19-09-2026, 12:26 AM
El silencio reinaba en la noche, roto únicamente por la respiración agitada al otro lado de la línea tras el último y agresivo acorde de guitarra. Magnus se había quedado completamente petrificado. La ceniza de su cigarro cayó sobre el césped, posándose como un copo de nieve. Sus ojos, perdidos en la inmensidad del universo, brillaban con una intensidad inusual bajo la luz de las estrellas.
De repente, una lágrima solitaria y cargada de pura hombría resbaló por su mejilla, trazando un surco en su rostro hasta perderse.
El buccaneer se puso en pie de un salto. Tiró el cigarro a un lado y comenzó a aplaudir lentamente al principio, golpeando sus palmas con solemnidad, hasta que el ritmo se aceleró y sus aplausos se convirtieron en truenos que retumbaron por toda la calle vacía.
—¡Gurororororo! ¡Bravo! —gritó Magnus, alzando la voz con una euforia y una emoción desmedidas, ignorando por completo que era plena noche —¡Me cago en todo, Garnet, eres un puto genio! ¡Has destilado la esencia misma del alma en una sola melodía! ¡Has recitado lo que todo hombre más desea! ¡Es crudeza, es anhelo, es... es arte, joder! ¡Y en exclusiva para mí!
La voz de Magnus, sumada al escandaloso recital de rock que acababa de sonar a través del caracolófono, fue demasiado para la tranquilidad del vecindario. A lo largo de la calle, las luces de las casas comenzaron a encenderse una tras otra en un efecto dominó. Se escuchó el rechinar de varias ventanas al abrirse de golpe.
—¡A callar, desgraciado! ¡Que algunos madrugamos! —gritó la voz cascada de una señora desde un segundo piso.
—¡Borracho de mierda, vete a dar voces a otra parte o bajo y te reviento! —le secundó un hombre corpulento en camiseta de tirantes desde un balcón cercano.
La interrupción cortó de cuajo el estado de epifanía artística de Magnus. Su sonrisa se había esfumado, y había sido sustituida por una mueca de pura indignación. Abajo, en la calle, tres tipos en ropa de dormir salieron de un portal cercano, armados con el valor que da el insomnio y un bate de madera.
—Oye, tú, el del pijama de leopardo —gruñó el más grande de los tres vecinos, acercándose amenazante —¿Eres sordo o qué te pasa? Apaga el cacharro ese o te lo tragas.
Magnus miró a los tres hombres de arriba a abajo con un profundo y absoluto desprecio. Unos hijos de puta que no eran capaces de apreciar la mejor obra jamás creada no deberían ser considerados ni siquiera seres humanos. El ambiente se volvió pesado. Sin apartar la vista de ellos, acercó el caracolófono a su boca, cambiando repentinamente su tono por uno de máximo respeto fraternal.
—Garnet, fiera del placer... La canción es una puta obra magna. No soy más que un aficionado a tu lado. Eres el orgullo de los mares —le dijo al comunicador con voz grave y solemne —Pero tengo que dejarte. Unos cabronazos incultos acaban de interrumpir nuestro momento de conexión y me veo en la obligación de arrancarles la jodida garganta y de reventar sus cráneos como si fueran cocos.
Magnus colgó el Den Den Mushi con cuidado, guardándolo a buen recaudo dentro de su chaqueta. Se crujió los nudillos de ambas manos, produciendo un sonido seco que resonó en el callejón, y dio un paso hacia los tres vecinos.
—¿Pijama de leopardo? —murmuró Magnus mientas una vena comenzaba a palpitar en su frente —Os voy a enseñar a respetar a las musas, hijos de puta.
Sin mediar una sola palabra más, Magnus recortó la distancia que lo separaba del que iba armado en un instante, lanzando su mano derecha hacia el cuello de su víctima para agarrarlo y hacerle cosas que nadie debería haber presenciado ni vivido jamás.
De repente, una lágrima solitaria y cargada de pura hombría resbaló por su mejilla, trazando un surco en su rostro hasta perderse.
El buccaneer se puso en pie de un salto. Tiró el cigarro a un lado y comenzó a aplaudir lentamente al principio, golpeando sus palmas con solemnidad, hasta que el ritmo se aceleró y sus aplausos se convirtieron en truenos que retumbaron por toda la calle vacía.
—¡Gurororororo! ¡Bravo! —gritó Magnus, alzando la voz con una euforia y una emoción desmedidas, ignorando por completo que era plena noche —¡Me cago en todo, Garnet, eres un puto genio! ¡Has destilado la esencia misma del alma en una sola melodía! ¡Has recitado lo que todo hombre más desea! ¡Es crudeza, es anhelo, es... es arte, joder! ¡Y en exclusiva para mí!
La voz de Magnus, sumada al escandaloso recital de rock que acababa de sonar a través del caracolófono, fue demasiado para la tranquilidad del vecindario. A lo largo de la calle, las luces de las casas comenzaron a encenderse una tras otra en un efecto dominó. Se escuchó el rechinar de varias ventanas al abrirse de golpe.
—¡A callar, desgraciado! ¡Que algunos madrugamos! —gritó la voz cascada de una señora desde un segundo piso.
—¡Borracho de mierda, vete a dar voces a otra parte o bajo y te reviento! —le secundó un hombre corpulento en camiseta de tirantes desde un balcón cercano.
La interrupción cortó de cuajo el estado de epifanía artística de Magnus. Su sonrisa se había esfumado, y había sido sustituida por una mueca de pura indignación. Abajo, en la calle, tres tipos en ropa de dormir salieron de un portal cercano, armados con el valor que da el insomnio y un bate de madera.
—Oye, tú, el del pijama de leopardo —gruñó el más grande de los tres vecinos, acercándose amenazante —¿Eres sordo o qué te pasa? Apaga el cacharro ese o te lo tragas.
Magnus miró a los tres hombres de arriba a abajo con un profundo y absoluto desprecio. Unos hijos de puta que no eran capaces de apreciar la mejor obra jamás creada no deberían ser considerados ni siquiera seres humanos. El ambiente se volvió pesado. Sin apartar la vista de ellos, acercó el caracolófono a su boca, cambiando repentinamente su tono por uno de máximo respeto fraternal.
—Garnet, fiera del placer... La canción es una puta obra magna. No soy más que un aficionado a tu lado. Eres el orgullo de los mares —le dijo al comunicador con voz grave y solemne —Pero tengo que dejarte. Unos cabronazos incultos acaban de interrumpir nuestro momento de conexión y me veo en la obligación de arrancarles la jodida garganta y de reventar sus cráneos como si fueran cocos.
Magnus colgó el Den Den Mushi con cuidado, guardándolo a buen recaudo dentro de su chaqueta. Se crujió los nudillos de ambas manos, produciendo un sonido seco que resonó en el callejón, y dio un paso hacia los tres vecinos.
—¿Pijama de leopardo? —murmuró Magnus mientas una vena comenzaba a palpitar en su frente —Os voy a enseñar a respetar a las musas, hijos de puta.
Sin mediar una sola palabra más, Magnus recortó la distancia que lo separaba del que iba armado en un instante, lanzando su mano derecha hacia el cuello de su víctima para agarrarlo y hacerle cosas que nadie debería haber presenciado ni vivido jamás.
Off
![[Imagen: qWhXPFX.png]](https://i.imgur.com/qWhXPFX.png)
