07-09-2025, 07:26 PM
El hielo no me intimida y los idiotas tampoco, he visto mares arder, cielos quebrarse, hombres caer y sin embargo aquí, en esta isla blanca, lo único que me congela la paciencia es la estupidez.
George masculló su comentario con la misma voz pastosa con la que uno arrastra las botas en la nieve, y mi ceja se arqueó sola.
—¿Cadete? —respondí, clavando los ojos en él mientras mis labios se curvaban en una sonrisa peligrosa —Llámame así otra vez y te demostraré lo que una “novata” puede hacer con dos balas y medio segundo. —
Me agaché frente al cadáver de Steven. El hedor a alcohol casi me hizo arrugar la nariz, pero lo inhalé con calma, memorizando el rastro y el pobre de Blue se removió en mi hombro, inquieto, y yo le acaricié las plumas sin apartar la mirada del cuerpo.
—Fantasma no, inteligencia, inteligencia humana y más de la que parece haber aquí, estoy segura de que Steven disparó, sí, pero no falló, el problema es que lo que enfrentó no sangra como un animal, sabe cubrirse de una forma y otra. —
George soltó su chiste barato y sentí la furia ascender por mi garganta como fuego contenido. —¿La lengua? ¿Eso te parece gracioso? —me puse de pie de golpe, avanzando un paso hacia él y tocando con dos dedos mi arma —Te diré lo que no es gracioso, culpar a un animal inocente de la crueldad de un hombre, los osos cazan para vivir, no para arrancar mandíbulas, los animales no mienten, George. Los hombres sí. —
Me volví hacia las huellas marcadas en la nieve. Me incliné y pasé la mano enguantada sobre una de ellas, midiendo su forma en silencio antes de hablar.
—Demasiado perfectas, simétricas, e incluso fabricadas, yo he seguido huellas de osos reales, y son caos en movimiento, no esta obra de artesano barato, no es un animal lo que tenemos aquí. — Cuando la duda se coló en el aire, sonreí de lado, con esa sonrisa que tanto molesta a los que creen saberlo todo.
—Exacto, contradicciones, la nieve cubrió al cadáver, pero no las huellas, qué conveniente, ¿no? Es casi como si alguien hubiera querido dejar claro un culpable para los crédulos y vaya que lo lograron. — George volvió con su cuento del oso herido, del frenesí invernal, de las necesidades de grasa para sobrevivir. Lo escuché en silencio, con la paciencia que uno le concede a un borracho que repite la misma canción por cuarta vez.
—No, George. Los animales no dejan mensajes en cadáveres, ese cuello rasgado, esa mandíbula arrancada, eso es un aviso y lo entiendas o no, alguien lo ha dejado claro, guarda silencio o acaba como Steven. —
Me enderecé y, sin darme cuenta, extendí un instante las alas negras que me nacen de la espalda. El gesto fue instintivo, un recordatorio de quién soy y de dónde vengo, no soy un pedazo de carne congelado esperando órdenes, soy la mejor tiradora de la Marina, y no lo digo para que me crean, lo digo porque es un hecho.
—Puedes organizar tu cacería de osos, beberte tu petaca y contar tu versión a los demás — le dije, girándome con desdén hacia él — Yo no voy a perder ni un segundo culpando a una bestia inocente, si hay un asesino disfrazado en este hielo, lo voy a encontrar y cuando lo tenga en la mira, no va a haber tormenta ni trampa que lo salve de mis balas. —
Blue graznó fuerte en mi hombro, como si aprobara mis palabras y le acaricié suavemente el cuello y avancé unos pasos lejos de los dos marines, dejando que mis botas crujieran sobre la nieve helada.
—Vamos, compañero — le susurré al guacamayo, lo bastante alto para que George también me oyera y cualquier otro marine que quisiera ir conmigo y no buscar un pobre oso que no tiene culpa de nada — Los fantasmas no dejan sangre, pero siempre dejan huellas y yo nunca olvido una. —
George masculló su comentario con la misma voz pastosa con la que uno arrastra las botas en la nieve, y mi ceja se arqueó sola.
—¿Cadete? —respondí, clavando los ojos en él mientras mis labios se curvaban en una sonrisa peligrosa —Llámame así otra vez y te demostraré lo que una “novata” puede hacer con dos balas y medio segundo. —
Me agaché frente al cadáver de Steven. El hedor a alcohol casi me hizo arrugar la nariz, pero lo inhalé con calma, memorizando el rastro y el pobre de Blue se removió en mi hombro, inquieto, y yo le acaricié las plumas sin apartar la mirada del cuerpo.
—Fantasma no, inteligencia, inteligencia humana y más de la que parece haber aquí, estoy segura de que Steven disparó, sí, pero no falló, el problema es que lo que enfrentó no sangra como un animal, sabe cubrirse de una forma y otra. —
George soltó su chiste barato y sentí la furia ascender por mi garganta como fuego contenido. —¿La lengua? ¿Eso te parece gracioso? —me puse de pie de golpe, avanzando un paso hacia él y tocando con dos dedos mi arma —Te diré lo que no es gracioso, culpar a un animal inocente de la crueldad de un hombre, los osos cazan para vivir, no para arrancar mandíbulas, los animales no mienten, George. Los hombres sí. —
Me volví hacia las huellas marcadas en la nieve. Me incliné y pasé la mano enguantada sobre una de ellas, midiendo su forma en silencio antes de hablar.
—Demasiado perfectas, simétricas, e incluso fabricadas, yo he seguido huellas de osos reales, y son caos en movimiento, no esta obra de artesano barato, no es un animal lo que tenemos aquí. — Cuando la duda se coló en el aire, sonreí de lado, con esa sonrisa que tanto molesta a los que creen saberlo todo.
—Exacto, contradicciones, la nieve cubrió al cadáver, pero no las huellas, qué conveniente, ¿no? Es casi como si alguien hubiera querido dejar claro un culpable para los crédulos y vaya que lo lograron. — George volvió con su cuento del oso herido, del frenesí invernal, de las necesidades de grasa para sobrevivir. Lo escuché en silencio, con la paciencia que uno le concede a un borracho que repite la misma canción por cuarta vez.
—No, George. Los animales no dejan mensajes en cadáveres, ese cuello rasgado, esa mandíbula arrancada, eso es un aviso y lo entiendas o no, alguien lo ha dejado claro, guarda silencio o acaba como Steven. —
Me enderecé y, sin darme cuenta, extendí un instante las alas negras que me nacen de la espalda. El gesto fue instintivo, un recordatorio de quién soy y de dónde vengo, no soy un pedazo de carne congelado esperando órdenes, soy la mejor tiradora de la Marina, y no lo digo para que me crean, lo digo porque es un hecho.
—Puedes organizar tu cacería de osos, beberte tu petaca y contar tu versión a los demás — le dije, girándome con desdén hacia él — Yo no voy a perder ni un segundo culpando a una bestia inocente, si hay un asesino disfrazado en este hielo, lo voy a encontrar y cuando lo tenga en la mira, no va a haber tormenta ni trampa que lo salve de mis balas. —
Blue graznó fuerte en mi hombro, como si aprobara mis palabras y le acaricié suavemente el cuello y avancé unos pasos lejos de los dos marines, dejando que mis botas crujieran sobre la nieve helada.
—Vamos, compañero — le susurré al guacamayo, lo bastante alto para que George también me oyera y cualquier otro marine que quisiera ir conmigo y no buscar un pobre oso que no tiene culpa de nada — Los fantasmas no dejan sangre, pero siempre dejan huellas y yo nunca olvido una. —
