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#3
Vestimenta de Hyak, Salida de Skypea




Día 9, Año 18
Primavera
Hora: 4:46 p.m.

—¡SUELTEN LAS VELAS! —Ordenó más para Bartolomeow, que para las chicas y fue en ese instante, en donde el tiempo quedó suspendido entre la bruma del espumoso mar nublado y los dorados rayos del sol de la tarde que pintaban la cubierta y las arenas blancas que, como una aparición, como un ciervo o gacela, grácil y ágil, en medio de la vegetación abundante que separaba la playa del bosque, apareció ella.

Sus cabellos naranjas, ondeando como una bandera frutal, se removieron justo frente a sus ojos cuando, con elegancia, a pesar de la agitación de su carrera, ella cayó frente a él.

Un suspiro de sorpresa escapó de sus labios y sus ojos, tan dorados como la misma luz del sol que iluminaba sus rostros, se abrieron por la sorpresa de la repentina aparición. Le costó un mundo y medio no soltar la cuerda que sus manos, delicadas pero fuertes, sostenían como si su vida dependiera de ello.

Era una bellísima aparición. Un ángel…Aunque le faltaban las alas.

¿Quién era?

Algo se le hacía familiar, tal vez en su voz, en su mirada, en su gesto, en su sonrisa o en su andar, pero, aunque quisiera ponerle nombre a la bella muchacha frente a él, este se escapaba de sus manos como el agua que corre libre por un río.

En su cabeza, entonces, reinó la estática. Un ruido agradable que fue opacado por la melodiosa voz de aquella que, como ninja, subía a su preciado Royal Flush sin avisar.

Tal vez ella lo notó, pues no tardó en darle explicaciones a Maki y a él, antes de que alguno de los dos llegara a reaccionar de mala manera, solo después de ello el médico sonrío, recordando, aunque de manera borrosa y lejana, la vista desde el faro de Baterilla de aquel ataque pirata que ambos presenciaron en una noche hace muchos años, recordó el recorrido por el colorido mercado de Skypiea, en donde consiguieron mermeladas y otros dulces, además de aquella peculiar tarde de entrenamiento en donde una “desconocida” acompañó a Maki a descubrir aquello que los habitantes del cielo llaman haki.

—Bienvenida, Señorita —. Pronunció con voz suave, aceptando su presencia en el barco con una naturalidad poco típica en él, pero… ¿Cómo no hacerlo? Ella le inspiraba cierta confianza, aunque eso no quería decir que no mantendría sus ojos sobre ella mientras compartieran espacio en aquel barco.

Antes de desplegar velas, viendo que la bonita chica se hizo con el timón, el médico sintió una necesidad imperiosa de escuchar sus palabras, aquella nueva y formal presentación que hacía la anaranjada… ¿Una navegante? Sus ojos brillaron con ilusión. No podía haber mejor noticia que esa y más si tenían que descender por una peligrosa corriente tormentosa que seguro los pondría tan en aprietos como cuando ascendieron por primera y quizá única vez a esa isla.

—Miyori Hoshino —. Casi que deletreó su nombre, intentando memorizar cada sílaba…Debía aprender con quien hablaba si es que ella iba a, no solo viajar con ellos, si no que guiar su camino hacia el horizonte y más allá. El pelirrosa sonrió de medio lado. —¡El horizonte se ve prometedor! La carga está lista, el ancla elevada, las amarras sueltas y el viento está de nuestro lado. No tenemos tiempo que perder, ¡Desplieguen velas, Valar!



Pijama de Hyak, Llegada a Chika

Día 35 de verano, Año 18
Verano
Hora: 7:17 a.m.

Sueño.
 
Desde hace días que sentía sueño, mucho sueño.
 
No sabía porque, pero desde que dejó atrás la isla rosa, Momoiro, en donde pudo reencontrarse con su maestro, Bluefire, el sueño lo había estado dominando. No quería pensar que se trataba de algún tipo de “enfermedad del sueño”, pues se había mantenido lejos de climas tropicales últimamente, así que no debería haber ningún insecto capaz de trasmitirle aquel mal, tampoco quería pensar que era por sus turnos como vigía en el Royal Flush, pues más de una noche se la pasó en el “nido de cuervos”, vigilando el mar mientras el resto descansaba, pero esas horas de sueño las recompensaba durante el día, así que no…tampoco podía deberse a la fatiga o el cansancio extremo.
 
Solo había algo de lo que podía sospechar y decirlo, así como si nada sonaba como cualquier cosa menos como dato científico: Algo en el aire.
 
Sí, desde hace días, aunque no podía percibir ningún olor en particular al menos que se acercara demasiado a la fuente, sí que percibía un picor en su nariz, una dificultad para respirar que hacían que abriera la boca para tomar, de vez en cuando, bocanadas de aire. Era extraño, como si un aire de toxicidad los recubriera.
 
Esa fue la razón por la que, la noche anterior, dejó atrás la idea de hacer guardia en el “nido de cuervos”, se fue temprano a la habitación que ahora compartía, momentáneamente, con Bartolomeow y se decidió a dormir hasta el día siguiente sin interrupciones.
 
Nada sería capaz de despertarlo, así hubiera una tormenta meciendo su navío como si amenazara con voltearlo.
 
Nada sería capaz de despertarlo, tal vez a excepción de una curiosa semi sirena.
 
El médico no sintió los hipnóticos ojos de la muchacha vigilándolo antes, tampoco se dio cuenta del momento en que se recostó a su lado, pero lo que fue imposible de ignorar para él fue el peso extra sobre su cuerpo, específicamente en su abdomen, además de la falta de aire que fue la gota que rebasó el vaso.
 
Por el impacto abrió la boca para tomar aire; por la sorpresa, abrió los ojos y por inercia, se sentó en la cama de un solo tirón, ignorando su cabello desordenado y la maraña de sábanas aterciopeladas que cubrían parte de su cuerpo y que le imposibilitaron una mejor movilidad.

Sus ojos color sol, los cuales, por lo general, le regalaban miradas de admiración a la bella María Merlot, esta vez le regalaron una mirada que podría haber matado si poseyera una habilidad como esa, pues poco faltó para que el brillo lúgubre de sus ojos se convirtiera en chispas de electricidad que terminaran calcinando a la chica…Sí, de haber poseído alguna habilidad como esa, seguro habría desayunado atún electrocutado, digo, a la plancha.
 
—Jmmm —. Medio que se alegró con aquel halago, pues se sabía hermoso incluso en los momentos en que otros dudarían mostrarse al mundo, pero eso no le quitaba del todo el mal humor, mucho menos cuando su mano fue jalada de manera que, para ese momento del día percibió como brusca, solo para ser arrastrado hacia el exterior y lo peor del caso: ¡EN PIJAMAS! El podía recordar lo que pasó una de las últimas veces que salió en pijama a cubierta…Esperaba que esta vez nadie terminara hundido en el mar.
 
Sus pasos fueron torpes y ruidosos, pues apenas y tuvo tiempo de colocarse unas pantuflas para no tener que pisar, descalzo, el frío suelo del barco, además, estuvo a más de una ocasión de chocar, ya fuera con la misma Merlot o con paredes o puertas que aparecieran de repente frente a él, incluso llegó a morderse su labio inferior mientras caminaba, todo para intentar conectar su cerebro, poco funcional a esas horas, con el resto de su cuerpo, aunque la verdad es que de eso se encargaría el paisaje que pronto tendría frente a sus ojos.
 
El sol fue lo primero que lo recibió el cubierta, pero ni siquiera el astro rey, en su magnificencia, fue suficiente para ocultar el caos que se alzaba frente a sus ojos.
 
—¿Qué mierda es este lugar? ¡Oe, Merlot! ¿Me despertaste para ver un maldito basurero? —Entre las nubes verdosas de vapor tóxico, los peces muertos en el agua oscura y llena de desechos que estaban bastante lejos de lucir inofensivos y el aura desolada de aquel terruño apestoso, el médico sintió que por poco y vomitaría nada más con la visión que tenía en frente. Tuvo suerte de que su nariz estuviera defectuosa, pues al menos no era capaz de oler el aroma casi pútrido que venía del mar y de la costa.
 
Refregó sus ojos con fuerza, como si quisiera constatar que no se encontraba dentro de un mal sueño… ¿Cómo es que luego de una isla tan hermosa como Momoiro se encontraba tremendo basurero? Quiso tomar aire, pero, de nuevo, respirar se le hizo difícil, así que terminó metiendo una mano en su bolsillo y sacando de este un par de hojas de menta que no dudó en llevar a su nariz, no solo para aspirar el aroma que lo transportaba a mejores lugares, si no para aliviar el picor que le generaba el aire de aquel sitio.

Luego miró a su alrededor, vio a Maki, escuchó su voz, así como la de Merlot, cada una teniendo una conversación que hizo que su piel se pusiera de gallina… ¿Nadar?

Eso era más que el balde de agua fría de la visión inicial de aquella isla tóxica, sirvió para despertarlo casi por completo.

—¡NO! ¡Ninguna de las dos se va a tirar a estas aguas! ¿Están locas? No me respondan a eso, sé que más que un tornillo les falta la ferretería entera en sus cabezas, pero ¡NO! No voy a permitir que naden en este lugar, no voy a gastar medicamentos por culpa de una decisión estúpida. ¡EL NADO ESTA PROHIBIDO AQUÍ! —Como doctor de la tripulación se creía con todo el derecho de llamar la atención a cualquiera, incluyendo su capitana, en caso de que pusieran en peligro su inventario médico. —Es más…debería estar prohibido desembarcar aquí...¡Maki, no podemos quedarnos! Debemos ir a ...no sé...¡Agh!

Volvió a mirar a su alrededor, giró su cabeza varias veces mientras que, con sus manos, intentaba cerrar un poco el haori que usaba como camisa de pijama.

—¿En dónde esta Miyori? Debería decirnos que es un error o tal vez deberíamos dar una vuelta por las costas de este asqueroso lugar a ver si es que hay un sitio decente en el cual anclar, porque…ugh…

Odiaba admitirlo, pero no tendrían provisiones suficientes para llegar a una siguiente isla si no hacían una parada, además, aunque no fuera navegante, sabía bien que debía esperar que el log pose de Merlot o de Miyori se cargara con la dirección de la siguiente isla, así que, mientras tanto, estarían atrapados en ese basurero…era lo mismo que una pesadilla.



Botiquín. Abrir solo en casos de emergencia
[Imagen: hyakocheja.png]


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RE: ¡Hola: Basuropolis! Preparate porque serás Valarificado :: PA :: Navegación - por Hyákinthos - 03-09-2026, 07:03 AM

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