11-04-2026, 11:06 PM
(Última modificación: 11-04-2026, 11:18 PM por Runin D. Kitay.)
[personajeinvalido=3367]
La brutalidad de la ofensiva efectuados sobre la morena alada genera que la bilis ascienda por la garganta de la amazona hasta empapar sus papilas con la amargura que solo la impotencia es capaz de provocar. ¿Qué importa si sus puños arden y vibran aferrados al éxtasis que la victoria le proporciona, si en el fondo entiende que lo mismo que les ha sucedido al marine de hebras rubias y a la inconsciente lunarian, podría pasarle a sus amigos, sus compañeros de tripulación, sin que ella pueda hacer nada más que reaccionar tarde, a costa de la vida de los suyos?
Todo a su alrededor pierde forma, o, mejor dicho, la recupera. Como si la estrechez de su mente al fin decidiera romperse, mostrando la totalidad del panorama que la cólera y la excitación proveniente de las batallas le habían arrebatado. La mirada desciende hasta sus manos, notando los ensangrentados guantes que han negado extinguir su luz; la acelerada respiración empieza a dimitir ante las necesitadas bocanadas que la fémina profesa. El aire al fin deja de parecer opaco y nimio, lo entiende al lograr respirar profundamente para sentir al fin el aroma a sudor, químicos y a su diluido perfume.
Aquel hombre que yace a sus pies huele mal, porta un rostro carente de autenticidad, magullado por las heridas, la ira y el desenfreno. Se burló de ellos, los atacó sin mostrar ápice de piedad, se jactó de sus habilidades, de sus características, incluso de sus ganas de vivir; siguiendo un objetivo que la fémina no logra entender pero que tampoco hace falta hacerlo. El collar que envuelve sus cuellos es prueba suficiente de la hostilidad, corrupción y oscuridad que el mundo espera mostrarles. Ese es el verdadero precio de los sueños, del anhelo de libertad. No puedes ganar algo que no has perdido.
Lo ha hecho bajo la impulsividad de quien acepta arrancar vidas y, aún así, respetar la muerte. Es por ello que lejos de reírse, de mostrar superioridad, de levantar el mentón e inflar el pecho en son de dominio; lo único que Runin Kitay hace es agacharse en su misma posición. Una ligera sonrisa aparece en la comisura de sus labios al sentir el dolor volver a florecer en cada parte de su cuerpo, la adrenalina empieza a esfumarse y la realidad golpea a aquellos que, exhaustos, sienten que al fin pueden bajar los hombros, al menos durante un par de segundos.
—Fuiste un grandísimo hijo de puta, cariño, me duele todo el cuerpo, fufufu. —La voz de la morena aflora, no suena agraviada, no pretende mostrar coraje, al contrario, una diminuta muestra de jocosidad y cansancio se mezcla con sus suaves vocablos al tiempo que se agacha ante la inconmensurable mole de músculos. Constata el fallecimiento. Lo ha vuelto a hacer, le ha arrebatado la vida a otra persona y no se siente mal al respecto.
—No sé qué habrá pasado por tu mente en tus últimos segundos, pero no puedo creer que luego de hacernos pedazos, puedas descansar sintiendo tanta paz, con esa expresión tan relajada. —Runin suspira, sin perder una sonrisa que emana recuerdos. —Espero morir sin remordimientos cuando me llegue la hora, Landon. —Susurra ante el buccaneer, volviendo a ponerse de pie.
Hacerlo implica un punzante dolor que asciende desde sus pies hasta el último de sus cabellos. Arde, las heridas hacen que la expresión mengue, el primer paso es el peor, ese que le lleva a acercarse a la lunarian; las manos tiemblan con ligereza, la luz ilumina los cuerpos y su propio rostro: ella continúa con vida. El alivio se hace presente ante ese diminuto pero consistente detalle. Ha llegado tarde, mas no lo suficiente como para reprochárselo a sí misma. Cuidadosa, separa un par de cabellos del magullado rostro de la mujer.

—No existe acto más valiente que seguir tus impulsos a pesar de conocer las consecuencias. Gracias.
Susurra, dejándola descansar. A ojos de la amazona, la lunarian parece menos cobarde que antes. —¡Hey! ¿Te encuentras bien? —La voz se eleva un momento observando desde su posición al azabache poseedor de extravagante habilidad, aquel que le ha ayudado a dar el último golpe, quien se ha enfrentado a Landon a costa, defendiéndose no sólo a sí mismo, sino también a su raza, contra la negatividad del racismo.
—¿Puedes verificar si tu amigo está bien? ¿Si continúa con vida? La chica solo está desmayada y Landon, bueno, ha muerto. —La habitación, repentinamente, se siente más silenciosa y solitaria que antes. ¿Qué no más habrá a su alrededor? ¿Bajo sus pies? El hormigón ha vuelto a aparecer en algún momento de su ataque y ella solo puede pensar que, en un lugar como ese, le sería imposible cavar para darle un lugar de descanso al osado enemigo que le ha recordado lo débil que es. Lo débil que son todos.
—Disculpa por lo que estoy a punto de hacer. —Emite al retroceder el paso para acercarse de nueva cuenta hacia Landon; lejos de mostrar irrespeto, odio contenido o asco, la mujer asiente como una forma de pedir permiso, antes de buscar con rapidez en los bolsillos y vestimentas del hombre, quiere dar con alguna llave o dispositivo para poder salir de la habitación o, al menos, lograr quitarse el collar que tintinea ante cada movimiento dado.
Encuentra el den den mushi, lo acaricia entre sus dedos mas no lo hurta. Solo lo deja en el piso junto a ella antes de continuar con su labor. El constante dolor en sus pies le obliga a colocarse en puntillas, hasta que su pierna lastimada le obliga, al final, a sentarse. Al hacerlo del todo escucha el sonido metálico de algo al rozar contra la superficie. Busca en el bolsillo de su short para darse cuenta de la petaca que había llenado antes de salir a la aventura.
Ríe entre dientes, suspirando para sacarla, desenroscar la tapa y beber el contenido. Está caliente y amargo, el vino no sabe tan bien como en un principio, mas el sabor le recuerda que está viva. La fémina relame los labios con parsimonio, disfrutando del trago, antes de volver a hablar.

—A tu salud, cariño.
Le dice a Landon. No porque le parezca alguien que en vida mereciera acompañar una larga charla con una copa, sino porque en muerte no existen motivos para continuar con el círculo de repulsión y apatía.
Un poco más relajada, continúa buscando, no sin antes guardar la petaca. No significa que baje la guardia del todo, los guantes aún brillan y la mirada se deposita sobre los demás cada tanto. Lo único que desea es salir de aquel lugar. El peso de la incertidumbre pronto hará mella aún en su dura personalidad. ¿Dónde están sus amigos? ¿Estarán pasando por lo mismo? Quizá sí… pero está bien, porque si ella ha logrado salir con vida significa que: Ryota, Barald, Tezca, Yuuki, Wyatt, Tocho Morocho y su amado Cardan; también lo han hecho.
La brutalidad de la ofensiva efectuados sobre la morena alada genera que la bilis ascienda por la garganta de la amazona hasta empapar sus papilas con la amargura que solo la impotencia es capaz de provocar. ¿Qué importa si sus puños arden y vibran aferrados al éxtasis que la victoria le proporciona, si en el fondo entiende que lo mismo que les ha sucedido al marine de hebras rubias y a la inconsciente lunarian, podría pasarle a sus amigos, sus compañeros de tripulación, sin que ella pueda hacer nada más que reaccionar tarde, a costa de la vida de los suyos?
Todo a su alrededor pierde forma, o, mejor dicho, la recupera. Como si la estrechez de su mente al fin decidiera romperse, mostrando la totalidad del panorama que la cólera y la excitación proveniente de las batallas le habían arrebatado. La mirada desciende hasta sus manos, notando los ensangrentados guantes que han negado extinguir su luz; la acelerada respiración empieza a dimitir ante las necesitadas bocanadas que la fémina profesa. El aire al fin deja de parecer opaco y nimio, lo entiende al lograr respirar profundamente para sentir al fin el aroma a sudor, químicos y a su diluido perfume.
Aquel hombre que yace a sus pies huele mal, porta un rostro carente de autenticidad, magullado por las heridas, la ira y el desenfreno. Se burló de ellos, los atacó sin mostrar ápice de piedad, se jactó de sus habilidades, de sus características, incluso de sus ganas de vivir; siguiendo un objetivo que la fémina no logra entender pero que tampoco hace falta hacerlo. El collar que envuelve sus cuellos es prueba suficiente de la hostilidad, corrupción y oscuridad que el mundo espera mostrarles. Ese es el verdadero precio de los sueños, del anhelo de libertad. No puedes ganar algo que no has perdido.
Un último suspiro y las manos se relajan al notar la realidad.
Landon Coates ha muerto.
Landon Coates ha muerto.
Lo ha hecho bajo la impulsividad de quien acepta arrancar vidas y, aún así, respetar la muerte. Es por ello que lejos de reírse, de mostrar superioridad, de levantar el mentón e inflar el pecho en son de dominio; lo único que Runin Kitay hace es agacharse en su misma posición. Una ligera sonrisa aparece en la comisura de sus labios al sentir el dolor volver a florecer en cada parte de su cuerpo, la adrenalina empieza a esfumarse y la realidad golpea a aquellos que, exhaustos, sienten que al fin pueden bajar los hombros, al menos durante un par de segundos.
—Fuiste un grandísimo hijo de puta, cariño, me duele todo el cuerpo, fufufu. —La voz de la morena aflora, no suena agraviada, no pretende mostrar coraje, al contrario, una diminuta muestra de jocosidad y cansancio se mezcla con sus suaves vocablos al tiempo que se agacha ante la inconmensurable mole de músculos. Constata el fallecimiento. Lo ha vuelto a hacer, le ha arrebatado la vida a otra persona y no se siente mal al respecto.
—No sé qué habrá pasado por tu mente en tus últimos segundos, pero no puedo creer que luego de hacernos pedazos, puedas descansar sintiendo tanta paz, con esa expresión tan relajada. —Runin suspira, sin perder una sonrisa que emana recuerdos. —Espero morir sin remordimientos cuando me llegue la hora, Landon. —Susurra ante el buccaneer, volviendo a ponerse de pie.
Hacerlo implica un punzante dolor que asciende desde sus pies hasta el último de sus cabellos. Arde, las heridas hacen que la expresión mengue, el primer paso es el peor, ese que le lleva a acercarse a la lunarian; las manos tiemblan con ligereza, la luz ilumina los cuerpos y su propio rostro: ella continúa con vida. El alivio se hace presente ante ese diminuto pero consistente detalle. Ha llegado tarde, mas no lo suficiente como para reprochárselo a sí misma. Cuidadosa, separa un par de cabellos del magullado rostro de la mujer.

—No existe acto más valiente que seguir tus impulsos a pesar de conocer las consecuencias. Gracias.
Susurra, dejándola descansar. A ojos de la amazona, la lunarian parece menos cobarde que antes. —¡Hey! ¿Te encuentras bien? —La voz se eleva un momento observando desde su posición al azabache poseedor de extravagante habilidad, aquel que le ha ayudado a dar el último golpe, quien se ha enfrentado a Landon a costa, defendiéndose no sólo a sí mismo, sino también a su raza, contra la negatividad del racismo.
—¿Puedes verificar si tu amigo está bien? ¿Si continúa con vida? La chica solo está desmayada y Landon, bueno, ha muerto. —La habitación, repentinamente, se siente más silenciosa y solitaria que antes. ¿Qué no más habrá a su alrededor? ¿Bajo sus pies? El hormigón ha vuelto a aparecer en algún momento de su ataque y ella solo puede pensar que, en un lugar como ese, le sería imposible cavar para darle un lugar de descanso al osado enemigo que le ha recordado lo débil que es. Lo débil que son todos.
—Disculpa por lo que estoy a punto de hacer. —Emite al retroceder el paso para acercarse de nueva cuenta hacia Landon; lejos de mostrar irrespeto, odio contenido o asco, la mujer asiente como una forma de pedir permiso, antes de buscar con rapidez en los bolsillos y vestimentas del hombre, quiere dar con alguna llave o dispositivo para poder salir de la habitación o, al menos, lograr quitarse el collar que tintinea ante cada movimiento dado.
Encuentra el den den mushi, lo acaricia entre sus dedos mas no lo hurta. Solo lo deja en el piso junto a ella antes de continuar con su labor. El constante dolor en sus pies le obliga a colocarse en puntillas, hasta que su pierna lastimada le obliga, al final, a sentarse. Al hacerlo del todo escucha el sonido metálico de algo al rozar contra la superficie. Busca en el bolsillo de su short para darse cuenta de la petaca que había llenado antes de salir a la aventura.
Ríe entre dientes, suspirando para sacarla, desenroscar la tapa y beber el contenido. Está caliente y amargo, el vino no sabe tan bien como en un principio, mas el sabor le recuerda que está viva. La fémina relame los labios con parsimonio, disfrutando del trago, antes de volver a hablar.

—A tu salud, cariño.
Le dice a Landon. No porque le parezca alguien que en vida mereciera acompañar una larga charla con una copa, sino porque en muerte no existen motivos para continuar con el círculo de repulsión y apatía.
Un poco más relajada, continúa buscando, no sin antes guardar la petaca. No significa que baje la guardia del todo, los guantes aún brillan y la mirada se deposita sobre los demás cada tanto. Lo único que desea es salir de aquel lugar. El peso de la incertidumbre pronto hará mella aún en su dura personalidad. ¿Dónde están sus amigos? ¿Estarán pasando por lo mismo? Quizá sí… pero está bien, porque si ella ha logrado salir con vida significa que: Ryota, Barald, Tezca, Yuuki, Wyatt, Tocho Morocho y su amado Cardan; también lo han hecho.
Porque si Runin Kitay es obstinada.
Ellos lo son aún más.
Ellos lo son aún más.
BOLSA DE ESTRELLITAS


