03-04-2026, 09:47 PM
Sentir la sangre de la Kuja fluyendo por su mano, chorreando sobre el suelo de hormigón, no fue satisfactorio para el colosal Marine. Al revés: había algo de frustrante en derramar sangre —siempre que fuese no humana, claro—, incluso cuando era una cuestión de trabajo, como en aquel caso. Landon se repetía una y otra vez, día sí y día también, que no era ningún sádico, simplemente un profesional con una serie clara de objetivos. Simplemente era el responsable de aquel cualitativo proceso de selección: solo la mejor mano de obra esclava podía salir viva de aquel lugar. Él era el filtro, el encargado de encontrar a los más capaces; en aquel caso, a quienes pudiesen soportar las más opresivas condiciones ambientales. Parecía, sin embargo, que desde la sala de control habían empezado a tomar algunas decisiones al respecto. No sería correcto decir que no se había inmutado ante los ataques de Runin, pero, a decir verdad, tampoco le habían importado demasiado: la ratita Kuja podía jugar, su atención estaba en otra parte.
El Marine rubio corría hacia él, ensangrentado, en su atuendo blanco, decidido, lleno de furia contenida. Le recordó a alguien. Era lo típico de los humanos, aquella tenacidad desmedida, aquella incapacidad para saber cuándo tocaba rendirse ante una superioridad abrumadora. Él no se creía mejor que nadie; se sabía mejor que cualquiera de ellos de forma estrictamente empírica. Ya no se trataba solo de la inferioridad natural de un vulgar humano, nacido para servir, sino de la superioridad evidente de un Buccaneer como él. Al comenzar el proceso de selección (porque se negaba a llamarlo combate, auténticamente), había advertido a aquel grupo que al menos dos de los presentes morirían allí aquel día, pero empezaba a tener claro que solo iba a haber un superviviente, y ese iba a ser él. Una vez más.
El recorrido en zig zag pareció divertir a Landon, que, lejos de prepararse, esperó con paciencia, con la intención de ver exactamente qué pretendía hacer. Se le pasó por la cabeza la idea de usar a aquella muchacha a modo de escudo... Pero él no hacía así las cosas: la dejó caer al suelo con brusquedad. Quería ser él mismo quien acabase con ellos. Eso, si al espadachín pelinegro no se le volvía a ir la cabeza y se ponía a filetear a sus compañeros, que era una posibilidad que no había que descartar. Su pesada y metálica respiración se cortó por un instante: la potencia del golpe del rubio lo sorprendió, y aún más cuando se dio cuenta de que lo había mandado a volar contra una de las paredes. Había cierto placer en aquel dolor, el placer de recibir el adecuado castigo por un trabajo incompleto. Durante su recorrido por los aires, mantuvo su mirada fija en el sorprendente humano rubio, atento a su próximo movimiento. En el preciso instante en que se acercaba ya a la pared, decidió que ya era hora de dejar de jugar con la comida.
—Haga el favor de dejar de gritar, soldado —dijo, viendo cómo el muchacho había salido disparado hacia su posición—, es suficiente. ¡Reh!
Akira estaba ya a apenas unos centímetros de él, a un instante de golpear su mandíbula, y gritó para pronunciar el nombre de su ataque y, de paso, insultarlo. Sin embargo, cuando abrió la boca, no emergió ningún sonido. Nada. Se había hecho el silencio más absoluto.
El muchacho rubio cayó al suelo, también sin emitir ningún tipo de ruido. Tampoco oyó nadie cercano cómo salpicaba la sangre que aún surgía del profundo corte efectuado por Cill, ni cómo crujieron sus huesos al golpear con crudeza el hormigón. Al mismo tiempo, Landon, que vio cómo el muchacho pelinegro acababa de recortar la distancia entre ambos, pareció sentir algún tipo de satisfacción, y se lanzó contra él. —¡Así que has venido a por más, hombrecillo! —exclamó tras la máscara, aunque Cill no pudo oír ni una palabra. Tampoco oyó sus mastodónticos pasos, lo suficientemente colosales como para hacer vibrar aquel suelo de hormigón al correr. En un movimiento tan rápido y preciso como descarnado y directo, tomó la cabecita de Cill con su propia mano derecha, sujetándola con fuerza, y la mantuvo fija en su lugar mientras le propinaba un demoledor puñetazo con la izquierda que destrozó la cara del espadachín, con varios de sus nudillos hundiéndose con firmeza en su musculatura facial, como balas.
Era hora de cerrar aquel telón.
El Marine rubio corría hacia él, ensangrentado, en su atuendo blanco, decidido, lleno de furia contenida. Le recordó a alguien. Era lo típico de los humanos, aquella tenacidad desmedida, aquella incapacidad para saber cuándo tocaba rendirse ante una superioridad abrumadora. Él no se creía mejor que nadie; se sabía mejor que cualquiera de ellos de forma estrictamente empírica. Ya no se trataba solo de la inferioridad natural de un vulgar humano, nacido para servir, sino de la superioridad evidente de un Buccaneer como él. Al comenzar el proceso de selección (porque se negaba a llamarlo combate, auténticamente), había advertido a aquel grupo que al menos dos de los presentes morirían allí aquel día, pero empezaba a tener claro que solo iba a haber un superviviente, y ese iba a ser él. Una vez más.
El recorrido en zig zag pareció divertir a Landon, que, lejos de prepararse, esperó con paciencia, con la intención de ver exactamente qué pretendía hacer. Se le pasó por la cabeza la idea de usar a aquella muchacha a modo de escudo... Pero él no hacía así las cosas: la dejó caer al suelo con brusquedad. Quería ser él mismo quien acabase con ellos. Eso, si al espadachín pelinegro no se le volvía a ir la cabeza y se ponía a filetear a sus compañeros, que era una posibilidad que no había que descartar. Su pesada y metálica respiración se cortó por un instante: la potencia del golpe del rubio lo sorprendió, y aún más cuando se dio cuenta de que lo había mandado a volar contra una de las paredes. Había cierto placer en aquel dolor, el placer de recibir el adecuado castigo por un trabajo incompleto. Durante su recorrido por los aires, mantuvo su mirada fija en el sorprendente humano rubio, atento a su próximo movimiento. En el preciso instante en que se acercaba ya a la pared, decidió que ya era hora de dejar de jugar con la comida.
—Haga el favor de dejar de gritar, soldado —dijo, viendo cómo el muchacho había salido disparado hacia su posición—, es suficiente. ¡Reh!
Akira estaba ya a apenas unos centímetros de él, a un instante de golpear su mandíbula, y gritó para pronunciar el nombre de su ataque y, de paso, insultarlo. Sin embargo, cuando abrió la boca, no emergió ningún sonido. Nada. Se había hecho el silencio más absoluto.
El muchacho rubio cayó al suelo, también sin emitir ningún tipo de ruido. Tampoco oyó nadie cercano cómo salpicaba la sangre que aún surgía del profundo corte efectuado por Cill, ni cómo crujieron sus huesos al golpear con crudeza el hormigón. Al mismo tiempo, Landon, que vio cómo el muchacho pelinegro acababa de recortar la distancia entre ambos, pareció sentir algún tipo de satisfacción, y se lanzó contra él. —¡Así que has venido a por más, hombrecillo! —exclamó tras la máscara, aunque Cill no pudo oír ni una palabra. Tampoco oyó sus mastodónticos pasos, lo suficientemente colosales como para hacer vibrar aquel suelo de hormigón al correr. En un movimiento tan rápido y preciso como descarnado y directo, tomó la cabecita de Cill con su propia mano derecha, sujetándola con fuerza, y la mantuvo fija en su lugar mientras le propinaba un demoledor puñetazo con la izquierda que destrozó la cara del espadachín, con varios de sus nudillos hundiéndose con firmeza en su musculatura facial, como balas.
Era hora de cerrar aquel telón.
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