Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#8
El baile llegó a su fin, y, con él, también murió la tregua. Enji sintió un escalofrío bajar por su espalda cuando el viejo se giró y volvieron a encararse. Sonrió, sin dignarse a guardar la lengua, y supo, muy en el fondo, que ese tipo estaba hecho de otra cosa. Lo habían parido diferente al resto. «¿Cómo puede ser?», pensó. «¿Es que lo eligieron para tener todos los efectos dramáticos a su favor? Hijo de puta, déjame uno…»

Una solitaria gota de sudor bajó por su mejilla.

Pese a la reverberante sensación de que estaba parado frente a un tren, prevaleció. Firme como una estatua en su peculiar postura, encaró al ser humano que más aura emitía en toda la isla y se atrevió a mirarlo a los ojos. El espacio, confundido, no sabía cómo amoldarse a las dos intenciones que chocaban en ese claro. Por un lado, el firme y poderoso anciano: serio, frío, contundente. Y, por el otro, Enji: desfachatado, loco y fluctuante. Rectitud contra desacato. Hierro contra agua. Yin contra Yang.

En algún punto entre medias de ese peculiar encuentro, cuando parecía que todo estaba por decidirse y el mundo se mostraba a punto de acabarse para uno de los dos, sonó una campana.

Pero no era una campana grande, como las campanas de la iglesia que hacían temblar los cimientos del pueblo con su talán.

No.

Se trataba de una campana pequeña. Por decirlo, diminuta. El tipo de campana que uno hace sonar en una bicicleta para anunciarse. Un tañido agudo, penetrante y profundamente molesto.

Distendió los músculos cuando sonó por segunda vez. Enji reconocía ese sonido. En algún lugar lo había escuchado antes y la sombra de esa memoria lo distrajo, apretando los ojos y el ceño para hacer fuerza con el cerebro. «Campana, campana… ¿de dónde conozco esta campana?». Se fustigó la memoria en busca de respuestas, las mismas que llegaron de forma simultánea al carrito. La sonrisa del marine se ensanchó hasta bordear los límites de su mandíbula cuando logró dar con el recuerdo que buscaba.

—¡Pepón! —llamó—. ¿Qué haces por acá?

Rompió la postura final de su haka para levantar la mano derecha y saludar al sueño del pequeño carrito de onigiris. De eso reconocía el sonido. Le había comprado una docena de onigiris unos días atrás.

Los dioses parecieron abandonar al viejo alopécico en favor de las bolas de arroz. Una decisión sabia, diría Enji, que ya rebuscaba en sus calzoncillos por algo de calderilla que le hubiera sobrado de su última compra de cigarrillos para poder aprovechar la oferta de dos por uno. Mientras se tanteaba la zona genital en busca de alguna moneda perdida de la mano de dios, se perdió la caída —física y metafórica—, de su rival. El tercer tañido de la campana apremiaba su búsqueda. Estaba preparado para bajarse los boxers hasta las rodillas para corroborar que ningún berrie estuviera oculto en sus costuras cuando sintió un par de manos apresarle el brazo. Un par de manos particulares, cuyo tacto era demasiado suave como para pertenecer a cualquier artista marcial.

—¡Pero…! —La queja murió en la punta de la lengua. El tono que empleó su musa, su diosa, no dejaba lugar a réplica, así que avanzó a trompicones en la dirección que marcaban esas hermosas alas negras—. Mi onigiri…

Al cabo de unos metros, Enji logró recuperar el equilibrio y plantar apropiadamente los pies en la tierra. A partir de entonces pudo correr y se movió con mayor facilidad a través del terreno, saltando enormes raíces, atravesando arbustos que amenazaban con deshilachar la única prenda que le quedaba y sorteando los muchos obstáculos propios de la falta de urbanización. Karate respetaba mucho sus zonas verdes.

—Estoy corriendo, preciosa. Pero en la dirección opuesta al 2x1 en onigiris —dijo mientras corría con los brazos cruzados—. ¿No te gustan los onigiris? Porque si no te gustan, a mí tampoco, eh. Tú dime y los odiamos juntos.

La vegetación los recibió y cobijó en su espesura. Los sonidos de la violencia y el arroz quedaron atrás, y, con ellos, la necesidad de correr. El paso se ralentizó poco a poco hasta que diosa y sacerdote quedaron a solas.

Enji estiró los brazos y suspiró tras detenerse en lo que parecía ser un lugar seguro: la mitad de la nada.

—¿Qué pasó, corazón? No me digas que ese viejo loco te estaba asustando. —Se recargó en un árbol, mirando a un costado para darle su perfil bueno a la lunarian—. Quédate conmigo y estarás bie–.

—¡DELIRANTE!
—¡PERVERTIDO!
—¡LOCO!

Los tres karatecas que habían acompañado a Ashera en su entrenamiento salieron de un arbusto a toda velocidad e impactaron sus puños en el mentón de Enji. Un triple uppercut. El marine salió despedido y terminó enredado entre las ramas de un árbol, removiéndose furioso mientras un moratón crecía en su mentón, dándole una apariencia más cuadrada y abultada de lo normal.

—¡¿QUÉ LES PASA, BOLA DE TARADOS?! ¿QUIEREN PELEAR? —La vena de la frente se le inflamó y palpitó con rabia mientras Enji arrancaba lianas a tirones para zafarse—. ¡Les voy a borrar la raya del culo de tantas patadas que les voy a dar! ¡Vengan para acá! ¡Corazon, tápate los oídos y, cuando me suelte, también los ojos!
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RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - por Enji - 04-01-2026, 08:07 AM

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