12-09-2026, 12:25 AM
Límites del Bosque Utsukushi, Isla Chisi.
Día 54 de Verano, año 18. 23:30.
La marcha de los tres componentes de la División 50 les llevó hacia las afueras del bosque. Kibai, ayudado por su inestimable visión en la oscuridad y deteniéndose con asiduidad para olfatear el aire que llegaba hasta ellos, había logrado al fin localizar un lugar que parecía lo bastante seguro para pasar la noche. Tras haber valorado un claro bastante grande, descartádnolo ppor su excesivo tamaño, pues los árboles se separaban casi cincuenta metros los unos de los otros y la visión, al menos para Moja y Kibai, era perfecta, puede que demasiado. De modo que habían seguido caminando, cuando el olor de la sal marina sorprendió al mink, que se giró para comprobar como a su izquierda se filtraba el sonido de las olas. Ansioso de comprobar si habían avanzado tanto, dio un pequeño salto para alcanzar una rama a cuatro metros de altura, pero la vegetación seguía siendo demasiado densa, de tal modo que continuó escalando hasta alcanzar los doce metros, desde dónde, ya encaramando en la copa del árbol, pudo otear el horizonte y ver lo que había al otro lado del muro vegetal.
La zona en cuestión era un extremo rocoso de la isla, a jugzar por la luna, ubicado en la zona sureste de la misma, apartada por una sucesión de árboles apretados entre sí y con una buena cantidad de zarzas y diferentes arbustos silvestres que ormaban una especie de barrera natural. El área al otro lado era una explanada que daba directamente al mar, una especie de cuerno que sobresalía hacia fuera en la orografía de la isla, y que penetraba en el mar a lo largo de unos treinta metros aproximadamente, midiendo veinte metros en su parte más ancha y acabando en una punta en la que solo cabía un hombre de pie. Mas abajo, a unos diez metros, las olas batían contra el acantilado, aunque por el momento el mar parecía bastante calmado, y a ojos de Kibai, no parecía que fuese a descargarse una tormenta próximamente.
Tras descender, el mink instruyó a sus compañeros de lo que había encontrado, y al poco rato, todos estaban al otro lado, momentáneamente guarecidos por aquella curiosa disposición de árboles. La División tendió los petates con lo poco que habían podido salvar del naufragio en el extremo más alejado de los árboles, hacia el pico rocoso sobre las olas. Kibai renunció totalmente a la idea de encender un fuego, pues aunque por fortuna el viento soplaba de cara a ellos, no quería arriesgarse a que la buena fortuna les traicionase y cualquiera viese la columna de humo o el resplandor de las llamas. Sacando de su morral las plantas medicinales que había ido pudiendo encontrar, el mink se acercó a Moja, sentándose a su lado.
— Como sigues, compañero? Te duele mucho?
Kibai le dejó a su amigo las plantas en el regazo, por el lado en el que no le faltaba el ojo.
— De momento he podido echarle el guante a esto, espero que te sirvan. Si necesitas cualquier otra cosa, solo dímelo. Esta isla parece bastante fértil en cuanto a recursos naturales, y la mayoría de plantas me son familiares, así que si está en esta isla podré encontrarlo.
Con un último apretón en el hombro, Kibai se levantó del lado de Moja, dirigiéndose a Bertram.
— Hay bastante luz, en cinco días habrá luna llena. Si algo aparece, no creo que tengamos problemas para verlo venir. No obstante, por mi parte preferiría seguir sin fuego, sigue sin gustarme la idea de que haya más gente en esta isla y que aún no nos hayamos cruzado con nadie...
Dando un pequeño suspiro, Kibai se apoyó contra una de las formaciones rocosas que había en aquel cabo, rascándose con suavidad el cuello. Aunque ya no le dolía como antes, aún notaba la quemazón de vez en cuando, y la zona estaba sensible ante cualquier golpe súbito en aquella zona. Seguramente tardaría varios días en curarse, si es que lo llegaba a hacer del todo. Por suerte, aquel parecía, por el momento, un lugar lo bastante seguro como para que la División descansase unas horas y recuperasen fuerzas para el día siguiente. Con un último vistazo, el mink comprobó como las zarzas que había recolocado en el acceso seguían firmemente enclavadas en el mismo punto dónde las había dejado.
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La Caja de Pandora
