19-12-2025, 02:51 PM
Durante un latido entero, el escenario quedó suspendido en una tensión extraña. La música seguía ahí, flotando como un murmullo húmedo bajo las tablas. El foco principal bañaba nuestras figuras, lo cual al menos a mí me hacía sentirme más expuesta. Es cierto que estaba en mi salsa pero lo que desde luego no esperaba era ser el centro de atención. Jamás lo había sido y jamás había pensado en serlo. Cuando único llamaba la atención, era al grito de “¡una rata!”, así que esto me había pillado totalmente desprevenida. ¡Ser el entretenimiento de gente pez! Estaba casi más tiesa que el propio Owen. De hecho es que yo tenía que permanecer tiesa; no por nada era un muñeco de ventriloquía. Al menos ese trabajo sería bastante sencillo hacerlo: quedarme quieta se me daba bastante bien, al igual que hablar.
Si alguien me hubiera dicho que acabaría sobre un escenario improvisado, sentada en la rodilla de un humano enorme, usando mi cara como atrezo mientras una audiencia entera de gente pez me evaluaba como si fuera una comida mal oliente… probablemente habría respondido que eso ya me había pasado antes, pero no en Whisky Peak. Y desde luego, no así.
Fue en ese instante exacto, tras el mal chiste del pez-ón (aunque a mí me hubiera hecho gracia) que la multitud había decidido, sin ponerse de acuerdo, que no debía escucharnos, o más bien que no merecíamos la pena. Alcé el brazo, rígido, como si fuese el de una muñeca que no puede articular, con la palma de la mano abierta. El murmullo anfibio fue apagándose como una marea obediente. Las aletas dejaron de moverse. Las mandíbulas se cerraron, a excepción de aquellos más escépticos que tan solo ladearon un poco la cabeza, sin dejar de hablar, pero intrigados. Nos observan, por fin.
Alzó despacio una mano, dos dedos extendidos, y el murmullo anfibio fue apagándose como una marea obediente. Aletas dejaron de moverse. Mandíbulas se cerraron. Incluso los más escépticos inclinaron un poco la cabeza, intrigados.
— Shhh… —susurré, sin dirigirse a nadie en concreto—. Está nervioso —alcé aún más el brazo, hacia arriba, hacia la enorme cabeza pelirroja que tenía a centímetros—. Cuando se pone nervioso… —no podía alzar el índice en su dirección, pero mis palabras dejaban claro de quién hablaba— …dice estupideces.
Noté cómo algunos se inclinaban hacia delante, cómo otros cuchicheaban usando ese lenguaje medio burbujeante que tienen cuando creen que nadie más lo entiende. Un par de anfibios de piel verdosa se miraban entre sí con gesto crítico, como si intentaran decidir si yo era parte del espectáculo… o el entrante. Hasta que una risa aislada brotó desde algún punto del graderío, lo justo para notarlo. Bien. Uno. Respiré hondo. Apoyé esa mano en la mejilla de Owen, como la caricia de alguien que consuela a otro que ha hecho el ridículo, no presioné, tan solo di dos palmadas, era mi turno de susurrarle—. Vale —dije, en voz clara, tan solo para Owen—. Antes de que nadie tire nada, quiero dejar algo claro —hice una pausa larga. Dramática. Dejé que el silencio se estirara como una cuerda a punto de romperse—. Yo hablo.
Bajé dicha mano. Joder. Había dejado el listón bastante alto con ese chiste, chiste que no había hecho ni la más remota de las gracias a nuestro público, así que ¿qué podría decir yo, que tenía menos salero que estornudar con diarrea—. No es tímido —añadí esta vez en voz alta, para nuestro público—. Es decorativo —lo cual era irónico, siendo yo el juguete decorativo aparentemente.
Algunas risas. Secas. Extrañas. Una carcajada húmeda salió de la tercera fila, de algo que parecía un pez globo con chaleco. ¿Reírme de Owen sería la estrategia que les haría felices? ¿Algún tipo de maldad extraña anidaba en esos seres? En cualquier caso, parecía que ya no querían matarnos y eso, en teoría, es bueno, ¿no?—. Yo hablo, pero no me dejes sola.
Incliné ligeramente mi cabeza de “muñeco” hacia el público y, con un cambio claro de tono, puse voz grave, torpe, exagerada, supuse que era lo que buscaban: exceso de dramatismo—. Buenas noches… —las risas fueron instantáneas. No por el saludo. Por lo mal que sonó. Por lo antinatural. Por lo evidente. Muchos miraron a Owen en vez de a mí, pensando que sería él el que estaba produciendo esa voz tan absurda—. No, no —me interrumpí a mí misma, volviendo a mi voz—. Así no. Eso suena como cuando un sapo intenta cantar ópera.
Un anfibio azul dio un golpe con la cola contra el suelo, claramente ofendido… Lo cual hizo que yo me callase en seco. Lo había hecho peor que Owen, si es que eso era posible. ¿En qué momento me había envalentonado tanto? Podría haberme quedado callada y haber pagado la entrada, o haber recibido una paliza amablemente y retirarnos, si es que se puede recibir una paliza amablemente, claro. Volví a la voz falsa—. Buenas noches, honorables habitantes acuáticos…
Un siseo colectivo. Varias cabezas se inclinaron.
— ¿Veis? —dije—. Dices “acuáticos” y ya se cree uno diplomático, catedrático.
Moví la cabeza de rígida, de un lado a otro, fingiendo torpeza, hasta acabar por fin buscando los ojos de Owen en medio de todo ese caos—. Hoy estamos aquí reunidos porque… —voz falsa— …nos dijeron que había que pagar entrada —algunos bufidos, un pez león cruzó los brazos—. Y como no tenemos dinero —seguí—, hemos decidido pagar con dignidad. Bueno —rectifiqué—. Con lo que quede de ella.
Me acomodé mejor sobre la pierna, relajada ya, sintiendo cómo la tensión inicial se transformaba en hambre de espectáculo, lo cual me parecía incluso peor. Bajé la cabeza, con cierta rigidez mostrada, aún fingiendo ser un muñeco. Miré hacia el público, aún con la misma cara de perplejidad. Al menos aún seguían pendientes de nosotros. La atención estaba ahí. Pesada. Húmeda. Expectante.
Notaba cómo el foco me calentaba la cara, cómo el sudor me bajaba por la nuca, pero yo seguía rígida, con la espalda recta y las piernas colgando, dejando que mi cuerpo hiciera ese pequeño balanceo artificial que tienen los muñecos cuando no controlan su propio centro de gravedad. Era gracioso, en realidad. Había pasado media vida fingiendo no existir… y ahora tenía que fingir que no estaba viva.
— Vale… —dije, con voz de muñeca cansada—. Vale, vale. Os veo las caras —giré la cabeza un poco hacia la izquierda. Luego hacia la derecha. El movimiento fue torpe, mecánico, casi mal hecho a propósito—. No os preocupéis. —Pausa—. Yo también estaría juzgando. Pero antes de que decidáis si nos tiráis al agua o nos cocináis con algas… —alcé un brazo rígido, señalando al público— …hagamos algo importante, aunque antes que nada, si decidís tirarnos al agua: floto.
Incliné la cabeza hacia delante, como si compartiera un secreto.
— Conozcámonos.
Un murmullo recorrió el graderío. Varias aletas se movieron. Un pez de escamas plateadas se acomodó mejor en su asiento, claramente interesado. Si yo fuese Owen, estaría aterrada. De hecho, yo misma estaba aterrada—. Porque mirad —continué—, yo soy pequeña. —me señalé—. Peluda. Con cola. Claramente masticable. Y vosotros sois… —dejé que mis ojos recorrieran la sala, lo cual impresionó a varios— …una colección fascinante de cosas que mi madre me habría dicho que no tocara. Así que vamos por partes —dije—. Por ejemplo… —giré la cabeza hacia la primera fila— …tú.
Señalé a un anfibio de piel moteada, con ojos saltones y expresión permanentemente sorprendida—. Tú tienes cara de haber salido del agua solo para descubrir que el aire también decepciona. Y tú —seguí, apuntando a una sirena de escamas rosadas—. Tú eres de las que dicen “yo no muerdo” y luego te falta media mesa.
Incliné la cabeza, orgullosa, como un muñeco que ha recibido cuerda nueva. Pero el silencio seguía ahí. Joder. Jooooder. Entonces bajé un poco la voz, hablando más para Owen que para mí misma—. Yo no opino. Soy un muñeco. Si duele, es culpa de la cuerda. Y ahora… chistes.
El murmullo subió de volumen. Había perdido su atención. ¡Oh, no! Ni Owen había llegado a tanto. Alguien gritó algo en lengua pez que no entendí, pero sonaba aterrador—. Empezamos suave —advertí a Owen—. Que hay branquias sensibles —pausa, antes de volver a alzar la voz—. ¿Sabéis por qué los peces nunca usan redes sociales?
Silencio expectante.
— Porque ya viven atrapados en corrientes… vale —pausa—. Ese era bueno en mi cabeza. En mi defensa, tengo cabeza de muñeco. No todo entra.
Silencio tenso. Un murmullo. Sentí la mirada de aquel que irrumpió en el camerino atravesando y fulminando mi nuca—. Gracias, gracias —dije, levantando una mano rígida—. Eso ha sido humor de calidad. No volverá a pasar.
Giré la cabeza bruscamente hacia el otro lado, como si algo me hubiera dado cuerda de más—. Otro. Otro rápido. ¿Qué le dice un pez a otro cuando llega tarde?
Pausa.
— “Nada, nada”.
Incluso me costó a mí misma no reírme de la tontería pero el público no reaccionaba bien. Un par de abucheos, que quise pensar que eran cariñosos—. Vale, vale —me defendí con guasa—. No todos los chistes pueden ser un pez-ón. Recordatorio amistoso: sigo flotando.
Eso provocó una carcajada colectiva inmediata. Había tocado una fibra sensible. O muy graciosa—. Hablando de eso… —añadí, bajando un poco la cabeza— …los humanos tienen muchos complejos. Especialmente con el cuerpo.
Incliné mi cara hacia el público—. Vosotros no. Vosotros sois muy seguros. Os crece una aleta rara y decís “perfecto, ahora giro mejor”. En cambio ellos —señalé con el pulgar hacia atrás, sin mirar, hacia Owen— …se miran al espejo y dicen “¿esto es normal o me voy a morir?”.
Un pez globo infló ligeramente el pecho, orgulloso, pero aún así no hubo risas—. Ahora viene uno arriesgado.
Algunos siseos expectantes. Como si hasta ahora no hubiese sido todo arriesgado—. ¿Sabéis por qué los peces nunca discuten sobre el pasado?
Silencio absoluto.
— Porque lo pasado… —pausa— …pasado por agua está.
Durante un segundo nadie reaccionó. Y entonces… una carcajada. Ruidosa. Desordenada. Imparable. Yo me quedé quieta, colgando, con la boca abierta en una sonrisa exagerada de muñeco. Vale. Igual no nos tiran al agua, tan solo por esa unidad de carcajada pero por si acaso…— ¿Eres rápido corriendo? —le susurré a Owen. No había más opciones: salir corriendo o volver a escuchar el chiste del pez-ón—. Si no, puedo llevarte a cuestas.
Si alguien me hubiera dicho que acabaría sobre un escenario improvisado, sentada en la rodilla de un humano enorme, usando mi cara como atrezo mientras una audiencia entera de gente pez me evaluaba como si fuera una comida mal oliente… probablemente habría respondido que eso ya me había pasado antes, pero no en Whisky Peak. Y desde luego, no así.
Fue en ese instante exacto, tras el mal chiste del pez-ón (aunque a mí me hubiera hecho gracia) que la multitud había decidido, sin ponerse de acuerdo, que no debía escucharnos, o más bien que no merecíamos la pena. Alcé el brazo, rígido, como si fuese el de una muñeca que no puede articular, con la palma de la mano abierta. El murmullo anfibio fue apagándose como una marea obediente. Las aletas dejaron de moverse. Las mandíbulas se cerraron, a excepción de aquellos más escépticos que tan solo ladearon un poco la cabeza, sin dejar de hablar, pero intrigados. Nos observan, por fin.
Alzó despacio una mano, dos dedos extendidos, y el murmullo anfibio fue apagándose como una marea obediente. Aletas dejaron de moverse. Mandíbulas se cerraron. Incluso los más escépticos inclinaron un poco la cabeza, intrigados.
— Shhh… —susurré, sin dirigirse a nadie en concreto—. Está nervioso —alcé aún más el brazo, hacia arriba, hacia la enorme cabeza pelirroja que tenía a centímetros—. Cuando se pone nervioso… —no podía alzar el índice en su dirección, pero mis palabras dejaban claro de quién hablaba— …dice estupideces.
Noté cómo algunos se inclinaban hacia delante, cómo otros cuchicheaban usando ese lenguaje medio burbujeante que tienen cuando creen que nadie más lo entiende. Un par de anfibios de piel verdosa se miraban entre sí con gesto crítico, como si intentaran decidir si yo era parte del espectáculo… o el entrante. Hasta que una risa aislada brotó desde algún punto del graderío, lo justo para notarlo. Bien. Uno. Respiré hondo. Apoyé esa mano en la mejilla de Owen, como la caricia de alguien que consuela a otro que ha hecho el ridículo, no presioné, tan solo di dos palmadas, era mi turno de susurrarle—. Vale —dije, en voz clara, tan solo para Owen—. Antes de que nadie tire nada, quiero dejar algo claro —hice una pausa larga. Dramática. Dejé que el silencio se estirara como una cuerda a punto de romperse—. Yo hablo.
Bajé dicha mano. Joder. Había dejado el listón bastante alto con ese chiste, chiste que no había hecho ni la más remota de las gracias a nuestro público, así que ¿qué podría decir yo, que tenía menos salero que estornudar con diarrea—. No es tímido —añadí esta vez en voz alta, para nuestro público—. Es decorativo —lo cual era irónico, siendo yo el juguete decorativo aparentemente.
Algunas risas. Secas. Extrañas. Una carcajada húmeda salió de la tercera fila, de algo que parecía un pez globo con chaleco. ¿Reírme de Owen sería la estrategia que les haría felices? ¿Algún tipo de maldad extraña anidaba en esos seres? En cualquier caso, parecía que ya no querían matarnos y eso, en teoría, es bueno, ¿no?—. Yo hablo, pero no me dejes sola.
Incliné ligeramente mi cabeza de “muñeco” hacia el público y, con un cambio claro de tono, puse voz grave, torpe, exagerada, supuse que era lo que buscaban: exceso de dramatismo—. Buenas noches… —las risas fueron instantáneas. No por el saludo. Por lo mal que sonó. Por lo antinatural. Por lo evidente. Muchos miraron a Owen en vez de a mí, pensando que sería él el que estaba produciendo esa voz tan absurda—. No, no —me interrumpí a mí misma, volviendo a mi voz—. Así no. Eso suena como cuando un sapo intenta cantar ópera.
Un anfibio azul dio un golpe con la cola contra el suelo, claramente ofendido… Lo cual hizo que yo me callase en seco. Lo había hecho peor que Owen, si es que eso era posible. ¿En qué momento me había envalentonado tanto? Podría haberme quedado callada y haber pagado la entrada, o haber recibido una paliza amablemente y retirarnos, si es que se puede recibir una paliza amablemente, claro. Volví a la voz falsa—. Buenas noches, honorables habitantes acuáticos…
Un siseo colectivo. Varias cabezas se inclinaron.
— ¿Veis? —dije—. Dices “acuáticos” y ya se cree uno diplomático, catedrático.
Moví la cabeza de rígida, de un lado a otro, fingiendo torpeza, hasta acabar por fin buscando los ojos de Owen en medio de todo ese caos—. Hoy estamos aquí reunidos porque… —voz falsa— …nos dijeron que había que pagar entrada —algunos bufidos, un pez león cruzó los brazos—. Y como no tenemos dinero —seguí—, hemos decidido pagar con dignidad. Bueno —rectifiqué—. Con lo que quede de ella.
Me acomodé mejor sobre la pierna, relajada ya, sintiendo cómo la tensión inicial se transformaba en hambre de espectáculo, lo cual me parecía incluso peor. Bajé la cabeza, con cierta rigidez mostrada, aún fingiendo ser un muñeco. Miré hacia el público, aún con la misma cara de perplejidad. Al menos aún seguían pendientes de nosotros. La atención estaba ahí. Pesada. Húmeda. Expectante.
Notaba cómo el foco me calentaba la cara, cómo el sudor me bajaba por la nuca, pero yo seguía rígida, con la espalda recta y las piernas colgando, dejando que mi cuerpo hiciera ese pequeño balanceo artificial que tienen los muñecos cuando no controlan su propio centro de gravedad. Era gracioso, en realidad. Había pasado media vida fingiendo no existir… y ahora tenía que fingir que no estaba viva.
— Vale… —dije, con voz de muñeca cansada—. Vale, vale. Os veo las caras —giré la cabeza un poco hacia la izquierda. Luego hacia la derecha. El movimiento fue torpe, mecánico, casi mal hecho a propósito—. No os preocupéis. —Pausa—. Yo también estaría juzgando. Pero antes de que decidáis si nos tiráis al agua o nos cocináis con algas… —alcé un brazo rígido, señalando al público— …hagamos algo importante, aunque antes que nada, si decidís tirarnos al agua: floto.
Incliné la cabeza hacia delante, como si compartiera un secreto.
— Conozcámonos.
Un murmullo recorrió el graderío. Varias aletas se movieron. Un pez de escamas plateadas se acomodó mejor en su asiento, claramente interesado. Si yo fuese Owen, estaría aterrada. De hecho, yo misma estaba aterrada—. Porque mirad —continué—, yo soy pequeña. —me señalé—. Peluda. Con cola. Claramente masticable. Y vosotros sois… —dejé que mis ojos recorrieran la sala, lo cual impresionó a varios— …una colección fascinante de cosas que mi madre me habría dicho que no tocara. Así que vamos por partes —dije—. Por ejemplo… —giré la cabeza hacia la primera fila— …tú.
Señalé a un anfibio de piel moteada, con ojos saltones y expresión permanentemente sorprendida—. Tú tienes cara de haber salido del agua solo para descubrir que el aire también decepciona. Y tú —seguí, apuntando a una sirena de escamas rosadas—. Tú eres de las que dicen “yo no muerdo” y luego te falta media mesa.
Incliné la cabeza, orgullosa, como un muñeco que ha recibido cuerda nueva. Pero el silencio seguía ahí. Joder. Jooooder. Entonces bajé un poco la voz, hablando más para Owen que para mí misma—. Yo no opino. Soy un muñeco. Si duele, es culpa de la cuerda. Y ahora… chistes.
El murmullo subió de volumen. Había perdido su atención. ¡Oh, no! Ni Owen había llegado a tanto. Alguien gritó algo en lengua pez que no entendí, pero sonaba aterrador—. Empezamos suave —advertí a Owen—. Que hay branquias sensibles —pausa, antes de volver a alzar la voz—. ¿Sabéis por qué los peces nunca usan redes sociales?
Silencio expectante.
— Porque ya viven atrapados en corrientes… vale —pausa—. Ese era bueno en mi cabeza. En mi defensa, tengo cabeza de muñeco. No todo entra.
Silencio tenso. Un murmullo. Sentí la mirada de aquel que irrumpió en el camerino atravesando y fulminando mi nuca—. Gracias, gracias —dije, levantando una mano rígida—. Eso ha sido humor de calidad. No volverá a pasar.
Giré la cabeza bruscamente hacia el otro lado, como si algo me hubiera dado cuerda de más—. Otro. Otro rápido. ¿Qué le dice un pez a otro cuando llega tarde?
Pausa.
— “Nada, nada”.
Incluso me costó a mí misma no reírme de la tontería pero el público no reaccionaba bien. Un par de abucheos, que quise pensar que eran cariñosos—. Vale, vale —me defendí con guasa—. No todos los chistes pueden ser un pez-ón. Recordatorio amistoso: sigo flotando.
Eso provocó una carcajada colectiva inmediata. Había tocado una fibra sensible. O muy graciosa—. Hablando de eso… —añadí, bajando un poco la cabeza— …los humanos tienen muchos complejos. Especialmente con el cuerpo.
Incliné mi cara hacia el público—. Vosotros no. Vosotros sois muy seguros. Os crece una aleta rara y decís “perfecto, ahora giro mejor”. En cambio ellos —señalé con el pulgar hacia atrás, sin mirar, hacia Owen— …se miran al espejo y dicen “¿esto es normal o me voy a morir?”.
Un pez globo infló ligeramente el pecho, orgulloso, pero aún así no hubo risas—. Ahora viene uno arriesgado.
Algunos siseos expectantes. Como si hasta ahora no hubiese sido todo arriesgado—. ¿Sabéis por qué los peces nunca discuten sobre el pasado?
Silencio absoluto.
— Porque lo pasado… —pausa— …pasado por agua está.
Durante un segundo nadie reaccionó. Y entonces… una carcajada. Ruidosa. Desordenada. Imparable. Yo me quedé quieta, colgando, con la boca abierta en una sonrisa exagerada de muñeco. Vale. Igual no nos tiran al agua, tan solo por esa unidad de carcajada pero por si acaso…— ¿Eres rápido corriendo? —le susurré a Owen. No había más opciones: salir corriendo o volver a escuchar el chiste del pez-ón—. Si no, puedo llevarte a cuestas.
