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Los lobos se adaptan [Presente relativo] - Versión para impresión

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Los lobos se adaptan [Presente relativo] - Edmon Contróy - 05-04-2024

—¡Kiekiekiekie! — Emanaba el sonido de unos labios ásperos. Sus colmillos rechinaban con fuerza después de cada carcajada, produciendo un agradable sonido rítmico que recordaba al de unas castañuelas. Incluso un pequeño bribón, de no más de metro cuarenta, comenzó a bailar sobre la apestosa madera de la taberna. Su compás lo seguiría la fémina que tenía al lado, que le seguía con palmas. En un abrir y cerrar de ojos se estaba montando un tablao flamenco. Inconscientemente, la cola de Edmon se movía también. ¿Instinto canino? él sabía bien que ese determinado movimiento ocurría de forma involuntaria cuando estaba feliz, pero muchas veces también si se encontraba incómodo o ansioso. En este caso la sensación que lo provocaba era la absoluta felicidad del momento. — ¡Creo, sin exagerar, que sois las mejores personas que he conocido jamás! — Un brazo peludo rodeó la cabeza de un humano, era uno de los seis del grupo que se encontraban alrededor de la mesa, bebiendo, cantando y gastando el dinero como verdaderos hombres pobres de ciudades grandes. — ¡Y eso que sois humanos! —  Comentó con ironía.

Eran buenas personas, hombres cansados de sus mujeres que perdían el tiempo con hombres que estaban cansados de sus mujeres. ¿Qué decir a eso? Edmon tan aprovechar el momento. El lobo introduciría sus sigilosos dedos en el interior del pantalón de uno de los humanos, sacándole la cartera. Toma truco de magia. — ¡Kiekiekiekiekie! — Vociferó nuevamente, ya con la primera víctima de la noche.
— ¿Así que quieres comprarte una isla? eso sí que es un sueño, amigo. — ¿Quién no quería una isla? el objetivo de Edmon era más que asumible para cualquier mente racional, ¿o no?
— Cuando la tengas invítame, te dejo a los niños y me voy JAJAJAJAJAJAJAJA — Su compañero dijo algo parecido. — Definitivamente odian a sus crías —
— ¡Claro, claro! — Respondería Contróy, siguiendo la broma mientras iba afanando carteras.
— ¡Yo también le dejo a los niños, vamos! — Intentó rebuscar en su cartera para lanzar unos billetes, pero esta no estaba. —  Donde coño ... — Edmon se levantó brindando su copa con el tipo y quitándole la idea de encima para que dejara de buscar.
— Estáis todos invitados a mi maldita isla. Será un lugar impresionante, os lo prometo. —  Cuando hablaba más de la cuenta, liberaba un pequeño ronroneo al terminar una frase. — Habrá un juego muy típico de mi tierra. — Se rascó la oreja.
— ¿Un juego típico? — Llegaron más copas.
— Caza al humano, es muy divertido kiekiekiekie ... —  El silencio inundaría la sala. La mujer que estaba dejando las copas se quedó petrificada. Y sí, claro, todos se le quedaron mirando. Aquellos ojos carmesí notaron la incomodidad del comentario, tenía que arreglarlo. — Humano es como llamamos nosotros la mierda de un animal ... —  No mejoraba la cosa. —  Buscamos la ... Caca y quien la encuentra ... —  Ninguna mirada le hacía ver un cambio del ambiente. — Se la puede ... Lanzar a su cría a la ... ¿cara? ... —  Entonces todos liberaron de nuevo las risas. ¿Qué coño le pasaba a esta gente?

Las dunas Shura era un lugar repleto de gente extraña, animales muertos de hambre y peligrosos, además de pocos lugares donde beber y comer. Al menos donde había ido a parar Edmon. El ambiente se relajó, rompiéndose un fino velo que definió la realidad, los allí presentes solo le aguantaban porque pagaba las rondas. ¿Qué más daba? Edmon ya tenía sus carteras. —  Ya os podéis ir, sí kiekiekie — Reía en pensamientos. Bicho raro.

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RE: Los lobos se adaptan [Presente relativo] - Messmer Sifer - 06-04-2024

Desde la esquina peor iluminada de la taberna, Messmer observaba en silencio el espectáculo que se daba ante sus ojos. Baile, música, risas, bromas y bebidas revoloteaban de un lado para el otro con feliz soltura, era toda una danza de borrachos. Tal era la diversión que nadie parecía haberse fijado en esa oscura figura que aguardaba en su esquinita. Su tamaño solía hacerle de notar, pero siempre iba vestido tan de negro y era tan silencioso que la gente se olvidaba de él rápidamente, solo sus dos iris  amarillos destacaban entre las sombras. Messmer analizaba las conversaciones que escuchaba, intentando entender lo que se suponía que era tan gracioso. Él ya estaba acostumbrado a sentirse como un pez fuera del agua en las situaciones sociales, sobre todo en cuanto entraba en una taberna. Quizás era raro, pero Messmer nunca había probado el alcohol. Estaba ahí, sentado, bebiéndose un refresco mientras pensaba... "qué ganas de morirme".

Y es que cada risa que escuchaba le deprimía más y más. "No encajo en este mundo... no sé por qué estoy vivo", eran ideas recurrentes en su cabeza, "ni si quiera sé qué hago aquí, ahora, en este lugar y este instante". Su rostro no reflejaba ninguno de estos pensamientos, no se hallaba en su cara ni una mueca de tristeza o melancolía, simplemente era su estado natural, su estado neutral. De repente, el silencio que se provocó en la taberna le llamó la atención, haciéndole salir del trance durante unos instantes. "Ese mink..." le resultó curioso que por un momento, le pareció como si el lobo que antes bromeaba con tanta soltura, repentinamente no supiera cómo continuar la siguiente. Aunque rápidamente el ambiente volvió a la normalidad, no pudo evitar pensar en que quizás, un mink como él, también se sentía un bicho raro.

Y eso le hacía sentirse aún peor, porque a pesar de que el lobo tuviera papeletas para ser "discriminado" o temido por los humanos, sabía cómo relacionarse con ellos como si fuera uno más. "Qué inutilidad..." pensó Messmer sobre sus propias capacidades. Con el ánimo totalmente por los suelos y con mas ganas que nunca de desenvainar su katana, se levantó de su asiento y comenzó a andar con un paso lento y tremendamente silencioso, recorriendo la sala, evitando cruzar por en medio y dirigiéndose hacia la puerta. No, no tenía dinero para pagar el refresco que se acababa de beber, iba a salir de allí sin pagar lo poco que podría valer una bebida, pero no le importaba, tampoco creía que nadie fuera a darse cuenta. Al fin y al cabo, Messmer era tremendamente insignificante.



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