![[Imagen: vq7IkLZ.png]](https://i.imgur.com/vq7IkLZ.png)
Pocos cultivadores se acercan, solo el dueño y muy poca gente saben de mi, que vivo aquí. Las otras pocas personas son aquellos que vinieron a robar y entre las sombras se encontraron con la presencia de un ser alado de gran altura. Ese avistamiento los hizo alejarse y darme un espacio donde puedo estar con libertad y plenitud. Sin pagar, pues la pobreza con la que vivo me impide pagarme una posada, un lugar con lujos como el agua caliente, unas cortinas, o una cama. Lo bueno es que no me daba trabajo salvo tener que alejar que los cocos proliferen en el arroz.
Mis alas se extienden y reciben los rayos del astro rey. Mi espalda siente el calor y lo asimila lentamente. Aún es temprano y está frío por lo que ese cambie producto del amanecer se siente como una caricia tierna. En mi silencio y en mi soledad me hace sonreír pues es de las pocas cosas que efímeras me traen un cobijo. Como si una sensación de protección inundase mi cuerpo, pienso que así se debe sentir cuando se recibe un amor incondicional, como el de una madre, padre o pareja.
Tan mal acostumbrado a caricias que no son reales, este calor suave, que te eriza ligeramente la piel es lo más lindo que se me ha llegado a tratar. Aquella vista café que se me había mantenido cerrada y aquella mente que aún aprende a lidiar con sus propios pensamientos. Hoy está tranquila, siente gusto por matricularme un día más. Se abre y lo primero que ve son los sacos de arroz que están allí desde el día anterior. Deberían venir a buscarlos pronto. Los contemplé un pequeño instante y decido que ya es suficiente de inacción.
Ponerse de pie y buscar una escoba improvisada de muchas hojas y palillos secos que bien amarrados me permiten hacer su función. Quito la tierra del interior, luego lo uso de plumero para quitar las telas de araña y ahuyentar bichos que anidan durante el frío. Los saco y los alejo. En las adyacencias repito lo mismo y sé que he acabado cuando las piedras que conectan con el sendero ya son visibles en el frente. Se supone que soy un ente y una vez todo está listo guardé la escoba y me retiré. No puedo ser visto o eso causaría miedo en todos.
El aseo por la mañana no es una gran actividad. La verdadera actividad es correr durante todo el camino hacia el río más cercano, donde puedo asearme y ponerme hermoso. No todos los campos de arroz tienen la dicha de tener un río cerca. Solo aquellos que están más retirados y por ende hacen que mi trote sea durante un tiempo tendido. El sudor poco a poco se muestra sobre mi piel y mis manos y mis pies poco a poco sienten un ligero calambre.
Nunca mido el tiempo pero siempre corro hasta que de mi estómago viene aquella sensación de vomitar. Solo entonces sé que es suficiente y que quizá debo detener el paso. Se escucha el agua bajar no es un ruido muy fuerte y lo escucho cuando ya estoy bastante cerca para verlo con claridad. Refleja la luz y color del cielo a lo lejos y de cerca es tan transparente que puedes ver las piedras que tienen esos colores opacos y es paleta de colores tierra y grises. La ropa abandona mi cuerpo inmediatamente y se ve doblada y apartada en una piedra que traje desde muy lejos, es alta y la puedo ver desde donde acostumbro a lavarme.
Mis posaderas pies al sentir el agua me recuerdan lo fría que está. — Odio que siempre esté tan fría. — No espero que nadie me escuche nunca por lo que hablo sin temor. Me adentro y al buscar el puesto donde oculto una piedra porosa y un poco de jabón, solo entonces busco sentarme y mis posaderas me recuerdan lo fría que está el agua al hacer subir un escalofrío. No me encanta el frío, algún día tendré el dinero para pagarme una ducha de agua caliente.
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