30-08-2026, 01:38 AM
Caminar bajo el sol de Karate, cuando su cuerpo suplicaba una por una sola gota de agua, se estaba tornando parcialmente en una tortura; su boca reseca poseía una pastosidad insoportable y desagradable que, en la comisura de sus labios, se iba fraguando en forma de pequeñas costras blanquecinas semejantes al polvo de lima depositado sobre el lecho del río. Era asqueroso. Así que, sin querer pensar en aquello, Bai enjugó el sudor que inundaba su frente, cuestionándose si aquella sensación de cansancio y calor guardaría similitud con la que atenazó a Gilgamesh en su travesía por el desierto pero, casi al instante, lo puso en duda. Sobretodo porque el entorno carecía de la aridez extrema de los yermos, tratándose en su lugar de un llano esmeraldino abrazado por arrozales infinitos.
Aún así, aunque estuviera exagerando, se sentía casi desfallecer.
Por suerte, tras varios minutos caminando, llegó hasta sus apagados oidos el suave rumor del rio. El cual, a juzgar por el ruido, debía hallarse en las inmediaciones, tal vez camuflado tras las verdosas hebras de hierba que se mecían lánguidas bajo el influjo del aire cálido. Bai pivotó sobre su eje, enfilando sus pasos hacia donde intuía que estaría el agua, y caminó un trecho adicional hasta dar de bruces con la sinuosidad del río. Al escrutar la zona de bajo caudal, descubrió una prenda de vestir meticulosamente doblada y dejada a un lado para no estorbar. Frunció el entrecejo en un gesto pensativo y, al alzar la vista para otear el entorno, distinguió una espalda tostada por el sol y una melena de blancura nívea y desmedida que le hizo rememorar de inmediato al hombre que había conocido la noche anterior.
—¿Heras? —susurró para sí, restándole peso al contexto en el que se hallaba enmarcada.
Por un segundo, un impulso irreflexivo la empujó a aproximarse; mas contuvo el paso al recordar que a los foráneos les disgustaba de sobremanera ser sorprendidos en estado de desnudez, parcial o absoluta. Así que, intentando no llamar la atención, viró sobre sus talones y remontó con sigilo la senda fluvial —lo justo como para alejarse de cualquier incomodidad—. Después, se arrodilló con torpeza y sumergió los dedos en el agua, cotejando su pureza, cerciorándose de que el cauce estuviera libre de cualquier sedimento invisible que tornase el líquido en algo no potable.
Todo parecía estar bien.
Depositó su recipiente a un costado, inclinó el torso sobre el rió y hundió ambas manos hasta erigir un cuenco con las palmas juntas. Así estuvo un rato, no demasiado, hasta que finalmente lo alzó y lo vertió directamente sobre la superficie de su rostro. Sus labios agrietados se humedecieron con urgencia, su cavidad bucal capturó sutiles gotas de frescor y su lengua tiritó, electrizada por la sedienta avidez.
Pero no podía beber aún. Primero necesitaba refrescarse un poco.
Así que, a continuación, se echó agua por los brazos, cuello y nuca.
—Ahora sí —se dijo. Y sin pensarselo más, hundió el recipiente, la colmó y se la arrimó a los labios para beber con desesperación.
Una vez hecho todo esto, dirigió una rápida mirada río abajo, hacia la figura de Heras, y optó por saludarle con la mano desde la lejanía.
Aún así, aunque estuviera exagerando, se sentía casi desfallecer.
Por suerte, tras varios minutos caminando, llegó hasta sus apagados oidos el suave rumor del rio. El cual, a juzgar por el ruido, debía hallarse en las inmediaciones, tal vez camuflado tras las verdosas hebras de hierba que se mecían lánguidas bajo el influjo del aire cálido. Bai pivotó sobre su eje, enfilando sus pasos hacia donde intuía que estaría el agua, y caminó un trecho adicional hasta dar de bruces con la sinuosidad del río. Al escrutar la zona de bajo caudal, descubrió una prenda de vestir meticulosamente doblada y dejada a un lado para no estorbar. Frunció el entrecejo en un gesto pensativo y, al alzar la vista para otear el entorno, distinguió una espalda tostada por el sol y una melena de blancura nívea y desmedida que le hizo rememorar de inmediato al hombre que había conocido la noche anterior.
—¿Heras? —susurró para sí, restándole peso al contexto en el que se hallaba enmarcada.
Por un segundo, un impulso irreflexivo la empujó a aproximarse; mas contuvo el paso al recordar que a los foráneos les disgustaba de sobremanera ser sorprendidos en estado de desnudez, parcial o absoluta. Así que, intentando no llamar la atención, viró sobre sus talones y remontó con sigilo la senda fluvial —lo justo como para alejarse de cualquier incomodidad—. Después, se arrodilló con torpeza y sumergió los dedos en el agua, cotejando su pureza, cerciorándose de que el cauce estuviera libre de cualquier sedimento invisible que tornase el líquido en algo no potable.
Todo parecía estar bien.
Depositó su recipiente a un costado, inclinó el torso sobre el rió y hundió ambas manos hasta erigir un cuenco con las palmas juntas. Así estuvo un rato, no demasiado, hasta que finalmente lo alzó y lo vertió directamente sobre la superficie de su rostro. Sus labios agrietados se humedecieron con urgencia, su cavidad bucal capturó sutiles gotas de frescor y su lengua tiritó, electrizada por la sedienta avidez.
Pero no podía beber aún. Primero necesitaba refrescarse un poco.
Así que, a continuación, se echó agua por los brazos, cuello y nuca.
—Ahora sí —se dijo. Y sin pensarselo más, hundió el recipiente, la colmó y se la arrimó a los labios para beber con desesperación.
Una vez hecho todo esto, dirigió una rápida mirada río abajo, hacia la figura de Heras, y optó por saludarle con la mano desde la lejanía.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
