05-12-2025, 04:59 AM
Inicios de Otoño, año 16
El amanecer en la Isla de Karate tiene algo de exagerado, como si el sol saliera posando para una foto. Yo estaba ahí, a la par de ese reflejo narcisista, estirando las piernas arriba de un muelle medio desvencijado que olía a arroz fermentado y brisa salada. Había llegado hacía un par de semanas, con la excusa de “ponerme mansa y funcional”, pero en realidad era puro capricho estético. Mi viejo hubiese querido que entrenara esgrima celestial o alguna pavada elegante, pero yo elegí transpirar en un lugar donde la gente se toma muy en serio el patearse entre sí.
¿Peleo? No. Ni en pedo. Mis manos sirven para levantar copas, o acariciar violencia emocional, pero no para quebrar nudillos contra otra persona. Sin embargo, me gusta mantener el cuerpito: tonificado, firme, lindo de ver. Y estos loquitos de la isla entrenan levantando bolsas de arroz por la ladera como si fueran pesas vivientes. Yo, con mi corazón caprichoso, dije “¿por qué no?”.
Esa mañana pintaba tranquila. Clima templado, brisa amable, un par de pájaros con nombre japonés cantando boludeces. Me acerqué a un grupo de practicantes que siempre me adoptaban como mascota exótica, porque era la extranjera celestial que se mueve con elegancia pero sin intención asesina.
— Hoy hacemos rutina de fuerza, ¿sí? — dijo un tipo flaquito con pañuelo naranja en la cabeza.
— Mientras no me hagan correr colina arriba otra vez, todo bien — le respondí, apoyando mis manos en la cintura.
— Es subir, no correr — aclaró otro, serio, como si la semántica hiciera menos duro el asunto.
— No me chamuyés, maestro Roshi low cost — le devolví con una sonrisa.
Me hicieron levantar bolsas, empujar carritos llenos de arroz —porque aparentemente eso te “templa el alma”— y practicar respiración. Yo, con dignidad celestial, ponele, transpiraba igual que cualquiera, pero con cara de "esto lo elegí porque soy divina".
Después, vino la parte graciosa. Los pibes empezaron a teatralizar estilos. Un flaco alto, con rulos y mirada psicótica, gritó:
—¡Estilo del Ganso Resbaloso!
Y se tiró al piso, deslizándose como si tuviera jabón en las rodillas.
Otro lo imitó:
—¡Dragón del Arroz Exótico!
Y terminó haciendo un giro tan ridículo que casi se desnuca.
Yo me crucé de brazos, contenida para no morirme de risa.
— Ustedes están completamente del bocho — comenté mientras me acomodaba la tiara y mis pulseras resonaban.
— ¡Tu también, ven y prueba!
— No, mi amor, yo soy un espectáculo solo cuando quiero. Es todo un tema... — espeté sonriendo y estirando la tela de mi musculosa que con tanto sudor se me había arruchado como acordeón bajo los pechos.
El humor de la isla era eso: absurdo, teatral, encantador. Gente que usa su cuerpo para cosas insólitas, gente que se toma el entrenamiento como ritual religioso, pero con tintes de circo. Me hacía bien. Me sacaba un poco del melodrama aristocrático que arrastro desde que nací.
Estábamos así, jodiendo, cuando empezó a aparecer un murmullo desde la ladera. Primero fueron los pasos: pesados, seguros, con ese ritmo de alguien que no camina, sino que impone. Después, un silencio raro, incómodo. Como si el viento se hubiera tragado la risa.
Un viejo —o algo que parecía un viejo— apareció entre los arrozales. Pelado, enorme casi tanto como mi altura, con torso desnudo y piel curtida como cuero viejo. Sus ojos eran dos puntitos negros, chiquitos, pero cargados de una soberbia que te podría taladrar el alma. Caminaba lento, pero con esa presencia que dice: “soy una mala noticia con piernas”.
Los flacos que antes estaban haciendo estilos ridículos, ahora se quedaron duros, tragando saliva.
— Ese es… — empezó uno.
— Shhh — le cortó otro — No digas el nombre.
Ay, por favor. Ya estaban en modo película.
El tipo se acercó, olfateó el aire y me miró. No a ellos. A mí.
Genial.
Justo hoy, que tenía el cabello perfecto y no estaba mentalmente preparada para garcharme el alma contra ningún psicópata marcialista.
— Tú — dijo, señalándome con un dedo grueso como un trozo de madera.
— ¿Yo? — respondí con una sonrisa diplomática, de esas que uso cuando la aristocracia de mi educación quiere salvarme el pellejo.
— Sí. La que no pelea. La que se entrena para… verse linda.
La frase me cayó como piedra. No por ofensiva, sino porque era… exacta.
Lo miré con calma. Siempre con calma.
— ¿Y cuál es el drama?
— Que existes acá sin honor — gruñó — Y hoy, alguien sin honor, va a caer.
Hubo un murmullo nervioso. Uno de los pibes intentó interponerse, pero el viejo lo corrió con un movimiento mínimo, sin violencia física de momento, pero con esa contundencia de quien sabe que tampoco necesita golpear para imponer miedo.
Mi corazón no latía rápido. Yo no soy una guerrera, pero no soy TAN cobarde. Lo que me movió fue otra cosa: curiosidad ¿Qué veía en mí? ¿Por qué yo?
— Mirá, capo — dije — yo no peleo. No soy parte de esa movida. Vine a entrenar porque me gusta el cuerpo y me gusta cuidarlo. Si querés probarte, buscate a alguien que esté en tu rubro.
Él sonrió. Una sonrisa horrible, desdentada, como de animal cavernícola.
— No vine a probarme. Vine a triturar.
Dio un paso hacia adelante. Un paso y el suelo vibró. Literalmente vibró.
Los otros retrocedieron. Uno me susurró:
— Corre. No vales la pena para él.
Y mi sangre ardió. No porque quisiera pelear, sino porque odio que me definan sin conocerme.
El viejo me miró, como evaluando si correría o lloraría. Yo no hice ninguna... todavía.
Solté un suspiro, cansada, casi decepcionada de que el universo fuera tan repetitivo con el dramatismo.
— ¿En serio querés pelear con alguien que no pelea? — pregunté — ¿Eso no te hace… medio triste?
Él ladeó la cabeza.
— Te vas a arrodillar.
— Solo si es para algo divertido — le sonreí.
El murmullo colectivo fue inmediato. Mezcla de nervios y sorpresa. Algunos se rieron nerviosamente.
El viejo no.
Él tensó musculatura. Preparado para atacar.
Fue ahí cuando lo sentí: ese cambio en el aire, ese clima que pasa de “chiste” a “peligro real”.
La isla, de repente, dejó de ser un escenario adorable y pasó a ser un tablero de supervivencia.
Yo no tenía técnica, ni intención, ni posibilidad. Y lo sabía.
Y justo ahí, cuando la amenaza se volvió real, cuando entendí que él iba a saltar, que iba a arrancarme algo —quizás un diente, quizás un hueso— pensé algo tan banal como inevitable:
“¿Por qué mierda vine a esta isla? Ah, cierto: el culo. Siempre el culo.”
Off
