10-12-2025, 01:24 PM
El sol estaba cayendo sobre Whiskey Peak como cada día, al menos desde que llegamos a la isla después de aquel terrible desastre en los Cabos Gemelos, derramando su color sobre toda la arena dorada que hacía que la isla brillara como si estuviera ardiendo por dentro. Yo caminaba calle arriba como cada día, por uno de esos caminos estrechos (aunque para mí era como una amplia vía) que sube en zig-zag, recogiendo mi famoso mechón rebelde detrás de la oreja mientras observaba a la gente demasiado sonriente. Demasiado amable todo. Ya había visto lugares así: cuando todo el mundo se muestra encantador, es que alguien quiere algo o que alguien esconde algo.
No lleva ni diez minutos allí cuando lo noté. Pasos que no coinciden con los míos. Cambio de ritmo cuando yo cambio de calle. Una vigilancia torpe, pero vigilancia al fin y al cabo. No acelero pero no me vuelvo. Doblo la calle hacia un callejón lateral y ella me meto, como quien se equivoca de camino.
Y ahí aparecen. ¿Quién? No lo sé. Uno me corta el paso por delante, un tipo alto, piel quemada por el sol, pañuelo azul en la cabeza. Otro por detrás. Ni disimulan. Ni falta que les hace. Suspiro muy hondo, como quien está cansada del mundo entero. Pongo las manos en las rodillas un segundo, aparentando resignación, inclinándome ligeramente. El del pañuelo se acerca, creyéndose con la partida ganada. Levanto la mirada despacio, como si quisiera verle bien la cara… y cuando él ya está demasiado cerca agazaparse sobre mí, le meto un puñetazo en la rodilla que le corta la respiración de golpe. El hombre cae de rodillas, con un bufido. El segundo empieza a avanzar, más cabreado que listo.
Las salidas del callejón están bloqueadas, no hay escapatoria rápida. La situación se complica justo cuando Alana alzo la vista hacia la calle principal buscando una opción mejor… y me quedo quieta porque reconozco un rostro, al salir de Samba, en la torre, con Gwen.
Él está ahí, ajeno quizá a que estoy en una situación incómoda con un matón acercándose por detrás. No grito. No lo llamo. No intento arrastrarlo a la escena. Solo sonrío hacia él, ladeando un poco la cabeza con descaro, mientras el otro matón sigue acercándose.
— Vaya forma de de recibir a la gente de fuera, ¡y más aún: ¿qué formas son estas de tratar a una dama? —dije con un tono ligero, como si todo fuese un mal chiste y no un problema real. El tipo que venía por detrás no tuvo ni tiempo de contestar. Di un paso al lado, apoyé la mano en la pared para impulsarme y le enganché la cola con un barrido rápido. Cayó de espaldas contra el suelo duro, soltando un gruñido que ni su madre habría entendido. El otro, el del pañuelo azul que aún se estaba recomponiendo del rodillazo, apenas tuvo ocasión de levantarse antes de que le pusiera la planta del pie en el pecho y lo empujara hacia atrás.
— Ya, ya, que tengo prisa, no me hagáis perder más tiempo —bufé, sacudiéndome la falda como si solo me hubiera rozado el polvo del camino.
Los dos se quedaron inmóviles durante un segundo, mirándose entre ellos, hasta que mi mirada se deslizó hacia la figura que estaba al final del callejón. De todas las personas que podría encontrarme en Whiskey Peak, él no estaba en la lista… pero la vida tenía ese humor retorcido que siempre me perseguía, como si quisiera recordarme que el Cabaret nunca apaga sus luces. Le dediqué una sonrisa pequeña, ladeando un poco la cabeza.
Aprovechando la confusión de aquellos dos, me deslicé hacia la calle principal. ¿Se acordaría de mí? Salté sobre mi hombro con total confianza. Mejor llevarme un manotazo de alguien a quien yo he asustado, a tener que rendir cuentas con alguien que no sabe tratar a una dama de inicio—. Owen… cuánto tiempo. ¿Te acuerdas de mí? —Mi voz sonó suave, casi divertida, como si no acabara de dejar a dos idiotas en el suelo.
Ellos, al ver hacia dónde miraba, se encogieron como perros mojados. Retrocedieron de inmediato, llevándose de golpe toda la chulería con la que habían entrado. Yo solo levanté una ceja, disfrutando el cambio de actitud pero me centré en mi nuevo compañero.
— No sabía que tú también siguieras en un sitio como este —añadí, si es que no me había mandado volando con total confianza—. ¿Gwendolyn también está por aquí?
No lleva ni diez minutos allí cuando lo noté. Pasos que no coinciden con los míos. Cambio de ritmo cuando yo cambio de calle. Una vigilancia torpe, pero vigilancia al fin y al cabo. No acelero pero no me vuelvo. Doblo la calle hacia un callejón lateral y ella me meto, como quien se equivoca de camino.
Y ahí aparecen. ¿Quién? No lo sé. Uno me corta el paso por delante, un tipo alto, piel quemada por el sol, pañuelo azul en la cabeza. Otro por detrás. Ni disimulan. Ni falta que les hace. Suspiro muy hondo, como quien está cansada del mundo entero. Pongo las manos en las rodillas un segundo, aparentando resignación, inclinándome ligeramente. El del pañuelo se acerca, creyéndose con la partida ganada. Levanto la mirada despacio, como si quisiera verle bien la cara… y cuando él ya está demasiado cerca agazaparse sobre mí, le meto un puñetazo en la rodilla que le corta la respiración de golpe. El hombre cae de rodillas, con un bufido. El segundo empieza a avanzar, más cabreado que listo.
Las salidas del callejón están bloqueadas, no hay escapatoria rápida. La situación se complica justo cuando Alana alzo la vista hacia la calle principal buscando una opción mejor… y me quedo quieta porque reconozco un rostro, al salir de Samba, en la torre, con Gwen.
Él está ahí, ajeno quizá a que estoy en una situación incómoda con un matón acercándose por detrás. No grito. No lo llamo. No intento arrastrarlo a la escena. Solo sonrío hacia él, ladeando un poco la cabeza con descaro, mientras el otro matón sigue acercándose.
— Vaya forma de de recibir a la gente de fuera, ¡y más aún: ¿qué formas son estas de tratar a una dama? —dije con un tono ligero, como si todo fuese un mal chiste y no un problema real. El tipo que venía por detrás no tuvo ni tiempo de contestar. Di un paso al lado, apoyé la mano en la pared para impulsarme y le enganché la cola con un barrido rápido. Cayó de espaldas contra el suelo duro, soltando un gruñido que ni su madre habría entendido. El otro, el del pañuelo azul que aún se estaba recomponiendo del rodillazo, apenas tuvo ocasión de levantarse antes de que le pusiera la planta del pie en el pecho y lo empujara hacia atrás.
— Ya, ya, que tengo prisa, no me hagáis perder más tiempo —bufé, sacudiéndome la falda como si solo me hubiera rozado el polvo del camino.
Los dos se quedaron inmóviles durante un segundo, mirándose entre ellos, hasta que mi mirada se deslizó hacia la figura que estaba al final del callejón. De todas las personas que podría encontrarme en Whiskey Peak, él no estaba en la lista… pero la vida tenía ese humor retorcido que siempre me perseguía, como si quisiera recordarme que el Cabaret nunca apaga sus luces. Le dediqué una sonrisa pequeña, ladeando un poco la cabeza.
Aprovechando la confusión de aquellos dos, me deslicé hacia la calle principal. ¿Se acordaría de mí? Salté sobre mi hombro con total confianza. Mejor llevarme un manotazo de alguien a quien yo he asustado, a tener que rendir cuentas con alguien que no sabe tratar a una dama de inicio—. Owen… cuánto tiempo. ¿Te acuerdas de mí? —Mi voz sonó suave, casi divertida, como si no acabara de dejar a dos idiotas en el suelo.
Ellos, al ver hacia dónde miraba, se encogieron como perros mojados. Retrocedieron de inmediato, llevándose de golpe toda la chulería con la que habían entrado. Yo solo levanté una ceja, disfrutando el cambio de actitud pero me centré en mi nuevo compañero.
— No sabía que tú también siguieras en un sitio como este —añadí, si es que no me había mandado volando con total confianza—. ¿Gwendolyn también está por aquí?
