo mismo. La piel se eriza, y la sudoración hace mella. ¿Por qué hace tanto frío? No debería hacer frío, no debería sentirse pequeña, no debería sentir la mirada acuosa y un nudo en la garganta, no… no… Baja la mirada hacia sus manos temblorosas, solo para comprender lo inevitable: todo su cuerpo tiembla igual. La piel se eriza, el sudor aflora recorriendo su anatomía en frías y desesperantes gotas que caen por su frente, la espalda, los dedos, el cuello… ¿Por qué hace tanto frío? ¿Por qué a pesar de ello siente que la piel se derrite? Nota los ojos empañados y un asfixiante nudo en la garganta. Se siente… pequeña. No… no…
”Si quieres esto, deberás buscarlo por tí misma. Runin.” La flecha se desvanece entre ambas, y el dolor emerge como un súbito ardor, en la mejilla de la pequeña niña. Aprieta con fuerza los párpados cuando las tenues voces alrededor empiezan a explotar hasta desgarrar el silencio. ¿Dónde está? ¿A dónde fue? La figura de la fémina desaparece en volutas que llenan de desesperación a una Runin que, de pronto, parece haber crecido. Extiende ambas manos buscando algo a lo que aferrarse… pero lo único que queda es el vacío. ¿Cuántas veces se ha repetido ese escenario en su mente? La mayoría de ocasiones han sido sueños difusos de los que despierta sin vacilación; esta vez, en cambio, se ha tornado en una pesadilla tan vivida que, al abrir los ojos, siente continuar atrapada en la inmensidad de su propio inconsciente. Allí, lo único que existe es oscuridad, miedo, y las desconocidas siluetas que emergen como testigos de un escenario del que le gustaría no ser partícipe. “No sé dónde estamos, pero estoy cagado de miedo, no os voy a mentir”
La mirada oscura vacila en un intento de volver a conectar con la realidad. ¿El golpe en su mejilla no ha sido un mal sueño? No, aún arde. No con la intensidad propia de algo que merezca atención, pero si con la necedad de hacerse presente. Las piezas empiezan a encajar en la mente de la fémina al notar a sus compañeros de ¿habitación? Una idea cruza como un relámpago, sacudiendo el interior de su mente mientras el pecho late descontrolado. Siente el cuerpo pegajoso, porque el temblor de sus extremidades y el sudor derramado han sido reales. Todo ha sido real… O casi todo.
—¿Ryota? —La palabra escapa pastosa, aguda, apagada; desgarrando algo en el interior de su garganta. No está. No está por ninguna parte. Por un instante deja de respirar, no sabe si es consciente o inconsciente cuando el mar de nombres arrulla su mente. Barald. Tezca. Yuuki. Wyatt. ”¿Dónde están?
¡¿Dónde están?!” Una mujer de apariencia conocida aparece en su campo de visión, a unos tres metros de su posición, acunada en el interior de amplias alas azabache; el techo se alza sobre sus cabezas a una altura que no le hace justicia a la fémina. El rubio de extravagante peinado continúa hablando, en un intento por “tranquilizarlos”. ¿Marine? ¿Isla peligrosa? Nuevas conexiones se hacen presentes, y los últimos recuerdos previos a perder la conciencia la golpean de lleno. Las apuestas, las risas entre el castaño y ella, la victoria, el dulce peso de su serpiente enrollándose sobre su cuerpo después de haberse colocado el abrigo. No están. Ese escenario ha quedado atrás ante la inocencia de pensarse en un parque de diversiones donde disfrutar con sus amigos. No ha respirado durante esos largos segundos; siente náuseas y la piel del rostro se torna violáceo. Es demasiado que procesar, en especial cuando las manos ascenden guiadas por un terrible descubrimiento, algo que tiene en común con los presentes: un grueso collar de metal alrededor de sus cuellos. Ella también tiene uno.
El joven marine empieza a dar leves saltitos y los engranajes en la mente de la amazona explotan terminando de entender la situación. Grita estirando la temblorosa diestra hacia el frente, trata de levantarse pero cae de rodillas ante el apabullante pánico que le provoca arcadas. El mundo da vueltas y el sonido de la desconocida voz vuelve a emerger, listo para buscar explicaciones, una salida. ¿No debería estar haciendo ella lo mismo? Las ideas se contraponen una sobre otra, se siente pálida, frágil, ansiosa… se da asco. —¡Basta! —Emite para sí misma, con la voz cargada de rabia. Es incapaz de verse a sí misma cayendo nuevamente al vacío, no así, no con la mente en blanco y carente de respuestas. Y mientras el joven golpea la puerta con su propia cabeza, ella logra ponerse de pie, apoyada por la pared a su espalda, aún cuando sus piernas tiemblan como gelatina. El ruido de fondo se retumba seco, y ella respira hondo. ¿Qué importan las acciones guiadas por la imprudencia? No le interesa, no cuando decide sacar sus ocultos guantes, comienza a colocarlos en sus manos aunque siente que se resbalan entre los sudorosos y temblorosos dedos. ¿Por qué han apresado a un grupo de personas pero les han dejado sus armas? ¿Acaso intentan burlarse de ellos? El coraje bulle mientras la imagen de una flecha aparece en su mente. ¿La libertad? ¿A eso se refiere su retorcida madre? Así como no pidió ser sacada de su isla de procedencia, tampoco pidió ser encarcelada en ese lugar. No sabe quién lo ha hecho, no sabe cómo lo hicieron, no entiende por qué el miedo recorre sus venas como si de un imperioso venenos se tratase. Así que piensa en lo que siente y sabe: Siente repugnancia hacia su propia cobardía y sabe que va a salir de ahí a buscar a Cardan y a sus queridos compañeros de tripulación. ¿Esperar a ser rescatada? Sabe bien que podría haberlo, pero no es algo propio de ella, no cuando entiende que los demás la consideran más que una persona en apuros. ![]() —¿Acaso has perdido la cabeza, cariño? ¿No sabes lo que tienes en el maldito cuello? ¿Sigues siquiera vivo? Cuestiona elevando cada vez más la voz, tratando de enderezarse y levantar el mentón. —¡Dije que basta! —Grita del todo cuando golpea sus piernas en un intento de dejar de temblar con tanto ahínco. Es una persona abrasiva, de acciones salvajes y emociones latentes. La ira siempre la ha impulsado y, aunque sus labios no dejen de temblar, se rehúsa a que su personalidad se tiña de debilidad también, es por ello que relamiendo sus labios con parsimonia vuelve a tomar la palabra. —¡L-Levántense! —Ruge, elevando los puños hacia el frente, preparándose para cualquier tipo de contratiempo, de embestida, porque el miedo no solo provoca que el cuerpo se sienta resentido sino también que la mente espere ataques hasta de donde no pueden aparecer. Aunque claro, ella no es de esperar, por lo que empieza a caminar hacia la puerta. —¿Tienen algo de información? ¿También iban hacia el New Era Joy Park? ¿Saben qué sucedió? —Entre el enfado, el fuerte latir del pecho y los pasos, comienza a entrar en calor. No le importa quiénes son, sino qué quieren hacer. —Oye, en serio. ¿Estás bien? —Se acerca del todo para ver bien el lugar de impacto de la puerta. Si incluso un marine está atrapado con un collar de esclavo, es porque no existe oportunidad alguna de libertad sin antes luchar; es por eso que busca cualquier tipo de abertura después del impacto. ![]() —Estás enfermo, marine, me agradas…
BOLSA DE ESTRELLITAS
RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 7) - Cill Blinton - 23-03-2026 [personajeinvalido=3367] ¿Qué más puede hacer uno ante la presencia de una voluntad infranqueable, una dominancia de presencia y ser absoluto, como un rey, que con toda autoridad impone, no manda? Las rodillas de todos flaquearon, y hasta los espíritus mas libres y cargados de fuego se vieron mermar entre sí, ante tal dominio monárquico, nada quedó por hacer… Las luces se apagaron, Alek… Miyori… ¿Les había fallado? ¿Les había conducido a un trágico fin a aquellos que con una sonrisa les había prometido el mundo? Por lo pronto seguía sumergido en aquel mundo onírico con una inminente sensación de peligro que incluso muerto, o lejos de mi consciencia me perseguía… Conocía ésta sensación, ya la había vivido antes… East Blue… En mi mente volaban flashbacks de una mandíbula de acero riendo a carcajadas, se hacía vivo el olor a la sangre, carne humana quemada… El humo, todo aquello era real… Pero habían pasado años ya… ~¿Acaso estoy muerto?…~ pensaba mientras intentaba poder descifrar a que infierno había ido a parar mi alma. Mi cuerpo siquiera podía sentirlo y aún así corrían por mi espina escalofríos… Haber pasado por tanto, solo para morir de esa manera, una manera tan estúpida, era casi indignante… La sensación de aquella magnitud que me estremecía dejó su remanente en mí, aunque poco a poco mi cuerpo fue recobrando el color… El suelo comenzó a sentirse en mi espalda, frío, duro… Estaba vivo, pronto sentí aquel ritmo en mis pulmones inflar y desinflarse… Mis latidos… Que luego de tanto tiempo no seguían un tiempo imperturbable y se encontraban acelerados… Aquello duró poco, cuando sentí voces, y una bofetada en mi rostro, la cual por instinto me llevó a incorporarme de torso y atinar a desenvainar mi katana, que gracias a Dios seguía conmigo, y no llegué a quitarla por completo cuando reconocí ese rostro, esa voz, aquellos aretes… Casi destajaba a un amigo de un sobresalto y con respiración entrecortada… — Ya… Ya… Polaris… Estoy despierto…— bufé un tanto sobresaltado y molesto por la situación, aún más confundido ahora… Lo observé un instante y si bien fue un relajo volver a ver a un amigo no pude permitirme alegrar… La sensación de pánico por lo que ocurría estaba allí… Latente… ~El ferry… Alek… Miyori… Chicos… No puede ser que los haya dejado morir… a ustedes no… No otra vez… Alek… Miyori…~ pensaba en ellos… Las risas con Alek y como nos gastabamos… En cuanto quería a Miyori y su sonrisa en mi mente… Sus imagenes se desvanecian como buitres que se transformaban en sombras que se difuminan como humo en el ambiente… Nuevamente perdía a aquellos que quería a mi lado… La situación era alarmante y mucho por procesar, poco por comprender… —Akira, amigo… ¿Estás entero?— musite mientras me incorporaba a duras penas… Lo primero que hice fue tocar mi pecho… Allí seguía mi cruz, y una sensación de aire entro a mi garganta, pude respirar, no había perdido lo único que quedaba de mi pasado… Entre esas, pude ver entre la casi penumbra a ~¿Asheera?...~ no pude pensar en nada al verla, mi confusión solo crecía… Me apoyé contra la pared a unos dos metros a la derecha de Ashera mientras veía a todos vociferar y hacer su número… No podía recuperar la calma… Y ellos, sus gritos solo me perturbaban más… Mientras observaba todo lo que ocurría, pude notar aquellos collares, los conocía a la perfección, muchas veces había blandido mi espada por la caída de ésos… Mi mente intentaba hilar hechos, posibilidades… Pero estos seguían y seguían… La mujer que no conocía levantaba su voz… Akira, mi amigo seguía con sus locuras… Estaba alterado, con miedo, y con las pelotas tocadas… —Todos ustedes son MUY molestos— me quejé de forma que me oigan todos, haciendo hincapié en el muy. —Estamos jodidos y éstas estupideces no servirán de nada… Guarden sus gritos, puta madre…— intenté manifestar un tanto molesto, no con ellos, con el puto miedo que sentía, con el enojo por perder a mi amigo, y a quien quiero… Esa puta sensación que había sobrepasado mi cuerpo persistía y no me permitía estar tranquilo… —Asheera… Lamento encontrarnos nuevamente en esta situación, pero intenta estar tranquila…— le dije volteando a verla, mientras por dentro trataba de tomar esas palabras para mí mismo. —Amigo, no quería vernos en ésta situación… Que mal ¿No?— le dije volteando a él mi vista y dibujando una sonrisa carente de alma, más forzada que honesta… Miraba a la pelinegra, no la conocía, pero no había tiempo de formalidades tanpoco… —Desesperarse no servirá de nada… No se que nos atacó, pero aún lo siento en todo el cuerpo…— dije sintiendo correr corriente por toda mi espalda, subiendo como una sensación fría, gélida, hiriente… —En efecto… Tenemos un collar de esclavos… No iba específicamente al parque de atracciones, pero mi gente quiso ir, no lo vi mal, aunque supe que no erq gran idea…— finalicé. Lentamente saqué un cigarro, que puse em mi boca, y con el mechero lo encendí, no apagué el encendedor… Me acerqué a la puerta con aquella rendija. —Permiso…— les dije a ambos allí intentando colarme cerca de ésta… En una primera instancia, con la luz del fuego, inspeccioné la pared, y la toqué para ver que material era o si encontraba algo extraño, y luego, tenía mucha experiencia navegando… Conocía los mares, el movimiento de éste, el mecer de las naves, sus corrientes, los vientos, los vacíos, todo, y también claro soy un maldito fumador, conocía el comportamiento natural del humo… Asomado a la rendija a unos centímetros dejé el encendedor prendido para ver como se comportaba el fuego, si bailaba, si flameaba hacia un lado u otro, y mientras fumaba mi cigarro, observé mi brújula, a ver que mostraba y luego prendí otro solo para dejarlo quieto cerca del fuego, para ver como se comportaba el humo… Eso me daría una señal, si estábamos en movimiento, si había mecimiento, si estabamos en tierra o mar, si el aire corría hacia dentro, o hacia afuera… Por lo pronto, entre los nervios, y esa sensación angustiante y todo lo que pasaba, era lo único que podía hacer… Lo mismo
Cosas
RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 7) - Landon Coates - 23-03-2026 Apenas habían pasado unos instantes cuando el suelo comenzó a vibrar, acompañado de un sonido hidráulico, y un denso pero inocuo vapor comenzó a acumularse en la sala. Con visible pesadez, y de forma exasperantemente lenta, la enorme puerta frente al grupo comenzó a abrirse, ascendiendo. Por todas partes se oían sonidos de cadenas y engranajes, probablemente responsables de la apertura. A través del vapor se colaba una rendija de luz procedente del otro lado de la puerta, que, poco a poco, fue creciendo hasta iluminar la estancia al completo. Cuando el temblor cesó y el vapor comenzó a desvanecerse, la puerta había quedado completamente abierta. Al otro lado, nuestros protagonistas pudieron observar una nueva estancia. Había llegado el momento. Ninguno de ellos había logrado sacar nada en claro del pequeño cuarto en que habían despertado. De nada había parecido servir, tampoco, el envite de Akira contra la puerta, pero poco importaba ya. Nuestros protagonistas repararon entonces en que eran incapaces de respirar; a lo largo de centenares de agujeros a lo largo de toda la superficie de aquella sala, había comenzado a surgir una suerte de gas vaporoso, casi incoloro. La sala que se había abierto al otro lado era una estancia grande, cuadrada, y de una sobriedad aplastante. Tanto las paredes como el suelo y el techo parecían ser puro hormigón armado, no muy diferente del interior de una gran cámara acorazada. A un lado de la sala parecía encontrarse otra puerta, de apariencia tan impenetrable como la que se habían encontrado en primer lugar. Al encenderse las luces, se volvió evidente que aproximadamente en el centro de la enorme estancia había algo, o alguien. Más que una persona, parecía una torre, que se alzaba como un monolito de músculo y carne frente a ellos, a contraluz tras los fosforescentes. Una gran masa inmóvil, casi como una grotesca estatua, sobre cuyos hombros descansaba un abrigo igualmente grande, blanco y con sendas charreteras doradas. Desde lo alto de aquella masa, dos ojos casi resplandecientes de luz verde parecían observar a nuestros protagonistas. La masa no se movió, cruzada de brazos. Incluso bajo el abrigo blanco, toda su musculatura parecía a punto de estallar. Su torso se hinchó con pesadez cuando respiró, produciendo un sonido metálico y estremecedor que parecía provenir de la máscara negra que cubría la totalidad de su cabeza, y los tubos que se veían más allá de sus trapecios burbujearon con alguna clase de líquido verdoso. La bestia frente a ellos aguardaba, respirando con la misma lenta y monótona pesadez, produciendo aquel ruido metálico a medida que el aire entraba y salía de su cuerpo. Una voluta de vapor salió de su máscara, a medida que su cuerpo entraba en tensión, preparándose como si hubiera estado un largo tiempo en letargo. Tal vez lo más inquietante de aquella mole no fuese su monumental cuerpo, sino aquella cara, o, mejor dicho, su falta de ella. Cubierto por aquella máscara, resultaba difícil adivinar expresión alguna. Finalmente, el capitán de la Marina Landon Coates movió ligeramente la cabeza, desde las alturas. Una voz resonó en la enorme sala, como si aquel gas no le supusiese un problema. —Tenían que tocarme los putos humanos. ¡Reh! Siendo optimistas —comenzó a decir, como si llevase hablando con ellos un largo rato, al tiempo que alzaba dos colosales dedos—, al menos dos de los presentes no saldrán de aquí con vida. —su voz resonó, metálica, monótona, atronadora—. Ha llegado vuestro momento. ¿Cómo queréis hacerlo? Landon había pasado años perfeccionándose, convirtiéndose a sí mismo en la máquina de combate perfecta; una criatura capaz de atravesar cielo e infierno en la búsqueda de la gloria, de convertirse en la máxima expresión de las capacidades que podía otorgar un cuerpo de carne y hueso llevado hasta sus límites y más allá, la encarnación de aquello que lo meramente físico podía llegar a dar. Hasta entonces, pocos habían sido capaces de interponerse en su camino, y aún menos habían podido contarlo. Su cerebro era uno de furia, fuerza y ciencia, en que cada decisión buscaba perfeccionar sus aptitudes de combate. Para él, la guerra no era más que la capacidad de aplastar a sus enemigos de la manera más óptima, una mezcla explosiva de cálculo y potencia. Su aspecto físico no era sino la conclusión lógica de aquel mismo deseo, de aquella misma voluntad implacable por aplastarlo todo y a todos: la máquina perfecta de supervivencia, cubierta en aquel abrigo blanco de legitimidad. El haki que había aplastado a toda una generación había sido solo el inicio de algo más, en alguna clase de sucesión tácita de jugadas que el destino había tenido reservadas para todos ellos. El viaje que aquella generación había emprendido en busca de sus sueños parecía toparse con un final abrupto, y Landon sería el encargado de dejar su firma en él.
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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 2 (GRUPO 7) - Asherah Bel-Nadin - 24-03-2026 [personajeinvalido=3367] El cuerpo seguía allí, sostenido contra la pared como si aún necesitara confirmar que existía un límite físico capaz de contenerlo, una frontera concreta que evitara que todo lo interno se deshiciera sin forma ni retorno. No había elegancia en la postura ni intención estética alguna: era supervivencia desnuda, una manera de no dispersarme por dentro mientras el entorno insistía en quebrarse sin previo aviso. Las alas, recogidas con torpeza alrededor de mi figura, ya no respondían al pánico inicial, sino a algo más antiguo, más arraigado, un reflejo que no desaparece cuando el miedo retrocede, sino que permanece… como una memoria del cuerpo que no olvida aunque la mente lo intente. Respiré. No como acto reflejo, sino como decisión. El aire entró con una resistencia leve pero persistente, una densidad que no pertenecía del todo al entorno ni a mí, sino a un punto intermedio que comenzaba a imponerse sin anunciarse. No dolía, todavía no, pero tampoco era natural. Y eso bastaba para entender que algo no estaba funcionando como debía. A mi alrededor, el mundo continuaba en movimiento, aunque no de una forma que pudiera integrar con claridad. Las voces subían y bajaban sin estructura, como fragmentos desprendidos de una conversación que no me incluía, mientras cuerpos se desplazaban con urgencia, chocando contra superficies, intentando imponer orden donde claramente no lo había. Todo eso llegaba amortiguado, como si una capa invisible se interpusiera entre ellos y yo, no una distancia física, sino una selección involuntaria de lo que podía permitirme atender sin perder el control de lo único que aún respondía con coherencia: mi propio cuerpo. El cambio no fue abrupto. Se insinuó primero en lo más bajo, en la superficie contra la que descansaba mi espalda, que comenzó a vibrar con una frecuencia irregular, mecánica, completamente ajena a cualquier pulso orgánico. Esa vibración trepó despacio por mi columna, instalándose entre las vértebras como una advertencia que el cuerpo entendió antes que la mente. Mis alas captaron ese desplazamiento, tensándose apenas, ajustando su posición sin desplegarse, como si intentaran anticiparse a algo que todavía no terminaba de ocurrir. Y entonces llegó la luz. No como alivio, sino como intrusión. Una línea clara se filtró desde el frente, atravesando la penumbra que hasta ese momento había funcionado como refugio, expandiéndose con una firmeza que no admitía resistencia. No necesité abrir los ojos por completo para comprenderlo: la puerta estaba cediendo, el mecanismo que la sostenía comenzaba a abrirse con ese sonido grave, arrastrado, de algo demasiado pesado para moverse con ligereza. Abrí los ojos lo suficiente. La apertura se volvió evidente, frontal, directa… y con ella llegó la posibilidad de moverme. El terror no desapareció. No se disolvió ni se transformó en algo noble, me perseguiría con la constancia con la que el collar continuaba ceñido a mi cuello. Simplemente dejó de ocuparlo todo, retrocediendo lo justo para liberar un espacio mínimo donde algo distinto pudiera surgir. Pensamiento. No con claridad absoluta, tampoco calma… pero sí dirección. Y entonces el aire volvió a reclamar atención. Cada inhalación encontraba ahora una resistencia más definida, una sensación de incompletitud que obligaba al cuerpo a corregirse en tiempo real. No había olor que lo delatara, no había advertencia previa; mi olfato no ofrecía ninguna señal útil. Pero el cuerpo no necesita nombrar para entender. Algo en ese aire no estaba hecho para ser respirado, y comenzaba a hacerse evidente en la forma en que el pecho no terminaba de llenarse. Gas. La idea no necesitó pronunciarse para asentarse. Frente a mí, la nueva estancia se abría amplia, elevada evidentemente, con una altura que contrastaba brutalmente con la compresión del espacio en el que me encontraba. Más volumen... Más aire... Más margen. No fue un análisis complejo. Fue una intuición inmediata. Si aquí el aire fallaba… allí habría más. Mis manos se tensaron apenas, acompañando una decisión que no necesitó palabras, y al comenzar a incorporarme, aún contenida por la fría pared, algo cambió en mi enfoque: por primera vez, los otros dejaron de ser ruido indistinto. No los reconocí en detalle, no busqué nombres ni historias, pero los vi. Figuras tensas, desordenadas, moviéndose con urgencia sin dirección clara, atrapadas en el mismo desconcierto que me había envuelto momentos antes. No importaba quién era quién; lo que importaba era que estaban… y que seguían ahí. Mi mano ascendió casi sin pensarlo y cubrí mi boca, no como un gesto elaborado, sino como una reacción instintiva, primaria, intentando filtrar lo poco que aún podía controlar de ese aire cada vez más impropio. No era una solución real, pero ofrecía una ilusión útil, una mínima barrera entre el gas y mis pulmones. Y entonces los miré. No hubo súplica en ese gesto, tampoco invitación. Fue algo más simple, más seco, más firme. Una dirección. Mis ojos no pidieron que me siguieran ni buscaron validación; solo marcaron una certeza silenciosa: yo iba a salir de ahí. Si ellos lo entendían, bien. Si no… también. No había espacio para más. Me incorporé dentro de lo que el lugar permitía, y en ese ajuste apareció el detalle que no podía ignorar. Las sandalias. La altura innecesaria que me brindaban se volvió un obstáculo inmediato. No dudé. Liberé primero un pie, luego el otro, con movimientos limpios, silenciosos, dejando que el contacto directo con el suelo me devolviera algo que necesitaba más que cualquier ventaja estética: control. El frío del piso ascendió por la planta de mis pies como una señal clara, concreta. Aunque tuviera igual que encorbarme, estaba más baja. Más estable. Las dejé atrás sin mirar y avancé. No de forma abrupta, sino con una cautela nacida del cálculo. Cada paso se sostuvo en el techo esa línea horizontal constante que me ofrecía referencia mientras el aire se volvía más denso. Crucé el umbral sin pausa innecesaria, y en ese tránsito el cuerpo confirmó lo que la intuición no había querido aceptar del todo: no había alivio real. El gas también estaba allí, filtrándose desde múltiples puntos, invisible en su forma, pero innegable en su efecto. Aun así, el espacio ofrecía algo. Tiempo. Me mantuve cerca del umbral, pegada a la pared, y entonces lo vi. La figura en el centro de la sala no necesitaba moverse para imponerse. Era una masa que no solo ocupaba espacio, sino que lo reorganizaba, que volvía todo lo demás secundario por pura presencia. No intenté desmenuzar cada detalle, pero los esenciales se impusieron: la altura, la densidad muscular, la máscara anulando cualquier lectura humana, los tubos, el vapor, ese ritmo mecánico que acompañaba su respiración. Mi mirada no se detuvo en él. Se desplazó. Rápida, metódica. Las paredes: hormigón cerrado, múltiples puntos de fuga del gas. Sin control evidente. El suelo: limpio, sin herramientas inmediatas. El techo: alto, fuera de alcance práctico. Y al fondo… la otra puerta. Cerrada. Sellada. Pero existente. Una salida potencial. Una opción bloqueada. Mi atención regresó a la figura. Había hablado. No capté cada palabra, pero sí la intención: elección, muerte, un margen planteado como si realmente existiera. ¿Negociación? Tal vez no en términos reales… pero sí en tiempo. No podía hablar. El aire no lo permitía, mi cuerpo tampoco. Pero la comunicación no depende exclusivamente de la voz. Un gesto… puede bastar. Lentamente, sin separarme de la pared, incliné apenas el rostro, no en reverencia, sino en una curiosidad medida, como si evaluara lo que tenía delante más que someterme a ello. Mi mano descendió lo justo desde la boca, sin apartarse del todo, manteniendo esa barrera precaria, y desde ahí, con un movimiento mínimo, dejé que los dedos se desplegaran en un gesto suave, escalonado, uno tras otro, en una especie de saludo contenido, casi etéreo, que no buscaba provocar… sino posicionarse. No imponía desafío. No le regalaba mi sumisión. Sólo imponía mi presencia como sabía hacerlo... quizás las veces en que saludaba durante presentaciones sutiles en los eventos de gala, me ayudaran ahora a pasar igual de desapercibida. Algo en mí —esa cualidad que no depende del contexto, esa disonancia entre lo que soy y lo que el entorno exige— se sostuvo en ese gesto, apoyándose en una inocencia que no era ingenua, en una armonía que no negaba el peligro, pero tampoco se quebraba ante él.
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No hice amague ni alarde en avanzar o retroceder. Me quedé ahí, en ese punto exacto donde el aire comenzaba a volverse insuficiente, donde la amenaza tomaba forma al centro de la sala, donde cada variable se alineaba sin terminar de resolverse, y donde, por primera vez desde que desperté, la certeza no necesitó dramatismo para imponerse: No necesito entenderlo todo. Solo necesito no equivocarme… y mantenerme tranquila.
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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 7) - Runin D. Kitay - 25-03-2026 [personajeinvalido=3367] La heróica imprudencia, el iracundo recelo y el hastiado sentido común convergen en la estridencia de voces que colman el precario escenario. El intento de rescate se ve precedido por un cúmulo de cuestionamientos que, finalmente, son acallados por irritadas aseveraciones, mismas que generan exasperados gestos en la faz de la amazona. ¿Molestos? ¿Jodidos? Es evidente que las personalidades explosivas y extrovertidas del acelerado dúo crean desazón, mas no la suficiente como para lograr que Runin Kitay se mantenga en silencio. Las respuestas llegan a oídos sordos ante la ausencia de información concreta. Al parecer, es de dominio público que ninguno sabe quién los atacó ni por qué motivo lo hicieron; aunque, con esos collares en el cuello, la fémina concluye que no requiere más respuestas: La esclavitud no precisa explicaciones, solo poder sobre los que carecen de él; así es como funciona, al menos en ese mundo atestado de pecado, desdén y odio. ¿Qué tan acertado sería pensar en el arrepentimiento por haber sucumbido ante el deseo de divertirse? La fémina de mirada chocolate chasquea la lengua al notar la presencia del hombre del cigarrillo acercarse hacia la posición del par de escandalosos. ¿No es la vacilación uno de los factores de la cobardía? La sola idea provoca que sus abultados labios se frunzan en creciente irritación, al menos hasta tensarse creando una rígida línea con ellos; intenta no hacer evidente el involuntario temblor que estos poseen. Ni siquiera el abrigo que lleva encima logra socavar la sensación helada que recorre su espina dorsal, descendiendo hasta la zona lumbar, creando inconscientes estremecimientos; un frío que hiela la carne y el hueso, que humedece con sudor las yemas de sus dedos e incita palidez incluso en la morada piel. Quizá es por eso que, al notar el pequeño fuego creado por el encendedor, la primera impresión que tiene la fémina es la de acercarse. La concentración, al fin, se desvía hacia lo importante: ni un ápice de la puerta parece haber cedido ante la ofensiva del rubio. De repente un mecánico sonido hace mella en el ambiente, tortuoso, constante, incierto; no es la respuesta que esperaba, pero sí la que, en realidad, necesita. La amazona no pierde un instante en alzar los puños de manera ofensiva, acostumbrada a resolver los enigmas a golpes y a ofrecer una mejilla al prójimo para, acto seguido, arremeter contra este, buscando cobrarle el doble. La luz que se filtra adquiere un tono antinatural en contraste con la oscuridad previa, iluminando la estancia, revelando rostros y arrastrando consigo la densidad del condensado vapor que se abre paso hasta hacerse uno con el entorno, disipándose, o, más bien, fingiendo hacerlo; dejando tras de sí una ligera capa casi incolora e inodora, pero lo suficiente persistente como para que la fémina entrecierre la mirada, arrugue el entrecejo y separe los labios para hablar con sus “compañeros” de celda. Ingrata es su sorpresa al notar lo inevitable: Cierto ardor punzante y abrasiva incomodidad le obligan a desistir de su idea original. Durante una fracción de segundo la amazona siente su cuerpo encogerse ante el escenario que se cierne sobre ellos. ¿Qué clase de gas es aquel que los mantiene a raya? ¿A qué tipo de habitación de hormigón han llegado? ¿Quién es el sujeto de extravagante máscara, estatura prominente e inconfundible gabardina? Las preguntas se acumulan al reparar en la puerta cerrada al fondo de la amplia habitación. ¿La libertad? ¿Un nuevo obstáculo? La respuesta es irrelevante. Los obstáculos están hechos para superarse.
Una mirada de soslayo es dedicada al rubio. Levanta y baja el mentón en un rápido gesto a modo de interrogación, antes de volver la mirada hacia el frente, hacia aquel hombre. ¿Qué hace un marine atacando a otro? ¿Por qué el rubio lleva un collar cuando su captor es uno de los suyos? ”Repugnante.”
No entiende la razón por la que aprieta los puños, aún cuando las manos tiritan. ¿Miedo? ¿Cólera? Tal vez una extraña mezcla entre ambas cosas, porque aunque ella nunca ha practicado la lealtad hacia una organización de tal calibre, le cuesta pensar en el tipo de ideales que puede llevar a un marine a actuar contra otro. ![]() ”Están podridos.” El hombre de imponente altura habla, y con ello el enfado de la fémina bulle cual olla al fuego. No es una humana, pero el tipo de pensamiento al amenazar a muerte, sin motivo aparente, es suficiente como para terminar de revolverle el estómago, asqueada. Porque si es un marine debería perseguir piratas, no otros marines ni aparentes civiles. Ni siquiera la falta de aire, el miedo que cala en su cuerpo o el palpitar acelerado de sus latidos son suficientes para aplacarla. Deja que el abrigo sobre sus hombros se deslice hacia el suelo. “Ha llegado vuestro momento. ¿Cómo queréis hacerlo?”
El escaso aire en sus pulmones, el nudo en la garganta, los nervios a flor de piel o los escalofríos recorriendo su espalda… ninguna de esas sensaciones se compara a la desbordante ira que atraviesa cada fibra de su ser al escuchar la imposición de un desgraciado cuya única habilidad era haber montado una completa parafernalia para arreglar un encuentro carente de gloria. La intensa mirada oscura de Runin refleja firme determinación, acompañada del primer paso hacia la nueva habitación que se abrió ante los presentes apenas segundos antes. A consciencia golpea el dorso de ambas manos, formando una “X” con ellas. Su mano zurda la acompaña, moviéndose a máxima velocidad en un giro de 360° un total de tres veces, mientras un intenso resplandor comienza a plasmarse en los guantes que envuelven sus puños. No puede hablar, pero tampoco necesita hacerlo. Su mirada anuncia con claridad lo que estaba por hacer. Si ha de convertirse en rehén de algún pusilánime con delirios de grandeza, al menos no le dará la satisfacción de verla derrotada, ni siquiera cuando el último aliento abandone su cuerpo o los mismísimos fantasmas del Thartaro la arrastrasen. ![]() El único que morirá aquí, serás tu Es lo que dice, no con palabras, sino con acciones. Las fuertes piernas de la mujer se tensan y, al instante siguiente, la impulsan en una rápida carrera diagonal, atravesando once metros del terreno hasta situarse a seis del costado izquierdo del maldito bastardo. No necesita gritar para llamar su atención: es una mujer cuyos puños resplandecen en medio del gas. Acto seguido, se lanza en una carrera en línea recta, acortando con rapidez la distancia restante con su oponente para descargar un poderoso puñetazo con la zurda directo a la rodilla izquierda del enmascarado y, seguido de este, vendría otro con la diestra, menos potente pero igual de veloz. Para ese instante, su cometido ya se había cumplido. Porque lo más difícil de un combate de uno contra cuatro no es tener o no la fuerza suficiente para enfrentarlos, sino mantener el eje de visión siempre enfocado en todos ellos. En el preciso momento en que varios salieran de su campo de visión periférica y tuviera que centrarse en un solo ataque desde un ángulo distinto, como en el que ahora se encontraba Runin, sería cuando los golpes comenzarían a llover sobre él. Tras ejecutar su golpe, la amazona no pierde el tiempo. Salta de inmediato hacia la espalda del grandulón, recorriendo una distancia de siete metros, sin darle jamás la espalda al enemigo. No porque tenga los reflejos para contrarrestarlo, sino para dejar claro que ofrecérsela significaría un golpe gratuito… y que intentar hacer lo mismo con los demás tendría el mismo resultado.
BOLSA DE ESTRELLITAS
RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 7) - Cill Blinton - 26-03-2026 [personajeinvalido=3367] Todo en aquella situación era una molestia, aquella inminente sensación que aún recorría su espina dorsal en subida y bajada… No podía olvidar aquel abrasivo poder en la bahía… Yo podía lidiar con mi destino, ya había conocido lo peor, un secuestro, un collar de esclavos en mi cuello… Había sufrido peores cosas que éstas… Pero Miyori… Alek… No podía dejar de pensar en ellos, en mi fracaso, en cómo no pude hacer nada por defenderlos, siquiera sabía si ellos estaban vivos y eso hervía mi sangre en un caldo de miedo e ira, frustración… Prometí libertad, y en el mejor de los casos entregué esclavitud, no sucumbía ante aquel terrorífico panorama hastiado de todas esas sensaciones, solo por furia, por determinación, aunque mi cuerpo luchaba con mi mente, mi mente con mi espíritu, estaba en conflicto, pero no podía no hacer nada… El terror no llegaba por mí adentro mío, me atormentaba susurrando el nombre de Alek, de Miyori… ~ Por favor, no se mueran ~ pensé mientras intentaba de alguna forma dominar mi incontrolable mente, controlar mi alterado cuerpo… No hacía frío, y sin embargo ahí tenía aquella sensación, no hacía calor, y aun así, una solitaria gota de sudor bajó tímidamente desde mi sien, bajando sobre mi rostro justo por delante de mi oreja derecha. Los nervios estaban allí, no se irían… Akira y la morena con lo suyo, Asheera se la veía abrumada, no podía sentirme yo en ese momento… Incluso estaba intolerante, colérico… No podía recabar ningún dato, allí frente a esa estúpida y dura puerta, el fuego, salvo más que iluminarnos tenuemente, no sirvió más que para eso… El cigarro que tenía en mi boca, me ayudaba a solapar los nervios y dejarlos recibir esa inyección de dopamina, mientras el otro, solo fue un cigarro desperdiciado, nada hubo por comprender… Solo lo dejé caer y lo pisé sin dudarlo… Allí parado, frente a esa puerta, de pronto sonidos mecánicos y de metal comenzaron a sonar, un mecanismo. La puerta poco a poco comenzó a abrirse dejando de a poco entrever una luz que se colaba, débil, pero esclarecedora, y fijándome aún más, la inmensa figura de alguien delante… Cuando la puerta se abrió del todo, y la luz se hizo, lo comprendí, a la par que el gas comenzó a brotar… ~ Puta mierda… Que desperdicio… ~ pensé dándole la última pitada al cigarro comprendiendo que no podría continuarlo y tirándolo con los dedos a un costado… ~ Espero que no estén pasando lo mismo ~ mis pensamientos seguían guardando preocupación por mi compañero, por aquella quien quería… Mis pasos me guiaron fuera del recinto, y la luz se hizo, dejando ver al feo muchachote de la marina… Mis ojos le vieron con desprecio, ya me había topado con gente así de la marina, y ya les había dicho en su ocasión, que alguien que no representa el uniforme que trae puesto, no debería vestirlo… Sobre todo, cuando atentaba contra la libertad, cuando atentaba contra los míos… Su actitud era sobradora, y sus palabras lo fueron más… Mientras ello ocurría yo solo avancé sin antes desviar mi mirada con enojo a Akira, desaprobando sus elecciones de vida… Era mi amigo, pero no comprendía si era buen hombre que hacía en una institución tan podrida… Fue un instante mientras avancé hasta quedar a dos metros de la puerta que se abrió delante nuestro, apenas adentrado en la sala. Mientras lo hice, de mi mano izquierda, cinco hilos salieron de la punta de mis dedos comenzando a flotar en el aire frente a mí de manera errática a ocho metros del suelo, y a tomar posesión del aire, incluso se elevaron a la altura de nueve metros, uno de ellos, pasó a unos centímetros del techo por sobre el enmascarado, quedando a dos metros por detrás de él su punta, mientras que otros dos separados, a dos metros de él, reptaron también hacia uno de sus flancos, quedando por su derecha a unos dos metros, mismo proceso con otros dos hilos por su izquierda ambos pares a ocho metros de altura, buscaba su apertura, pero aún no, aún no la podía ver. Desenvainé mi katana, frente a ese monstruo, y solo sonreí, no por gracia o risa, sino de comprender mi destino, después del todo no mintió, de todos los que allí estábamos incluido él, no todos saldríamos, pero no tenía pensado morir, no ese día… El gas molestaba, no permitía respirar, hablar era algo que no iba a poder hacer… Aunque, mis labios le dejaron el recado… — De la única manera que existe — la mímica estuvo, más el sonido de mi voz nunca se pronunció… — Usar un truco barato para un duelo, quería pelear con un hombre, no un marica y cobarde, que lastima lo del gas... — sentencié silentemente intentando ser racional y convincente, sin mentiras, solo el orgullo de dos hombres, con una sonrisa ladeada, más que honesta, fingida, no había motivos por el cual sonreír, aunque la emoción me desbordaba al mismo tiempo que el terror. No habría más, no quería más cháchara tampoco. No la ví, pero era imposible no notar como Asheera, con su enorme tamaño pasó detrás de mí… La morocha, que no conocía, hizo lo propio también… Y maldita sea, era endiabladamente rápida… En el instante que estuvo a la par mía casi, su velocidad era más de la que yo podía seguir pero esa era la pauta… En el momento que ella pasó a la acción, no supe que pensaba hacer, pero yo avancé para el flanco derecho del bicho a toda la velocidad que pude exprimirle a mi cuerpo, mis dedos activos en la mano izquierda, mi katana lista en la derecha, corrí cuatro metros en diagonal, para luego dar un salto de cuatro metros hacia mi enemigo por su lado derecho, y propinar un corte a su cintura y saltar nuevamente otros cuatro metros nuevamente hacia la puerta de donde vine. Si hoy tocaba morir… Si los míos murieron… Ésta vez no iba a quedarme mirando como perdía todo sin luchar…
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Paddock
RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El punto de no retorno; Parte 3 (GRUPO 7) - Akira Raito - 26-03-2026 [personajeinvalido=3367] La puerta se había abierto, pero no por el cabezazo de Akira…Y al otro lado, otra habitación, más grande y con un aire… Curioso. La primera reacción del marine fue inhalar profundamente del poco oxígeno que todavía les quedaba en la estancia pequeña antes de avanzar a la siguiente sala. Fue un acto reflejo.
Y en un abrir y cerrar de ojos, Akira se convirtió un borrón de rápido movimiento. Cruzó la puerta y recorrió el perímetro de la sala en segundos, rozando con los dedos las juntas del hormigón, buscando un panel o algo oculto. Y al confirmar que la habitación era nuevamente una trampa, se paró en seco frente a Landon Coates que, por su uniforme, delataba ser un capitán de la Marina. Akira extendió el brazo firme, ordenó el “alto” al resto del grupo y se colocó frente a Landon con un saludo oficial de la Marina, intentando hablar con él vocalizando, sin soltar aire: —CAPITÁN, AKIRA DE LA DIVISIÓN 80, SOLICITO ÓRDENES DE PASO —exageró con los labios y con gestos. Tras eso, la pirata se lanzó como una bala a atacarle—. CAPITÁN, ESO ES ACCIÓN-REACCIÓN, LOS COLLARES —señaló su collar mientras todavía le podía observar, indicándole que era necesario que se los quitara, o al menos, a él como subordinado. Pero para colmo, Cill también rompió la formación y se lanzó al aque. Por un momento Akira pensó que estaban desperdiciando sus vidas, en un despliegue de fuerza bruta inútil contra un oponente que era un capitán, así que se desplazó lateralmente junto con la mujer gigante para intentar evitar que la trayectoria de alguna reacción de Landon o el impacto de los ataques de aquellos dos pudiera hacerles algo. No sabía si el capitán estaba allí por voluntad o había sido llevado en su contra como ellos, y Akira era nervioso e hiperactivo, pero por el momento, era su superior y desconocía las intenciones. —LIBÉRAME CAPITÁN Y EXPLÍCAME DE QUE VA TODO ESTO —volvió a vocalizar con aspavientos con las manos, cerrando el puño frente al pecho, y esperando que valorara su disciplina y que le diera explicaciones.
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