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Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Versión para impresión

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Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Asherah Bel-Nadin - 05-12-2025

Inicios de Otoño, año 16

El amanecer en la Isla de Karate tiene algo de exagerado, como si el sol saliera posando para una foto. Yo estaba ahí, a la par de ese reflejo narcisista, estirando las piernas arriba de un muelle medio desvencijado que olía a arroz fermentado y brisa salada. Había llegado hacía un par de semanas, con la excusa de “ponerme mansa y funcional”, pero en realidad era puro capricho estético. Mi viejo hubiese querido que entrenara esgrima celestial o alguna pavada elegante, pero yo elegí transpirar en un lugar donde la gente se toma muy en serio el patearse entre sí.

¿Peleo? No. Ni en pedo. Mis manos sirven para levantar copas, o acariciar violencia emocional, pero no para quebrar nudillos contra otra persona. Sin embargo, me gusta mantener el cuerpito: tonificado, firme, lindo de ver. Y estos loquitos de la isla entrenan levantando bolsas de arroz por la ladera como si fueran pesas vivientes. Yo, con mi corazón caprichoso, dije “¿por qué no?”.

Esa mañana pintaba tranquila. Clima templado, brisa amable, un par de pájaros con nombre japonés cantando boludeces. Me acerqué a un grupo de practicantes que siempre me adoptaban como mascota exótica, porque era la extranjera celestial que se mueve con elegancia pero sin intención asesina.

— Hoy hacemos rutina de fuerza, ¿sí? — dijo un tipo flaquito con pañuelo naranja en la cabeza.

— Mientras no me hagan correr colina arriba otra vez, todo bien — le respondí, apoyando mis manos en la cintura.

— Es subir, no correr — aclaró otro, serio, como si la semántica hiciera menos duro el asunto.

— No me chamuyés, maestro Roshi low cost — le devolví con una sonrisa.

Me hicieron levantar bolsas, empujar carritos llenos de arroz —porque aparentemente eso te “templa el alma”— y practicar respiración. Yo, con dignidad celestial, ponele, transpiraba igual que cualquiera, pero con cara de "esto lo elegí porque soy divina".

Después, vino la parte graciosa. Los pibes empezaron a teatralizar estilos. Un flaco alto, con rulos y mirada psicótica, gritó:
—¡Estilo del Ganso Resbaloso!
Y se tiró al piso, deslizándose como si tuviera jabón en las rodillas.

Otro lo imitó:
—¡Dragón del Arroz Exótico!
Y terminó haciendo un giro tan ridículo que casi se desnuca.

Yo me crucé de brazos, contenida para no morirme de risa.

— Ustedes están completamente del bocho — comenté mientras me acomodaba la tiara y mis pulseras resonaban.

— ¡Tu también, ven y prueba!

— No, mi amor, yo soy un espectáculo solo cuando quiero. Es todo un tema... — espeté sonriendo y estirando la tela de mi musculosa que con tanto sudor se me había arruchado como acordeón bajo los pechos.

El humor de la isla era eso: absurdo, teatral, encantador. Gente que usa su cuerpo para cosas insólitas, gente que se toma el entrenamiento como ritual religioso, pero con tintes de circo. Me hacía bien. Me sacaba un poco del melodrama aristocrático que arrastro desde que nací.

Estábamos así, jodiendo, cuando empezó a aparecer un murmullo desde la ladera. Primero fueron los pasos: pesados, seguros, con ese ritmo de alguien que no camina, sino que impone. Después, un silencio raro, incómodo. Como si el viento se hubiera tragado la risa.

Un viejo —o algo que parecía un viejo— apareció entre los arrozales. Pelado, enorme casi tanto como mi altura, con torso desnudo y piel curtida como cuero viejo. Sus ojos eran dos puntitos negros, chiquitos, pero cargados de una soberbia que te podría taladrar el alma. Caminaba lento, pero con esa presencia que dice: “soy una mala noticia con piernas”.

Los flacos que antes estaban haciendo estilos ridículos, ahora se quedaron duros, tragando saliva.
— Ese es… — empezó uno.
— Shhh — le cortó otro — No digas el nombre.
Ay, por favor. Ya estaban en modo película.

El tipo se acercó, olfateó el aire y me miró. No a ellos. A mí.
Genial.
Justo hoy, que tenía el cabello perfecto y no estaba mentalmente preparada para garcharme el alma contra ningún psicópata marcialista.

— Tú — dijo, señalándome con un dedo grueso como un trozo de madera.
— ¿Yo? — respondí con una sonrisa diplomática, de esas que uso cuando la aristocracia de mi educación quiere salvarme el pellejo.
— Sí. La que no pelea. La que se entrena para… verse linda.
La frase me cayó como piedra. No por ofensiva, sino porque era… exacta.
Lo miré con calma. Siempre con calma.
— ¿Y cuál es el drama?
— Que existes acá sin honor — gruñó — Y hoy, alguien sin honor, va a caer.

Hubo un murmullo nervioso. Uno de los pibes intentó interponerse, pero el viejo lo corrió con un movimiento mínimo, sin violencia física de momento, pero con esa contundencia de quien sabe que tampoco necesita golpear para imponer miedo.

Mi corazón no latía rápido. Yo no soy una guerrera, pero no soy TAN cobarde. Lo que me movió fue otra cosa: curiosidad ¿Qué veía en mí? ¿Por qué yo?

— Mirá, capo — dije — yo no peleo. No soy parte de esa movida. Vine a entrenar porque me gusta el cuerpo y me gusta cuidarlo. Si querés probarte, buscate a alguien que esté en tu rubro.
Él sonrió. Una sonrisa horrible, desdentada, como de animal cavernícola.
— No vine a probarme. Vine a triturar.

Dio un paso hacia adelante. Un paso y el suelo vibró. Literalmente vibró.
Los otros retrocedieron. Uno me susurró:
— Corre. No vales la pena para él.
Y mi sangre ardió. No porque quisiera pelear, sino porque odio que me definan sin conocerme.

El viejo me miró, como evaluando si correría o lloraría. Yo no hice ninguna... todavía.
Solté un suspiro, cansada, casi decepcionada de que el universo fuera tan repetitivo con el dramatismo.
— ¿En serio querés pelear con alguien que no pelea? — pregunté — ¿Eso no te hace… medio triste?
Él ladeó la cabeza.
— Te vas a arrodillar.
— Solo si es para algo divertido — le sonreí.
El murmullo colectivo fue inmediato. Mezcla de nervios y sorpresa. Algunos se rieron nerviosamente.
El viejo no.
Él tensó musculatura. Preparado para atacar.

Fue ahí cuando lo sentí: ese cambio en el aire, ese clima que pasa de “chiste” a “peligro real”.
La isla, de repente, dejó de ser un escenario adorable y pasó a ser un tablero de supervivencia.
Yo no tenía técnica, ni intención, ni posibilidad. Y lo sabía.

Y justo ahí, cuando la amenaza se volvió real, cuando entendí que él iba a saltar, que iba a arrancarme algo —quizás un diente, quizás un hueso— pensé algo tan banal como inevitable:

“¿Por qué mierda vine a esta isla? Ah, cierto: el culo. Siempre el culo.”

Off



RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Enji - 06-12-2025

Vinagre de arroz.

Eso decía la etiqueta de su botella. Enji, poco instruido en la cocina, separó en sílabas el nombre, relacionó “Vin” con “Vino” y asumió, tontamente, que se trataba de una bebida alcohólica de proceso similar al fermento de las uvas. Una deducción, como mínimo, polémica, pero ahí estaba, caminando los senderos que atravesaban los campos de arroz con una sonrisa de oreja a oreja. La botella en una mano y un pequeño vaso de madera en la otra, realizado como persona ahora que, después de un par de horas explorando, había encontrado un poco de alcohol en esa aburrida isla de locos.

—¿De verdad? ¿Ni una triste plazoleta donde sentarse a tomar? Puta isla de mierda… —masculló, parado bajo el rayo del sol—. Bueno, pues nada, tendrá que ser aquí mismo.

Miró a un lado y después al otro. Solo el camino, reseco y polvoriento, le devolvió la mirada. Estaba solo. Incluso el sonido de las chicharras sonaba lejano y embotado.

Enji cruzó una pierna sobre la otra y se dejó caer, plantando el culo en el suelo.

—Todo lo que se necesita es una buena botella de vino, un cigarro y salvamos la mañana —dijo—. ¿Dónde puse los cigarros? A ver.

Hablar solo se había convertido en una mala costumbre.

Enji se palpó los bolsillos del pantalón, por delante y por detrás. Arrugó el entrecejo. Revisó el bolsillo de su chaleco. Nada. Se sacó la gorra, la dio vuelta y revisó dos veces por dentro y por fuera.

No había rastros de sus cigarros.

—No me jodas…

Se rascó el cuello mientras la ansiedad tocaba un pico.

—¡No me jod…!

«¡Estilo del Ganso Resbaloso!»
«¡Estilo del Arroz Exótico!»

—¿Huh?

A punto de erupcionar, un par de voces se robaron su atención. El grito se desinfló en su garganta y, curioso, dejó atrás su ropa para ponerse de pie. Comprobó que no tenía la cajetilla dentro del boxer, gruñó, resignado, y para esquivar un rato más la amargura decidió caminar en la dirección desde donde provenía el ruido. Con un poco de suerte alguno de los dos que gritaron tendría cigarros para compartirle.

El uniforme de marine quedó atrás.

Enji se internó en la hierba alta. Empujó los altos juncos, las malezas y tallos secos, propios del incipiente otoño, para abrirse paso. Escuchó voces. Más de una, más de dos, más de tres. ¿Cuatro? Tres hombres, y una mujer. Después de unos minutos caminando, su cabeza se asomó fuera del pasto y vio delante suyo una pequeña zona despejada, cuyo suelo de tierra removida hacía una idea del uso que se le daba. Dentro de ella reconoció las cuatro figuras, y, como sospechaba, eran tres hombres y una…

—El diablo…

La boca se le secó de golpe y pasó saliva con dificultad. Los ojos se le perdieron en la figura de una mujer alta, muy alta, fácilmente del doble de su estatura. Piel morena, cabellos blancos, y, por la distancia, no pudo reconocer el color de sus ojos. Tenía la certeza, aun así, de que debían de ser hermosos. Tenían que serlo. Todo en ella se le antojó armonioso. Se sintió flechado. No, una flecha era demasiado pequeña como para corresponder su violento sentir. El virote de una ballesta de asedio estaría más cerca de la forma en que esa mujer acababa de atravesarle el pecho.

Se limpió la boca con el dorso de su mano derecha.

—Bueno, esta isla ya no es tan aburrida.

La sonrisa, tan plena en sus labios, se apagó, sin embargo, al percibir a una quinta persona. Un viejo, también alto —¿qué mierda comía esta gente?—, y pelado. Pero no era un pelado asumido, que se rapaba la cabeza y portaba la calva orgulloso. No, era de esos calvos engañados que trataban de disimular la alopecia dejándose crecer las patillas y cruzando unos pocos pelos sobre el brillante domo de su cabeza.

Enji arrugó la nariz, pero cuando regresó su mirada a la morena de cuatro metros sus ojos volvieron a dibujar corazones.

—¡Oi! —llamó mientras salía de entre las hierbas, ajeno a la tensión que espesaba el aire. Caminaba ligero, como bandera que lleva el viento, sin sacar la mirada de su platónica musa—. ¿Ese viejo cabeza de rodilla te está molestando, reina?

Flotaba, prácticamente. Pululaba en torno a la mujer, totalmente abstraído de la peligrosa realidad. Giraba, saltaba, interpretando una extraña especie de baile o danza de cortejo propia de aves exóticas.

cosas



RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Asherah Bel-Nadin - 07-12-2025

El momento en que escuché ese “¡Oi!” fue como si a la escena le hubieran cambiado de soundtrack: del tambor tribal y ominoso a una trompetita desafinada de circo. Y yo, con el corazón a mil, el pelo pegado a la frente y un asesino ancestral frente a mí, giré apenas la cabeza y lo vi.

Salido de entre los yuyos, como un espíritu del descontrol pero con cero mística, apareció un flaco alto… mh, no tan alto como yo, pero en la escala humana respetable. Trigueño, con ese tono de piel que pide litros de crema hidratante y un cabello blanco que gritaba “me quemo con lavandina porque así me siento especial”. Me dio un poco de ternura, no voy a mentir.

Lo mejor: estaba en bolas. No en bolas metafóricas. En bolas bíblicas. Un Adán olvidado por el diseño inteligente.

Mi primer reflejo fue mirar hacia abajo, por curiosidad antropológica. No soy santa.
Mi segundo reflejo fue pensar:

“¿Esta isla tiene algo contra la ropa o simplemente atrae a gente que no usa conceptualmente el pudor?”

Los otros a mi alrededor quedaron tiesos, más de lo que estaban. El viejo gigante ladeó el rostro, confundido, como si este espécimen nuevo hubiera interrumpido el ritual del sacrificio.

Y él… él se movía alrededor mío con la alegría de un colibrí con déficit de atención. Saltitos, giritos, una “danza de apareamiento” que parecía improvisada por un ex alumno expulsado de zumba.

Su pregunta fue dicha como si estuviéramos en la cola de un bar y un borracho pesado me estuviera acosando, no como si un asesino marcialista estuviera a punto de reventarme la caja torácica contra el piso.

Yo lo miré, completamente ajeno a que estábamos a minutos de convertirnos en puré. Sus ojos bermellón —rojos, pero no de demonio, sino de resaca existencial— brillaban con un entusiasmo tan inadecuado que casi me enamora por responsabilidad social.

El viejo bufó. Fue un sonido gutural, como si la palabra “respeto” le masticara los pulmones desde adentro.
Él no hablaba, pero sus músculos sí: Interrupción. Desprecio. Eliminación.

Yo vi la escena en retrospectiva, como cuando estás a punto de chocar y el cerebro decide ponerse creativo.
Tenía dos opciones:

1. Salir corriendo, lo cual era tentador pero poco glamoroso.
2. Usar la única arma que siempre me sirvió, incluso cuando me desarmaron el alma: mi encanto.

Decidí apostar por lo segundo, aunque fuera como ponerse perfume antes de ser atropellada.

Me acomodé la musculosa —que ya estaba un asco pero aún así debía parecer “intencionalmente sexy”— y bajé la mirada hacia mi pretendiente espontáneo.

No porque me pareciera fuerte. No porque me pareciera sensato. Sino porque, entre un loco que quiere romperme los huesos y un loco que quiere seducirme, siempre es preferible el segundo: te puede dar trabajo, pero no trauma físico.

— Querido — dije con una sonrisa que hubiera convencido a un marine a traicionar bandera — el señor acá está emperrado de que yo, porque soy linda y no peleo, me tengo que arrodillar.

Era como un perrito con libido y cero instinto de supervivencia, debía de aprovechar.

— Y yo no pienso arrodillarme — continué — a menos que sea para divertirme. Pero este salame no entiende de diversión. Solo de romper cosas.

Me agaché, inclinándome hacia él, dejando que el sudor marcara curvas, que el perfume salado y cálido de mi piel hiciera lo suyo; y lo atrapé en un aleteo desde los cachetes —los del rostro, claro.

— Si me ayudás a salir de esta… te consigo alcohol, una cama, o algo mejor...

No fue un pedido; fue una invitación. Un trato tácito.
Una promesa envuelta en terciopelo, directo a sus ojos mientras el borde de mis uñas aquamarina le bordeaban el labio.

Los flacos que observaban, esos payasos adorables, estaban petrificados. No entendían por qué yo, que evitaba pelear, había encontrado en un desconocido desnudo una posible salvación.

Yo sí lo entendía.
Era simple: La fuerza no me sirve. La lealtad tampoco.
Pero el deseo… ese mueve montañas.
Y este hombre estaba, claramente, dispuesto a mover lo que fuera, con tal de seguir orbitando alrededor de mí.

Me enderecé soltándolo con delicadeza, volviendo a enfrentar al viejo con la barbilla en alto.

— ¿Sabés qué? No me voy a arrodillar. Ni para vos, ni para nadie que no lo merezca.

Eso lo dije con intención. No para provocar al viejo —aunque lo hizo seguramente— sino para tejer sentido en la mente del recién llegado.
Hacerle entender, sin explicarlo, que yo no peleo.
Que necesito ayuda.
Que él puede brillar si decide hacerlo.

No supliqué.
Jamás suplico.
Pero seduzco estrategia como quien respira.

— Hermoso — le dije al desnudo, sin despegar la vista del monstruo — ayudame a salir de esta y nos vamos para estar solos... vos sí lo mereces mucho más que él...

Mi corazón retumbó, no por valentía, sino por esa adrenalina dulce que mezcla miedo, deseo y comedia.

El viejo exhaló.Un sonido pesado, denso.
Y entonces, habló:— Entonces, él caerá contigo.
Flexionó rodillas. El suelo tembló.Las hojas vibraron.

Los otros marcialistas retrocedieron, sabiendo que se venía el infierno.
La isla volvió a contener la respiración.
Los pájaros guardaron silencio.

Y yo recé a cualquier dios disponible que el tipo con cicatrices y sonrisa idiota fuera lo suficientemente funcional para no dejarme morir hoy.


KARMAS



RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Enji - 07-12-2025

La gravedad perdió dominio sobre su cuerpo cuando ese par de manos, suaves como una manta de terciopelo, se apoderaron de sus mejillas. Enji se sintió levitar, los ojos prendidos a la mirada celeste, más celeste que el cielo, del ángel que tenía enfrente. Y su voz, música prohibida, reservada para seres de un plano superior, invadió su mente y derritió sus defensas. El sentido común se perdió. La lógica, desdoblada en una silueta perjura, pedía a gritos un poco de compasión. ¿Quién era ese ser divino y cómo podía pedir algo y no ordenarlo? Pues esa debía de ser su potestad: ordenar, mientras el resto de mortales obedecen.

El corazón que formaban sus pupilas quería romper la línea divisoria de sus cuencas y crecer, como dos almohadones rosados con la romántica forma.

—¿Por qué una diosa como tú debería pelear? —dijo. ¿O lo pensó? La línea se volvía difusa cuando acariciabas el cielo con las manos. O el cielo te acariciaba a ti la cara—. Eso déjaselo a los mortales, hijos del barro. Estas manos bendicen.

El delirio estaba empeorando, cuesta abajo y sin frenos. Caldeado, además, por las acciones de la mujer; su locura sólo podía alcanzar nuevos tópicos. Una sinuosa sonrisa cruzaba su rostro de punta a punta, como un río de ambrosía. Los labios juntos y pegados, el único motivo por el que no babeaba activamente, sintieron la caricia de su uña. El tentador filo de una navaja corriendo por su cuello.

Enji flotó.

Y luego, cayó.

Cayó despojado de ese suave tacto y se sintió maldito, pero encomendado, a la vez, por una voluntad superior. Sabía lo que tenía que hacer para poder ganarse el derecho a lo divino.

Una brújula bien calibrada que marcaba el norte.

—Benedicta tu in mulieribus,
et benedictus fructus ventris tui,
Iesus.
Sancta María,
Mater Dei,
ora pro nobis peccatoribus,
nunc,
et in hora mortis nostrae.

El corazón en sus ojos se partió y el diablo, empapado de brea, asomó desde el músculo podrido y sanguinolento. Del cielo cayó para emerger del averno, ahora convertido en el odio, la gula y la venganza hechos hombre. Petrificado primero, su cuello se movió y crujió, rotando lo justo para apuntar, por el rabillo del ojo, al adalid de todas sus desgracias y mártir de su futuro paraíso. El rojo de sus iris se convirtió en un río de sangre y fuego.

—Shi… —masculló, contuvo la carcajada, pero esta acabó por escapar—: ¡SHIHAHAHAHAHA!

El cuerpo siguió a la cabeza y se encaró al anciano, la mirada desorbitada, ahogada en el delirio divino donde acababa de sumergirse.

—¿Caer? ¡Shihahaha! ¿Es que no te enteraste, dolape? ¡Vengo de ahí abajo y te está llamando tu madre, dice que es para que vayas a tomar la leche! ¡SHIHAHAHAHA! —Loco, desencadenado, Enji reía a carcajadas mientras sus pies golpeaban el suelo con fuertes pisadas. Al callar, se relamió los labios—. ¡Deja que te lleve con ella!

Y, dicho eso, se giró apenas un segundo para mirar por encima del hombro a la enorme mujer alada y le guiñó el ojo.


RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Asherah Bel-Nadin - 17-12-2025

Respiré.

No fue un gesto heroico ni místico. Fue ese respiro torpe que una da cuando el mundo decide convertirse en una comedia física mal coreografiada y vos quedás en el centro, sin libreto y con público armado. El aire me entró a los pulmones como si también dudara de quedarse, y cuando salió lo hizo con resignación elegante.

El suelo todavía vibraba bajo mis pies. No fuerte, no épico: vibraba como vibra una mesa vieja cuando alguien se apoya mal, anunciando que algo va a romperse pero sin especificar qué. Las hojas seguían temblando, los pájaros habían firmado un pacto de silencio y los marcialistas —esos muñecos de feria con músculos y cero imaginación— retrocedían de a medio paso, todos al mismo tiempo, como si alguien hubiera gritado ¡acción! y nadie quisiera admitir que no había ensayado.

Yo no me moví porque... honestamente, no tenía a dónde ir sin que pareciera una mala decisión.

El viejo pelado —montaña con complejo de dios— terminó de flexionar las rodillas y quedó ahí, suspendido en un segundo grotescamente largo. El sudor le bajaba por la cabeza lisa y brillante, reflejando la luz como una luna malintencionada. Sus músculos estaban tensos, no en pose estética, sino en esa tensión fea, funcional, de algo que existe solo para avanzar y romper.

Los otros lo miraban con devoción. Con miedo. Con esa mezcla incómoda que tienen los cultos cuando el líder decide improvisar.

Yo, en cambio, miré al desnudo.

El Hermoso, como lo había bautizado, seguía ahí.
Desnudo, claro. Sonriente, también.
Pero ahora había algo nuevo: una especie de foco encendido detrás de los ojos rojos, como si alguien hubiera bajado una palanca equivocada en su cabeza y el modo delirio productivo acabara de activarse.

Rezaba, nada menos.
Porque claro ¿Por qué no?

Mientras él mascullaba plegarias con la convicción de quien no sabe bien a quién le habla pero espera que alguien esté escuchando, yo aproveché ese interludio absurdo —ese segundo de calma previa al desastre— para hacer lo único sensato que sabía hacer en situaciones así: observar y ajustar.

Los marcialistas murmuraban entre ellos. Uno tragó saliva tan fuerte que lo escuché. Otro dio un paso atrás y pisó mal, cayéndose de culo con una dignidad inexistente. Un tercero intentó adoptar postura defensiva sacando una navaja de vaya a saber dónde, pero se quedó a mitad de camino, como si no recordara cuál seguía después.

El viejo los ignoró.

Toda su atención estaba puesta en el Hermoso.

No en mí.
Y eso, por obviedad, me tranquilizó.

Porque cuando un monstruo deja de mirarte para fijarse en otro monstruo, vos dejás de ser el problema inmediato y pasás a ser parte del decorado. Y yo, cuando quiero, soy una excelente decoración.

Deslicé un paso lateral. Apenas. Lo justo para no quedar alineada entre ambos. No huí. Simplemente… me corrí del centro, como quien entiende de escenarios aunque no actúe.

— Ey… — murmuré, sin elevar la voz, más para el universo que para alguien en particular — Tranquilos. No hace falta… esto. Si nos organizamos... cabemos todos en el puesto de onigiris.

Nadie me escuchó al parecer. Yo cumplí en hacer prevalecer la paz y razón ante la irracionalidad.

El Hermoso terminó su rezo con una risa que no pertenecía a ningún manual de comportamiento social aceptable. Giró el cuello. Luego el cuerpo. Crujió. Sonó mal. Sonó como algo que no debería girar tanto, pero que lo hace igual porque no le importa.

Cuando habló, yo ya sabía que el viejo iba a explotar.

No porque lo provocara de una manera "poco protocolar" —aunque lo hizo— sino porque el anciano era de esos seres que no toleran el ridículo. Y el Hermoso, sin proponérselo, acababa de convertirlo en un chiste cósmico.

El insulto fue infantil.
La risa, desbordada.
La energía… desastrosamente contagiosa.

El Hermoso me miró por encima del hombro y me guiñó el ojo.

Suspiré.

— Ay… — pensé — Claro. Encima carismático.

No respondí al gesto. No sonreí. No lo celebré. Le sostuve la mirada apenas un segundo y luego la desvié, como diciendo sin palabras: no es por ahí, precioso. Si entendía, bien. Si no, al menos yo no estaba empujando nada.

El viejo pelado no gritó.

Eso fue lo peor.

Simplemente inhaló.

Pero no fue una respiración normal: fue una absorción. El aire del claro pareció retroceder hacia su pecho, como si el mundo hubiese decidido colaborar. Las hojas se arrastraron por el suelo, la tierra crujió hacia adentro, y por un segundo juré que hasta mis alas tironearon solas, como queriendo plegarse ante la gravedad malhumorada de ese cuerpo.

Los músculos de sus brazos se inflaron de manera grotesca, casi antinatural, como si alguien los estuviera bombeando desde adentro con un fuelle invisible. Las venas se marcaron, retorcidas, exageradas, dibujando mapas que no llevaban a ningún lugar civilizado.

Dio un paso.

Solo uno.

Y ese paso sonó como un gong desafinado.

El suelo se partió en una línea torpe, nada elegante, más propia de una patada mal calculada que de una técnica legendaria. Pero aun así… funcionó. La onda se propagó con retraso, como si la realidad necesitara un segundo extra para aceptar lo que estaba pasando.

Los marcialistas salieron despedidos en direcciones distintas, como si alguien hubiera arrojado un puñado de muñecos de trapo desde una mesa. Dos chocaron entre sí con un ¡ploc! indigno. Uno perdió el arma, que giró por el aire describiendo una parábola perfecta… para caer de punta en el barro, inútil. Otro quedó clavado en el lugar, temblando, fascinado, como espectador de circo pobre.

El viejo avanzó entonces.

No corrió.

Se deslizó hacia adelante con una mezcla imposible de pesadez y velocidad, como una avalancha que hubiera tomado clases de ballet en una academia de dudosa reputación. Sus pies apenas tocaban el suelo, pero cada contacto dejaba un cráter exagerado, completamente innecesario.

Los brazos se abrieron, no en guardia, sino en una bienvenida grotesca, teatral, como si estuviera a punto de abrazar a alguien con intenciones homicidas. El torso se inclinó hacia adelante y todo su peso —físico, simbólico, histórico y probablemente traumático— se alineó en una sola dirección.

En línea recta.

Hacia mi Hermoso.

Yo aproveché.

No para intervenir.
No para alentar.
Sino para existir inteligentemente.

Me moví hacia atrás, bordeando una roca, manteniendo siempre a ambos en el campo visual. Mis alas —que hasta entonces habían estado tensas, recogidas— se acomodaron apenas, no para volar, sino para equilibrar. No quería llamar la atención todavía más de lo que ya lo había hecho. No quería parecer una amenaza. No quería ser nada que justificara un golpe.

Yo me detuve por completo.

No grité.
No corrí.
No animé.

Me quedé quieta, con el corazón golpeando como tambor fuera de ritmo.

Pensé, fugazmente, que si sobrevivíamos a esto iba a necesitar una bebida. O cinco. Pensé que esta isla tenía serios problemas de gestión emocional. Pensé que, si alguien escribía esta historia, nadie la iba a creer.

Y mientras el viejo pelado se lanzaba al ataque con la violencia imparable de una avalancha con complejo de maestro, mientras el Hermoso se plantaba con esa sonrisa rota y esa locura encendida, yo hice lo único que podía hacer sin traicionarme:

Me preparé para no estorbar.

Para no caer.

Para seguir viva.

El impacto estaba a punto de ocurrir.


RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Enji - 19-12-2025

El vistazo atrás demostró ser un error, un garrafal error producto de su confianza desmedida y deseo irrefrenable de querer parecer cool frente a una mujer. Enji vio ese error reflejado en la mirada de Asherah y su gesto, que hacía todo por darle a entender la seriedad de la situación, pero no lo supo interpretar. Creyó, en su delirante fantasía, que la mujer de cabellos blancos y alas negras estaba nerviosa. Creyó que su galantería, valor e ímpetu habían logrado atravesar sus defensas e impactar en el corazón de su musa. Y creyó que, como en una campana, ese impacto había degenerado en ondas que ahora dificultaban a la lunarian sostenerle la mirada, presa del vértigo del amor a primera vista.

Cuando volvió la mirada al frente y reparó en la postura del viejo, supo, no creyó, sino que tuvo la certeza empírica de que ese gesto se debía a otra cosa. Algo más. Algo, o alguien, que generaba otro tipo de vértigo. El mismo tipo que se sufría al asomarse a un abismo.

—¿Cómo carajo hiciste eso? —preguntó Enji con la cabeza inclinada a un costado—. El truco de los brazos. ¿Te inyectas algo, vejestorio? Mira que después no te va a funcionar el amigo.

Las burlas caían en un jarro sin fondo, al parecer, así como las advertencias se perdían en oídos sordos. Enji, después de todo, era ese tipo de personas que se para frente a un abismo y dice en alto:

«No hay huevos a saltar»

—¡Me cae mal la gente tan callada!

Con los brazos extendidos, recibiendo, simbólicamente, ese abrazo que el viejo parecía ofrecer, Enji esperó su llegada. El suelo tembló bajo sus pies y, aún así, Enji esperó. Cráteres aparecieron como represalia de cada paso que el viejo daba en su dirección, pero, aún así, Enji esperó. La mirada, loca y desorbitada, parecía congelada en el tiempo o totalmente ajena a la realidad. Esa sonrisa filosa, arrogante, burlesca, partía sus labios y enmarcaba sus pómulos por la tensión. Los dientes apretados empezaban a crujir.

La montaña llegó, arrastrada sobre un raíl de tren. Pesada, poderosa, irrefrenable. Los pies de Enji se plantaron en el suelo, echaron raíces, se afianzaron. Buscaron fuerza desde el núcleo de la isla.

El choque ocurrió.

Fuerza irrefrenable contra objeto inamovible. O, al menos, eso creía él.

—¡Cabrón! —Trabaron manos y cerraron dedos, anclados como zarcillos a la carne del otro. Enji toleró el embate durante una fracción de segundo, un instante que creyó eterno donde sus músculos, huesos y órganos se sintieron presionados contra una pared. Aplastados. Lo siguiente que sintió fue el abandono, pues la tierra, tras comprobar la potencia del viejo, había desistido de ayudarle. El agarre de sus pies desapareció y empezó a deslizarse hacia atrás—. ¡Hijo de puta! ¿Qué te dan de comer en ese asilo?

Enji fue arrastrado y la velocidad con la que avanzaba en dirección contraria a la que pretendía, con el correr de los segundos, aumentó. Primero se movía apenas, muy lento. Poco a poco, sin embargo, el paisaje era absorbido más y más rápido por la espalda del viejo que tenía delante. Perdió terreno a mansalva. Intentó trabar los pies más de una vez pero era inutil. Llegados a un punto, ya ni siquiera sentía el suelo debajo suyo: estaba flotando de una forma mucho más literal que su pequeño numerito de enamorado. Sus pies no tocaban suelo. La fuerza del empuje era demasiado y ahora, como una lanza, era sostenido en el aire por el agarre del viejo.

En línea recta, el destino que le esperaba era la misma piedra detrás de la cual Asherah había buscado cobijo.

—¡Shihahaha!

Enji pateó el suelo. La fuerza de su golpe rebotó y lo elevó más en el aire en el momento justo en que sus pies chocarían contra la roca. En su lugar, anclado a las manos del abuelo, el empuje lo hizo girar como un péndulo, o una soga atada por un extremo a una roca y por el otro a un poste. Dibujó un arco perfecto pasando por encima del anciano y aterrizó al otro lado, a su espalda, mirando en dirección contraria y todavía conectados por los brazos. Cuando sintió el suelo nuevamente bajo sus pies, apretó los dientes, el abdomen, las nalgas, y con toda la fuerza que tenía lo arrojó hacia adelante.

El viejo voló poco más de un metro cuando sus pies volvieron a tocar el suelo. La yema de sus dedos rozó la tierra y toda la inercia se perdió. Se quedó allí, parado, estático, como si las fuerzas de la naturaleza obedecieran sus designios. Como si la fuerza de los dedos de sus pies alcanzara para desdoblar leyes fundamentales.

—Mierda, ¿es que la calva les da poderes? —Enji se colocó en posición, esta vez en una postura más seria con los brazos arriba y la guardia preparada. Sus pies se movían por el suelo en una serie de pasos cortos, caóticos, que solamente hacían oscilar su figura en el lugar.

Controló su respiración agitada, relajó el semblante y volvió a sonreír.

—¡No te preocupes, preciosa! Lo tengo justo donde quiero... ¡Hiya!

Separó bien los pies y flexionó las rodillas hasta que sus piernas formaron dos ángulos de noventa grados. Luego, extendió los dos brazos al frente.

—¡ Tu-madre! ¡Hiya! ¡Me-la-mama! ¡Hiya! —Entonando una especie de cántico de guerra, Enji golpeó primero su codo derecho con la palma de la mano izquierda en tres rápidas sucesiones. Después se palmeó los muslos con ambas manos, para, a continuación, levantarlas con la palma hacia el cielo. Las agitó y después cruzó los antebrazos frente al pecho—. ¡Me-la-mama! ¡Pfua!

Para coronar su actuación, sacó la lengua cuan larga era y abrió grandes los ojos.


RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Asherah Bel-Nadin - 27-12-2025

No voy a mentir: durante los primeros segundos no entendí nada.

No porque fuera demasiado rápido, sino porque mi cerebro se negó a aceptar que lo que estaba viendo fuera real y no una representación callejera financiada con fondos dudosos. El viejo volando un metro. El Hermoso describiendo arcos en el aire como un adorno navideño poseído. Las leyes de la física entrando en huelga.

Parpadeé.

Una vez.
Dos veces.

El impacto había ocurrido y, contra toda lógica básica de conservación de la vida, ambos seguían enteros. El viejo, plantado como una estatua ofendida por la gravedad. El Hermoso, aterrizando detrás suyo con esa sonrisa de persona que claramente no aprendió nada de la experiencia.

Yo me quedé detrás de la roca, medio asomada medio escondida, en ese punto exacto donde una todavía puede observar sin convertirse en blanco legítimo. Las alas bien plegadas. El cuerpo quieto. La dignidad… discutible.

Los marcialistas alrededor parecían público de circo barato. Algunos boquiabiertos. Otros rezando cosas que no sonaban oficiales. Uno intentó ayudar a otro a levantarse y terminó cayéndose encima. Un tercero aplaudió una vez, solo una, y cuando se dio cuenta de lo que había hecho, escondió la mano como si le hubiera picado algo.

El viejo no se dio vuelta de inmediato.

Eso fue… perturbador.

Se quedó ahí, de espaldas al Hermoso, con los pies clavados en el suelo como si hubiera firmado un contrato con la isla. Los dedos de los pies se hundieron apenas en la tierra. No mucho. Lo suficiente para decir "yo mando acá".

El cuello crujió como una rama seca que se resiste a romperse del todo. Sus ojos buscaron al Hermoso sin apuro, con esa calma peligrosa de quien no necesita correr porque sabe que el mundo va más lento que él.

El Hermoso mientras tanto, plantado frente a él, seguía en su propio universo. Cantando. Gesticulando. Sacando la lengua como si eso fuera una doctrina marcial válida. Era tan absurdo que dolía. Era tan estúpido que rozaba lo sagrado.

El problema de la gente que hace numeritos es que el universo suele tomárselos como un desafío personal.

El viejo no se rió.
No se burló.
No comentó.

Le tembló el párpado.

Y eso, en alguien así, es peor que un rugido.

Yo aproveché ese microsegundo para moverme otro poco. Nada dramático. Un pasito más atrás. Otro costado. Siempre la roca entre nosotros. Siempre una vía de escape mental, aunque no física.

El viejo giró ahora sí el cuerpo completo pero no atacó de inmediato.

Primero se sacudió los hombros. Después los brazos. Como si estuviera acomodándose la ropa invisible antes de una función importante.

Uno de los marcialistas murmuró algo como “maestro” y otro le dio un codazo para que se callara.

El Hermoso lo seguía puteando.

No lo escuché todo con definición, porque estaba más ocupada mirando cómo su energía parecía crecer en direcciones equivocadas. Mucha pasión. Mucho gesto. Cero cálculo.

Era… adorable. Y profundamente suicida.

El viejo avanzó un paso más.

No fue rápido.
No fue lento.

Y entonces—

CRRRRIIIIIING

No fue un trueno.
No fue una explosión.
Fue… una campanita.

Una campanita metálica, chillona, fuera de tono.
La clase de sonido que uno asocia con bicicletas viejas, carritos de helado o vendedores de desgracias a domicilio.

El viejo no llegó a completar el movimiento.

Su cuerpo, con intenciones de ser lanzado una vez más hacia adelante con toda la furia del linaje, se frenó un segundo tarde como un pulsar. Ese segundo fue suficiente para que su equilibrio —hasta entonces divino— decidiera traicionarlo por razones puramente cómicas.

— ¿…? — emitió algo parecido a un gruñido confuso.

La campanita volvió a sonar.

CRRIIING—CRRIIING

Desde el costado del claro, emergiendo de entre los yuyos como si siempre hubiera estado ahí y nadie hubiera querido aceptarlo, apareció un carrito de onigiris.

Sí.

Un carrito.
De madera.
Con un toldito torcido.
Y un tipo bajito empujándolo con cara de total normalidad.

El hombre avanzaba tarareando, completamente ajeno a la escena. Cada paso hacía sonar la campanita. Cada paso erosionaba la dignidad del momento.

Los marcialistas se quedaron congelados.

Uno parpadeó.
Otro se persignó.
Un tercero murmuró algo sobre “señales”.

El viejo pelado giró la cabeza, incrédulo.

— ¿QUÉ…? — alcanzó a rugir.

Demasiado tarde.

El carrito, impulsado por una pendiente mínima pero letal, impactó contra la pantorrilla del viejo con una violencia que no lastimaba… pero descolocaba.

El cuerpo gigantesco perdió alineación.

No cayó.
No voló.
Resbaló.

Fue un resbalón corto. Ridículo. Mortal para la épica.

El viejo patinó medio metro hacia adelante, los brazos abiertos ahora no como técnica sino como pedido desesperado de equilibrio. Su pie derecho buscó suelo firme. Encontró… un onigiri.

Arroz.
Alga.
Traición.

El viejo cayó de rodillas. No como un rey derrotado. Como un tipo grande que acaba de perder contra la humedad.

El suelo tembló. Pero ahora de risa.

— ¡¿QUIÉN—?! — bramó, intentando incorporarse.

El carrito siguió su camino, pasó entre sus piernas, y el vendedor, sin mirarlo, murmuró:

— Disculpe, maestro. Oferta dos por uno.

La campanita sonó una última vez.

CRRIIING

Silencio.

— ¡EH! — dijo un marcialista señalando la escena con entusiasmo infantil — ¡Eso no estaba en el manual, pero quiero un 2x1 igual!

El viejo rugió.
Un rugido frustrado.
Un rugido herido en el orgullo.

Intentó levantarse.

Yo no esperé a que lo lograra.

Ese fue mi momento.

Crucé el espacio en dos zancadas largas, mis alas desplegándose lo justo para darme impulso sin levantar vuelo. Lo agarré al Hermoso del brazo —firme, sin delicadeza romántica, con la autoridad de alguien que ya hizo demasiadas advertencias internas— y tiré de él hacia mí.

— Vení — dije, clara y con definitiva en la voz — Ahora.

No fue un pedido.
Fue logística.

El viejo logró ponerse de pie justo cuando nos movíamos hacia el borde del claro.

— ¡NO ESCAPARÁN! — rugió, la furia reactivada.

Dio un paso.

Resbaló otra vez.

Esta vez, con menos dignidad.

Yo no miré atrás.

Me concentré en correr recto, firme, usando el terreno, esquivando raíces, empujando al Hermoso delante mío como quien saca a un niño de una casa en llamas.

— ¡Dale, dale, metele pata!  — exclamé.

Las hojas nos cerraron el paso.

El claro quedó atrás.

Y detrás de nosotros, el rugido del viejo se mezcló con el sonido más humillante que puede enfrentar un guerrero:

Una campanita alejándose.

CRIIIING–CRIING

Respiré. Esta vez, de verdad.

Seguíamos vivos.

Y, contra todo pronóstico, cargaba conmigo al problema más sonriente de la isla.


RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Enji - 04-01-2026

El baile llegó a su fin, y, con él, también murió la tregua. Enji sintió un escalofrío bajar por su espalda cuando el viejo se giró y volvieron a encararse. Sonrió, sin dignarse a guardar la lengua, y supo, muy en el fondo, que ese tipo estaba hecho de otra cosa. Lo habían parido diferente al resto. «¿Cómo puede ser?», pensó. «¿Es que lo eligieron para tener todos los efectos dramáticos a su favor? Hijo de puta, déjame uno…»

Una solitaria gota de sudor bajó por su mejilla.

Pese a la reverberante sensación de que estaba parado frente a un tren, prevaleció. Firme como una estatua en su peculiar postura, encaró al ser humano que más aura emitía en toda la isla y se atrevió a mirarlo a los ojos. El espacio, confundido, no sabía cómo amoldarse a las dos intenciones que chocaban en ese claro. Por un lado, el firme y poderoso anciano: serio, frío, contundente. Y, por el otro, Enji: desfachatado, loco y fluctuante. Rectitud contra desacato. Hierro contra agua. Yin contra Yang.

En algún punto entre medias de ese peculiar encuentro, cuando parecía que todo estaba por decidirse y el mundo se mostraba a punto de acabarse para uno de los dos, sonó una campana.

Pero no era una campana grande, como las campanas de la iglesia que hacían temblar los cimientos del pueblo con su talán.

No.

Se trataba de una campana pequeña. Por decirlo, diminuta. El tipo de campana que uno hace sonar en una bicicleta para anunciarse. Un tañido agudo, penetrante y profundamente molesto.

Distendió los músculos cuando sonó por segunda vez. Enji reconocía ese sonido. En algún lugar lo había escuchado antes y la sombra de esa memoria lo distrajo, apretando los ojos y el ceño para hacer fuerza con el cerebro. «Campana, campana… ¿de dónde conozco esta campana?». Se fustigó la memoria en busca de respuestas, las mismas que llegaron de forma simultánea al carrito. La sonrisa del marine se ensanchó hasta bordear los límites de su mandíbula cuando logró dar con el recuerdo que buscaba.

—¡Pepón! —llamó—. ¿Qué haces por acá?

Rompió la postura final de su haka para levantar la mano derecha y saludar al sueño del pequeño carrito de onigiris. De eso reconocía el sonido. Le había comprado una docena de onigiris unos días atrás.

Los dioses parecieron abandonar al viejo alopécico en favor de las bolas de arroz. Una decisión sabia, diría Enji, que ya rebuscaba en sus calzoncillos por algo de calderilla que le hubiera sobrado de su última compra de cigarrillos para poder aprovechar la oferta de dos por uno. Mientras se tanteaba la zona genital en busca de alguna moneda perdida de la mano de dios, se perdió la caída —física y metafórica—, de su rival. El tercer tañido de la campana apremiaba su búsqueda. Estaba preparado para bajarse los boxers hasta las rodillas para corroborar que ningún berrie estuviera oculto en sus costuras cuando sintió un par de manos apresarle el brazo. Un par de manos particulares, cuyo tacto era demasiado suave como para pertenecer a cualquier artista marcial.

—¡Pero…! —La queja murió en la punta de la lengua. El tono que empleó su musa, su diosa, no dejaba lugar a réplica, así que avanzó a trompicones en la dirección que marcaban esas hermosas alas negras—. Mi onigiri…

Al cabo de unos metros, Enji logró recuperar el equilibrio y plantar apropiadamente los pies en la tierra. A partir de entonces pudo correr y se movió con mayor facilidad a través del terreno, saltando enormes raíces, atravesando arbustos que amenazaban con deshilachar la única prenda que le quedaba y sorteando los muchos obstáculos propios de la falta de urbanización. Karate respetaba mucho sus zonas verdes.

—Estoy corriendo, preciosa. Pero en la dirección opuesta al 2x1 en onigiris —dijo mientras corría con los brazos cruzados—. ¿No te gustan los onigiris? Porque si no te gustan, a mí tampoco, eh. Tú dime y los odiamos juntos.

La vegetación los recibió y cobijó en su espesura. Los sonidos de la violencia y el arroz quedaron atrás, y, con ellos, la necesidad de correr. El paso se ralentizó poco a poco hasta que diosa y sacerdote quedaron a solas.

Enji estiró los brazos y suspiró tras detenerse en lo que parecía ser un lugar seguro: la mitad de la nada.

—¿Qué pasó, corazón? No me digas que ese viejo loco te estaba asustando. —Se recargó en un árbol, mirando a un costado para darle su perfil bueno a la lunarian—. Quédate conmigo y estarás bie–.

—¡DELIRANTE!
—¡PERVERTIDO!
—¡LOCO!

Los tres karatecas que habían acompañado a Ashera en su entrenamiento salieron de un arbusto a toda velocidad e impactaron sus puños en el mentón de Enji. Un triple uppercut. El marine salió despedido y terminó enredado entre las ramas de un árbol, removiéndose furioso mientras un moratón crecía en su mentón, dándole una apariencia más cuadrada y abultada de lo normal.

—¡¿QUÉ LES PASA, BOLA DE TARADOS?! ¿QUIEREN PELEAR? —La vena de la frente se le inflamó y palpitó con rabia mientras Enji arrancaba lianas a tirones para zafarse—. ¡Les voy a borrar la raya del culo de tantas patadas que les voy a dar! ¡Vengan para acá! ¡Corazon, tápate los oídos y, cuando me suelte, también los ojos!


RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Asherah Bel-Nadin - 28-01-2026

El aire me quemaba los pulmones.

No era una metáfora poética ni una exageración dramática: ardía de verdad. Habíamos corrido demasiado rápido, demasiado de golpe, y mi cuerpo —que puede ser muchas cosas, pero liviano no— me estaba pasando factura. Sentía el peso propio en cada zancada reciente, en las alas todavía tensas, en los muslos cargados como si hubiera bajado la montaña entera a pulso.

Me incliné apenas hacia adelante, una mano apoyada en el muslo, aspirando hondo mientras sentía como unas gotas de sudor se me escurrían desde las sienes y por otros lados más indecorosos.

Solté el aire despacio.

Y fue en ese instante, con la vista todavía un poco nublada y el pulso alto, que pasó.

No lo vi ni lo sentí venir. Solo escuché el impacto.

Seco. Coordinado... Demasiado limpio para ser casual.
Levanté la cabeza justo a tiempo para ver un cuerpo —el del Hermoso— salir despedido hacia atrás y desaparecer entre ramas y hojas, como si el bosque se lo hubiera tragado de golpe. El sonido de algo golpeando madera viva cerró la escena.

— …la puta madre — se me escapó.

Tres figuras quedaron recortadas frente a mí.
Y entonces los reconocí.
Claro que los reconocí.

El seriecito que siempre andaba con el ceño fruncido fue el primero en reaccionar al habla, señalando hacia el árbol con una indignación sobreactuada.

— ¿Acaso no ves cómo anda? ¡En paños menores! ¡Faltándole el respeto a la isla!

Miré en esa dirección.

Sí. La escena no era muy alentadora: Calzoncillos, por ahí deshilachado, húmedo. Definitivamente fuera de todo contexto ceremonial.

Suspiré y cerré los ojos un segundo, frotándome con dos dedos el puente de la nariz.

— Chicos — dije al volver a mirarlos — Estamos en una isla donde la gente entrena bajando arrozales con sacos a cuestas y rompiendo rocas con la cabeza. No me vengan ahora con que el problema es la ropa.

El bajito dio un paso al frente, inflando el pecho como si eso le diera razón.

— Esto es Karate. Respeto. Disciplina. No un circo.

Asentí despacio.

— Buenísimo — respondí — Entonces explíquenme algo ¿Desde cuándo pegarle de a tres a alguien desprevenido entra en la categoría de disciplina?

El silencio fue inmediato.
Pesado.
Incómodo.
El flaco carraspeó.

— Se… se estaba propasando.

Giré apenas la cabeza hacia el árbol, lo justo para constatar de que el Hermoso se callara al ver mi cara, una persuasión sin palabras. No necesitaba respuestas de su parte, si ya sabía toda la situación... a mi nadie me la tenía que contar.

Volví a ellos.

— Puede que sea exagerado, bocón, y que tenga una facilidad impresionante para meterse en problemas que no le competen — dije — Pero no vino a atacar a nadie acá.

El del ceño fruncido chasqueó la lengua.

— No tienes por qué defenderlo.

Ahí sentí el pinchazo.

Corto y directo al pecho que me provocó hacer una mueca, casi imperceptible, de desagrado.

— No lo estoy defendiendo — aclaré — Estoy tratando de que no se parezcan a ese viejo pelado que apareció de la nada creyéndose con derecho a amedrentarme porque sí.

Eso los tocó.
Los vi tensarse, cada uno distinto.

— Cuando ese vino por mí — continué — ninguno de ustedes dio un paso. Ninguno. Y ahora que el peligro ya pasó, se animan en manada ¿De verdad quieren ser eso?

El bajito apretó los puños.

— Se burló del maestro.

— Todos se burlaron — respondí tajante — Hasta el carrito de onigiris. Y no vi que salieran corriendo detrás del vendedor.

Di un paso más. Solo uno. Lo justo para entrar en su espacio sin tocarlo ni provocarlos.

— Si quieren hacer algo ahora — seguí, bajando apenas más la voz — háganlo bien. Ayuden a frenar al viejo antes de que lastime a alguien de verdad. Es todo un tema... Redímanse ahí. No acá.

El silencio volvió.
Pero esta vez era distinto.

Uno bajó el brazo.
Otro evitó mirarme.
El tercero sostuvo la mirada… y la dureza se le fisuró apenas.

— Llevátelo — gruñó — Y andate.

Asentí.
No dije nada más.

Me giré hacia el árbol y, con cuidado —porque todavía estaba agitada y no era momento de forzar nada— extendí las alas para acercarme y ayudar a desengancharlo de las ramas, una por una. Sin apuro. Sin espectáculo.

Cuando estuvo más o menos en condiciones, le señalé con la cabeza el sendero.

— Vamos, antes de que esto vuelva a escalar.

Empezamos a alejarnos despacio. Era mejor así, porque si corríamos capaz y despertábamos la vena envidiosa —más de lo que ya la tenían, y la de celos también— y se pensarían toreados.

Detrás nuestro, los tres quedaron quietos, mascullando algo que sonaba a bronca… y a vergüenza.

Respiré hondo otra vez.
Esta vez, con más aire.

Karate seguía siendo una isla hermosa.
Pero el orgullo mal digerido seguía siendo su peor técnica.

A esta altura… yo estaba cansada.

Nos alejamos unos metros más, lo suficiente para que el murmullo del follaje volviera a imponerse sobre cualquier otra cosa. Recién entonces aflojé los hombros. Apenas. No del todo.

Lo miré al Hermoso de reojo.

Lo notaba tenso. No hacía falta leerle la cara: la rigidez en el cuerpo alcanzaba. Esa electricidad que queda cuando el golpe todavía está fresco y el orgullo pide revancha, incluso cuando la cabeza ya entendió que no conviene.

— Eh… — mascullé, sin detenerme, manteniendo el paso parejo — Ya está, Hermoso. No les regales nada más hoy.

Deslicé la mano, suave, apenas rozándole el antebrazo y deteniéndome sobre su hombro. No como freno brusco, sino como recordatorio de presencia. De que no estaba solo en ese momento.

— Esos cartuchos no valen la pena — seguí, con el mismo tono calmo — Tres frustrados con complejo de dojo no son un desafío. Puro ruido y pocas nueces.

Incliné un poco la cabeza, lo justo para que mi voz le llegara solo a él.

— Además… — añadí — no pienso bancarme que vuelvas rengueando por orgullo ajeno. Es todo un tema, y hoy no tengo paciencia para eso.

Solté una exhalación más larga y, recién ahí, dejé que una sonrisa mínima apareciera.

— Dicho eso — continué — te debo unos onigiris. O mejor dicho: te los debo a posta. Comer algo ahora nos va a venir bien a los dos.

Hice una pausa breve, evaluándolo.

— Y de paso… — agregué, mirándolo de arriba abajo sin disimulo — tenemos que resolver eso.

Señalé con dos dedos, sin dramatizar.

— ¿Dónde está tu ropa? Porque no pienso presentarme con vos así en ningún lado que tenga gente, honor marcial o no.

Retiré la mano despacio y seguí caminando, marcando el rumbo con naturalidad, como si la decisión ya estuviera tomada y no hiciera falta discutirla.

— Con hambre y bronca no se piensa bien. Y yo hoy ya corrí suficiente por todos.

El sendero hacia la zona urbana se abrió delante nuestro.

Y por primera vez desde que todo había estallado, el silencio dejó de ser tenso.

Eso, para mí, ya era una victoria.


Imagencita



RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - Enji - 30-01-2026

La paz no era una opción para un hombre cuyo orgullo estaba siendo puesto a prueba. En el caso de Enji, la paz nunca era una opción. Portador de un alma vivaz, volátil, y un marcado exceso de confianza en sus habilidades, el marine no toleraba las faltas de respeto. ¡Ojo! Tampoco se consideraba un sujeto fácil de provocar. Tenía un sentido del humor bizarro, dónde todo podía terminar formando parte de una gran broma, así que pasaba por alto la mayoría de insultos y observaciones desacertadas. Las acciones, por otro lado, encendían todas sus mechas a una velocidad alarmante. Llamarle tonto, pervertido, degenerado, y Enji reira. Golpearle como acababan de hacer esos tres alumnos y hará falta toda el agua del océano para apagar su rabia.

Afortunadamente para el trío, toda el agua del océano era poca a comparación de los planetas enteros de baba que podía llegar a soltar Enji por esa mujer.

—Cagones, se creen que no los ví manchando los pantalones cuando apareció el viejo pelado de mierda ese —mascullaba al mismo tiempo que hacían a un lado ciertas ramas que empezaban a presionarle la entrepierna—. Hijos de… ¡Hey, cariño!

La llegada de Ashera dió un vuelco a su humor. Soltó la ira, el rencor y el deseo de venganza con la facilidad que un niño suelta su chupete para llorar. Aún en el aire, flotando a merced de las ramas, logró “pararse” derecho y realizar una postura despreocupada, confiada y “galante” en su trastocada imaginación.

Desafiaba las leyes de la física para verse bien delante de esa mujer.

Dócil, se quitó las ramas de encima con ayuda de Ashera y logró regresar al suelo. Estaba libre y ansioso por saltar encima de aquellos tres, arrastrarlos por el suelo, tirar un par de árboles con sus cabezas, pero no valía la pena. ¿Por qué? Porque la mujer de cuatro metros y caderas como para frenar un tren lo decía. Y si ella lo decía, dios sabía que tenía que ser cierto.

—¿Esto…?

Enji se miró de abajo hacia arriba, empezando por los pies descalzos y terminando en sus hombros desnudos. ¿Quería que se sacase la prenda que faltaba? ¿Tan rápidas iban a ser las cosas?

No, por supuesto que no.

—Ahhh, ponerme… ropa… —dijo, algo decepcionado—. Sí, creo que puedo conseguir algo… pero hace mucho calor. ¿Tú no lo sientes, baby?

Estiró los brazos hacia arriba con las manos entrelazadas e hizo tronar sus nudillos.

Se internaron en una zona distinta, menos condicionada por las “Leyes marciales” que regían especialmente fuerte alrededor de los dojos principales de la isla. Sí a Karate le sacabas los dojos, seguía siendo un lugar regido por el arroz y, por tanto, los arrozales, plagados de estanques y animales varios. Desde ranas a serpientes, pasando por los molestos mosquitos que hacían las noches imposibles en épocas de calor. Las libélulas campaban a sus anchas y las cigarras chillaban desde todas direcciones.

A falta de unos pocos minutos para llegar al pueblo, Enji se acercó a un montón de pasto que había acumulado a un costado del camino, lo apartó de un manotazo y levantó del suelo… una gorra. Le sacó algo de polvo y se la colocó. Tenía el símbolo de la marina adelante.

—Vamos, el viejo del puesto de onigiris aquí cerca me debe una. O unas cuantas. ¿Cuántos quieres, preciosa?