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— La cuarta persona [PASADO] - Versión para impresión

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— La cuarta persona [PASADO] - Taito - 20-09-2026

70 de Primavera del año 16
02:16. Ciudad Piston.

— Música Grigori, música — dije mientras caminaba por las calles de la ciudad Piston con las manos en los bolsillos y mi fiel amigo y compañero Grigori en mi hombro — Es de las cosas que más echo de menos del campamento ¡esta gente no tiene arte-hmm! — afirmé entretenido elucubrando sobre nuestra conversación más reciente. Grigori por su parte graznó una vez y me miró atentamente — Sólo metal cayendo y gritos de personas discutiendo o peleando ¡no hay ni una triste melodía! ¡ni un quejío! ¡nada de duende! — el cuervo rebuscó entre sus plumas — ¡Y te apuesto un berry a que vamos a seguir así el año que nos queda! Sin escuchar ni una sola melodía decente — saqué las manos de los bolsillos y me recoloqué el anillo mirando hacia delante en el camino, caminando unos cuantos pasos en silencio y escuchando efectivamente el sonido del ambiente del lugar atentamente. Nada de armonías o melodías, sólo el gris de la rutina y el tedio.

Era algo que había aprendido a detestar durante estos años de Aramenté: lo rutinario. Vivir y viajar de ciudad en ciudad, las mismas gentes, las mismas tradiciones, las mismas costumbres... era todo una copia de la copia de la copia del día anterior, y no me llenaba en absoluto. La perspectiva de un futuro calcado al pasado ya no era algo que removiese mi corazón, y el motivo y el fin del viaje como tal se había impuesto sobre la ilusión misma de poder completarlo que tenía inicialmente.
— A veces pienso en lo que nos dijo Vixen, ¿sabes? — dije en tono bajo — Y los gyojins de Sump ¿crees que todos cumplirán su promesa de vernos en Pinion dentro de esos años? — suspiré y encogí los hombros, mientras Grigori me daba dos picotazos muy leves en el cráneo a modo de continuidad a mi discurso, pues me entendía de sobra.

Continué caminando sin rumbo fijo por esas calles de la ciudad Piston, sin nada que hacer y nada que querer hacer. Ya no intentaba ganar dinero para sobrevivir, teníamos de sobra, y tampoco trataba de viajar y descubrir cosas o gente nueva. Sólo quería que los años terminasen para poder volver y plantearme realmente la vida desde ese punto. ¿Podría reemprender otro viaje? ¿podría cancelar este? ¿podría empezar mi propia aventura? No podía saberlo, no al menos hasta que mirase los ojos de padre y madre y les diera la satisfacción de verme volver, completando mi Aramenté como un hombre.


RE: — La cuarta persona [PASADO] - Shō Bao - 20-09-2026

70 de primavera, año 16
2:16, Ciudad Piston

Hacía poco más de un año que había llegado a Ciudad Piston - o como me gustaba llamarla a mí, Ciudad Pis -.
Nunca parecía quedarse completamente en silencio, incluso a esas horas de la madrugada: golpes secos de martillo en la madera o el metal, hierros cayendo sobre montones de chatarra, engranajes girando con un traqueteo irregular, puertas oxidadas que se cerraban con un chirrido, voces de gente bebiendo o discutiendo en algún callejón e incluso algún disparo lejano. Todo en ella parecía tener su propio ritmo, aunque nadie se fijase en ello.

Ya me había acostumbrado a aquel ambiente. Aquella no era una ciudad especialmente alegre, pero había aprendido a encontrar pequeños rincones de felicidad en mitad de todo aquel gris.

Uno de ellos era un local bastante espacioso. Al menos para alguien de tamaño normal, porque para mí entrar sin llevarme algo por delante o sin tener que convertirme en un bicho bola monocromático con esteroides ya era todo un logro. No era especialmente bonito ni estaba en las mejores condiciones, pero llevaba frecuentándolo casi desde que llegué, y con el paso de los meses había terminado conociendo a buena parte de la gente que solía pasar por allí. Y es que, aunque en Ciudad Piston no fuera precisamente raro encontrarse con algún maleante buscando problemas, no todo el mundo allí era así. La mayoría de la gente simplemente intentaba salir adelante. Tenían poco, pero aun así no dudaban en compartir contigo un plato de comida o un trago si veían que eras buena gente. No necesitaban saber de dónde venía ni qué había hecho antes de llegar a la ciudad. Mientras pudiera sentarme con ellos, echarme unas risas y cantar alguna canción de vez en cuando, parecía ser más que suficiente.

Aquella noche no era diferente. Llevaba unas horas allí, disfrutando de la compañía y de la bebida mientras dejaba que mi voz se mezclase con el ruido habitual del local. A esas alturas ya sabían que, cuando me ponía a cantar, intentar hacerme bajar la voz era una batalla perdida de antemano.

— ¡QUE CANTE EL PANDA! ¡QUE CANTE EL PANDA! — coreaban al unísono todos los parroquianos. Si llego a saber que querían hacer una batalla de gritos me habría preparado, aunque les habría ganado por paliza casi sin esforzarme.

— ¡SI YA SABEN CÓMO ME PONGO, PA' QUÉ ME INVITAN, JIO JIO JIO!  — dije entre carcajadas — BUENO, ¡VAMOS A ELLO, BAMBURÚ! — les anuncié mientras me acomodaba, sentándome con las patas cruzadas, acariciando mi colgante y mesándome la barba.

Comencé a marcar el ritmo golpeando cuatro veces mi muslo con la mano, marcándoles la entrada a todos los presentes para que me acompañasen. Y entonces, un cántico resonó por todo el local, escapándose incluso al exterior:

"¡PONTE EN PIE, ALZA EL PUÑO Y VEN
A LA FIESTA DEL PANDA, EN LA HOGUERA HAY DE BEBER...!"