19-08-2026, 09:56 PM
(Última modificación: 20-08-2026, 07:33 PM por Masato Ami.)
Me moví de nuevo, siguiendo aquel sonido de la salsa que parecía aparecer cada vez que algún recuerdo importante estaba a punto de mostrarse frente a mí. Caminé varios metros, atravesando aquella especie de escenario extraño que era mi propia memoria, hasta encontrarme con una escena que casi había olvidado. Me quedé paralizado porque aquel recuerdo era del día en que había decidido pertenecer a la Marina. Ahí estaba yo, con diecinueve años. El cabello negro me caía largo por la espalda, con aquellas puntas rojas que tanto me gustaban, aunque en aquel momento lo tenía recogido en una especie de cola de caballo mal hecha. Mi maquillaje estaba corrido y bastante lejos de ser perfecto. Las ojeras eran evidentes, profundas, como si hubiera pasado noches enteras llorando y probablemente lo había hecho, todavía tenía el corazón hecho pedazos por aquella ruptura, pero ahí estaba, sonriendo.
Frente a mí se encontraba un instructor de la Marina, observándome con una expresión que prácticamente gritaba que no quería dejarme entrar. Me quedé mirando la escena con una mezcla de vergüenza y nostalgia. —Ay, Masami. —murmuré. Parecía un vagabundo revolucionario que se había equivocado de edificio y había terminado frente a una oficina de reclutamiento. El Masami de diecinueve años, sin embargo, no parecía darse cuenta de eso. O quizá simplemente no le importaba.
—Quiero entrar a la Marina. —dijo con una seguridad que incluso a mí me sorprendió. El instructor lo observó de arriba abajo. —¿Tú? —, —Sí, yo. —, —¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? — El joven Masami sonrió todavía más. —Completamente. — Yo observaba desde unos metros atrás, incapaz de apartar la mirada, entonces apareció la duda que tantas veces había evitado hacerme. ¿No quería aceptarme porque era un Okama? ¿Porque llevaba maquillaje? ¿Porque mi cabello, mi ropa y mi manera de comportarme no encajaban con la imagen tradicional de un marine? ¿O simplemente porque, siendo honestos, aquel muchacho tenía una apariencia tan descuidada que parecía que llevaba tres días durmiendo debajo de un puente? —Bueno —murmuré, mirando nuevamente la escena —Tampoco puedo culparlo del todo, honey. — El Masami de diecinueve años se acomodó el cabello y levantó el mentón.
—Quiero proteger a las personas. Quiero que nadie tenga que sentirse avergonzado de ser quien es. Y quiero demostrar que alguien como yo también puede llevar este uniforme. —Mi sonrisa desapareció lentamente, aquellas palabras yo las había olvidado, había olvidado que ese había sido el verdadero motivo por el que había querido entrar, no para ser fuerte ni para demostrar que podía vencer a los demás, tampoco para convertirme en el mejor marine. Había entrado porque quería que algún día otro niño pudiera mirar a un marine como yo y pensar "Yo también puedo hacerlo."
Me llevé una mano al pecho. —Ese era el sueño, era mi sueño. — El joven Masami continuaba frente al instructor, esperando una respuesta y aunque todavía tenía los ojos cansados y el maquillaje hecho un desastre, sonreía como si estuviera a punto de conquistar el mundo. —Qué muchacho tan terco. —susurré con una sonrisa nostálgica —Menos mal que no cambiaste esa parte, tesoro. —
El reclutador mantuvo los brazos cruzados durante varios segundos. Su mirada recorrió al Masato de diecinueve años desde aquella cola de caballo mal hecha hasta sus zapatos gastados, deteniéndose especialmente en el estuche del violín que cargaba a la espalda. El silencio comenzó a sentirse incómodo, incluso para mí, que solo estaba contemplando un recuerdo ocurrido hacía años. —No pareces tener lo que se necesita para pertenecer a la Marina, muchacho. — La sonrisa del joven Masami perdió un poquito de fuerza. —¿Cómo dice? —
—Mírate. —El hombre suspiró —No pareces un marine. Pareces un músico callejero que se perdió camino a una taberna. — Sentí aquellas palabras como si me las estuvieran diciendo nuevamente, recordaba ese momento a la perfección, ese momento si se clavó en mi interior, lo recordaba muchísimo más de lo que quería. El joven bajó la mirada hacia su ropa, después tocó inconscientemente el estuche del violín sobre su hombro. Las ojeras, el maquillaje corrido y aquel aspecto desastroso no ayudaban precisamente a vender la imagen de un futuro defensor de la justicia. —Vete a casa, Masato. Busca un escenario. Toca tu violín, canta, baila, haz lo que sea que hagan los artistas. La Marina no es para ti. — Mi yo de diecinueve años permaneció en silencio, por un instante pensé que iba a llorar porque conocía perfectamente aquella expresión. Había pasado demasiadas noches llorando por alguien que no merecía ni la mitad de aquellas lágrimas y ahora, cuando finalmente había reunido fuerzas para intentar comenzar una nueva vida, alguien volvía a decirle que no pertenecía.
—Ay, mi niño. —susurré desde la distancia, el joven Masato apretó los puños. —No. — El reclutador levantó una ceja. —¿Qué dijiste? — Respondió el reclutador con cara de incredulidad. —Que no. — Esta vez levantó la cabeza. Sus ojos seguían cansados. Todavía había tristeza detrás de ellos y su sonrisa había desaparecido completamente, pero algo diferente había ocupado su lugar, determinación. —No me voy a ir. —
—Muchacho...— El instructor parecía ya cansado de lo mismo. —Puede decirme que no parezco un marine. Puede decirme que parezco músico, vagabundo, mujer, hombre o lo que usted quiera, tesoro. —Se señaló el pecho con firmeza —Pero usted no decide lo que puedo llegar a ser. — El reclutador endureció la expresión. Yo, en cambio, sentí que los ojos comenzaban a humedecérseme, esa era una de las partes que había olvidado. —Yo sigo el Okama Way —continuó aquel Masami mucho más joven —Y no significa que tenga que vestirme de una manera determinada ni que tenga que actuar como alguien espera de mí. Significa que este es mi camino y que voy a recorrerlo siendo exactamente quien soy. — El reclutador permaneció callado.
—¿Y qué tiene que ver eso con la Marina? — Masato respiró profundamente. —TODO!! — Su mano volvió hasta el violín. —Ustedes hablan de justicia como si solamente existiera una. Pero yo tengo la mía. — La salsa que había estado escuchando desde que comenzó aquel extraño sueño volvió a aparecer suavemente en la distancia. Primero la güira, después la tambora y finalmente unas maracas que parecían acompañar cada palabra de aquel muchacho. —Mi justicia es que ningún niño tenga que esconderse detrás de una pared para ponerse la ropa que le gusta. Mi justicia es que nadie tenga que sentirse menos por amar diferente, verse diferente o vivir diferente. Mi justicia es proteger a quienes no pueden defenderse y hacerlo sin tener que convertirme en otra persona para que ustedes me acepten. — Sentí una lágrima recorrer mi mejilla. Ahora lo recordaba, esa era mi justicia, antes de los rangos, antes de la división 80, antes del Grand Line, antes incluso de aquella maldita fruta ya existía Masami.
El reclutador señaló la puerta. —Te estoy diciendo que te marches. — Mi yo de diecinueve años miró hacia donde señalaba y después volvió a mirarlo a él para entonces sonreír —Pues mañana regreso. — El reclutador casi pareció bufar del estrés. —Te volveré a rechazar. — Aparentemente se había vuelto una competencia de perseverancia y yo simplemente había olvidado todo eso. —Entonces regreso pasado mañana. —
—Y volveré a decirte que no. — Masato se encogió de hombros. —Pues espero que tenga café, porque nos vamos a ver bastante, honey. — No pude evitar sonreír entre lágrimas, ahí estaba terco como una mula. Con el corazón roto, maquillaje mal puesto, un violín en la espalda y probablemente dos berrys en el bolsillo, pero dispuesto a plantarse frente al mundo entero hasta conseguir su oportunidad. El reclutador lo miró incrédulo. —¿Realmente estás dispuesto a insistir tanto? — Masato sostuvo su mirada. —No tienes idea tesoro, insistiré hasta que me deje demostrarle que está equivocado. — El recuerdo comenzó a desdibujarse lentamente a mi alrededor. El escritorio, las paredes y el símbolo de la Marina fueron perdiendo forma mientras la salsa se hacía cada vez más clara.
Yo permanecí mirando a aquel muchacho. —No cambies. —murmuré, pero entonces corregí mis propias palabras. —No. Cambia todo lo que quieras, tesoro. Enamórate, equivócate, hazte marine, córtate el cabello, déjatelo crecer otra vez, usa uniforme, ponte vestidos, cambia el violín por unas maracas si te da la gana. — Apreté las maracas contra mi pecho mientras las lágrimas continuaban bajando por mis mejillas. —Pero esa forma, esa forma de ser tu no la cambies nunca. — Porque finalmente comenzaba a comprender qué me estaba mostrando aquel sueño, mi Akuma no Mi nunca había definido quién era, la Marina tampoco, ni mi maquillaje, ni mi ropa, ni siquiera el nombre de Masami, lo que si me definía era que ya desde incluso antes de ser marine ya tenia mi propia justicia y ella caminaba de la mano con el Okama Way.
El reclutador todavía señalaba la puerta cuando el Masato de diecinueve años llevó lentamente una mano hacia su espalda. Por un instante pensé que simplemente acomodaría el estuche del violín, pero lo vi retirárselo del hombro y colocarlo directamente sobre la mesa del instructor. El sonido seco del estuche contra la madera hizo que ambos guardaran silencio. Masato abrió los broches uno por uno. Levantó la tapa y allí estaba aquel violín que había cargado durante tantos años. La madera tenía algunas marcas del uso, pero seguía siendo hermoso. Yo lo recordaba perfectamente, tesoro. Recordaba las noches tocándolo hasta que me dolían los dedos, las canciones que había aprendido cuando todavía era un niño y las veces que aquel instrumento había sido lo único capaz de hacerme compañía cuando no quería hablar con nadie.
Mi sonrisa desapareció. —No. —murmuré desde donde observaba el recuerdo. El joven Masato tomó el violín entre sus manos mientras el reclutador frunció el ceño. —¿Qué estás haciendo? — Masato lo miró directamente a los ojos en ese momento podía jurar que no había vergüenza ni lágrimas. —¿Quiere ver qué tan dispuesto estoy a unirme a la Marina? — El instructor apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Masato levantó el instrumento y, con un movimiento fugaz, lo estrelló con toda su fuerza contra el suelo, el sonido me atravesó, la madera se partió en dos y las cuerdas quedaron colgando entre ambas mitades y una de ellas vibró durante algunos segundos, produciendo una nota horrible, quebrada, que lentamente murió en medio de aquel despacho, en ese momento sentí que el pecho se me cerraba. —Ay, Masami, ¿Qué hiciste? — Lo recordaba, pero había olvidado cuánto dolía verlo, no quisiera volver a recordar cuanto dolía vivirlo.
El muchacho observó durante unos segundos aquello que quedaba de su violín. Sus dedos temblaron ligeramente. Romperlo no significaba que hubiese dejado de amarlo, precisamente por eso aquel gesto había sido tan doloroso. Estaba destruyendo algo que había formado parte de su vida para demostrarle a un desconocido cuánto significaba aquella oportunidad, entonces levantó la mirada. —No me tache de raro, de mujer o de músico sin más. —Su voz tembló apenas, pero no retrocedió —Puede pensar lo que quiera de cómo me visto o de cómo hablo, pero no utilice ninguna de esas cosas para decidir de lo que soy capaz. — El reclutador bajó lentamente el brazo con el que todavía señalaba la salida. Masato dio un paso hacia su escritorio. —Puedo ser músico y marine. Puedo maquillarme y pelear. Puedo usar una falda mañana y ese uniforme suyo pasado mañana. Una cosa no borra la otra, Tesoro. — Señaló los restos del violín. —Eso era importante para mí, muchísimo, pero estoy dispuesto a dejar atrás una vida entera si eso significa que algún día puedo proteger a alguien que necesite de mí. — Sus ojos se humedecieron, pero, aun así, mantuvo el mentón en alto. —Así que no me mire y decida que no sirvo solamente porque no me parezco a sus hombres. — El silencio se apoderó del despacho. —Puedo ser un marine igual o mejor que cualquiera de ellos. — El reclutador miró el violín destrozado y luego lo miró a él. —¿Y si después de todo esto sigo diciéndote que no? — Masato tragó saliva. —Recojo mi violín. — Se agachó y tomó cuidadosamente las dos partes del instrumento. —Lo arreglo como pueda, para poder tocar y ganar unas monedas para comer— Guardó ambas dentro del estuche. —Y mañana vuelvo. — Aquello me hizo bajar la cabeza.
Ahora comprendía algo que a los diecinueve años todavía no podía entender, no necesitaba haber roto aquel violín, no necesitaba destruir una parte de mí para demostrar que merecía convertirme en marine, pero ese muchacho todavía estaba aprendiendo eso. Me acerqué unos pasos, aunque sabía que no podía escucharme. —Ay, mi niño, si supieras que ahora somos marines —susurré con los ojos húmedos —No habrías tenido que demostrarles nada de esa manera. — Masato cerró el estuche y volvió a mirar al instructor con aquella terquedad que todavía conservaba a mis veintiún años.
—Puede echarme hoy, tesoro, pero para hacer que me rinda va a necesitar algo bastante más fuerte que una puerta cerrada. —
Frente a mí se encontraba un instructor de la Marina, observándome con una expresión que prácticamente gritaba que no quería dejarme entrar. Me quedé mirando la escena con una mezcla de vergüenza y nostalgia. —Ay, Masami. —murmuré. Parecía un vagabundo revolucionario que se había equivocado de edificio y había terminado frente a una oficina de reclutamiento. El Masami de diecinueve años, sin embargo, no parecía darse cuenta de eso. O quizá simplemente no le importaba.
—Quiero entrar a la Marina. —dijo con una seguridad que incluso a mí me sorprendió. El instructor lo observó de arriba abajo. —¿Tú? —, —Sí, yo. —, —¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? — El joven Masami sonrió todavía más. —Completamente. — Yo observaba desde unos metros atrás, incapaz de apartar la mirada, entonces apareció la duda que tantas veces había evitado hacerme. ¿No quería aceptarme porque era un Okama? ¿Porque llevaba maquillaje? ¿Porque mi cabello, mi ropa y mi manera de comportarme no encajaban con la imagen tradicional de un marine? ¿O simplemente porque, siendo honestos, aquel muchacho tenía una apariencia tan descuidada que parecía que llevaba tres días durmiendo debajo de un puente? —Bueno —murmuré, mirando nuevamente la escena —Tampoco puedo culparlo del todo, honey. — El Masami de diecinueve años se acomodó el cabello y levantó el mentón.
![[Imagen: bNVBZy8.png]](https://i.imgur.com/bNVBZy8.png)
—Quiero proteger a las personas. Quiero que nadie tenga que sentirse avergonzado de ser quien es. Y quiero demostrar que alguien como yo también puede llevar este uniforme. —Mi sonrisa desapareció lentamente, aquellas palabras yo las había olvidado, había olvidado que ese había sido el verdadero motivo por el que había querido entrar, no para ser fuerte ni para demostrar que podía vencer a los demás, tampoco para convertirme en el mejor marine. Había entrado porque quería que algún día otro niño pudiera mirar a un marine como yo y pensar "Yo también puedo hacerlo."
Me llevé una mano al pecho. —Ese era el sueño, era mi sueño. — El joven Masami continuaba frente al instructor, esperando una respuesta y aunque todavía tenía los ojos cansados y el maquillaje hecho un desastre, sonreía como si estuviera a punto de conquistar el mundo. —Qué muchacho tan terco. —susurré con una sonrisa nostálgica —Menos mal que no cambiaste esa parte, tesoro. —
El reclutador mantuvo los brazos cruzados durante varios segundos. Su mirada recorrió al Masato de diecinueve años desde aquella cola de caballo mal hecha hasta sus zapatos gastados, deteniéndose especialmente en el estuche del violín que cargaba a la espalda. El silencio comenzó a sentirse incómodo, incluso para mí, que solo estaba contemplando un recuerdo ocurrido hacía años. —No pareces tener lo que se necesita para pertenecer a la Marina, muchacho. — La sonrisa del joven Masami perdió un poquito de fuerza. —¿Cómo dice? —
—Mírate. —El hombre suspiró —No pareces un marine. Pareces un músico callejero que se perdió camino a una taberna. — Sentí aquellas palabras como si me las estuvieran diciendo nuevamente, recordaba ese momento a la perfección, ese momento si se clavó en mi interior, lo recordaba muchísimo más de lo que quería. El joven bajó la mirada hacia su ropa, después tocó inconscientemente el estuche del violín sobre su hombro. Las ojeras, el maquillaje corrido y aquel aspecto desastroso no ayudaban precisamente a vender la imagen de un futuro defensor de la justicia. —Vete a casa, Masato. Busca un escenario. Toca tu violín, canta, baila, haz lo que sea que hagan los artistas. La Marina no es para ti. — Mi yo de diecinueve años permaneció en silencio, por un instante pensé que iba a llorar porque conocía perfectamente aquella expresión. Había pasado demasiadas noches llorando por alguien que no merecía ni la mitad de aquellas lágrimas y ahora, cuando finalmente había reunido fuerzas para intentar comenzar una nueva vida, alguien volvía a decirle que no pertenecía.
—Ay, mi niño. —susurré desde la distancia, el joven Masato apretó los puños. —No. — El reclutador levantó una ceja. —¿Qué dijiste? — Respondió el reclutador con cara de incredulidad. —Que no. — Esta vez levantó la cabeza. Sus ojos seguían cansados. Todavía había tristeza detrás de ellos y su sonrisa había desaparecido completamente, pero algo diferente había ocupado su lugar, determinación. —No me voy a ir. —
—Muchacho...— El instructor parecía ya cansado de lo mismo. —Puede decirme que no parezco un marine. Puede decirme que parezco músico, vagabundo, mujer, hombre o lo que usted quiera, tesoro. —Se señaló el pecho con firmeza —Pero usted no decide lo que puedo llegar a ser. — El reclutador endureció la expresión. Yo, en cambio, sentí que los ojos comenzaban a humedecérseme, esa era una de las partes que había olvidado. —Yo sigo el Okama Way —continuó aquel Masami mucho más joven —Y no significa que tenga que vestirme de una manera determinada ni que tenga que actuar como alguien espera de mí. Significa que este es mi camino y que voy a recorrerlo siendo exactamente quien soy. — El reclutador permaneció callado.
—¿Y qué tiene que ver eso con la Marina? — Masato respiró profundamente. —TODO!! — Su mano volvió hasta el violín. —Ustedes hablan de justicia como si solamente existiera una. Pero yo tengo la mía. — La salsa que había estado escuchando desde que comenzó aquel extraño sueño volvió a aparecer suavemente en la distancia. Primero la güira, después la tambora y finalmente unas maracas que parecían acompañar cada palabra de aquel muchacho. —Mi justicia es que ningún niño tenga que esconderse detrás de una pared para ponerse la ropa que le gusta. Mi justicia es que nadie tenga que sentirse menos por amar diferente, verse diferente o vivir diferente. Mi justicia es proteger a quienes no pueden defenderse y hacerlo sin tener que convertirme en otra persona para que ustedes me acepten. — Sentí una lágrima recorrer mi mejilla. Ahora lo recordaba, esa era mi justicia, antes de los rangos, antes de la división 80, antes del Grand Line, antes incluso de aquella maldita fruta ya existía Masami.
El reclutador señaló la puerta. —Te estoy diciendo que te marches. — Mi yo de diecinueve años miró hacia donde señalaba y después volvió a mirarlo a él para entonces sonreír —Pues mañana regreso. — El reclutador casi pareció bufar del estrés. —Te volveré a rechazar. — Aparentemente se había vuelto una competencia de perseverancia y yo simplemente había olvidado todo eso. —Entonces regreso pasado mañana. —
—Y volveré a decirte que no. — Masato se encogió de hombros. —Pues espero que tenga café, porque nos vamos a ver bastante, honey. — No pude evitar sonreír entre lágrimas, ahí estaba terco como una mula. Con el corazón roto, maquillaje mal puesto, un violín en la espalda y probablemente dos berrys en el bolsillo, pero dispuesto a plantarse frente al mundo entero hasta conseguir su oportunidad. El reclutador lo miró incrédulo. —¿Realmente estás dispuesto a insistir tanto? — Masato sostuvo su mirada. —No tienes idea tesoro, insistiré hasta que me deje demostrarle que está equivocado. — El recuerdo comenzó a desdibujarse lentamente a mi alrededor. El escritorio, las paredes y el símbolo de la Marina fueron perdiendo forma mientras la salsa se hacía cada vez más clara.
Yo permanecí mirando a aquel muchacho. —No cambies. —murmuré, pero entonces corregí mis propias palabras. —No. Cambia todo lo que quieras, tesoro. Enamórate, equivócate, hazte marine, córtate el cabello, déjatelo crecer otra vez, usa uniforme, ponte vestidos, cambia el violín por unas maracas si te da la gana. — Apreté las maracas contra mi pecho mientras las lágrimas continuaban bajando por mis mejillas. —Pero esa forma, esa forma de ser tu no la cambies nunca. — Porque finalmente comenzaba a comprender qué me estaba mostrando aquel sueño, mi Akuma no Mi nunca había definido quién era, la Marina tampoco, ni mi maquillaje, ni mi ropa, ni siquiera el nombre de Masami, lo que si me definía era que ya desde incluso antes de ser marine ya tenia mi propia justicia y ella caminaba de la mano con el Okama Way.
El reclutador todavía señalaba la puerta cuando el Masato de diecinueve años llevó lentamente una mano hacia su espalda. Por un instante pensé que simplemente acomodaría el estuche del violín, pero lo vi retirárselo del hombro y colocarlo directamente sobre la mesa del instructor. El sonido seco del estuche contra la madera hizo que ambos guardaran silencio. Masato abrió los broches uno por uno. Levantó la tapa y allí estaba aquel violín que había cargado durante tantos años. La madera tenía algunas marcas del uso, pero seguía siendo hermoso. Yo lo recordaba perfectamente, tesoro. Recordaba las noches tocándolo hasta que me dolían los dedos, las canciones que había aprendido cuando todavía era un niño y las veces que aquel instrumento había sido lo único capaz de hacerme compañía cuando no quería hablar con nadie.
Mi sonrisa desapareció. —No. —murmuré desde donde observaba el recuerdo. El joven Masato tomó el violín entre sus manos mientras el reclutador frunció el ceño. —¿Qué estás haciendo? — Masato lo miró directamente a los ojos en ese momento podía jurar que no había vergüenza ni lágrimas. —¿Quiere ver qué tan dispuesto estoy a unirme a la Marina? — El instructor apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Masato levantó el instrumento y, con un movimiento fugaz, lo estrelló con toda su fuerza contra el suelo, el sonido me atravesó, la madera se partió en dos y las cuerdas quedaron colgando entre ambas mitades y una de ellas vibró durante algunos segundos, produciendo una nota horrible, quebrada, que lentamente murió en medio de aquel despacho, en ese momento sentí que el pecho se me cerraba. —Ay, Masami, ¿Qué hiciste? — Lo recordaba, pero había olvidado cuánto dolía verlo, no quisiera volver a recordar cuanto dolía vivirlo.
![[Imagen: 4SPcM6c.png]](https://i.imgur.com/4SPcM6c.png)
El muchacho observó durante unos segundos aquello que quedaba de su violín. Sus dedos temblaron ligeramente. Romperlo no significaba que hubiese dejado de amarlo, precisamente por eso aquel gesto había sido tan doloroso. Estaba destruyendo algo que había formado parte de su vida para demostrarle a un desconocido cuánto significaba aquella oportunidad, entonces levantó la mirada. —No me tache de raro, de mujer o de músico sin más. —Su voz tembló apenas, pero no retrocedió —Puede pensar lo que quiera de cómo me visto o de cómo hablo, pero no utilice ninguna de esas cosas para decidir de lo que soy capaz. — El reclutador bajó lentamente el brazo con el que todavía señalaba la salida. Masato dio un paso hacia su escritorio. —Puedo ser músico y marine. Puedo maquillarme y pelear. Puedo usar una falda mañana y ese uniforme suyo pasado mañana. Una cosa no borra la otra, Tesoro. — Señaló los restos del violín. —Eso era importante para mí, muchísimo, pero estoy dispuesto a dejar atrás una vida entera si eso significa que algún día puedo proteger a alguien que necesite de mí. — Sus ojos se humedecieron, pero, aun así, mantuvo el mentón en alto. —Así que no me mire y decida que no sirvo solamente porque no me parezco a sus hombres. — El silencio se apoderó del despacho. —Puedo ser un marine igual o mejor que cualquiera de ellos. — El reclutador miró el violín destrozado y luego lo miró a él. —¿Y si después de todo esto sigo diciéndote que no? — Masato tragó saliva. —Recojo mi violín. — Se agachó y tomó cuidadosamente las dos partes del instrumento. —Lo arreglo como pueda, para poder tocar y ganar unas monedas para comer— Guardó ambas dentro del estuche. —Y mañana vuelvo. — Aquello me hizo bajar la cabeza.
Ahora comprendía algo que a los diecinueve años todavía no podía entender, no necesitaba haber roto aquel violín, no necesitaba destruir una parte de mí para demostrar que merecía convertirme en marine, pero ese muchacho todavía estaba aprendiendo eso. Me acerqué unos pasos, aunque sabía que no podía escucharme. —Ay, mi niño, si supieras que ahora somos marines —susurré con los ojos húmedos —No habrías tenido que demostrarles nada de esa manera. — Masato cerró el estuche y volvió a mirar al instructor con aquella terquedad que todavía conservaba a mis veintiún años.
—Puede echarme hoy, tesoro, pero para hacer que me rinda va a necesitar algo bastante más fuerte que una puerta cerrada. —
Off
![[Imagen: xFGuWOj.jpeg]](https://i.imgur.com/xFGuWOj.jpeg)
