25-03-2026, 11:40 AM
(Última modificación: 25-03-2026, 11:46 AM por Runin D. Kitay.)
[personajeinvalido=3367]
La heróica imprudencia, el iracundo recelo y el hastiado sentido común convergen en la estridencia de voces que colman el precario escenario. El intento de rescate se ve precedido por un cúmulo de cuestionamientos que, finalmente, son acallados por irritadas aseveraciones, mismas que generan exasperados gestos en la faz de la amazona. ¿Molestos? ¿Jodidos? Es evidente que las personalidades explosivas y extrovertidas del acelerado dúo crean desazón, mas no la suficiente como para lograr que Runin Kitay se mantenga en silencio.
Las respuestas llegan a oídos sordos ante la ausencia de información concreta. Al parecer, es de dominio público que ninguno sabe quién los atacó ni por qué motivo lo hicieron; aunque, con esos collares en el cuello, la fémina concluye que no requiere más respuestas: La esclavitud no precisa explicaciones, solo poder sobre los que carecen de él; así es como funciona, al menos en ese mundo atestado de pecado, desdén y odio.
¿Qué tan acertado sería pensar en el arrepentimiento por haber sucumbido ante el deseo de divertirse? La fémina de mirada chocolate chasquea la lengua al notar la presencia del hombre del cigarrillo acercarse hacia la posición del par de escandalosos. ¿No es la vacilación uno de los factores de la cobardía? La sola idea provoca que sus abultados labios se frunzan en creciente irritación, al menos hasta tensarse creando una rígida línea con ellos; intenta no hacer evidente el involuntario temblor que estos poseen.
Ni siquiera el abrigo que lleva encima logra socavar la sensación helada que recorre su espina dorsal, descendiendo hasta la zona lumbar, creando inconscientes estremecimientos; un frío que hiela la carne y el hueso, que humedece con sudor las yemas de sus dedos e incita palidez incluso en la morada piel. Quizá es por eso que, al notar el pequeño fuego creado por el encendedor, la primera impresión que tiene la fémina es la de acercarse. La concentración, al fin, se desvía hacia lo importante: ni un ápice de la puerta parece haber cedido ante la ofensiva del rubio.
De repente un mecánico sonido hace mella en el ambiente, tortuoso, constante, incierto; no es la respuesta que esperaba, pero sí la que, en realidad, necesita. La amazona no pierde un instante en alzar los puños de manera ofensiva, acostumbrada a resolver los enigmas a golpes y a ofrecer una mejilla al prójimo para, acto seguido, arremeter contra este, buscando cobrarle el doble.
La luz que se filtra adquiere un tono antinatural en contraste con la oscuridad previa, iluminando la estancia, revelando rostros y arrastrando consigo la densidad del condensado vapor que se abre paso hasta hacerse uno con el entorno, disipándose, o, más bien, fingiendo hacerlo; dejando tras de sí una ligera capa casi incolora e inodora, pero lo suficiente persistente como para que la fémina entrecierre la mirada, arrugue el entrecejo y separe los labios para hablar con sus “compañeros” de celda.
Ingrata es su sorpresa al notar lo inevitable: Cierto ardor punzante y abrasiva incomodidad le obligan a desistir de su idea original. Durante una fracción de segundo la amazona siente su cuerpo encogerse ante el escenario que se cierne sobre ellos. ¿Qué clase de gas es aquel que los mantiene a raya? ¿A qué tipo de habitación de hormigón han llegado? ¿Quién es el sujeto de extravagante máscara, estatura prominente e inconfundible gabardina? Las preguntas se acumulan al reparar en la puerta cerrada al fondo de la amplia habitación. ¿La libertad? ¿Un nuevo obstáculo? La respuesta es irrelevante.
Una mirada de soslayo es dedicada al rubio. Levanta y baja el mentón en un rápido gesto a modo de interrogación, antes de volver la mirada hacia el frente, hacia aquel hombre. ¿Qué hace un marine atacando a otro? ¿Por qué el rubio lleva un collar cuando su captor es uno de los suyos?
No entiende la razón por la que aprieta los puños, aún cuando las manos tiritan. ¿Miedo? ¿Cólera? Tal vez una extraña mezcla entre ambas cosas, porque aunque ella nunca ha practicado la lealtad hacia una organización de tal calibre, le cuesta pensar en el tipo de ideales que puede llevar a un marine a actuar contra otro.

”Están podridos.”
El hombre de imponente altura habla, y con ello el enfado de la fémina bulle cual olla al fuego. No es una humana, pero el tipo de pensamiento al amenazar a muerte, sin motivo aparente, es suficiente como para terminar de revolverle el estómago, asqueada. Porque si es un marine debería perseguir piratas, no otros marines ni aparentes civiles. Ni siquiera la falta de aire, el miedo que cala en su cuerpo o el palpitar acelerado de sus latidos son suficientes para aplacarla. Deja que el abrigo sobre sus hombros se deslice hacia el suelo.
El escaso aire en sus pulmones, el nudo en la garganta, los nervios a flor de piel o los escalofríos recorriendo su espalda… ninguna de esas sensaciones se compara a la desbordante ira que atraviesa cada fibra de su ser al escuchar la imposición de un desgraciado cuya única habilidad era haber montado una completa parafernalia para arreglar un encuentro carente de gloria.
La intensa mirada oscura de Runin refleja firme determinación, acompañada del primer paso hacia la nueva habitación que se abrió ante los presentes apenas segundos antes. A consciencia golpea el dorso de ambas manos, formando una “X” con ellas. Su mano zurda la acompaña, moviéndose a máxima velocidad en un giro de 360° un total de tres veces, mientras un intenso resplandor comienza a plasmarse en los guantes que envuelven sus puños.
No puede hablar, pero tampoco necesita hacerlo. Su mirada anuncia con claridad lo que estaba por hacer. Si ha de convertirse en rehén de algún pusilánime con delirios de grandeza, al menos no le dará la satisfacción de verla derrotada, ni siquiera cuando el último aliento abandone su cuerpo o los mismísimos fantasmas del Thartaro la arrastrasen.

El único que morirá aquí, serás tu
Es lo que dice, no con palabras, sino con acciones.
Las fuertes piernas de la mujer se tensan y, al instante siguiente, la impulsan en una rápida carrera diagonal, atravesando once metros del terreno hasta situarse a seis del costado izquierdo del maldito bastardo. No necesita gritar para llamar su atención: es una mujer cuyos puños resplandecen en medio del gas.
Acto seguido, se lanza en una carrera en línea recta, acortando con rapidez la distancia restante con su oponente para descargar un poderoso puñetazo con la zurda directo a la rodilla izquierda del enmascarado y, seguido de este, vendría otro con la diestra, menos potente pero igual de veloz.
Para ese instante, su cometido ya se había cumplido. Porque lo más difícil de un combate de uno contra cuatro no es tener o no la fuerza suficiente para enfrentarlos, sino mantener el eje de visión siempre enfocado en todos ellos. En el preciso momento en que varios salieran de su campo de visión periférica y tuviera que centrarse en un solo ataque desde un ángulo distinto, como en el que ahora se encontraba Runin, sería cuando los golpes comenzarían a llover sobre él.
Tras ejecutar su golpe, la amazona no pierde el tiempo. Salta de inmediato hacia la espalda del grandulón, recorriendo una distancia de siete metros, sin darle jamás la espalda al enemigo. No porque tenga los reflejos para contrarrestarlo, sino para dejar claro que ofrecérsela significaría un golpe gratuito… y que intentar hacer lo mismo con los demás tendría el mismo resultado.
La heróica imprudencia, el iracundo recelo y el hastiado sentido común convergen en la estridencia de voces que colman el precario escenario. El intento de rescate se ve precedido por un cúmulo de cuestionamientos que, finalmente, son acallados por irritadas aseveraciones, mismas que generan exasperados gestos en la faz de la amazona. ¿Molestos? ¿Jodidos? Es evidente que las personalidades explosivas y extrovertidas del acelerado dúo crean desazón, mas no la suficiente como para lograr que Runin Kitay se mantenga en silencio.
Las respuestas llegan a oídos sordos ante la ausencia de información concreta. Al parecer, es de dominio público que ninguno sabe quién los atacó ni por qué motivo lo hicieron; aunque, con esos collares en el cuello, la fémina concluye que no requiere más respuestas: La esclavitud no precisa explicaciones, solo poder sobre los que carecen de él; así es como funciona, al menos en ese mundo atestado de pecado, desdén y odio.
¿Qué tan acertado sería pensar en el arrepentimiento por haber sucumbido ante el deseo de divertirse? La fémina de mirada chocolate chasquea la lengua al notar la presencia del hombre del cigarrillo acercarse hacia la posición del par de escandalosos. ¿No es la vacilación uno de los factores de la cobardía? La sola idea provoca que sus abultados labios se frunzan en creciente irritación, al menos hasta tensarse creando una rígida línea con ellos; intenta no hacer evidente el involuntario temblor que estos poseen.
Ni siquiera el abrigo que lleva encima logra socavar la sensación helada que recorre su espina dorsal, descendiendo hasta la zona lumbar, creando inconscientes estremecimientos; un frío que hiela la carne y el hueso, que humedece con sudor las yemas de sus dedos e incita palidez incluso en la morada piel. Quizá es por eso que, al notar el pequeño fuego creado por el encendedor, la primera impresión que tiene la fémina es la de acercarse. La concentración, al fin, se desvía hacia lo importante: ni un ápice de la puerta parece haber cedido ante la ofensiva del rubio.
De repente un mecánico sonido hace mella en el ambiente, tortuoso, constante, incierto; no es la respuesta que esperaba, pero sí la que, en realidad, necesita. La amazona no pierde un instante en alzar los puños de manera ofensiva, acostumbrada a resolver los enigmas a golpes y a ofrecer una mejilla al prójimo para, acto seguido, arremeter contra este, buscando cobrarle el doble.
La luz que se filtra adquiere un tono antinatural en contraste con la oscuridad previa, iluminando la estancia, revelando rostros y arrastrando consigo la densidad del condensado vapor que se abre paso hasta hacerse uno con el entorno, disipándose, o, más bien, fingiendo hacerlo; dejando tras de sí una ligera capa casi incolora e inodora, pero lo suficiente persistente como para que la fémina entrecierre la mirada, arrugue el entrecejo y separe los labios para hablar con sus “compañeros” de celda.
Ingrata es su sorpresa al notar lo inevitable: Cierto ardor punzante y abrasiva incomodidad le obligan a desistir de su idea original. Durante una fracción de segundo la amazona siente su cuerpo encogerse ante el escenario que se cierne sobre ellos. ¿Qué clase de gas es aquel que los mantiene a raya? ¿A qué tipo de habitación de hormigón han llegado? ¿Quién es el sujeto de extravagante máscara, estatura prominente e inconfundible gabardina? Las preguntas se acumulan al reparar en la puerta cerrada al fondo de la amplia habitación. ¿La libertad? ¿Un nuevo obstáculo? La respuesta es irrelevante.
Los obstáculos están hechos para superarse.
Una mirada de soslayo es dedicada al rubio. Levanta y baja el mentón en un rápido gesto a modo de interrogación, antes de volver la mirada hacia el frente, hacia aquel hombre. ¿Qué hace un marine atacando a otro? ¿Por qué el rubio lleva un collar cuando su captor es uno de los suyos?
”Repugnante.”
No entiende la razón por la que aprieta los puños, aún cuando las manos tiritan. ¿Miedo? ¿Cólera? Tal vez una extraña mezcla entre ambas cosas, porque aunque ella nunca ha practicado la lealtad hacia una organización de tal calibre, le cuesta pensar en el tipo de ideales que puede llevar a un marine a actuar contra otro.

”Están podridos.”
El hombre de imponente altura habla, y con ello el enfado de la fémina bulle cual olla al fuego. No es una humana, pero el tipo de pensamiento al amenazar a muerte, sin motivo aparente, es suficiente como para terminar de revolverle el estómago, asqueada. Porque si es un marine debería perseguir piratas, no otros marines ni aparentes civiles. Ni siquiera la falta de aire, el miedo que cala en su cuerpo o el palpitar acelerado de sus latidos son suficientes para aplacarla. Deja que el abrigo sobre sus hombros se deslice hacia el suelo.
“Ha llegado vuestro momento. ¿Cómo queréis hacerlo?”
El escaso aire en sus pulmones, el nudo en la garganta, los nervios a flor de piel o los escalofríos recorriendo su espalda… ninguna de esas sensaciones se compara a la desbordante ira que atraviesa cada fibra de su ser al escuchar la imposición de un desgraciado cuya única habilidad era haber montado una completa parafernalia para arreglar un encuentro carente de gloria.
La intensa mirada oscura de Runin refleja firme determinación, acompañada del primer paso hacia la nueva habitación que se abrió ante los presentes apenas segundos antes. A consciencia golpea el dorso de ambas manos, formando una “X” con ellas. Su mano zurda la acompaña, moviéndose a máxima velocidad en un giro de 360° un total de tres veces, mientras un intenso resplandor comienza a plasmarse en los guantes que envuelven sus puños.
No puede hablar, pero tampoco necesita hacerlo. Su mirada anuncia con claridad lo que estaba por hacer. Si ha de convertirse en rehén de algún pusilánime con delirios de grandeza, al menos no le dará la satisfacción de verla derrotada, ni siquiera cuando el último aliento abandone su cuerpo o los mismísimos fantasmas del Thartaro la arrastrasen.

El único que morirá aquí, serás tu
Es lo que dice, no con palabras, sino con acciones.
Las fuertes piernas de la mujer se tensan y, al instante siguiente, la impulsan en una rápida carrera diagonal, atravesando once metros del terreno hasta situarse a seis del costado izquierdo del maldito bastardo. No necesita gritar para llamar su atención: es una mujer cuyos puños resplandecen en medio del gas.
Acto seguido, se lanza en una carrera en línea recta, acortando con rapidez la distancia restante con su oponente para descargar un poderoso puñetazo con la zurda directo a la rodilla izquierda del enmascarado y, seguido de este, vendría otro con la diestra, menos potente pero igual de veloz.
Para ese instante, su cometido ya se había cumplido. Porque lo más difícil de un combate de uno contra cuatro no es tener o no la fuerza suficiente para enfrentarlos, sino mantener el eje de visión siempre enfocado en todos ellos. En el preciso momento en que varios salieran de su campo de visión periférica y tuviera que centrarse en un solo ataque desde un ángulo distinto, como en el que ahora se encontraba Runin, sería cuando los golpes comenzarían a llover sobre él.
Tras ejecutar su golpe, la amazona no pierde el tiempo. Salta de inmediato hacia la espalda del grandulón, recorriendo una distancia de siete metros, sin darle jamás la espalda al enemigo. No porque tenga los reflejos para contrarrestarlo, sino para dejar claro que ofrecérsela significaría un golpe gratuito… y que intentar hacer lo mismo con los demás tendría el mismo resultado.
BOLSA DE ESTRELLITAS


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