70 de primavera, año 16
2:16, Ciudad Piston
2:16, Ciudad Piston
Hacía poco más de un año que había llegado a Ciudad Piston - o como me gustaba llamarla a mí, Ciudad Pis -.
Nunca parecía quedarse completamente en silencio, incluso a esas horas de la madrugada: golpes secos de martillo en la madera o el metal, hierros cayendo sobre montones de chatarra, engranajes girando con un traqueteo irregular, puertas oxidadas que se cerraban con un chirrido, voces de gente bebiendo o discutiendo en algún callejón e incluso algún disparo lejano. Todo en ella parecía tener su propio ritmo, aunque nadie se fijase en ello.
Ya me había acostumbrado a aquel ambiente. Aquella no era una ciudad especialmente alegre, pero había aprendido a encontrar pequeños rincones de felicidad en mitad de todo aquel gris.
Uno de ellos era un local bastante espacioso. Al menos para alguien de tamaño normal, porque para mí entrar sin llevarme algo por delante o sin tener que convertirme en un bicho bola monocromático con esteroides ya era todo un logro. No era especialmente bonito ni estaba en las mejores condiciones, pero llevaba frecuentándolo casi desde que llegué, y con el paso de los meses había terminado conociendo a buena parte de la gente que solía pasar por allí. Y es que, aunque en Ciudad Piston no fuera precisamente raro encontrarse con algún maleante buscando problemas, no todo el mundo allí era así. La mayoría de la gente simplemente intentaba salir adelante. Tenían poco, pero aun así no dudaban en compartir contigo un plato de comida o un trago si veían que eras buena gente. No necesitaban saber de dónde venía ni qué había hecho antes de llegar a la ciudad. Mientras pudiera sentarme con ellos, echarme unas risas y cantar alguna canción de vez en cuando, parecía ser más que suficiente.
Aquella noche no era diferente. Llevaba unas horas allí, disfrutando de la compañía y de la bebida mientras dejaba que mi voz se mezclase con el ruido habitual del local. A esas alturas ya sabían que, cuando me ponía a cantar, intentar hacerme bajar la voz era una batalla perdida de antemano.
— ¡QUE CANTE EL PANDA! ¡QUE CANTE EL PANDA! — coreaban al unísono todos los parroquianos. Si llego a saber que querían hacer una batalla de gritos me habría preparado, aunque les habría ganado por paliza casi sin esforzarme.
— ¡SI YA SABEN CÓMO ME PONGO, PA' QUÉ ME INVITAN, JIO JIO JIO! — dije entre carcajadas — BUENO, ¡VAMOS A ELLO, BAMBURÚ! — les anuncié mientras me acomodaba, sentándome con las patas cruzadas, acariciando mi colgante y mesándome la barba.
Comencé a marcar el ritmo golpeando cuatro veces mi muslo con la mano, marcándoles la entrada a todos los presentes para que me acompañasen. Y entonces, un cántico resonó por todo el local, escapándose incluso al exterior:
"¡PONTE EN PIE, ALZA EL PUÑO Y VEN
A LA FIESTA DEL PANDA, EN LA HOGUERA HAY DE BEBER...!"
