25-08-2026, 06:46 AM
La guerra… la guerra nunca cambia.
¿O sí?
Bueno, la guerra se actualiza. De pelear con palos a usar espadas, y ahora las armas de fuego, las Frutas del Diablo, los diales… La guerra sigue siendo guerra, claro, pero la forma de librarla evoluciona a cada momento, así como se distorsionan los conceptos de ganador y perdedor. Hay quien dice que en una guerra todos pierden. Que la mera existencia de la guerra en tiempos modernos es una pérdida constante para todas las partes involucradas, pues se paga cada segundo de guerra con la moneda más valiosa: la vida de la gente. Vidas que, solemnes, se ofrecen en pos de lo que consideran un bien mayor. No existe mayor tragedia que esa pérdida.
¿O sí?
¿Existe mayor tragedia que la guerra? ¿Mayor derrota que tener que recurrir a ella? Sí, existe. Y Saint Vangelis Enji estaba a punto de sufrirla.
—No sé de dónde habrá sacado el dinero ese rubio tarado, pero como no haya roto su propia alcancía y ahora le debamos dinero a alguien le voy a cobrar cada centavo de su sueldo. ¡Y lo peor es que el cabrón no cobra ni mierdas! —bufó. Pisaba fuerte al caminar, las manos enganchadas por los pulgares sobre la chaqueta que tenía atada en la cintura—. Diez putos millones... como se haya gastado diez millones de verdad sólo para hacer la gracia, más le vale hacerme reír como burro.
Odiaba deber dinero. Mentira, en realidad lo que odiaba era deber dinero que no había podido disfrutar. Después de todo, si él se hubiera endeudado para conseguir diez millones y esos diez millones los hubiera gastado en una fiesta, no le importaría la deuda. Estaba amortizada con el terrible reventón, era una inversión en felicidad. ¿Pero tener que pagar una deuda por la diversión de OTRA persona? Ah, no. Por ahí no pasaba.
Se calmó un poco, y dejó de pisotear el suelo como si quisiera romperlo, al escuchar mencionar a Masami, el otro compañero de su división que faltaba.
—Bertram dijo que se llamaba —respondió, para después agregar—: Yo le digo Berto, pero el cabrón va a cuidar de Masami hoy así que se ganó que diga bien su nombre. Mañana volverá a ser Berto el pelirrojo.
Se encogió de hombros. Masami había elegido al arquero de la división sesenta para que lo acompañase al centro de la arena, donde le extirparon la fruta del diablo. Confiaba en él para que lo cuidara. ¿Por qué iban a desconfiar ellos? Eran compañeros y, más allá de que considerase a los marines de la división sesenta bastante sosos y aburridos —con excepción del leopardo—, existía una confianza intrínseca entre ellos. Ninguno dejaría al resto sin papel en el inodoro.
—¿Crees que Masami le haya echado el ojo?
Se alejaban del estadio. Paso a paso la distancia crecía, el grupo se dispersaba y quedaban cada vez más solos y libres. Un hombre y su compañero cangrejo-tortuga, solteros y listos para arrasar con la noche de skypiea.
¿Dónde podía encontrar un buen bar en el cielo?
Oh, no…
La tragedia se deslizó de forma sigilosa a su espalda y, como un asqueroso gusano, se introdujo primero en sus oídos. Pobre e inocente criatura, siquiera fue capaz de preverlo. No reconoció un solo rastro familiar en esa voz aguda, intensa y decididamente femenina.
Oh, no, no, no, no, no.
Enji arqueó las cejas, detuvo en seco su andar y volteó la cabeza hacia atrás, seguida por el resto de su cuerpo. ¿Lo que encontró? Una mujer, claro. Una musa de cabello rubio, largo y sedosos que le caía como una cascada dorada detras de la espalda. Un rostro anguloso, hegemónico, bello; uno que pudiera haberle arrancado un sonrojo a cualquier persona un poco más inocente.
¡No!
Su mirada siguió bajando. Ignoró inconscientemente algunos detalles para fijarse en la joya de la corona, la frutilla del pastel, la bendición que los cielos le habían guardado: un seno femenino, perfectamente redondo, que se asomaba fuera de las ropas blancas y de corte militar en las que esa diosa estaba ataviada. La sonrisa en sus labios se ensanchó rápidamente.
¡NO!
—Hey. —Sus cejas se movieron de forma fluída y sugerente mientras cerraba distancias con la rubia, obligado a agachar la cabeza y encorvarse un poco para mirarla a los ojos—. ¿Eres mi premio de consuelo, babe? —Con una mano le capturó la cintura y con la otra le apartó un mechón rebelde de la cara, mismo movimiento que aprovechó para acariciarle la línea de la mandíbula hasta el mentón—. Porque damn, Shandora palidece ante tus ojos, shawty. Ven conmigo al Transit y déjame sacarte hasta los… miedos…
Aretes. Reparó en ellos demasiado tarde. Un par de aretes con una borla dorada colgaban de las orejas de esa misteriosa mujer, esa misteriosa rubia. La volvió a mirar, volvió a escrutarla de arriba abajo y, aunque ese seno descubierto se quería robar su atención, se quemó el cerébro para ver un poco más allá. Se fijó en el uniforme marine, los aretes, el mechón, el color de los ojos... y algo dentro suyo se quebró en mil pedazos.
Su dignidad.
¿O sí?
Bueno, la guerra se actualiza. De pelear con palos a usar espadas, y ahora las armas de fuego, las Frutas del Diablo, los diales… La guerra sigue siendo guerra, claro, pero la forma de librarla evoluciona a cada momento, así como se distorsionan los conceptos de ganador y perdedor. Hay quien dice que en una guerra todos pierden. Que la mera existencia de la guerra en tiempos modernos es una pérdida constante para todas las partes involucradas, pues se paga cada segundo de guerra con la moneda más valiosa: la vida de la gente. Vidas que, solemnes, se ofrecen en pos de lo que consideran un bien mayor. No existe mayor tragedia que esa pérdida.
¿O sí?
¿Existe mayor tragedia que la guerra? ¿Mayor derrota que tener que recurrir a ella? Sí, existe. Y Saint Vangelis Enji estaba a punto de sufrirla.
—No sé de dónde habrá sacado el dinero ese rubio tarado, pero como no haya roto su propia alcancía y ahora le debamos dinero a alguien le voy a cobrar cada centavo de su sueldo. ¡Y lo peor es que el cabrón no cobra ni mierdas! —bufó. Pisaba fuerte al caminar, las manos enganchadas por los pulgares sobre la chaqueta que tenía atada en la cintura—. Diez putos millones... como se haya gastado diez millones de verdad sólo para hacer la gracia, más le vale hacerme reír como burro.
Odiaba deber dinero. Mentira, en realidad lo que odiaba era deber dinero que no había podido disfrutar. Después de todo, si él se hubiera endeudado para conseguir diez millones y esos diez millones los hubiera gastado en una fiesta, no le importaría la deuda. Estaba amortizada con el terrible reventón, era una inversión en felicidad. ¿Pero tener que pagar una deuda por la diversión de OTRA persona? Ah, no. Por ahí no pasaba.
Se calmó un poco, y dejó de pisotear el suelo como si quisiera romperlo, al escuchar mencionar a Masami, el otro compañero de su división que faltaba.
—Bertram dijo que se llamaba —respondió, para después agregar—: Yo le digo Berto, pero el cabrón va a cuidar de Masami hoy así que se ganó que diga bien su nombre. Mañana volverá a ser Berto el pelirrojo.
Se encogió de hombros. Masami había elegido al arquero de la división sesenta para que lo acompañase al centro de la arena, donde le extirparon la fruta del diablo. Confiaba en él para que lo cuidara. ¿Por qué iban a desconfiar ellos? Eran compañeros y, más allá de que considerase a los marines de la división sesenta bastante sosos y aburridos —con excepción del leopardo—, existía una confianza intrínseca entre ellos. Ninguno dejaría al resto sin papel en el inodoro.
—¿Crees que Masami le haya echado el ojo?
Se alejaban del estadio. Paso a paso la distancia crecía, el grupo se dispersaba y quedaban cada vez más solos y libres. Un hombre y su compañero cangrejo-tortuga, solteros y listos para arrasar con la noche de skypiea.
¿Dónde podía encontrar un buen bar en el cielo?
— ¡EY, ENJI! —
Oh, no…
La tragedia se deslizó de forma sigilosa a su espalda y, como un asqueroso gusano, se introdujo primero en sus oídos. Pobre e inocente criatura, siquiera fue capaz de preverlo. No reconoció un solo rastro familiar en esa voz aguda, intensa y decididamente femenina.
Oh, no, no, no, no, no.
Enji arqueó las cejas, detuvo en seco su andar y volteó la cabeza hacia atrás, seguida por el resto de su cuerpo. ¿Lo que encontró? Una mujer, claro. Una musa de cabello rubio, largo y sedosos que le caía como una cascada dorada detras de la espalda. Un rostro anguloso, hegemónico, bello; uno que pudiera haberle arrancado un sonrojo a cualquier persona un poco más inocente.
¡No!
Su mirada siguió bajando. Ignoró inconscientemente algunos detalles para fijarse en la joya de la corona, la frutilla del pastel, la bendición que los cielos le habían guardado: un seno femenino, perfectamente redondo, que se asomaba fuera de las ropas blancas y de corte militar en las que esa diosa estaba ataviada. La sonrisa en sus labios se ensanchó rápidamente.
¡NO!
—Hey. —Sus cejas se movieron de forma fluída y sugerente mientras cerraba distancias con la rubia, obligado a agachar la cabeza y encorvarse un poco para mirarla a los ojos—. ¿Eres mi premio de consuelo, babe? —Con una mano le capturó la cintura y con la otra le apartó un mechón rebelde de la cara, mismo movimiento que aprovechó para acariciarle la línea de la mandíbula hasta el mentón—. Porque damn, Shandora palidece ante tus ojos, shawty. Ven conmigo al Transit y déjame sacarte hasta los… miedos…
Aretes. Reparó en ellos demasiado tarde. Un par de aretes con una borla dorada colgaban de las orejas de esa misteriosa mujer, esa misteriosa rubia. La volvió a mirar, volvió a escrutarla de arriba abajo y, aunque ese seno descubierto se quería robar su atención, se quemó el cerébro para ver un poco más allá. Se fijó en el uniforme marine, los aretes, el mechón, el color de los ojos... y algo dentro suyo se quebró en mil pedazos.
Su dignidad.
"¡¡EY, CHICOS, MIRADME!! ¡¡NO OLVIDÉIS ESTA CARA!!"

—Juan… mátame ahora mismo…

—Juan… mátame ahora mismo…

