07-11-2025, 03:16 PM
¿Qué es lo que ha hecho que Jerome Caonabo acabe en este lugar? Tal vez el destino lo ha conducido hasta aquí. Quizás la violencia de la isla lo ha atraído como un imán. Puede que su propia sed de sangre sea la responsable de que se encuentre en esta situación. Lo único que es cierto es que su presencia no pasa desapercibida y eso, a nuestro protagonista, le gusta.
Frente a la base militar, el mink no tiene miedo alguno, al contrario, está decidido a entrar. Busca la forma de acceder. ¿Preguntar amablemente? ¿Infiltrarse en sigilo? No, Jerome está hecho de otra pasta. Cuando ve la inmensidad del muro, lo toma como un desafío personal. Decidido, escala la pared clavando sus garras en la roca. Cuando llega arriba y observa la hilera de zarzas y cuchillas afiladas, no duda. Lo que para cualquiera es una herramienta disuasoria, para el peleador es una muestra más de entereza y resistencia. Un camino hacia el dolor. Y nada fortalece más que el dolor en la carne.
Cruza. Se entrelaza sin miedo por el metal afilado que se clava y desgarra las extremidades de Jerome. La sangre brota de las heridas y los cortes, pero él siente un placer que solo los más fuertes pueden llegar a experimentar. Con una leve acrobacia final, llega al otro lado y se deja caer. No rapela ni se ayuda de sus garras para caer con suavidad, no. Se lanza contra el suelo, pero no como un loco, sino como un cazador. No es casualidad que bajo sus pies entrenan dos jóvenes reclutas que son aplastados bajo el peso del musculoso Caonabo.
Te has colado, puedes ver el interior. Un terreno amplio que cuenta con carrera de obstáculos, cuadrilátero de tierra para pelear y diferentes dianas para pruebas balísticas. Decenas y decenas de soldados obedecen órdenes de un joven aunque imponente instructor, que se alza en una plataforma central de unos cinco metros de alto. Él, que es el primero en verte, carraspea. -Tchh. ¿Pero qué tenemos aquí?- y escupe hacia un lado. No le hace falta dar ningún aviso. Tu risa y tus palabras alertan a todos los presentes. Muchos se sorprenden y se asustan. Otros se encabronan con tu prepotencia y viendo como maltratas a sus compañeros. Las consecuencias de tus actos no tardan en aparecer. -¡Pelotón 17, rodead y reducid al intruso!- grita el mandamás mientras te señala, sonriente y chulesco.
Los soldados más cercanos a tí, dejan sus funciones para enfocarse en detenerte. Un total de 20 hombres, preparados para la batalla. Unos armados con porras y machetes, otros con fusiles y arañas de fuego, alguno desarmado que va a puño limpio. Pero todos con la intención de castigarte por lo que has hecho. Estás rodeado contra la pared del muro que acabas de escalar. No hay escapatoria. Todos se detienen a cuatro metros de distancia de tu posición, dibujando un semicírculo a tu alrededor. El más adelantado de los militares, te habla directamente. -De rodillas y sin movimientos bruscos. Es tu última oportunidad.- sus palabras son imperativas, pero se nota un temblor en su voz. Miedo. Miedo que hueles y sientes en cada uno de aquellos que prometen detenerte. Pero han cometido un error. Ellos creen que tienen la situación bajo control y te vas a rendir, pero tan solo te han abierto una ventana de oportunidad para deshacerte de ellos.
Ahora o nunca. Rendirse o pelear. La elección está en tus manos. ¿Decidirás someterte ante la adversidad y encontrar otra forma de escapar?¿O seguirás tus instintos violentos y barreras con cualquiera que ose pararte? Solo Jerome Caonabo es dueño de su propio destino.
Frente a la base militar, el mink no tiene miedo alguno, al contrario, está decidido a entrar. Busca la forma de acceder. ¿Preguntar amablemente? ¿Infiltrarse en sigilo? No, Jerome está hecho de otra pasta. Cuando ve la inmensidad del muro, lo toma como un desafío personal. Decidido, escala la pared clavando sus garras en la roca. Cuando llega arriba y observa la hilera de zarzas y cuchillas afiladas, no duda. Lo que para cualquiera es una herramienta disuasoria, para el peleador es una muestra más de entereza y resistencia. Un camino hacia el dolor. Y nada fortalece más que el dolor en la carne.
Cruza. Se entrelaza sin miedo por el metal afilado que se clava y desgarra las extremidades de Jerome. La sangre brota de las heridas y los cortes, pero él siente un placer que solo los más fuertes pueden llegar a experimentar. Con una leve acrobacia final, llega al otro lado y se deja caer. No rapela ni se ayuda de sus garras para caer con suavidad, no. Se lanza contra el suelo, pero no como un loco, sino como un cazador. No es casualidad que bajo sus pies entrenan dos jóvenes reclutas que son aplastados bajo el peso del musculoso Caonabo.
Te has colado, puedes ver el interior. Un terreno amplio que cuenta con carrera de obstáculos, cuadrilátero de tierra para pelear y diferentes dianas para pruebas balísticas. Decenas y decenas de soldados obedecen órdenes de un joven aunque imponente instructor, que se alza en una plataforma central de unos cinco metros de alto. Él, que es el primero en verte, carraspea. -Tchh. ¿Pero qué tenemos aquí?- y escupe hacia un lado. No le hace falta dar ningún aviso. Tu risa y tus palabras alertan a todos los presentes. Muchos se sorprenden y se asustan. Otros se encabronan con tu prepotencia y viendo como maltratas a sus compañeros. Las consecuencias de tus actos no tardan en aparecer. -¡Pelotón 17, rodead y reducid al intruso!- grita el mandamás mientras te señala, sonriente y chulesco.
Fry Kentucky Jr, Instructor de soldados
Los soldados más cercanos a tí, dejan sus funciones para enfocarse en detenerte. Un total de 20 hombres, preparados para la batalla. Unos armados con porras y machetes, otros con fusiles y arañas de fuego, alguno desarmado que va a puño limpio. Pero todos con la intención de castigarte por lo que has hecho. Estás rodeado contra la pared del muro que acabas de escalar. No hay escapatoria. Todos se detienen a cuatro metros de distancia de tu posición, dibujando un semicírculo a tu alrededor. El más adelantado de los militares, te habla directamente. -De rodillas y sin movimientos bruscos. Es tu última oportunidad.- sus palabras son imperativas, pero se nota un temblor en su voz. Miedo. Miedo que hueles y sientes en cada uno de aquellos que prometen detenerte. Pero han cometido un error. Ellos creen que tienen la situación bajo control y te vas a rendir, pero tan solo te han abierto una ventana de oportunidad para deshacerte de ellos.
Ahora o nunca. Rendirse o pelear. La elección está en tus manos. ¿Decidirás someterte ante la adversidad y encontrar otra forma de escapar?¿O seguirás tus instintos violentos y barreras con cualquiera que ose pararte? Solo Jerome Caonabo es dueño de su propio destino.
Datos de interés

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