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Fuerza [Priv.] - Bai Mudan - 06-07-2026


Su cuerpo relucía bajo el implacable sol de Karate.
Sobre su piel, las gotas de sudor resplandecían con el mismísimo fulgor del oro, amalgamadas con los aceites en los que se había bañado antes de salir a entrenar. Mientras tanto, sus manos, espolvoreadas con talco para asegurar el agarre, se aferraban cada una a una pesada roca.

La brisa en aquel pequeño rincón de Karate era suave y agradable, sin embargo, estando ella empapada en sudor, cuando esta barrió la línea de su espalda empujando el tejido de la camiseta hasta adherirlo por completo a su torso empapado, un escalofrío erizó el bello de sus brazos.

¡Flas!

Las rocas se desplomaron cerca de sus pies, rebotaron y se alejaron de la birkianan que, tras el ejercicio, tenía las manos temblando y los brazos con la marca de sus venas decorándolos como nuevos tatuajes; con la mirada fija en sus dedos, Bai notó que estos, magullados por los filos irregulares de sus pesas improvisadas, eran incapaces de quedarse quietos por mucho que su cerebro se lo ordenase.

—Tsk —su lengua chasqueó con fastidio.

Y, acto seguido, encorvó la espalda y apoyó ambas manos sobre los muslos, jadeante, rindiéndose por unos instantes a la fatiga y es que, tan sólo habían pasado cinco minutos desde aquel pequeño ejercicio de fuerza como para que abandonara o sintiéra cómo su cuello, rígido y marmóreo, le doliera —casi tanto como le ardía— debido a la forzada postura que había decidido adoptar.

Necesitaba entrenar más, era parecía ser la solución.

Así pues, con el ceño ligeramente fruncido por su aparente derrota, Bai se limpió el exceso de talco de sus manos frotándolas varias veces sobre sus pantalones, como si de aquella manera pudiera sacudirse el peso de sus pensamientos que revelaban la verdadera certeza de lo mucho que le restaba por mejorar para alcanzar el nivel de sus nakamas. Después, lentamente, comenzó a incorporarse y buscó con la mirada el petate había cargado consigo cuya ubicación no recordaba debido a la fatiga y su más reciente pensamiente.
Por suerte no estaría muy lejos de ella pues, a tan solo unos metros, lo divisó cobijado bajo la sombra de un bonsái que lo reguardaba del sol.

¡Plop!

Casi habría jurado ver un sutil hilo de vapor ascender por la boca de  la bota. Sin embargo, al mirar hacia adentro,  la encontró vacía.

—Mierda...

Llevándose la mano al cuello adolorido, Bai volvió a otear el horizonte hasta ir a dar con la llanura de arrozales que se extendía a poca distancia de allí; con suerte, encontraría alguna corriente de agua limpia con la que saciar su sed.


RE: Fuerza [Priv.] - Heras - 26-07-2026

[Imagen: vq7IkLZ.png]
Los rayos del día son implacables, el cielo está despejado y la gente trabaja cómo ninguna otra. Desde que los pájaros cantan, sus aleteos nos recuerdan que hay que seguir adelante como ellos nunca se detienen para migrar de una isla a la otra. Nunca pares pues recuerda que el sol siempre saldrá al día siguiente. Siento la luz llegar a mi piel oscura, marcada por cada uno de mis anteriores representantes. Siento la luz llegar a ella mientras estoy sentado frente al granero donde vivo y cuido. Creo que estoy haciendo un buen trabajo, pues no lo han saqueado más desde que vivo aquí. El rumor de que hay un demonio oscuro protegiendo el arroz ha asustado a los pillos ladrones que se dedican a traer desgracia al trabajo honesto de los demás. 

Pocos cultivadores se acercan, solo el dueño y muy poca gente saben de mi, que vivo aquí. Las otras pocas personas son aquellos que vinieron a robar y entre las sombras se encontraron con la presencia de un ser alado de gran altura. Ese avistamiento los hizo alejarse y darme un espacio donde puedo estar con libertad y plenitud. Sin pagar, pues la pobreza con la que vivo me impide pagarme una posada, un lugar con lujos como el agua caliente, unas cortinas, o una cama. Lo bueno es que no me daba trabajo salvo tener que alejar que los cocos proliferen en el arroz. 

Mis alas se extienden y reciben los rayos del astro rey. Mi espalda siente el calor y lo asimila lentamente. Aún es temprano y está frío por lo que ese cambie producto del amanecer se siente como una caricia tierna. En mi silencio y en mi soledad me hace sonreír pues es de las pocas cosas que efímeras me traen un cobijo. Como si una sensación de protección inundase mi cuerpo, pienso que así se debe sentir cuando se recibe un amor incondicional, como el de una madre, padre o pareja. 

Tan mal acostumbrado a caricias que no son reales, este calor suave, que te eriza ligeramente la piel es lo más lindo que se me ha llegado a tratar. Aquella vista café que se me había mantenido cerrada y aquella mente que aún aprende a lidiar con sus propios pensamientos. Hoy está tranquila, siente gusto por matricularme un día más. Se abre y lo primero que ve son los sacos de arroz que están allí desde el día anterior. Deberían venir a buscarlos pronto. Los contemplé un pequeño instante y decido que ya es suficiente de inacción. 

Ponerse de pie y buscar una escoba improvisada de muchas hojas y palillos secos que bien amarrados me permiten hacer su función. Quito la tierra del interior, luego lo uso de plumero para quitar las telas de araña y ahuyentar bichos que anidan durante el frío. Los saco y los alejo. En las adyacencias repito lo mismo y sé que he acabado cuando las piedras que conectan con el sendero ya son visibles en el frente. Se supone que soy un ente y una vez todo está listo guardé la escoba y me retiré. No puedo ser visto o eso causaría miedo en todos. 

El aseo por la mañana no es una gran actividad. La verdadera actividad es correr durante todo el camino hacia el río más cercano, donde puedo asearme y ponerme hermoso. No todos los campos de arroz tienen la dicha de tener un río cerca. Solo aquellos que están más retirados y por ende hacen que mi trote sea durante un tiempo tendido. El sudor poco a poco se muestra sobre mi piel y mis manos y mis pies poco a poco sienten un ligero calambre. 

Nunca mido el tiempo pero siempre corro hasta que de mi estómago viene aquella sensación de vomitar. Solo entonces sé que es suficiente y que quizá debo detener el paso. Se escucha el agua bajar no es un ruido muy fuerte y lo escucho cuando ya estoy bastante cerca para verlo con claridad. Refleja la luz y color del cielo a lo lejos y de cerca es tan transparente que puedes ver las piedras que tienen esos colores opacos y es paleta de colores tierra y grises. La ropa abandona mi cuerpo inmediatamente y se ve doblada y apartada en una piedra que traje desde muy lejos, es alta y la puedo ver desde donde acostumbro a lavarme. 

Mis posaderas pies al sentir el agua me recuerdan lo fría que está. — Odio que siempre esté tan fría. — No espero que nadie me escuche nunca por lo que hablo sin temor. Me adentro y al buscar el puesto donde oculto una piedra porosa y un poco de jabón, solo entonces busco sentarme y mis posaderas me recuerdan lo fría que está el agua al hacer subir un escalofrío. No me encanta el frío, algún día tendré el dinero para pagarme una ducha de agua caliente. 

[Imagen: IhVpQBm.png]
Limpiarse por completo y asearme era de las tareas a las que me daba mi tiempo y que con gusto hacía pues me volvía alguien presentable para las señoritas y los señoritos, me hacía sentir hermoso y me subía el autoestima el sentir como el agua recorre mis plateados cabellos y como el trabajo y el sudor abandonan mi cuerpo para relajar un poco más mis músculos.


RE: Fuerza [Priv.] - Bai Mudan - 30-08-2026

Caminar bajo el sol de Karate, cuando su cuerpo suplicaba una por una sola gota de agua, se estaba tornando parcialmente en una tortura; su boca reseca poseía una pastosidad insoportable y desagradable que, en la comisura de sus labios, se iba fraguando en forma de pequeñas costras blanquecinas semejantes al polvo de lima depositado sobre el lecho del río. Era asqueroso. Así que, sin querer pensar en aquello, Bai enjugó el sudor que inundaba su frente, cuestionándose si aquella sensación de cansancio y calor guardaría similitud con la que atenazó a Gilgamesh en su travesía por el desierto pero, casi al instante, lo puso en duda. Sobretodo porque el entorno carecía de la aridez extrema de los yermos, tratándose en su lugar de un llano esmeraldino abrazado por arrozales infinitos.

Aún así, aunque estuviera exagerando, se sentía casi desfallecer.

Por suerte, tras varios minutos caminando, llegó hasta sus apagados oidos el suave rumor del rio. El cual, a juzgar por el ruido, debía hallarse en las inmediaciones, tal vez camuflado tras las verdosas hebras de hierba que se mecían lánguidas bajo el influjo del aire cálido. Bai pivotó sobre su eje, enfilando sus pasos hacia donde intuía que estaría el agua, y caminó un trecho adicional hasta dar de bruces con la sinuosidad del río. Al escrutar la zona de bajo caudal, descubrió una prenda de vestir meticulosamente doblada y dejada a un lado para no estorbar. Frunció el entrecejo en un gesto pensativo y, al alzar la vista para otear el entorno, distinguió una espalda tostada por el sol y una melena de blancura nívea y desmedida que le hizo rememorar de inmediato al hombre que había conocido la noche anterior.

—¿Heras? —susurró para sí, restándole peso al contexto en el que se hallaba enmarcada.

Por un segundo, un impulso irreflexivo la empujó a aproximarse; mas contuvo el paso al recordar que a los foráneos les disgustaba de sobremanera ser sorprendidos en estado de desnudez, parcial o absoluta. Así que, intentando no llamar la atención, viró sobre sus talones y remontó con sigilo la senda fluvial —lo justo como para alejarse de cualquier incomodidad—. Después, se arrodilló con torpeza y sumergió los dedos en el agua, cotejando su pureza, cerciorándose de que el cauce estuviera libre de cualquier sedimento invisible que tornase el líquido en algo no potable.

Todo parecía estar bien.

Depositó su recipiente a un costado, inclinó el torso sobre el rió y hundió ambas manos hasta erigir un cuenco con las palmas juntas. Así estuvo un rato, no demasiado, hasta que finalmente lo alzó y lo vertió directamente sobre la superficie de su rostro. Sus labios agrietados se humedecieron con urgencia, su cavidad bucal capturó sutiles gotas de frescor y su lengua tiritó, electrizada por la sedienta avidez.
Pero no podía beber aún. Primero necesitaba refrescarse un poco.
Así que, a continuación, se echó agua por los brazos, cuello y nuca.

—Ahora sí —se dijo. Y sin pensarselo más, hundió el recipiente, la colmó y se la arrimó a los labios para beber con desesperación.

Una vez hecho todo esto, dirigió una rápida mirada río abajo, hacia la figura de Heras, y optó por saludarle con la mano desde la lejanía.


RE: Fuerza [Priv.] - Heras - 05-09-2026

El bañarse fue relajante, claro, que esto odio que el agua esté fría, pero con el tiempo poco a poco te vas acostumbrando, se despeja la mente, los problemas, sentir que tu piel queda limpia y que el agua toca tu cuerpo. Es fascinante todo lo que es la diferencia entre sentirse realmente limpio tras un buen baño en un rio. Es incomparable a bañarse en una tina, sientes lo fresco y como las preocupaciones y los males se van con el agua. 


song


No me esperaba para menos que el baño y la exfoliación fuera tan gratificante. Al punto que me puse a tararear mientras mi limpieza se llevaba a cabo. Mis alas las que movía por instinto sacudiendo una y otra vez. No me gustaba que estuvieran empapadas y por instinto las sacudía. Lo cierto es que mojadas se sentían muy pesadas. Por más que las agites siempre voy a tener que esperar un poco para poder utilizarlas para el vuelo. 

Lo bueno es que cuando recién se limpian y se agitan se ven más majestuosas, más brillantes y más negras que nunca. Con una gran sonrisa dejaba caer el agua sobre mi desnudo y formado cuerpo. Hundiendo mi cabeza bajo el agua y sacándola con el cabello empapado. Disfrutando no solo del baño si no de mi propia desnudez en este momento. 

Sin contener nada me limpie muy bien cada parte de mi cuerpo, siendo necesario salir del agua si era necesario hasta sentí aquella frescura helada pasar por mi piel y hacerme tiritar y salir a prisas a secarme. No me gusta el frío y cuando esa brisa pasa que te acabas de bañar, uf, sientes el frío hasta en los huesos. Mi desnudez no me incomodaba en ningún momento, pero sí es cierto que el frío me afectaba más si estoy como vine al mundo. 

Vestir, aunque no la ropa más elegante ya que nunca usaba ropa en el tren superior de mi cuerpo. Poco es lo oculto, de mi cadera para abajo, lo que trabajaba más en otra vida, un calzado cómodo y relajado como lo son unas sandalias totalmente artesanas. Pensaba que estaba totalmente solo hasta que la vi, varios puntos más arriba de donde me estaba bañando. La percibí cargando agua, me hizo sentir un cosquilleo en el cuerpo, pues todo el espectáculo que había dado con mi desnudez y esa mujer estaba espectando. Me las tenía que pagar, sí, claro que si, como es eso que me vas a ver desnudo a deleitarte la vista y no vas a pagar, que yo cobraba con este cuerpecito. 

No la iba a dejar escaparse de mi, no como la vez que bebimos y nos emborrachamos. Con zancadas largas casi de brincos fui a por ella, me cambié del lado de la canal del río incluso, tendría que alcanzarla. Pillarla, aunque de seguro no sería sorpresa, si esa mujer me estaba espiando seguro que ya no tengo secretos para ella.
Buscaría su punto ciego que sería donde, pues por su espalda por donde sus alas blancas estaban. Si, esas que ella me dijo que no volaban. Lastima que no se pudo pues ella me volteó a saludar con total tranquilidad. Inmediato sentí la adrenalina irse, pues la verdad tomarla por sorpresa hubiera sido mejor. 

Llegué hasta ella, igual no la dejaría escapar de ningún modo y de la misma forma la busqué, con los dedos índices de cada mano, haciéndolas dos piques a la altura de la cintura. Aunque ella ya me había visto y sabía de mi existencia no iba a dejar que eso me cortara. Cuando su atención fue puesta sobre mi la señalé y moví el dedo de esa forma acusatoria, como cuando eres pequeño y te regañan por estar mirando lo que no debes. 

— Mala, mala, mala — Un tono de regaño inmediato. Aunque ella fuera mucho más alta que yo eso no iba a cohibir de nada. Mi expresión arrugada. Cruzarme de brazos de manera inmediata. Dejando en claro mi posición. Igual soy consciente de que ella no va a entender si le doy un claro sermón. 

— La próxima vez unete a mi desnudez. No te arrepentirás. — Igual podría decir cualquier barbaridad y no llegaría a ella, así que le dije lo que sería solo un deseo carnal que no tendría que reprimir. Suspiré y me calme, tenía que pensar en frío, cerrando mis ojos, entonces cuando lo sentí. Oh no, y ese olor, abrí los ojos nuevamente y comencé a olerme a mí mismo. No, yo no soy, mi olor es neutro, porque es un jabón de glicerina mi utensilio de limpieza. 

Seguí mi nariz, que bien no es la más aguda, cuando tienes a alguien cerca con un olor a sudor y trabajo de campo, ese olor llega a ti sin que tengas una nariz entrenada. La miré hacia arriba. con sospecha, cómo es que una mujer tan guapa puede oler tan mal. 

Tener permiso para olerla era una cosa muy bárbara. Era una cosa que no me podía dar el gusto de quedarme con esa idea. Le sujeté su antebrazo y subí más allá de la altura de mi nariz. Era increíble pues me acerqué a su cuerpo. Sujetando con fuerza y sintiendo su esencia. Un olor demasiado penetrante y que llegó hasta mí viniendo de sus axilas a las que busqué oler de cerca. 

Exhalé con fuerza para que ese olor saliera de mis fosas nasales. Respirando como un toro para que ese olor no me invadiera. Tape mi nariz con mi otra mano haciendo el evidente gesto de que ella tiene mal olor. Tras parar el gesto la mire le señalé. —Bai, ducha. Bai, ducha.— Sencillo y sin dudas. Cómo iba a dejar que mi amiga bai estuviera por allí apestando toda la isla Karate. No, está equivocado, esta mujer tiene que sacarse la mugre y el olor a mono. 

Contra su voluntad buscaría llevarla a mi cuenco privado donde podía bañarse con tranquilidad. Rayos es que esta mujer apestaba. Cuando llegamos a la orilla del río entonces noté que la voluntad de la mujer me hacía para detenerme con ímpetu. Volteé a verla. Señale donde podía sentarse y bañarse.  —¡Ducha! — Señalé el lugar inmediatamente. Ahora sí debe de entender la situación.


RE: Fuerza [Priv.] - Bai Mudan - 13-09-2026

Continuó aseándose a su manera, arrojándose agua sobre el cuerpo con languidez, mientras intentaba que el rastro de sudor desapareciera de su piel. No porque tuviera algún tipo de necesidad compulsiva, sino porque sabía que, pese a los aceites que se echaba para no oler de más, el sudor seguía poseyendo un olor agrio a sebo. En consecuencia, cuando creyó que su torso y brazos ya estaban, ni corta ni perezosa, sepultó la cabeza bajo la superficie cristalina, empapándose por entero y obviando la presencia del joven que se aproximaba con su peculiar modo de andar. Así, permaneció sumergida el tiempo justo antes de que el ardor de sus pulmones le exigiera aire; entonces emergió, sacudiendo el rostro y alzando los ojos hacia el firmamento, permitiendo que las gotas de agua trazasen surcos helados por su cuello bruñido. Apenas soplaba brisa. Y al bajar la mirada, descubrió que Heras se encontraba a escasos pasos de ella.

Al advertirlo tan cerca, Bai experimentó un latigazo de sorpresa; y siendo sinceros, en cualquier otro tiempo o circunstancia, habría descargado un golpe antes de pedir explicaciones. Sin embargo, contuvo el impulso, aguardando a que el muchacho le explicase sus intenciones.

—¿Qué? —masculló ante lo que sonaba a un reproche. Después, frunció el entrecejo y se irguió por completo, inflando el tórax con la visceral arrogancia de las bestias que buscan intimidar a un rival menor, antes de cruzarse de brazos con rudeza.

Sí: se sentía amenazada.

Inclinó la cabeza hacia un lado y le hizo un leve gesto con el mentón, instándole a explicarse tan bien como la falta de comunicación lo permitiera.

—Bai, no mira —articuló, acompañando la torpeza de las palabras con tres aspavientos, convencida de que le entendería—. Bai... Se tocó el pecho con la mano humedecida. —No... —Hizo una cruz con ambos brazos—. Mira —iba a señalar sus ojos cuando Heras interceptó sus ademanes.

Frunció el ceño aún más y, cuando iba a hablar de nuevo, le sorprendió olfateándola sin pudor alguno, provocando que su instinto primario le ordenara dar un salto hacia atrás. Y, aunque lo hizo, fue más un bote que un salto.

—Eres muy raro... —murmuró observándolo mientras su cuerpo se relajaba. Le recordaba a un perro. —¿Por qué me...? —No terminó la frase, pues, tan pronto como conectó las ideas, lo entendió.

Luego, sin poder remediarlo, estalló en una risa seca.

—Para, para, para —respondió limpiándose una lagrimilla.

Aquel chico parecía haber olido el fruto de su entrenamiento y ahora pretendía arrastrarla río abajo para que se quitara el desagradable hedor a tigre que emanaba. Nego con la cabeza y sonrió aceptando la invitación, sobre todo porque la desnudez de su carne le resultaba una gran indiferencia y pesaba más el deseo de aplacar la incomodidad ajena ante su olor.

—Bai, entrena —le informó ella, alzando un brazo para tensar el relieve de un bíceps fibroso—; Bai, suda —añadió, imitando el gesto de olfatear con asco.

Era algo obvio y natural, un estado que cualquier otro debía comprender. Pero al verlo tan pulcro, supuso que ni siquiera se le habría pasado por la cabeza que venía de hacer deporte. Así que, sin rechistar, se fue hasta la parte del río donde Heras había estado antes y, con gran parsimonia, comenzó a despojarse de la escasa ropa que llevaba hasta quedar reducida a sus prendas interiores. Miró al joven y, creyendo en el pudor de los foráneos, le hizo un gesto para que entendiera que esas dos telas no se las iba a quitar.

Luego, sin inmutarse ante la mordedura gélida del agua, tomó asiento exactamente en el mismo lugar que Heras había ocupado instantes antes y se sentó.

El agua le cubría menos que a él, pero no le importaba. Era mucho mejor que bañarse con una toalla o un cubo.


RE: Fuerza [Priv.] - Heras - 20-09-2026

A ella le encanta coquetear, esto es algo que es seguro, conforme más paso tiempo con ella más me hace pensar y me gusta. Solo mirala, poniendo su pecho en mi cara no mas al verme, aunque nuestra discusión fue muy de hacer gestos al menos ninguno era una grosería. Lo bueno es que no era una charla profunda por lo que los gestos son más que suficiente para entendernos. Lo que no me cuadra del todo es que sea tan regañona, por que me regaña de vuelta. ¡El indignado debería ser yo! 

Cómo así que no te quieres bañar, ¡hueles a mono!

No le puedo decir eso. me va a golpear y tiene pinta de que ella pega duro. Le miré, con atención a sus gestos, pero es que ella no me ayuda a concentrarme. Me hace flexiones con su cuerpo, enseñando sus big bangbangs, pero la verdad es que los vi con sus tatuajes y mi tren de atención se fue por una ruta llena de neblina. No neblina fría que puedes encontrar en las montañas con nieve, neblina de la caliente, calima, de la que encuentras en las montañas tropicales y selváticas. Yo no había visto los buenos brazos que se gasta este mujeron, tampoco me imaginaba que fuera una mujer tan sensual. Ya me parecía bonita pero es que ahora que me coquetea tan descaradamente no puedo obviar.  

— Te lo dejé pasar una vez porque nos estábamos conociendo. Pero no puedes tentarme así, de nuevo, pensando que vas a salir impune.  —

Me crucé de brazos como un custodio, hasta que vi que sus ropas fueron despojadas casi todas de su cuerpo. Siento el vapor ahorcar mi cuello y como si en cualquier momento mi cuerpo comenzara a subir su temperatura. No es algo normal pero encendió un fuego ver su naturalidad. Es una mujer guerrera sin lugar a dudas, puesto que cualquier otra persona me habría hecho irme primero. Mi semblante se debilitó, teniendo fragilidad ante las múltiples tentaciones de su silueta. Mi vista café que se destaca por ser afilada cual cimitarra sigue las peligrosas líneas dibujadas por su esfuerzo. 

No pude resistir, admito que fui, siendo lo más fuerte que pude busque darle algo de privacidad cuando los gestos de ella fueron concretos. No se iba a desnudar del todo y con ello lo hacía con gracia, no con rechazo, era como si poco le importa que yo estuviese viendo. Mostré mis palmas pues para mi este momento era algo obvio. 

cine

Claro ella estaba mucho más expuesta de lo que yo estaba y por ende el río era una gran ayuda pero no era suficiente para ella. Estaba algo fuera para su talla extra Mamasota (XL pero en mamasota.) No pude engañarme más a mi mismo. por mucho que intente resistirme me uní y busqué la razón perfecta, buscando el jabón que yo usaba para remover de mi el olor y el sucio. Era un jabón glicerina que ahora estaba más gastado que antes, pero por que yo lo había usado, seguramente se acabaría pues con Bai había mucha más piel que recorrer. Coloqué mis ropas dobladas y justas hasta donde era el lugar seguro que yo las buscaba y sin dar lugar a las dudas entre a esa agua helada. 

Aunque no lo pareciera para alguien friolento como yo esto era un sacrificio, en serio prefiero más el agua caliente. Claro que unirse con el agua no pasaría desapercibido y bien podría haberlo hecho volando, pero eso sería más intimidante y agotador estar aleteando para mantenerme justo encima del agua. No, nada de eso, era mejor caminar, cruzar el agua de manera tranquila y ofrecer el jabón que para las dimensiones de sus manos era pequeño. 

Tras ofrecerle el jabón, no iba a ser un tipo extraño y quedar ahí de cerca viéndola. No soy un pervertido, claro que me iba a retirar, solo no quería mojarme la ropa. Claro, también soy un hombre y para todo hombre es natural reaccionar ante una mujer tan atractiva como lo es Bai, es algo natural. Tampoco es algo que ocultaré y que no puedo porque es una reacción bastante grande como para hacerlo. 

Pero debía comportarme, como un buen caballero que soy, que en el pasado fuera un hombre de compañía, no me volviera un enfermo. Se la ayude al usar mis manos contra la corriente y levantar agua suficiente para que ella mojaba las partes altas de su cuerpo. 

— Ducha, ducha. —

Esta mujer ni bañar se sabe. Con la misma busque ponerse tras ella para ayudarla con el cabello. Usando mis manos de cuenco para llevar el agua hasta su cabello y hacerle ademán que se baje. 

— Abajo Bai, Abajo. —

Una mujer tan grande como ella seguro pasaría mucho trabajo fregando su cuerpo así que ya que estamos en una situación un tanto comprometida voy a ser un buen hombre y asistirlas. Claro, llevé mis manos a mi cabellos plateados y simulé limpiarlo, claro que es lo que quería hacer para que ella se pudiera relajar y concentrarse en fregar el resto de su cuerpo. 

Con distraer mi mente y el agua fría, sobre todo esa agua, me ayudaría a no apuntarle y picarle un ojo, o que ella decidiera atacarme por amenazarla.