Día 38 de Verano, Año 18
En la costa de Isla Chisi
Llamarle al descenso accidentado hubiese sido lo mismo que llamarle a uno de los vendavales infernales de Drum una brisa de verano. EL Royal Quiver se precipitó al vació como si fuese una roca, deprovisto de cualquier tipo de control o de viento que amainase su caída, arrastrando a sus tres ocupantes con él.
Kibai, firmemente anclado con sus garras al mástil inicial, miró, por primera vez en mucho tiempo, con pánico hacia el timón, dónde Moja hacía lo que podía por tratar de nivelar la nave que, a ojos vista, ya había perdido completamente cualquier esperanza de ser controlada. El viento soplaba en sus orejas mientras todo a su alrededor se desdibujaba por la velocidad que seguían descendiendo desde Skypiea.
— Dioses, tened piedad de nosotros... — pensó para si el mink, mientras que en su fuero interno algo que no le gustaba demasiado comenzaba a agitarse en sus entrañas, un sentimiento al que prefería no hacer caso, pero que desde un rincón de su cabeza, uno distinto al que solía habitar la vocecilla con el tono del oficial de cubierta del Swift, le repetía un mantra una y otra vez:
Asúmelo, Kibai, os han abandonado, vais a morir.
Aunque la subida había sido rápida, pero emocionante, la bajada no lo fue tanto. Cuando por fin el Royal Quiver tocó la superficie el agua, la madera del casco se abrió como si fuese una nuez aplastada por la mano de un gigante, y desde entonces, todo fue caos y destrucción. Las jarcias salieron volando, arrancadas de sus bitas y retorciéndose como cobras enfurecidas, mientras que la carga de la bodega, incluyendo todo lo que el mink había almacenado cuidadosamente en Skypiea, las ultimas frutas de Little Garden, y todo lo que había recogido en sus cuadernos se perdía irremediablemente en el mar para siempre.
Obviamente el propio Kibai no salió ileso. Incapaz de mantenerse agarrado al mástil, salió propulsado hacia delante, chocando con su costado izquierdo contra la borda del barco, notando como de inmiediato su boca se llenaba de sangre y su cabeza de luces brillantes de colores que amenazaron con dejarlo incosnciente. Sin embargo, cuando estaba a punto de abandonarse a la negrura y las aguas del mar lo envolvieron, hubo una sensación que le devolvió un pequeño aliento de cordura.
Podía moverse...
Aquel pensamiento despejó el aturdimiento casi tanto como la frialdad del agua marina. Apretando los dientes para contener el dolor tanto que pensó que los colmillos se le iban a partir en pedazos, el mink miró a su alrededor tratando de localizar a los dos marines. Por suerte, a pesar de estar dentro del agua y su olfato estar anulado por obvias razones, sus ojos funcionaban con la claridad de siempre, y Kibai no tardó en vislumbrar en el agua a sus dos compañeros, a los que se apresuró a ir colocando sobre restos flotantes, a sabiendas de la debilidad que atacaría sus miembros en aquel momento.
Ayudados por la corriente, las dos improvisadas balsas, todo lo que quedaba del otrora imponente y orgulloso Royal Quiver, se arrastraron poco a poco hacia la costa. Cuando al fin tocaron tierra, Kibai, hincando una rodilla en tierra, tosió varias veces, antes de vomitar una mezcla de agua salada y sangre, que le empapó el uniforme hecho jirones por las astillas que habían volado en todas direcciones como si fuese el interior de una bomba de metralla.
Obviamente el propio Kibai no salió ileso. Incapaz de mantenerse agarrado al mástil, salió propulsado hacia delante, chocando con su costado izquierdo contra la borda del barco, notando como de inmiediato su boca se llenaba de sangre y su cabeza de luces brillantes de colores que amenazaron con dejarlo incosnciente. Sin embargo, cuando estaba a punto de abandonarse a la negrura y las aguas del mar lo envolvieron, hubo una sensación que le devolvió un pequeño aliento de cordura.
Podía moverse...
¡BERTRAM, MOJA! ELLOS SON USUARIOS, IMBÉCIL!!!
Ayudados por la corriente, las dos improvisadas balsas, todo lo que quedaba del otrora imponente y orgulloso Royal Quiver, se arrastraron poco a poco hacia la costa. Cuando al fin tocaron tierra, Kibai, hincando una rodilla en tierra, tosió varias veces, antes de vomitar una mezcla de agua salada y sangre, que le empapó el uniforme hecho jirones por las astillas que habían volado en todas direcciones como si fuese el interior de una bomba de metralla.
— Moja... — alcanzó a susurrar con un hilo de voz a su compañero, el cual desconocía si siqueira estaba consciente. — No se dónde te habrás sacado el carnet de timonel, pero en esa academia claramente te han estafado.
Respirando pesadamente, el mink examinó la pequeña cala dónde habían acabado por llegar, así como el borde de lo que parecía un bosque que uno vería en un cuento de hadas, con los árboles altos y su troncos cubiertos de musgo.
— Bosque, no jungla. curiosa novedad — pensó Kibai irónicamente mientras giraba su cabeza para evaluar el estado de Bertram y Moja.
La Caja de Pandora
