13-09-2026, 08:43 PM
Continuó aseándose a su manera, arrojándose agua sobre el cuerpo con languidez, mientras intentaba que el rastro de sudor desapareciera de su piel. No porque tuviera algún tipo de necesidad compulsiva, sino porque sabía que, pese a los aceites que se echaba para no oler de más, el sudor seguía poseyendo un olor agrio a sebo. En consecuencia, cuando creyó que su torso y brazos ya estaban, ni corta ni perezosa, sepultó la cabeza bajo la superficie cristalina, empapándose por entero y obviando la presencia del joven que se aproximaba con su peculiar modo de andar. Así, permaneció sumergida el tiempo justo antes de que el ardor de sus pulmones le exigiera aire; entonces emergió, sacudiendo el rostro y alzando los ojos hacia el firmamento, permitiendo que las gotas de agua trazasen surcos helados por su cuello bruñido. Apenas soplaba brisa. Y al bajar la mirada, descubrió que Heras se encontraba a escasos pasos de ella.
Al advertirlo tan cerca, Bai experimentó un latigazo de sorpresa; y siendo sinceros, en cualquier otro tiempo o circunstancia, habría descargado un golpe antes de pedir explicaciones. Sin embargo, contuvo el impulso, aguardando a que el muchacho le explicase sus intenciones.
—¿Qué? —masculló ante lo que sonaba a un reproche. Después, frunció el entrecejo y se irguió por completo, inflando el tórax con la visceral arrogancia de las bestias que buscan intimidar a un rival menor, antes de cruzarse de brazos con rudeza.
Sí: se sentía amenazada.
Inclinó la cabeza hacia un lado y le hizo un leve gesto con el mentón, instándole a explicarse tan bien como la falta de comunicación lo permitiera.
—Bai, no mira —articuló, acompañando la torpeza de las palabras con tres aspavientos, convencida de que le entendería—. Bai... Se tocó el pecho con la mano humedecida. —No... —Hizo una cruz con ambos brazos—. Mira —iba a señalar sus ojos cuando Heras interceptó sus ademanes.
Frunció el ceño aún más y, cuando iba a hablar de nuevo, le sorprendió olfateándola sin pudor alguno, provocando que su instinto primario le ordenara dar un salto hacia atrás. Y, aunque lo hizo, fue más un bote que un salto.
—Eres muy raro... —murmuró observándolo mientras su cuerpo se relajaba. Le recordaba a un perro. —¿Por qué me...? —No terminó la frase, pues, tan pronto como conectó las ideas, lo entendió.
Luego, sin poder remediarlo, estalló en una risa seca.
—Para, para, para —respondió limpiándose una lagrimilla.
Aquel chico parecía haber olido el fruto de su entrenamiento y ahora pretendía arrastrarla río abajo para que se quitara el desagradable hedor a tigre que emanaba. Nego con la cabeza y sonrió aceptando la invitación, sobre todo porque la desnudez de su carne le resultaba una gran indiferencia y pesaba más el deseo de aplacar la incomodidad ajena ante su olor.
—Bai, entrena —le informó ella, alzando un brazo para tensar el relieve de un bíceps fibroso—; Bai, suda —añadió, imitando el gesto de olfatear con asco.
Era algo obvio y natural, un estado que cualquier otro debía comprender. Pero al verlo tan pulcro, supuso que ni siquiera se le habría pasado por la cabeza que venía de hacer deporte. Así que, sin rechistar, se fue hasta la parte del río donde Heras había estado antes y, con gran parsimonia, comenzó a despojarse de la escasa ropa que llevaba hasta quedar reducida a sus prendas interiores. Miró al joven y, creyendo en el pudor de los foráneos, le hizo un gesto para que entendiera que esas dos telas no se las iba a quitar.
Luego, sin inmutarse ante la mordedura gélida del agua, tomó asiento exactamente en el mismo lugar que Heras había ocupado instantes antes y se sentó.
El agua le cubría menos que a él, pero no le importaba. Era mucho mejor que bañarse con una toalla o un cubo.
Al advertirlo tan cerca, Bai experimentó un latigazo de sorpresa; y siendo sinceros, en cualquier otro tiempo o circunstancia, habría descargado un golpe antes de pedir explicaciones. Sin embargo, contuvo el impulso, aguardando a que el muchacho le explicase sus intenciones.
—¿Qué? —masculló ante lo que sonaba a un reproche. Después, frunció el entrecejo y se irguió por completo, inflando el tórax con la visceral arrogancia de las bestias que buscan intimidar a un rival menor, antes de cruzarse de brazos con rudeza.
Sí: se sentía amenazada.
Inclinó la cabeza hacia un lado y le hizo un leve gesto con el mentón, instándole a explicarse tan bien como la falta de comunicación lo permitiera.
—Bai, no mira —articuló, acompañando la torpeza de las palabras con tres aspavientos, convencida de que le entendería—. Bai... Se tocó el pecho con la mano humedecida. —No... —Hizo una cruz con ambos brazos—. Mira —iba a señalar sus ojos cuando Heras interceptó sus ademanes.
Frunció el ceño aún más y, cuando iba a hablar de nuevo, le sorprendió olfateándola sin pudor alguno, provocando que su instinto primario le ordenara dar un salto hacia atrás. Y, aunque lo hizo, fue más un bote que un salto.
—Eres muy raro... —murmuró observándolo mientras su cuerpo se relajaba. Le recordaba a un perro. —¿Por qué me...? —No terminó la frase, pues, tan pronto como conectó las ideas, lo entendió.
Luego, sin poder remediarlo, estalló en una risa seca.
—Para, para, para —respondió limpiándose una lagrimilla.
Aquel chico parecía haber olido el fruto de su entrenamiento y ahora pretendía arrastrarla río abajo para que se quitara el desagradable hedor a tigre que emanaba. Nego con la cabeza y sonrió aceptando la invitación, sobre todo porque la desnudez de su carne le resultaba una gran indiferencia y pesaba más el deseo de aplacar la incomodidad ajena ante su olor.
—Bai, entrena —le informó ella, alzando un brazo para tensar el relieve de un bíceps fibroso—; Bai, suda —añadió, imitando el gesto de olfatear con asco.
Era algo obvio y natural, un estado que cualquier otro debía comprender. Pero al verlo tan pulcro, supuso que ni siquiera se le habría pasado por la cabeza que venía de hacer deporte. Así que, sin rechistar, se fue hasta la parte del río donde Heras había estado antes y, con gran parsimonia, comenzó a despojarse de la escasa ropa que llevaba hasta quedar reducida a sus prendas interiores. Miró al joven y, creyendo en el pudor de los foráneos, le hizo un gesto para que entendiera que esas dos telas no se las iba a quitar.
Luego, sin inmutarse ante la mordedura gélida del agua, tomó asiento exactamente en el mismo lugar que Heras había ocupado instantes antes y se sentó.
El agua le cubría menos que a él, pero no le importaba. Era mucho mejor que bañarse con una toalla o un cubo.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
