06-04-2024, 12:30 AM
Desde la esquina peor iluminada de la taberna, Messmer observaba en silencio el espectáculo que se daba ante sus ojos. Baile, música, risas, bromas y bebidas revoloteaban de un lado para el otro con feliz soltura, era toda una danza de borrachos. Tal era la diversión que nadie parecía haberse fijado en esa oscura figura que aguardaba en su esquinita. Su tamaño solía hacerle de notar, pero siempre iba vestido tan de negro y era tan silencioso que la gente se olvidaba de él rápidamente, solo sus dos iris amarillos destacaban entre las sombras. Messmer analizaba las conversaciones que escuchaba, intentando entender lo que se suponía que era tan gracioso. Él ya estaba acostumbrado a sentirse como un pez fuera del agua en las situaciones sociales, sobre todo en cuanto entraba en una taberna. Quizás era raro, pero Messmer nunca había probado el alcohol. Estaba ahí, sentado, bebiéndose un refresco mientras pensaba... "qué ganas de morirme".
Y es que cada risa que escuchaba le deprimía más y más. "No encajo en este mundo... no sé por qué estoy vivo", eran ideas recurrentes en su cabeza, "ni si quiera sé qué hago aquí, ahora, en este lugar y este instante". Su rostro no reflejaba ninguno de estos pensamientos, no se hallaba en su cara ni una mueca de tristeza o melancolía, simplemente era su estado natural, su estado neutral. De repente, el silencio que se provocó en la taberna le llamó la atención, haciéndole salir del trance durante unos instantes. "Ese mink..." le resultó curioso que por un momento, le pareció como si el lobo que antes bromeaba con tanta soltura, repentinamente no supiera cómo continuar la siguiente. Aunque rápidamente el ambiente volvió a la normalidad, no pudo evitar pensar en que quizás, un mink como él, también se sentía un bicho raro.
Y eso le hacía sentirse aún peor, porque a pesar de que el lobo tuviera papeletas para ser "discriminado" o temido por los humanos, sabía cómo relacionarse con ellos como si fuera uno más. "Qué inutilidad..." pensó Messmer sobre sus propias capacidades. Con el ánimo totalmente por los suelos y con mas ganas que nunca de desenvainar su katana, se levantó de su asiento y comenzó a andar con un paso lento y tremendamente silencioso, recorriendo la sala, evitando cruzar por en medio y dirigiéndose hacia la puerta. No, no tenía dinero para pagar el refresco que se acababa de beber, iba a salir de allí sin pagar lo poco que podría valer una bebida, pero no le importaba, tampoco creía que nadie fuera a darse cuenta. Al fin y al cabo, Messmer era tremendamente insignificante.
Y es que cada risa que escuchaba le deprimía más y más. "No encajo en este mundo... no sé por qué estoy vivo", eran ideas recurrentes en su cabeza, "ni si quiera sé qué hago aquí, ahora, en este lugar y este instante". Su rostro no reflejaba ninguno de estos pensamientos, no se hallaba en su cara ni una mueca de tristeza o melancolía, simplemente era su estado natural, su estado neutral. De repente, el silencio que se provocó en la taberna le llamó la atención, haciéndole salir del trance durante unos instantes. "Ese mink..." le resultó curioso que por un momento, le pareció como si el lobo que antes bromeaba con tanta soltura, repentinamente no supiera cómo continuar la siguiente. Aunque rápidamente el ambiente volvió a la normalidad, no pudo evitar pensar en que quizás, un mink como él, también se sentía un bicho raro.
Y eso le hacía sentirse aún peor, porque a pesar de que el lobo tuviera papeletas para ser "discriminado" o temido por los humanos, sabía cómo relacionarse con ellos como si fuera uno más. "Qué inutilidad..." pensó Messmer sobre sus propias capacidades. Con el ánimo totalmente por los suelos y con mas ganas que nunca de desenvainar su katana, se levantó de su asiento y comenzó a andar con un paso lento y tremendamente silencioso, recorriendo la sala, evitando cruzar por en medio y dirigiéndose hacia la puerta. No, no tenía dinero para pagar el refresco que se acababa de beber, iba a salir de allí sin pagar lo poco que podría valer una bebida, pero no le importaba, tampoco creía que nadie fuera a darse cuenta. Al fin y al cabo, Messmer era tremendamente insignificante.
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