13-09-2026, 05:53 PM
Una vez hubo acabado de acomodar su petate, Kibai se acercó a la parte más estrecha del promotorio rocoso, justo sobre el mar. Por fortuna, el mar seguía completamente en calma, y por el momento solo el ruido de las olas, diez metros más abajo, rompía el silencio de la noche. Si bien en otro momento hubiese sido casi una ratonera sin salida, el hecho de poder nadar de nuevo le hacía comprender al mink hasta que punto había estado contenido todo aquel tiempo.
Con cuidado, se sentó en el borde del acantilado, echando las manos hacia atrás para observar el cielo. Por desgracia, la luna aún no estaba completamente llena. En caso contrario, hubiese sido mucho más sencillo para la División, teniendolos a Moja y a él, haber limpiado la isla de punta a punta en menos que cantaba un gallo. Eso siempre y cuando el mink pantera se recuperase de su lesión de la pierna, la cual aunque no había empeorado, mejoraba lentamente.
Sin embargo, aquel no era momento de lamentarse. Impulsándose hacia atrás para rodar sobre su espalda y ponerse en pie de nuevo, Kibai se sacudió el polvo de las manos contra el pantalón y se encaminó hacia el puesto dónde se había parapetado Bertram.
— No sé si encontraremos un lugar mejor que este, pero creo que puede sere un buen sitio para que Moja acabe de recuperarse. Lo cierto es que no me siento demasiado cómodo moviéndome a plena luz del día por esta isla, y más a sabiendas de que hay gente por ahí. El muro de arboles y zarzas hará su trabajo, pero haríamos bien en movernos de aquí lo menos posible. Trataré de encontrar una ruta alternativa rodeando el acantilado por la mañana, con algo de suerte, habrá nidos de aves y podremos desayunar algo decente y fresco.
Antes de volver junto a Moja, Kibai se acercó de nuevo a la barricada natural que se habían encontrado. Tras observar las zarzas que había dispuesto, tomó unas cuantas ramas caídas y las dispuso de mejor manera por el suelo. Pasados un par de minutos, el mink retiró un par de pasos para examinar su obra, satisfecho con el resultado final. Hinchando el pecho, tomo una profunda inspiración, comprobando los aromas que le traía el viento que seguía viniendole de cara. Frunciendo levemente el ceño, se retiró de nuevo hacia el centro del campamento.
Sentándose de nuevo a un par de metros de Moja, Kibai observó como seguía tratando sus heridas. Desde luego, el mink pantera estaba dando un aauténtica lección de empaque soportando los dolores de su ojo y su pierna sin dar una sola queja.
— Mañana escalaré los acantilados de alrededor, a ver si encuentro algo decente para comer. También aprovecharé para reconocer un poco la zona. Con suerte, averiguaré más de las personas a las que olí cuando llegamos a esta isla. Por lo demás, deberíamos quedarnos aquí hasta que te cures, dudo que encontremos un lugar más defendible que este, y por una vez, me alegra tener el mar cerca.
Acomodando mejor su ligero petate, Kibai se sentó contra una de las formaciones rocosas, sacando uno de los frutos que había reconocido como comestibles y recolectado en su ruta hacia aquel lugar, y le dio un gran bocado, agradeciendo sobremanera la frescura de los jugos del mismo al calmar su garganta. Desde que habían llegado, el estrés constante y el estado de alerta en el que su cuerpo parecía haberse acostumbrado a estar le hacían tener la boca como si medio desierto de Arabasta hubiese pasado por su gaznate.
Con cuidado, se sentó en el borde del acantilado, echando las manos hacia atrás para observar el cielo. Por desgracia, la luna aún no estaba completamente llena. En caso contrario, hubiese sido mucho más sencillo para la División, teniendolos a Moja y a él, haber limpiado la isla de punta a punta en menos que cantaba un gallo. Eso siempre y cuando el mink pantera se recuperase de su lesión de la pierna, la cual aunque no había empeorado, mejoraba lentamente.
Sin embargo, aquel no era momento de lamentarse. Impulsándose hacia atrás para rodar sobre su espalda y ponerse en pie de nuevo, Kibai se sacudió el polvo de las manos contra el pantalón y se encaminó hacia el puesto dónde se había parapetado Bertram.
— No sé si encontraremos un lugar mejor que este, pero creo que puede sere un buen sitio para que Moja acabe de recuperarse. Lo cierto es que no me siento demasiado cómodo moviéndome a plena luz del día por esta isla, y más a sabiendas de que hay gente por ahí. El muro de arboles y zarzas hará su trabajo, pero haríamos bien en movernos de aquí lo menos posible. Trataré de encontrar una ruta alternativa rodeando el acantilado por la mañana, con algo de suerte, habrá nidos de aves y podremos desayunar algo decente y fresco.
Antes de volver junto a Moja, Kibai se acercó de nuevo a la barricada natural que se habían encontrado. Tras observar las zarzas que había dispuesto, tomó unas cuantas ramas caídas y las dispuso de mejor manera por el suelo. Pasados un par de minutos, el mink retiró un par de pasos para examinar su obra, satisfecho con el resultado final. Hinchando el pecho, tomo una profunda inspiración, comprobando los aromas que le traía el viento que seguía viniendole de cara. Frunciendo levemente el ceño, se retiró de nuevo hacia el centro del campamento.
Contenido Oculto
Sentándose de nuevo a un par de metros de Moja, Kibai observó como seguía tratando sus heridas. Desde luego, el mink pantera estaba dando un aauténtica lección de empaque soportando los dolores de su ojo y su pierna sin dar una sola queja.
— Mañana escalaré los acantilados de alrededor, a ver si encuentro algo decente para comer. También aprovecharé para reconocer un poco la zona. Con suerte, averiguaré más de las personas a las que olí cuando llegamos a esta isla. Por lo demás, deberíamos quedarnos aquí hasta que te cures, dudo que encontremos un lugar más defendible que este, y por una vez, me alegra tener el mar cerca.
Acomodando mejor su ligero petate, Kibai se sentó contra una de las formaciones rocosas, sacando uno de los frutos que había reconocido como comestibles y recolectado en su ruta hacia aquel lugar, y le dio un gran bocado, agradeciendo sobremanera la frescura de los jugos del mismo al calmar su garganta. Desde que habían llegado, el estrés constante y el estado de alerta en el que su cuerpo parecía haberse acostumbrado a estar le hacían tener la boca como si medio desierto de Arabasta hubiese pasado por su gaznate.
La Caja de Pandora
