11-06-2024, 02:50 PM
La noticia de que había transcurrido un año pilló al panda por sorpresa. Recordaba perfectamente la semana que había pasado en al isla celeste, entrenando y disfrutando de las curiosidades que ofrecía la civilización perdida. En efecto, el tiempo vuela cuando lo pasas bien, pero tenía la certeza de que no volaba tan deprisa. Sin embargo, cuando tras descender de los cielos en aquella embarcación mercante y recibir un periódico al parecer con un mes entero de retraso consultó la fecha de publicación de las noticias, tuvo que ceder ante el surrealista evidencia de que, en efecto, había pasado mucho más tiempo del que el panda había podido percibir en la isla del cielo. Tuvo que aceptar la noticia porque no le quedaba otra: había desaparecido del mundo durante un año. Una vez aceptado lo inevitable, solo restó consultar las noticias para ver si había algo interesante. ¡Y lo había! Dos prometedores revolucionarios salían en las noticias. Kisuke Kageyama y Zorak, así eran sus nombres, habían, al parecer, derrotado con un miembro del CP8 ni más ni menos. Los agentes de alto rango del gobierno debían de ser extremadamente duros de pelar. El panda no pudo evitar preguntarse cuán fuertes serían sus compañeros. Entre noticias de cazadores y desapariciones se encontró con un par de noticias muy interesantes. Por un lado la familia Tempesta renegaba de su descendencia y sólo conocía a una persona que se llamase así. Triana Tempesta tenía una mirada de la que era difícil olvidarse, después de todo. Por otro lado la seguridad estaba siendo reforzada en Sabaody, lo cual dificultaría el avance del panda al Nuevo Mundo si es que alguna vez desease llegar allí. Con todo esto en mente y habiéndose echado unas buenas risas con su nuevo wanted bajo el nombre de "Chewbacca", el panda guardó el periódico junto todos los demás y le echó un par de lecturas a lo largo de todo su tiempo en el barco, pero cuando ya lo hubo leído un par de veces dejó de resultarse interesante y se dedicó a otras cosas.
Lo cierto es que el Panda llegó a perder la noción del tiempo en aquel barco mercante. Le habían prometido como participante en los juegos de Zarutsuki que, en efecto, tendría transporte gratuito a la isla más cercana de la corriente escogida y Don Bambú escogió la corriente Daiya y la isla de Báltigo precisamente por la secreta presencia revolucionaria en la misma. No había contado, sin embargo, con que el viaje se iba a extender más de un mes. Se le hacía muy aburrido viajar en barco y ver a las mismas personas todos los días, sobre todo si no tenía ningún vínculo con ellas. Dedicaba la mayor parte de su tiempo a la lectura y al entrenamiento. Los libros, sin embargo y por desgracia, eran finitos, de modo que solo quedaba el entrenamiento. Hacer flexiones, sentadillas, dominadas y otros ejercicios se terminaba haciendo aburrido, sobre todo si lo único que podías variar era el espacio en el que las hacías. Ninguno de los tripulantes del barco era apto para el combate con el gigantesco panda, así que podía entrenar con nadie sin riesgo a herirlos de gravedad. El viaje fue, en fin, un tostón. Pero sí que ocurrió algo emocionante a lo largo del viaje que mantuvo los ánimos del panda altos: logró establecer comunicación con el ejército revolucionario. Conocía las frecuencias, después de todo, y no le costó que su den den mushi encontrase la señal de otro hacía ya una semana. El recluta que le atendió pensó que le estaban tomando el pelo. ¿Don Bambú? Ese nombre llevaba un año ya sin aparecer en ningún sitio. La última noticia que se tenía del panda era su huida de la isla de Little Garden y tras un incremento sustancial en su recompensa desapareció por completo de los medios, como si se lo hubiera tragado la tierra, durante prácticamente un año. Sin embargo, toda la información que el panda le había dado al recluta sobre su persona era tan precisa y correcta que solo se presentaban dos alternativas: O el sujeto al otro lado del caracol era verdaderamente Don Bambú o éste había sido secuestrado y torturado de tal manera que había cantado como un ruiseñor todo lo que sabía acerca de la revolución y sus implicaciones con ella. Sea como fuere, esto requería de una identificación en persona para llegar a una conclusión y por ello se acordó un punto de encuentro en Báltigo, cerca del puerto donde suelen parar las embarcaciones mercantes, para corroborar la identidad del panda y tomar una decisión acerca de su futuro inmediato. Don Bambú aceptó encantado esta propuesta, pues le acercaba un paso más a volver a ser operativo en su amado Ejército Revolucionario. Había pasado tanto tiempo sin misiones, sin llevar la libertad a los más desfavorecidos... Echaba de menos la vida que había escogido.
El día 29 de invierno el panda llegó a su destino a las seis y media de la mañana y se despidió de los currantes del barco mercante con una educada reverencia. Le habían alimentado y tratado bien a lo largo de todo el viaje y eso decía mucho de ellos. El puerto en el que habían desembarcado era poco más que unas tablas conectadas a un cacho de tierra con unas cuantas casas de madera vieja y con escasa actividad humana. Había alguna tienda y gente paseando, dando la impresión de pueblo de interior más que de puerto comercial de una isla entera. El paisaje era completamente árido y carente de vegetación. El sol pegaba bastante fuerte, pero eso al panda no le importaba. Su mullido pelaje le solía proteger tanto del calor como de las quemaduras del sol. No perdió el tiempo y se dirigió a solas al punto de encuentro con los revolucionarios. Éste se encontraba a escasos kilómetros de aquel pueblucho costero, en una zona sin aparentemente nada más que piedras y los escasos hierbajos lo suficientemente resistentes como para soportar las terribles condiciones de aquel lugar. Fue en cuanto llegó al punto de encuentro acordado que escuchó el inconfundible sonido de un rifle siendo amartillado. Antes de la orden, ya había levantado ambas manos. —Date la vuelta. Despacio. —Y así lo hizo. El joven que le estaba apuntando debía de medir metro sesenta, pero a pesar de la diferencia de alturas el muchacho no mostraba el menor temor hacia la criatura. —Corrobóralo. —Le ordenó a un hombre gordinflón que estaba de pie a su lado. Tenía un par de papeles en su mano y alternaba su mirada frenéticamente entre éstos y el panda, como si tratase de descubrir alguna diferencia que delatase a un impostor. —¿Cuánto mides? —Preguntó mirándole a los ojos, como si se tratase de un examen. —Tres noventa la última vez que me medí. ¿No hay muchos mink panda, sabes? Creo que es suficiente. —Le empezaba a molestar tener los brazos en alto, pero no los bajó, así como tampoco bajó el arma el muchacho que le estaba apuntando. —Será suficiente cuando digamos que es suficiente soldado, muestre el debido respeto. —Y se señaló la insignia, era de rango superior al panda. Inmediatamente el mink se cuadró, aunque no bajó las manos para efectuar el saludo reglamentario a su superior. —Mis disculpas, ha sido un largo viaje y mucho tiempo ha pasado sin hablar con superiores. —El tono del panda era de absoluto respeto por la figura que tenía delante. Esto debió notarse, porque el joven bajó el arma al momento y le saludó más formalmente. —Descanse soldado. ¿Se habla mucho de usted, sabe? El rango de soldado le queda pequeño y dudo mucho que se vuelva a repetir esta ocasión en la que usted tenga que saludarme primero.
—Le tendió la mano y el panda la aceptó. —Bienvenido a casa. —Una sonrisa cruzó la cara del muchacho, también la del panda. Estaba en casa.
Los revolucionarios le acompañaron hasta la fortaleza oculta del Ejército. Todavía no había sido descubierta por las autoridades y servía de base de operaciones extremadamente eficiente. Se trataba de una especie de castillo de piedra en cuyo interior podrían encontrase incluso altos mandos del Ejército. —El primer lugar que querrá visitar será la cafetería, soldado. No es lo mejor que hay, pero es más de lo que cabría esperar. —Y con un último saludo, ambos sujetos dejaron a solas al panda para explorar el lugar. Hizo caso a sus consejos y fue de cabeza a la cafetería de la base pues se estaba muriendo de hambre. No estaba muy llena en ese momento y sólo unos cuantos sujetos se encontraban desayunando en aquel momento, dos de ellos compartiendo mesa. El panda no les prestó atención inmediatamente, ya que fuera directo a la barra a pedirse algo de desayunar. Después de consultar rápidamente la carta se pidió tres sándwiches mixtos, fruta y dos jarras grandes de zumo. Dejó el precio exacto en la barra más un poco extra de propina y se dirigió a una de las mesas vacías a esperar su desayuno. No pudo evitar mirar a su alrededor a ver a quién se encontraba con la mirada. Los dos sujetos que estaban juntos le llamaron la atención. Ambos parecían humanos. No más de dos metros de alto el más alto de ellos y el pelirrojo tenía la mitad de la cara tapada y aspecto de estar pasándolo mal. Se preguntó qué rango tenían, pero no se atrevió a buscar con su mirada algún tipo de distintivo por si eso resultaba demasiado invasivo, aunque lo cierto es que tampoco apartó la mirada de ellos.
Lo cierto es que el Panda llegó a perder la noción del tiempo en aquel barco mercante. Le habían prometido como participante en los juegos de Zarutsuki que, en efecto, tendría transporte gratuito a la isla más cercana de la corriente escogida y Don Bambú escogió la corriente Daiya y la isla de Báltigo precisamente por la secreta presencia revolucionaria en la misma. No había contado, sin embargo, con que el viaje se iba a extender más de un mes. Se le hacía muy aburrido viajar en barco y ver a las mismas personas todos los días, sobre todo si no tenía ningún vínculo con ellas. Dedicaba la mayor parte de su tiempo a la lectura y al entrenamiento. Los libros, sin embargo y por desgracia, eran finitos, de modo que solo quedaba el entrenamiento. Hacer flexiones, sentadillas, dominadas y otros ejercicios se terminaba haciendo aburrido, sobre todo si lo único que podías variar era el espacio en el que las hacías. Ninguno de los tripulantes del barco era apto para el combate con el gigantesco panda, así que podía entrenar con nadie sin riesgo a herirlos de gravedad. El viaje fue, en fin, un tostón. Pero sí que ocurrió algo emocionante a lo largo del viaje que mantuvo los ánimos del panda altos: logró establecer comunicación con el ejército revolucionario. Conocía las frecuencias, después de todo, y no le costó que su den den mushi encontrase la señal de otro hacía ya una semana. El recluta que le atendió pensó que le estaban tomando el pelo. ¿Don Bambú? Ese nombre llevaba un año ya sin aparecer en ningún sitio. La última noticia que se tenía del panda era su huida de la isla de Little Garden y tras un incremento sustancial en su recompensa desapareció por completo de los medios, como si se lo hubiera tragado la tierra, durante prácticamente un año. Sin embargo, toda la información que el panda le había dado al recluta sobre su persona era tan precisa y correcta que solo se presentaban dos alternativas: O el sujeto al otro lado del caracol era verdaderamente Don Bambú o éste había sido secuestrado y torturado de tal manera que había cantado como un ruiseñor todo lo que sabía acerca de la revolución y sus implicaciones con ella. Sea como fuere, esto requería de una identificación en persona para llegar a una conclusión y por ello se acordó un punto de encuentro en Báltigo, cerca del puerto donde suelen parar las embarcaciones mercantes, para corroborar la identidad del panda y tomar una decisión acerca de su futuro inmediato. Don Bambú aceptó encantado esta propuesta, pues le acercaba un paso más a volver a ser operativo en su amado Ejército Revolucionario. Había pasado tanto tiempo sin misiones, sin llevar la libertad a los más desfavorecidos... Echaba de menos la vida que había escogido.
El día 29 de invierno el panda llegó a su destino a las seis y media de la mañana y se despidió de los currantes del barco mercante con una educada reverencia. Le habían alimentado y tratado bien a lo largo de todo el viaje y eso decía mucho de ellos. El puerto en el que habían desembarcado era poco más que unas tablas conectadas a un cacho de tierra con unas cuantas casas de madera vieja y con escasa actividad humana. Había alguna tienda y gente paseando, dando la impresión de pueblo de interior más que de puerto comercial de una isla entera. El paisaje era completamente árido y carente de vegetación. El sol pegaba bastante fuerte, pero eso al panda no le importaba. Su mullido pelaje le solía proteger tanto del calor como de las quemaduras del sol. No perdió el tiempo y se dirigió a solas al punto de encuentro con los revolucionarios. Éste se encontraba a escasos kilómetros de aquel pueblucho costero, en una zona sin aparentemente nada más que piedras y los escasos hierbajos lo suficientemente resistentes como para soportar las terribles condiciones de aquel lugar. Fue en cuanto llegó al punto de encuentro acordado que escuchó el inconfundible sonido de un rifle siendo amartillado. Antes de la orden, ya había levantado ambas manos. —Date la vuelta. Despacio. —Y así lo hizo. El joven que le estaba apuntando debía de medir metro sesenta, pero a pesar de la diferencia de alturas el muchacho no mostraba el menor temor hacia la criatura. —Corrobóralo. —Le ordenó a un hombre gordinflón que estaba de pie a su lado. Tenía un par de papeles en su mano y alternaba su mirada frenéticamente entre éstos y el panda, como si tratase de descubrir alguna diferencia que delatase a un impostor. —¿Cuánto mides? —Preguntó mirándole a los ojos, como si se tratase de un examen. —Tres noventa la última vez que me medí. ¿No hay muchos mink panda, sabes? Creo que es suficiente. —Le empezaba a molestar tener los brazos en alto, pero no los bajó, así como tampoco bajó el arma el muchacho que le estaba apuntando. —Será suficiente cuando digamos que es suficiente soldado, muestre el debido respeto. —Y se señaló la insignia, era de rango superior al panda. Inmediatamente el mink se cuadró, aunque no bajó las manos para efectuar el saludo reglamentario a su superior. —Mis disculpas, ha sido un largo viaje y mucho tiempo ha pasado sin hablar con superiores. —El tono del panda era de absoluto respeto por la figura que tenía delante. Esto debió notarse, porque el joven bajó el arma al momento y le saludó más formalmente. —Descanse soldado. ¿Se habla mucho de usted, sabe? El rango de soldado le queda pequeño y dudo mucho que se vuelva a repetir esta ocasión en la que usted tenga que saludarme primero.
—Le tendió la mano y el panda la aceptó. —Bienvenido a casa. —Una sonrisa cruzó la cara del muchacho, también la del panda. Estaba en casa.
Los revolucionarios le acompañaron hasta la fortaleza oculta del Ejército. Todavía no había sido descubierta por las autoridades y servía de base de operaciones extremadamente eficiente. Se trataba de una especie de castillo de piedra en cuyo interior podrían encontrase incluso altos mandos del Ejército. —El primer lugar que querrá visitar será la cafetería, soldado. No es lo mejor que hay, pero es más de lo que cabría esperar. —Y con un último saludo, ambos sujetos dejaron a solas al panda para explorar el lugar. Hizo caso a sus consejos y fue de cabeza a la cafetería de la base pues se estaba muriendo de hambre. No estaba muy llena en ese momento y sólo unos cuantos sujetos se encontraban desayunando en aquel momento, dos de ellos compartiendo mesa. El panda no les prestó atención inmediatamente, ya que fuera directo a la barra a pedirse algo de desayunar. Después de consultar rápidamente la carta se pidió tres sándwiches mixtos, fruta y dos jarras grandes de zumo. Dejó el precio exacto en la barra más un poco extra de propina y se dirigió a una de las mesas vacías a esperar su desayuno. No pudo evitar mirar a su alrededor a ver a quién se encontraba con la mirada. Los dos sujetos que estaban juntos le llamaron la atención. Ambos parecían humanos. No más de dos metros de alto el más alto de ellos y el pelirrojo tenía la mitad de la cara tapada y aspecto de estar pasándolo mal. Se preguntó qué rango tenían, pero no se atrevió a buscar con su mirada algún tipo de distintivo por si eso resultaba demasiado invasivo, aunque lo cierto es que tampoco apartó la mirada de ellos.
Resumen
