05-04-2026, 11:03 PM
(Última modificación: 05-04-2026, 11:36 PM por Runin D. Kitay.)
[personajeinvalido=3367]
La impotencia que deriva del exceso de odio, de la enajenación y del amargo sinsabor, se hace presente ante la indiferencia de aquel sádico ser, que rehúsa inmutarse ante sus ataques. ¿Desde cuándo sus golpes pesan tan poco? ¿En qué momento el hormigueo en sus nudillos dejó de ser una promesa de victoria para convertirse en el cruel recordatorio de su debilidad? El color asciende por el moreno rostro de la fémina en un baño de cólera irrisorio cuando su espalda golpea la superficie de hormigón y una sombra uniformada de blanco y azul alcanza su posición, convirtiéndose de repente en el interés de Landon.
¿Aquel captor pretende burlarse de ella, o su presencia es tan insignificante que ni siquiera alcanza a captar su atención o entendimiento? ¿Sus nimios esfuerzos no son más que absurdas estratagemas a ojos de quien impera en esa habitación? La bilis asciende, invadiendo las papilas con el amargo y repugnante sabor de su propia rabia. Como un animal herido que, lejos de agachar las orejas y buscar rutas de escape, se enfrasca en una desesperada lucha por la supervivencia y la conquista, aun a costa de su propia vida.
El estallido del cuerpo del verdugo contra la pared provoca que la fémina levante la mirada hacia dicha dirección; incluso el suelo vibra bajo el peso del buccaneer. ¿Qué se supone que haga? ¿Esperar una nueva arremetida? ¿Forzar su percepción a seguir los movimientos de los combatientes, aun siendo consciente de sus propias limitaciones? No. Lo único que Runin Kitay puede hacer es ponerse de pie y preparar la siguiente ofensiva. ¿El dolor en la espalda es motivo suficiente para detenerse a recuperar el aliento? ¿La pierna herida no es una razón de peso para buscar alejarse desesperadamente de aquella masa de músculos y desdén? ¡Jamás!
Rehuir del peligro no forma parte de su naturaleza; por mucho que la angustia o la desconfianza puedan tocar a su puerta, se ve incapaz de atender a su llamado. Quizá es por ello que, al sentir las gentiles manos de un tercero ceñirse sobre su magullado cuerpo, la frente se frunce, la nariz se contrae y los labios se arrugan en un gesto más cercano al asco que a la gratitud. Una reacción instintiva, propia de quien prefiere volcarse a la acción antes de someterse a los hechos o de pensar en las posibles consecuencias.
La amazona prefiere una vida frenética donde las consecuencias se toman con ambas manos, aferrada sin temor a ellas; antes que a una existencia desprovista de emociones, o con las justas para vivir una vida tranquilidad con la que nunca ha, ni podrá, converger. Es por ello que su primer impulso es insultar: hablar con rudeza y franqueza; al menos es la idea original. No obstante, al separar los labios, la voz mengua incapaz de exhalar palabra alguna.
Intenta exclamar hacia la alada mujer; en ese momento algo parece escapar de su entendimiento. Es cierto que la velocidad de Landon le impide notar la llegada de sus golpes, pero… ¿no debería, al menos, escucharlo moverse o retumbar contra la superficie blanquecina del hormigón? ¿Escuchar al menos el eco de sus burlas? La mirada de la kuja se clava en el inconsciente cuerpo del rubio.

—¡Suéltame de una maldita vez! ¡¿Piensas dejarlos a todos atrás?
La voz rompe el silencio unos metros antes de ser depositada sobre el suelo. La maraña de confusión se repliega en cada intento de pensamiento, como un puzzle acelerado y torpe que no termina de encajar. El gas, los desgastados golpes sin fuerza, el repentino silencio, la caída del rubio marine, su incapacidad de utilizar técnicas y la voz que termina por aflorar de nueva cuenta. ¿A cuántos metros están de aquel bastardo? El rubio está desmayado, el azabache maneja extraños hilos, Landon lo ataca sin piedad, la fémina de considerable estatura parece ajena a la escena y sus habilidades distan completamente del silencio…
—Maldito puto cobarde de mierda. —Sisea al tocar al suelo. Tintes preocupados y recelosos inundan cada sílaba, cada palabra de la fémina de largas hebras blanquecinas; sin embargo, la amazona permanece absorta en su siguiente movimiento, girando su brazo derecho tres veces mientras se incorpora. El brillo de los guantes no merma.
—Pero lo estaré, cariño... —Los puños se aprietan al alejarse de la fémina en un pequeño salto, escapando de la barrera orgánica que la protege, colocándose frente a la mujer de hermosas e inmensas alas. Ahora la mirada de la kuja está fija en su objetivo.
—¡Hey, estrellita! Honestamente, me cabrea que teniendo ese porte estés tan a la defensiva, pero gracias. —El pecho se infla y la postura se agiliza cuando la fémina inicia un un pulcro juego de pies, propio del pugilismo. —Fuiste valiente al sacarme de ahí. Te lo retribuiré.
Antes de siguiera decir la última frase, Runin desaparece de la vista de la mujer en un desplazamiento rápido dirigido hacia Landon; para cuando el hombre quisiera verla, ella ya estaría frente a él, lanzando un rápido puñetazo tipo corkscrew directo a la pierna izquierda de su oponente, a la altura de la tibia. El giro preciso de la muñeca, el codo y del hombro adelantado generarían un efecto de rotatorio que incrementase la velocidad del golpe, potenciando el ataque. Los labios de la fémina se separan intentando decir “cariño” sin obtenerlo, percatándose de lo obvio: Aquel extraño silencio proviene de él.
No contenta con el primer golpe, la fémina eleva el puño izquierdo y descarga un golpe blanco en la misma tibia que el primer golpe. Con la fuerza que le queda, retrocede en un salto horizontal al ras del suelo sin quitarle la vista a Landon de encima. Aún si no puede observar sus movimientos debido a su agilidad, no piensa concederle la menor oportunidad de atacarla por la espalda.
Runin se ha dado cuenta de algo primordial: Desde ahora detesta que la agarren a voluntad, y quedarse sin poder hablar. Quizá por ello cada vez que se aleja de él empieza a pronunciar el abecedario hasta que, al fin, sale del rango del ataque del coloso. Una sonrisa ilumina el rostro de la fémina.

—¡¿No piensas dejar de ser un cobarde, cariño?!
¿O tienes miedo a pelear en igualdad de condiciones?
Duda que la escuche desde su posición, aún así, lo grita.
La impotencia que deriva del exceso de odio, de la enajenación y del amargo sinsabor, se hace presente ante la indiferencia de aquel sádico ser, que rehúsa inmutarse ante sus ataques. ¿Desde cuándo sus golpes pesan tan poco? ¿En qué momento el hormigueo en sus nudillos dejó de ser una promesa de victoria para convertirse en el cruel recordatorio de su debilidad? El color asciende por el moreno rostro de la fémina en un baño de cólera irrisorio cuando su espalda golpea la superficie de hormigón y una sombra uniformada de blanco y azul alcanza su posición, convirtiéndose de repente en el interés de Landon.
¿Aquel captor pretende burlarse de ella, o su presencia es tan insignificante que ni siquiera alcanza a captar su atención o entendimiento? ¿Sus nimios esfuerzos no son más que absurdas estratagemas a ojos de quien impera en esa habitación? La bilis asciende, invadiendo las papilas con el amargo y repugnante sabor de su propia rabia. Como un animal herido que, lejos de agachar las orejas y buscar rutas de escape, se enfrasca en una desesperada lucha por la supervivencia y la conquista, aun a costa de su propia vida.
El estallido del cuerpo del verdugo contra la pared provoca que la fémina levante la mirada hacia dicha dirección; incluso el suelo vibra bajo el peso del buccaneer. ¿Qué se supone que haga? ¿Esperar una nueva arremetida? ¿Forzar su percepción a seguir los movimientos de los combatientes, aun siendo consciente de sus propias limitaciones? No. Lo único que Runin Kitay puede hacer es ponerse de pie y preparar la siguiente ofensiva. ¿El dolor en la espalda es motivo suficiente para detenerse a recuperar el aliento? ¿La pierna herida no es una razón de peso para buscar alejarse desesperadamente de aquella masa de músculos y desdén? ¡Jamás!
Runin detesta la debilidad.
Runin detesta la cobardía.
Runin detesta la aprensión.
Runin detesta la cobardía.
Runin detesta la aprensión.
Rehuir del peligro no forma parte de su naturaleza; por mucho que la angustia o la desconfianza puedan tocar a su puerta, se ve incapaz de atender a su llamado. Quizá es por ello que, al sentir las gentiles manos de un tercero ceñirse sobre su magullado cuerpo, la frente se frunce, la nariz se contrae y los labios se arrugan en un gesto más cercano al asco que a la gratitud. Una reacción instintiva, propia de quien prefiere volcarse a la acción antes de someterse a los hechos o de pensar en las posibles consecuencias.
Dicen que de valientes está lleno el cementerio.
Pero los cobardes tampoco son inmortales. ¿O si?
Pero los cobardes tampoco son inmortales. ¿O si?
La amazona prefiere una vida frenética donde las consecuencias se toman con ambas manos, aferrada sin temor a ellas; antes que a una existencia desprovista de emociones, o con las justas para vivir una vida tranquilidad con la que nunca ha, ni podrá, converger. Es por ello que su primer impulso es insultar: hablar con rudeza y franqueza; al menos es la idea original. No obstante, al separar los labios, la voz mengua incapaz de exhalar palabra alguna.
Respira profundo, los labios se mueven con frenesí: Nada.
”¿Y ahora qué mierda está pasando? ¡Hey, suéltame!”
”¿Y ahora qué mierda está pasando? ¡Hey, suéltame!”
Intenta exclamar hacia la alada mujer; en ese momento algo parece escapar de su entendimiento. Es cierto que la velocidad de Landon le impide notar la llegada de sus golpes, pero… ¿no debería, al menos, escucharlo moverse o retumbar contra la superficie blanquecina del hormigón? ¿Escuchar al menos el eco de sus burlas? La mirada de la kuja se clava en el inconsciente cuerpo del rubio.

—¡Suéltame de una maldita vez! ¡¿Piensas dejarlos a todos atrás?
La voz rompe el silencio unos metros antes de ser depositada sobre el suelo. La maraña de confusión se repliega en cada intento de pensamiento, como un puzzle acelerado y torpe que no termina de encajar. El gas, los desgastados golpes sin fuerza, el repentino silencio, la caída del rubio marine, su incapacidad de utilizar técnicas y la voz que termina por aflorar de nueva cuenta. ¿A cuántos metros están de aquel bastardo? El rubio está desmayado, el azabache maneja extraños hilos, Landon lo ataca sin piedad, la fémina de considerable estatura parece ajena a la escena y sus habilidades distan completamente del silencio…
El rostro se descompone en una descontrolable ira.
—Maldito puto cobarde de mierda. —Sisea al tocar al suelo. Tintes preocupados y recelosos inundan cada sílaba, cada palabra de la fémina de largas hebras blanquecinas; sin embargo, la amazona permanece absorta en su siguiente movimiento, girando su brazo derecho tres veces mientras se incorpora. El brillo de los guantes no merma.
"Estoy con vos… ya no estás en medio de eso."
—Pero lo estaré, cariño... —Los puños se aprietan al alejarse de la fémina en un pequeño salto, escapando de la barrera orgánica que la protege, colocándose frente a la mujer de hermosas e inmensas alas. Ahora la mirada de la kuja está fija en su objetivo.

—¡Hey, estrellita! Honestamente, me cabrea que teniendo ese porte estés tan a la defensiva, pero gracias. —El pecho se infla y la postura se agiliza cuando la fémina inicia un un pulcro juego de pies, propio del pugilismo. —Fuiste valiente al sacarme de ahí. Te lo retribuiré.
Antes de siguiera decir la última frase, Runin desaparece de la vista de la mujer en un desplazamiento rápido dirigido hacia Landon; para cuando el hombre quisiera verla, ella ya estaría frente a él, lanzando un rápido puñetazo tipo corkscrew directo a la pierna izquierda de su oponente, a la altura de la tibia. El giro preciso de la muñeca, el codo y del hombro adelantado generarían un efecto de rotatorio que incrementase la velocidad del golpe, potenciando el ataque. Los labios de la fémina se separan intentando decir “cariño” sin obtenerlo, percatándose de lo obvio: Aquel extraño silencio proviene de él.
No contenta con el primer golpe, la fémina eleva el puño izquierdo y descarga un golpe blanco en la misma tibia que el primer golpe. Con la fuerza que le queda, retrocede en un salto horizontal al ras del suelo sin quitarle la vista a Landon de encima. Aún si no puede observar sus movimientos debido a su agilidad, no piensa concederle la menor oportunidad de atacarla por la espalda.
Runin se ha dado cuenta de algo primordial: Desde ahora detesta que la agarren a voluntad, y quedarse sin poder hablar. Quizá por ello cada vez que se aleja de él empieza a pronunciar el abecedario hasta que, al fin, sale del rango del ataque del coloso. Una sonrisa ilumina el rostro de la fémina.

—¡¿No piensas dejar de ser un cobarde, cariño?!
¿O tienes miedo a pelear en igualdad de condiciones?
Duda que la escuche desde su posición, aún así, lo grita.
BOLSA DE ESTRELLITAS



