27-12-2025, 02:07 PM
En el escenario, el tiempo no avanzaba normal. Cada segundo parecía un minuto, un minuto era una hora. Los focos me quemaban la piel, el murmullo del público era un animal vivo, y yo sentía cada microgesto como si me lo estuvieran clavando bajo las uñas. Las risas no eran risas; eran mediciones. El silencio no era silencio; era juicio. Yo sonreía. Claro que sonreía. Sonreír era fácil. Era automático. Era una defensa. Cada vez que estiraba un chiste un segundo de más, cada vez que dejaba caer una pausa incómoda, lo notaba. No hacía falta mirarle la cara para saberlo. Y, aun así, no aflojé porque en ese momento entendí algo muy claro: si yo dudaba, estábamos muertos.
Así que hice lo único que sabía hacer bien. Seguí adelante. Cada carcajada del hombre-estrella de mar era un salvavidas lanzado desde el fondo del océano. Lo veía con el rabillo del ojo, golpeando la mesa, riéndose sin contención, y pensé: bien. Si uno ríe así, los demás tienen que reaccionar. Aunque sea para abuchear u ofenderse. Y aun así, cada vez que un chiste caía mal… lo sentía.
Yo seguía moviéndome, exagerando gestos, jugando con el ritmo, con el absurdo, con la provocación medida… pero por dentro ya estaba calculando salidas. Puerta metálica. Callejón. Giro rápido. No mirar atrás. Cuando llegó el último chiste y el silencio se partió de esa forma tan fea, ni risa, ni expectación, sino ofensa pura, lo supe. No lo pensé. No fue miedo. Fue instinto. Esto ya no iba de hacer reír. Iba de irnos enteros.
Y ahí decidimos que el espectáculo había terminado. El aire del callejón me golpeó la cara como una bofetada bendita. Aire. Durante un segundo me quedé quieta, respirando hondo, con las manos aún rígidas. Tenía las mejillas calientes, no sabía si por el foco, la vergüenza o el hecho de haber estado a cinco segundos de convertirme en aperitivo marino con risas de fondo.
Parpadeé. Una vez. Dos. Y entonces me llevé ambas manos a la cara— …vale —murmuré—. Vale, vale, vale.
Me dejé caer sentada sobre una caja olvidada en el callejón, con la cola colgando por un lateral, balanceándola despacio, como si así pudiera sacudirme los nervios acumulados. El suelo estaba frío, áspero, y aquello me ancló un poco a la realidad. Estábamos fuera. No había focos. No había gente-pez elegantes juzgando mi existencia. No había un hombre-estrella de mar riéndose como si acabara de descubrir el humor.
— Acabamos de sobrevivir a eso —añadí, en voz más alta, como si necesitara oírlo, más para mí que para el pelirrojo—. Eso ha pasado de verdad —mentalizándome de lo que acabábamos de vivir.
Miré el cielo que apenas se veía entre edificios. Me entró la risa. No una risa limpia, sino esa risa nerviosa que te sale cuando el cuerpo se da cuenta de que ya no está en peligro… y se enfada contigo por haberlo sometido a ello—. He contado chistes sobre peces. A peces —me tapé la boca con una mano, como si hubiese blasfemado a diestro y siniestro—. ¡Ya ni recuerdo qué dije exactamente!
Giré un poco la cabeza, todavía sonriendo, todavía con esa adrenalina que se negaba a bajar del todo—. El de la forma de estrella… —dije—. Ese tío nos ha salvado la vida. Se rió demasiado. Nadie confía en alguien que se ríe así. Es antinatural. Distrajo a todo el mundo. ¿Lo habrán contratado los de este sitio?
Me incorporé un poco más, estirando los hombros, como si ahora el cuerpo reclamara todo el movimiento que le había negado en el escenario. Miré mis manos. Seguían temblando apenas. Hice un gesto a Owen, indicando que empezásemos a andar, más para alejarnos de aquel lugar que por andar en sí mismo, aunque también lo necesitaba para liberar todo el nervio acumulado.
— Aunque reconozco que cuando ese pez dejó de comer para ofenderse… —chasqueé la lengua— …pensé: “hasta aquí hemos llegado”. No me lo esperaba.
Me quedé en silencio unos segundos. El murmullo del local seguía ahí dentro, pero ya no nos pertenecía. Ya no éramos el centro. Éramos una anécdota que se diluía rápido, como casi todo en Whiskey Peak. Solté el aire despacio—. No vuelvo a hacer ventriloquía en mi vida —pausa—. O fingir. Al menos la responsabilidad queda en tus manos. ¡Yo solo soy un muñeco! Aunque creo que esa no es la palabra que buscas. Soy una tontatta, como la salsa de atún y anchoas —que buen momento para hablar de comida con peces.
Me levanté de la caja de un salto corto y me sacudí el polvo de la ropa, esta vez sí para andar… Caminé un par de pasos, me detuve, y miré el callejón vacío, asegurándome de que nadie nos seguía—. Creo que no nos persiguen —dije, más tranquila—. O si lo hacen, han decidido que no merecemos el esfuerzo.
Me encogí de hombros, exagerando el gesto.
— Lo cual, honestamente, es un halago, visto lo visto, o escuchado lo escuchado… ¿Y sabes qué es lo peor? —añadí, tras pensarlo un segundo—. Que me he divertido —ladeé la cabeza, abandonando la sonrisa que había aparecido en mi rostro, sabiendo que tenía que revelar información de la cual no me sentía orgullosa— …creo que me buscaban porque hace unas estaciones, cuando aún no viajaba con Gwen… fui parte de un circo. La gran McDonna… No era la mejor contando chistes pero sí era un ser exótico que atraía a muchos curiosos. Ventajas y desventajas de ser tontatta.
Lo admití en voz baja, casi con culpa, de esas que pesan y que vas a arrastrar durante un tiempo en tu cabeza, con remordimiento—. Horriblemente. Terriblemente —sonreí con pesar y alivio a la vez, si es que eso puede ser—. No quería. Pero ha pasado. Eso sí —añadí haciendo una pausa dramática para Owen, de esas que no pasan desapercibidas—. La próxima vez que alguien diga “pagad la entrada con un espectáculo”… —alcé un dedo en dirección al pelirrojo— …yo elijo el guion, ¿sí?
Por fin fuera del callejón, más tranquila, con ese andar ligero que me sale cuando el peligro ya quedó atrás pero la historia aún pesa dulce en el pecho. Los pelos de la cola habían dejado de estar crispados, en alerta; ahora mostraban una forma más relajada—. Venga, vámonos bien lejos —murmuré antes de hacer una broma nueva—. Antes de que a alguien se le ocurra pedirnos un bis.
Así que hice lo único que sabía hacer bien. Seguí adelante. Cada carcajada del hombre-estrella de mar era un salvavidas lanzado desde el fondo del océano. Lo veía con el rabillo del ojo, golpeando la mesa, riéndose sin contención, y pensé: bien. Si uno ríe así, los demás tienen que reaccionar. Aunque sea para abuchear u ofenderse. Y aun así, cada vez que un chiste caía mal… lo sentía.
Yo seguía moviéndome, exagerando gestos, jugando con el ritmo, con el absurdo, con la provocación medida… pero por dentro ya estaba calculando salidas. Puerta metálica. Callejón. Giro rápido. No mirar atrás. Cuando llegó el último chiste y el silencio se partió de esa forma tan fea, ni risa, ni expectación, sino ofensa pura, lo supe. No lo pensé. No fue miedo. Fue instinto. Esto ya no iba de hacer reír. Iba de irnos enteros.
Y ahí decidimos que el espectáculo había terminado. El aire del callejón me golpeó la cara como una bofetada bendita. Aire. Durante un segundo me quedé quieta, respirando hondo, con las manos aún rígidas. Tenía las mejillas calientes, no sabía si por el foco, la vergüenza o el hecho de haber estado a cinco segundos de convertirme en aperitivo marino con risas de fondo.
Parpadeé. Una vez. Dos. Y entonces me llevé ambas manos a la cara— …vale —murmuré—. Vale, vale, vale.
Me dejé caer sentada sobre una caja olvidada en el callejón, con la cola colgando por un lateral, balanceándola despacio, como si así pudiera sacudirme los nervios acumulados. El suelo estaba frío, áspero, y aquello me ancló un poco a la realidad. Estábamos fuera. No había focos. No había gente-pez elegantes juzgando mi existencia. No había un hombre-estrella de mar riéndose como si acabara de descubrir el humor.
— Acabamos de sobrevivir a eso —añadí, en voz más alta, como si necesitara oírlo, más para mí que para el pelirrojo—. Eso ha pasado de verdad —mentalizándome de lo que acabábamos de vivir.
Miré el cielo que apenas se veía entre edificios. Me entró la risa. No una risa limpia, sino esa risa nerviosa que te sale cuando el cuerpo se da cuenta de que ya no está en peligro… y se enfada contigo por haberlo sometido a ello—. He contado chistes sobre peces. A peces —me tapé la boca con una mano, como si hubiese blasfemado a diestro y siniestro—. ¡Ya ni recuerdo qué dije exactamente!
Giré un poco la cabeza, todavía sonriendo, todavía con esa adrenalina que se negaba a bajar del todo—. El de la forma de estrella… —dije—. Ese tío nos ha salvado la vida. Se rió demasiado. Nadie confía en alguien que se ríe así. Es antinatural. Distrajo a todo el mundo. ¿Lo habrán contratado los de este sitio?
Me incorporé un poco más, estirando los hombros, como si ahora el cuerpo reclamara todo el movimiento que le había negado en el escenario. Miré mis manos. Seguían temblando apenas. Hice un gesto a Owen, indicando que empezásemos a andar, más para alejarnos de aquel lugar que por andar en sí mismo, aunque también lo necesitaba para liberar todo el nervio acumulado.
— Aunque reconozco que cuando ese pez dejó de comer para ofenderse… —chasqueé la lengua— …pensé: “hasta aquí hemos llegado”. No me lo esperaba.
Me quedé en silencio unos segundos. El murmullo del local seguía ahí dentro, pero ya no nos pertenecía. Ya no éramos el centro. Éramos una anécdota que se diluía rápido, como casi todo en Whiskey Peak. Solté el aire despacio—. No vuelvo a hacer ventriloquía en mi vida —pausa—. O fingir. Al menos la responsabilidad queda en tus manos. ¡Yo solo soy un muñeco! Aunque creo que esa no es la palabra que buscas. Soy una tontatta, como la salsa de atún y anchoas —que buen momento para hablar de comida con peces.
Me levanté de la caja de un salto corto y me sacudí el polvo de la ropa, esta vez sí para andar… Caminé un par de pasos, me detuve, y miré el callejón vacío, asegurándome de que nadie nos seguía—. Creo que no nos persiguen —dije, más tranquila—. O si lo hacen, han decidido que no merecemos el esfuerzo.
Me encogí de hombros, exagerando el gesto.
— Lo cual, honestamente, es un halago, visto lo visto, o escuchado lo escuchado… ¿Y sabes qué es lo peor? —añadí, tras pensarlo un segundo—. Que me he divertido —ladeé la cabeza, abandonando la sonrisa que había aparecido en mi rostro, sabiendo que tenía que revelar información de la cual no me sentía orgullosa— …creo que me buscaban porque hace unas estaciones, cuando aún no viajaba con Gwen… fui parte de un circo. La gran McDonna… No era la mejor contando chistes pero sí era un ser exótico que atraía a muchos curiosos. Ventajas y desventajas de ser tontatta.
Lo admití en voz baja, casi con culpa, de esas que pesan y que vas a arrastrar durante un tiempo en tu cabeza, con remordimiento—. Horriblemente. Terriblemente —sonreí con pesar y alivio a la vez, si es que eso puede ser—. No quería. Pero ha pasado. Eso sí —añadí haciendo una pausa dramática para Owen, de esas que no pasan desapercibidas—. La próxima vez que alguien diga “pagad la entrada con un espectáculo”… —alcé un dedo en dirección al pelirrojo— …yo elijo el guion, ¿sí?
Por fin fuera del callejón, más tranquila, con ese andar ligero que me sale cuando el peligro ya quedó atrás pero la historia aún pesa dulce en el pecho. Los pelos de la cola habían dejado de estar crispados, en alerta; ahora mostraban una forma más relajada—. Venga, vámonos bien lejos —murmuré antes de hacer una broma nueva—. Antes de que a alguien se le ocurra pedirnos un bis.
