[Aventura T2][Presente Absoluto] La encarnación de la violencia
#2
Para Jerome, la ciudad Pinion no era más que un parque de atracciones para niños, un sitio donde buscar con quién jugar a su manera, a golpes, a sudor, a piel contra piel. Sin embargo, algo en aquel lugar lo irritaba profundamente. No encontraba rivales, no hallaba miradas que se atrevieran a sostener la suya. Era como si toda la gente fuerte, los jóvenes con hambre de pelea, hubiesen desaparecido apenas el mink puso un pie en la ciudad. Lo notaba en el aire, en los pasos apurados, en los silencios que se formaban cuando cruzaba una esquina. Pinion se había vaciado de coraje, y para Jerome, eso era lo más cercano al aburrimiento absoluto.
 
Mientras el mink de pelaje oscuro avanzaba por las calles de Pinion, sus pasos resonaban con un ritmo despreocupado, casi perezoso, como si cada movimiento fuera una danza sin música. Buscaba algo de diversión, o quizá alguien que recordara lo que significaba tener sangre en las venas. Y entonces, por pura casualidad si es que el destino juega con casualidades, Jerome se encontró frente al Cuartel General de Nuevos Reclutas. Había escuchado rumores desde que puso pie en la ciudad, historias sobre jóvenes prometedores entrenando para volverse guerreros, soldados, algo así.
 
El edificio se alzaba con pretensiones de grandeza: muros impecables, banderas ondeando, puertas altas que parecían querer imponer respeto. Para Jerome, todo eso no era más que un decorado. Majestuoso, sí, pero vacío. Una caja bien pintada que probablemente guardaba dentro un puñado de aspirantes sin hambre real.
 
El mink sonrió. En su mente, aquel cuartel no era una institución, sino una invitación. Una puerta abierta a la posibilidad de demostrar que todos esos muchachos uniformados, disciplinados y orgullosos, no eran más que tontos jugando a ser fuertes. Y mientras ajustaba el peso de su cuerpo sobre el talón, con el sol cayéndole sobre el lomo, pensó que, tal vez, ese era el tipo de día en que el aburrimiento podía volverse interesante.
 
Del otro lado del muro se oían rugidos, gritos, golpes secos contra madera y carne; el sonido inconfundible del entrenamiento en grupo, de cuerpos intentando domarse a sí mismos. Aquello despertó algo en Jerome, una chispa breve, una curiosidad casi infantil. En la entrada, un guardia dormía con la boca entreabierta, el casco torcido sobre el rostro, completamente ajeno a la presencia del mink. Y a unas calles más abajo, un camión de aspecto militar avanzaba en línea recta, con rumbo evidente hacia el cuartel.
 
Jerome observó la escena un instante, evaluando las posibilidades. Luego simplemente sonrió. No era hombre de darle muchas vueltas a las decisiones; el impulso era su brújula. Así que sin pensarlo demasiado, apoyó una garra en la pared y comenzó a escalar. El muro tendría unos ocho metros de alto, coronado por un anillo de alambres de espino que brillaban a la luz del sol como un conjunto de dientes metálicos.
 
Sabía que dolería. Y eso lo hizo reír, el dolor, para él, no era un obstáculo, sino una confirmación, la prueba de que estaba vivo, de que su cuerpo seguía respondiendo, latiendo, rugiendo. Cada vez que una espina le rozaba la piel, cada vez que sentía cómo el metal se clavaba en el pelaje o le abría una fina línea de sangre, sentía una oleada de satisfacción. El mundo se reducía a eso: a la fricción entre carne y acero, al calor del esfuerzo, al zumbido que deja el dolor en el cerebro.
 
Cuando por fin alcanzó la cima, Jerome se detuvo un segundo, el pecho agitado y los brazos tensos, y miró el interior del cuartel desde aquella altura. Bajo él, los reclutas se movían como insectos disciplinados, siguiendo órdenes, repitiendo golpes, gritando con voces sincronizadas. Jerome dejó escapar una carcajada baja, ronca, casi un gruñido. Luego, sin buscar un punto de apoyo ni medir la caída, se dejó caer al otro lado.
 
Aterrizó con el peso de una bestia y la precisión de un cazador. Sus manos, grandes y duras como rocas vivas, se cerraron instintivamente sobre los cráneos de dos reclutas que tuvieron la mala suerte de pasar justo debajo de él. Los cuerpos de ambos chocaron contra el suelo con un estruendo seco, un golpe que levantó polvo y arrancó gritos ahogados de sorpresa y dolor. El aire se llenó del eco de ese impacto, un silencio breve, pesado, antes de que todo el entrenamiento se detuviera. Los ojos de los demás se clavaron en la figura del mink de pelaje oscuro, que se irguió despacio, con una calma inquietante.
 
Jerome se frotó el antebrazo donde el alambre de espino le había dejado una marca rojiza. Sangraba un poco, pero no parecía importarle. Dolía, sí, pero ese ardor era lo más parecido a la alegría que había sentido en días. Respiró hondo, dejando que el olor a tierra, sudor y miedo se mezclara en su nariz. Aquello era vida. El caos recién nacido de un acto impulsivo, el momento exacto en que el mundo se tensaba ante él, sin saber si reír o huir. Jerome soltó una risotada baja, gutural, que fue creciendo hasta convertirse en su ya inconfundible carcajada.
 
—Magagagagaga—retumbó su voz en el aire, rebotando contra los muros del cuartel —¡Buenos reflejos, cachorros! — Los dos reclutas bajo sus manos gemían, aturdidos, y él los soltó con una palmada que más parecía un aplauso satisfecho. Se estiró, moviendo el cuello hasta que las vértebras crujieron, y luego giró la cabeza hacia los soldados que lo observaban en formación, confundidos y tensos.
 
El mink levantó una ceja, una sonrisa peligrosa cruzándole el hocico. —¿Así entrenan a los nuevos? —dijo con tono burlón, mientras pasaba la lengua por uno de sus colmillos —Si esto es el futuro de la fuerza en esta ciudad, entonces no me extraña que todos los hombres fuertes hayan desaparecido. —Y con eso, Jerome dio un paso al frente, el polvo aún girando a su alrededor como una nube de guerra recién invocada.


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RE: [Aventura T2][Presente Absoluto] La encarnación de la violencia - por Jerome Caonabo - 05-11-2025, 09:18 PM

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