Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#5
Respiré.

No fue un gesto heroico ni místico. Fue ese respiro torpe que una da cuando el mundo decide convertirse en una comedia física mal coreografiada y vos quedás en el centro, sin libreto y con público armado. El aire me entró a los pulmones como si también dudara de quedarse, y cuando salió lo hizo con resignación elegante.

El suelo todavía vibraba bajo mis pies. No fuerte, no épico: vibraba como vibra una mesa vieja cuando alguien se apoya mal, anunciando que algo va a romperse pero sin especificar qué. Las hojas seguían temblando, los pájaros habían firmado un pacto de silencio y los marcialistas —esos muñecos de feria con músculos y cero imaginación— retrocedían de a medio paso, todos al mismo tiempo, como si alguien hubiera gritado ¡acción! y nadie quisiera admitir que no había ensayado.

Yo no me moví porque... honestamente, no tenía a dónde ir sin que pareciera una mala decisión.

El viejo pelado —montaña con complejo de dios— terminó de flexionar las rodillas y quedó ahí, suspendido en un segundo grotescamente largo. El sudor le bajaba por la cabeza lisa y brillante, reflejando la luz como una luna malintencionada. Sus músculos estaban tensos, no en pose estética, sino en esa tensión fea, funcional, de algo que existe solo para avanzar y romper.

Los otros lo miraban con devoción. Con miedo. Con esa mezcla incómoda que tienen los cultos cuando el líder decide improvisar.

Yo, en cambio, miré al desnudo.

El Hermoso, como lo había bautizado, seguía ahí.
Desnudo, claro. Sonriente, también.
Pero ahora había algo nuevo: una especie de foco encendido detrás de los ojos rojos, como si alguien hubiera bajado una palanca equivocada en su cabeza y el modo delirio productivo acabara de activarse.

Rezaba, nada menos.
Porque claro ¿Por qué no?

Mientras él mascullaba plegarias con la convicción de quien no sabe bien a quién le habla pero espera que alguien esté escuchando, yo aproveché ese interludio absurdo —ese segundo de calma previa al desastre— para hacer lo único sensato que sabía hacer en situaciones así: observar y ajustar.

Los marcialistas murmuraban entre ellos. Uno tragó saliva tan fuerte que lo escuché. Otro dio un paso atrás y pisó mal, cayéndose de culo con una dignidad inexistente. Un tercero intentó adoptar postura defensiva sacando una navaja de vaya a saber dónde, pero se quedó a mitad de camino, como si no recordara cuál seguía después.

El viejo los ignoró.

Toda su atención estaba puesta en el Hermoso.

No en mí.
Y eso, por obviedad, me tranquilizó.

Porque cuando un monstruo deja de mirarte para fijarse en otro monstruo, vos dejás de ser el problema inmediato y pasás a ser parte del decorado. Y yo, cuando quiero, soy una excelente decoración.

Deslicé un paso lateral. Apenas. Lo justo para no quedar alineada entre ambos. No huí. Simplemente… me corrí del centro, como quien entiende de escenarios aunque no actúe.

— Ey… — murmuré, sin elevar la voz, más para el universo que para alguien en particular — Tranquilos. No hace falta… esto. Si nos organizamos... cabemos todos en el puesto de onigiris.

Nadie me escuchó al parecer. Yo cumplí en hacer prevalecer la paz y razón ante la irracionalidad.

El Hermoso terminó su rezo con una risa que no pertenecía a ningún manual de comportamiento social aceptable. Giró el cuello. Luego el cuerpo. Crujió. Sonó mal. Sonó como algo que no debería girar tanto, pero que lo hace igual porque no le importa.

Cuando habló, yo ya sabía que el viejo iba a explotar.

No porque lo provocara de una manera "poco protocolar" —aunque lo hizo— sino porque el anciano era de esos seres que no toleran el ridículo. Y el Hermoso, sin proponérselo, acababa de convertirlo en un chiste cósmico.

El insulto fue infantil.
La risa, desbordada.
La energía… desastrosamente contagiosa.

El Hermoso me miró por encima del hombro y me guiñó el ojo.

Suspiré.

— Ay… — pensé — Claro. Encima carismático.

No respondí al gesto. No sonreí. No lo celebré. Le sostuve la mirada apenas un segundo y luego la desvié, como diciendo sin palabras: no es por ahí, precioso. Si entendía, bien. Si no, al menos yo no estaba empujando nada.

El viejo pelado no gritó.

Eso fue lo peor.

Simplemente inhaló.

Pero no fue una respiración normal: fue una absorción. El aire del claro pareció retroceder hacia su pecho, como si el mundo hubiese decidido colaborar. Las hojas se arrastraron por el suelo, la tierra crujió hacia adentro, y por un segundo juré que hasta mis alas tironearon solas, como queriendo plegarse ante la gravedad malhumorada de ese cuerpo.

Los músculos de sus brazos se inflaron de manera grotesca, casi antinatural, como si alguien los estuviera bombeando desde adentro con un fuelle invisible. Las venas se marcaron, retorcidas, exageradas, dibujando mapas que no llevaban a ningún lugar civilizado.

Dio un paso.

Solo uno.

Y ese paso sonó como un gong desafinado.

El suelo se partió en una línea torpe, nada elegante, más propia de una patada mal calculada que de una técnica legendaria. Pero aun así… funcionó. La onda se propagó con retraso, como si la realidad necesitara un segundo extra para aceptar lo que estaba pasando.

Los marcialistas salieron despedidos en direcciones distintas, como si alguien hubiera arrojado un puñado de muñecos de trapo desde una mesa. Dos chocaron entre sí con un ¡ploc! indigno. Uno perdió el arma, que giró por el aire describiendo una parábola perfecta… para caer de punta en el barro, inútil. Otro quedó clavado en el lugar, temblando, fascinado, como espectador de circo pobre.

El viejo avanzó entonces.

No corrió.

Se deslizó hacia adelante con una mezcla imposible de pesadez y velocidad, como una avalancha que hubiera tomado clases de ballet en una academia de dudosa reputación. Sus pies apenas tocaban el suelo, pero cada contacto dejaba un cráter exagerado, completamente innecesario.

Los brazos se abrieron, no en guardia, sino en una bienvenida grotesca, teatral, como si estuviera a punto de abrazar a alguien con intenciones homicidas. El torso se inclinó hacia adelante y todo su peso —físico, simbólico, histórico y probablemente traumático— se alineó en una sola dirección.

En línea recta.

Hacia mi Hermoso.

Yo aproveché.

No para intervenir.
No para alentar.
Sino para existir inteligentemente.

Me moví hacia atrás, bordeando una roca, manteniendo siempre a ambos en el campo visual. Mis alas —que hasta entonces habían estado tensas, recogidas— se acomodaron apenas, no para volar, sino para equilibrar. No quería llamar la atención todavía más de lo que ya lo había hecho. No quería parecer una amenaza. No quería ser nada que justificara un golpe.

Yo me detuve por completo.

No grité.
No corrí.
No animé.

Me quedé quieta, con el corazón golpeando como tambor fuera de ritmo.

Pensé, fugazmente, que si sobrevivíamos a esto iba a necesitar una bebida. O cinco. Pensé que esta isla tenía serios problemas de gestión emocional. Pensé que, si alguien escribía esta historia, nadie la iba a creer.

Y mientras el viejo pelado se lanzaba al ataque con la violencia imparable de una avalancha con complejo de maestro, mientras el Hermoso se plantaba con esa sonrisa rota y esa locura encendida, yo hice lo único que podía hacer sin traicionarme:

Me preparé para no estorbar.

Para no caer.

Para seguir viva.

El impacto estaba a punto de ocurrir.
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RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - por Asherah Bel-Nadin - 17-12-2025, 11:31 AM

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