03-12-2025, 02:23 PM
Ayudar a Dong, quedarme hasta que abrió los ojos después de aquella operación, ver cómo respiraba… ese había sido el momento en que sentí que la hebra que me ataba al Cabaret se rompió pues después de aquello, cuando todo se calmó, cuando comprobé por mi propia mano que Gwen estaba viva, que Eros seguía siendo él mismo, torpe y dulce y sobreviviente… algo en mí simplemente dijo "basta". Ya no era mi hogar. Lo había sido por un tiempo, pero cada vez me sentía más espectadora que parte, y eso en el Cabaret no podía ser. Nada malo, nada dramático, no había odio. Solo… había caminos que ya no eran el mío. Me preocupaban el resto, por supuesto: Varo, Rosse, Mercedes… Probablemente no descansaría bien hasta que supiese qué había sido de todos ellos.
En cambio, Mano Vacía había sido otra cosa. No sé si fue Dong, o la calma que había detrás de su sugerencia mientras aún volábamos, o el modo en que todos a su jodida manera peculiar se habían abierto un hueco donde cupiese alguien como yo, un hueco no necesariamente grande, todo hay que decirlo, pero para mí eso es suficiente.
Estaba guardando mis cosas, que en mi caso eran media manta doblada, un par de frascos, vendas y un par de herramientas quirúrgicas que me había empeñado en no perder aunque hubiéramos salido ardiendo del barco si hacía falta. Cuando escuché mi nombre, me sobresalté un poco, porque Kayseira, desde mi altura, tenía esa voz que sonaba entre cansada y peligrosa. Como si fuese capaz de sonreír o de arrancarte la cabeza dependiendo de la respuesta.
— ¿Mm? Sí, claro —respondí, sacudiéndome el polvo de las manos. La vi bajar con aquella elegancia rara suya y sentarse en el suelo, como si fuera ella la pequeña y no yo. Ladeé la cabeza, curiosa. Cuando empezó a hablar, intuí que estaba nerviosa. Los humanos grandes creen que lo disimulan bien, pero desde mi altura se les ve todo: los dedos inquietos, la respiración más corta, el movimiento de los hombros.
Quise hablar pero me callé, porque había usado la palabra “mierda”, y eso significaba que se venía confesión emocional. Y vaya si se vino. Cuando retiró la tela, sentí que algo me golpeaba en el pecho. Era precioso. No bonito, no útil, no simpático. Pre-ci-o-so. Una casita entera, con más detalles de los que mi vista podía abarcar. Y había pensado en mí. No en el tamaño, sino en mí.
Me quedé muda. Absolutamente muda.
Me acerqué despacio, dejando que mi mano, de mi tamaño, pequeña, casi insignificante al lado de la casa, tocase la madera con delicadeza. Tragué saliva, porque de pronto la emoción me subió hasta los ojos y, a ver, una puede ser pequeña, pero no frágil. Al menos no quería parecerlo.
— Kay… —murmuré, y mi voz salió chiquitita incluso para mí—. Esto es… es demasiado. En serio. No… no tenías por qué…
Respiré hondo, levanté la mirada hacia ella y casi tuve que empinarme para que me viera bien. Abandoné lo que para algunos podía ser una maqueta y di un par de pasos hacia ella—. Gracias. De verdad. No sabes cuánto significa para mí —añadí, y se me escapó una sonrisa pequeñísima—. Y si querías cruzar alguna palabra pues mira, esto es incluso mejor.
Me puse en jarritas, por pura costumbre tontatta—. Lo único que te advierto es que… ahora tienes una responsabilidad enorme —dije, señalándola con dramatismo cómico—. Si me haces una casa así de bonita, tienes que aguantarme encima del barco por mucho tiempo. Ya no te libras, lo siento mucho —y me reí sola—. ¡Ah! Y tendrás que hacerme un tour por la casa, ¿no?
En cambio, Mano Vacía había sido otra cosa. No sé si fue Dong, o la calma que había detrás de su sugerencia mientras aún volábamos, o el modo en que todos a su jodida manera peculiar se habían abierto un hueco donde cupiese alguien como yo, un hueco no necesariamente grande, todo hay que decirlo, pero para mí eso es suficiente.
Estaba guardando mis cosas, que en mi caso eran media manta doblada, un par de frascos, vendas y un par de herramientas quirúrgicas que me había empeñado en no perder aunque hubiéramos salido ardiendo del barco si hacía falta. Cuando escuché mi nombre, me sobresalté un poco, porque Kayseira, desde mi altura, tenía esa voz que sonaba entre cansada y peligrosa. Como si fuese capaz de sonreír o de arrancarte la cabeza dependiendo de la respuesta.
— ¿Mm? Sí, claro —respondí, sacudiéndome el polvo de las manos. La vi bajar con aquella elegancia rara suya y sentarse en el suelo, como si fuera ella la pequeña y no yo. Ladeé la cabeza, curiosa. Cuando empezó a hablar, intuí que estaba nerviosa. Los humanos grandes creen que lo disimulan bien, pero desde mi altura se les ve todo: los dedos inquietos, la respiración más corta, el movimiento de los hombros.
Quise hablar pero me callé, porque había usado la palabra “mierda”, y eso significaba que se venía confesión emocional. Y vaya si se vino. Cuando retiró la tela, sentí que algo me golpeaba en el pecho. Era precioso. No bonito, no útil, no simpático. Pre-ci-o-so. Una casita entera, con más detalles de los que mi vista podía abarcar. Y había pensado en mí. No en el tamaño, sino en mí.
Me quedé muda. Absolutamente muda.
Me acerqué despacio, dejando que mi mano, de mi tamaño, pequeña, casi insignificante al lado de la casa, tocase la madera con delicadeza. Tragué saliva, porque de pronto la emoción me subió hasta los ojos y, a ver, una puede ser pequeña, pero no frágil. Al menos no quería parecerlo.
— Kay… —murmuré, y mi voz salió chiquitita incluso para mí—. Esto es… es demasiado. En serio. No… no tenías por qué…
Respiré hondo, levanté la mirada hacia ella y casi tuve que empinarme para que me viera bien. Abandoné lo que para algunos podía ser una maqueta y di un par de pasos hacia ella—. Gracias. De verdad. No sabes cuánto significa para mí —añadí, y se me escapó una sonrisa pequeñísima—. Y si querías cruzar alguna palabra pues mira, esto es incluso mejor.
Me puse en jarritas, por pura costumbre tontatta—. Lo único que te advierto es que… ahora tienes una responsabilidad enorme —dije, señalándola con dramatismo cómico—. Si me haces una casa así de bonita, tienes que aguantarme encima del barco por mucho tiempo. Ya no te libras, lo siento mucho —y me reí sola—. ¡Ah! Y tendrás que hacerme un tour por la casa, ¿no?
