22-05-2025, 01:19 AM
(Última modificación: 22-05-2025, 01:35 AM por Caelum Drift.
Razón: Titulo
)
Facilitadores.
La rubia me habló y no le respondí. No porque no supiera explicar, sino porque no lo sabía. No sabía cómo ese viejo se estaba invitando. A veces, el silencio es más preciso que cualquier información a medias, que cualquier palabra de amor mentirosa. Esto fue de las primeras cosas que aprendí en la Marina; no hablar, jamás lo hacía.
Me quedé estático, devorando al viejo con mis ojos, esperando algo más absurdo, algo de un claro desequilibrio mental. No giré hacia Jean cuando ella me susurró la cuestión, con su tono cómplice.
Solo mis ojos, tras la máscara, miraron a mi compañera, como una antigua costumbre de soledad.
Y allí moví mi cabeza con un gesto sutil, una negativa casi imperceptible. Parecía más un suspiro que un movimiento.No. Eso dijo mi cabeza, sin peso en mi respuesta pero cargada de dudas. Casi como una advertencia para Jean; ese viejo no debía estar allí con nosotros.
Pero el viejo, con la intención aparente de aclarar, extendió su mano y me entregó un papel.
En el papel estaba el sello de la Marina, y lo invitaban a ayudarnos con la plaga. A ayudarlo nsotros a el para ser preciso.
Un fragmento del informe decía.
-Hip, hip, hip… ¡Mirá lo que dice! Y dije… ¡mirá lo que dice!
Volvió a irrumpir el viejo con su particular voz, mientras buscaba algo en su bolsillo. Una antigua llave de bronce se asomo entre sus dedos. Miró la llave como si llevara años sin uso, y trató de ajustar el sentido para que ingresara con más facilidad en la cerradura la beso y la introdujo. Dio una vuelta y media, sonrió, y exclamó una carcajada irreal gritando a todo trapo.
-¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡ABIERTO POR FIN! ¡Y HE DICHO ABIERTO POR FIN!
Se acercó a la rubia antes de entrar y, con la voz arrastrada y el equilibrio destrozado, le dijo.
-Aunque sea un breve espacio, necesitamos unas cosas de aquí antes de partir… Y digo, necesitamos unas cosas de aquí antes de partir.
Seguía repitiendo cada frase, como si su propia alma estuviera desordenada, fragmentada. Entró buscando algo exacto, tambaleándose por el piso de baldosas. Aunque su andar era descuidado, se movía por los estantes y lugares de la tienda en penumbras como si fueran una extensión de su propia visión. Iba y venía, sin apuro, sin hablar, eligiendo algunas cosas y otras no. En un momento dejó la máscara y la mochila en un rincón, y tomó una pala de pozo. Pareciera que le debiéramos tiempo, ya que se sentó en una silla a reflexionar.
Yo, tratando de romper el encanto que me tenía aquella tienda llena de artilugios y lo que parecían pócimas en estantes, le entregué el papel del viejo a Jean con un movimiento brusco, marcando la importancia de leerlo. Había otra puerta tras un gigante mostrador de madera, con un timbre de mano, un cuaderno de páginas amarillas y macetas que en algún momento albergaron plantas o flores. La abrió y se encerró allí como si no quisiera que lo viéramos.
Un portazo, y tras ello sonidos, no violentos, sino urgentes, de búsqueda. Metódico. No le importaba nada más entonces. Para él, éramos simples facilitadores, como decía la nota de los superiores.
No fue acto divino estar allí . Estaba todo orquestado. No ofrecí ayuda. Me quedé esperando órdenes de mi compañera. No seguiría a ningún civil, solo si su vida dependiera de ello podría ofrecerle algo de mi para el. Mi respiración era tranquila, disimulada por la máscara. Pero mis ojos, detrás de las lentes oscuras, no dejaban de moverse, atentos a las sombras, a los sonidos, a los huecos que la escena dejaba abiertos.
Cortó el umbral en dos. Volvió a cerrar la puerta de la tienda. Besó la llave como si se tratase de un ritual que no se repite con frecuencia. Me dio una mochila verde que cargue en mi espalda y dejándonos atrás, nos dijo.
-Nos vamos… Y he dicho nos vamos. Soy Manolo y he dicho soy Manolo.
Bebe un sorbo grueso de su bebida como si se tratara de un fuerte alcohol. Imposta gestos como si su garguero haya sido quemado por la bebida y disfruta el trago como un catador de wiski.
La rubia me habló y no le respondí. No porque no supiera explicar, sino porque no lo sabía. No sabía cómo ese viejo se estaba invitando. A veces, el silencio es más preciso que cualquier información a medias, que cualquier palabra de amor mentirosa. Esto fue de las primeras cosas que aprendí en la Marina; no hablar, jamás lo hacía.
Me quedé estático, devorando al viejo con mis ojos, esperando algo más absurdo, algo de un claro desequilibrio mental. No giré hacia Jean cuando ella me susurró la cuestión, con su tono cómplice.
Solo mis ojos, tras la máscara, miraron a mi compañera, como una antigua costumbre de soledad.
Y allí moví mi cabeza con un gesto sutil, una negativa casi imperceptible. Parecía más un suspiro que un movimiento.No. Eso dijo mi cabeza, sin peso en mi respuesta pero cargada de dudas. Casi como una advertencia para Jean; ese viejo no debía estar allí con nosotros.
Pero el viejo, con la intención aparente de aclarar, extendió su mano y me entregó un papel.
En el papel estaba el sello de la Marina, y lo invitaban a ayudarnos con la plaga. A ayudarlo nsotros a el para ser preciso.
Un fragmento del informe decía.
"Sin más particulares, le encargo a mis marines la tarea exacta de reunirse con usted con el fin de facilitarle lo que necesite.
Saludo atentamente."
-Hip, hip, hip… ¡Mirá lo que dice! Y dije… ¡mirá lo que dice!
Volvió a irrumpir el viejo con su particular voz, mientras buscaba algo en su bolsillo. Una antigua llave de bronce se asomo entre sus dedos. Miró la llave como si llevara años sin uso, y trató de ajustar el sentido para que ingresara con más facilidad en la cerradura la beso y la introdujo. Dio una vuelta y media, sonrió, y exclamó una carcajada irreal gritando a todo trapo.
-¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡ABIERTO POR FIN! ¡Y HE DICHO ABIERTO POR FIN!
Se acercó a la rubia antes de entrar y, con la voz arrastrada y el equilibrio destrozado, le dijo.
-Aunque sea un breve espacio, necesitamos unas cosas de aquí antes de partir… Y digo, necesitamos unas cosas de aquí antes de partir.
Seguía repitiendo cada frase, como si su propia alma estuviera desordenada, fragmentada. Entró buscando algo exacto, tambaleándose por el piso de baldosas. Aunque su andar era descuidado, se movía por los estantes y lugares de la tienda en penumbras como si fueran una extensión de su propia visión. Iba y venía, sin apuro, sin hablar, eligiendo algunas cosas y otras no. En un momento dejó la máscara y la mochila en un rincón, y tomó una pala de pozo. Pareciera que le debiéramos tiempo, ya que se sentó en una silla a reflexionar.
Yo, tratando de romper el encanto que me tenía aquella tienda llena de artilugios y lo que parecían pócimas en estantes, le entregué el papel del viejo a Jean con un movimiento brusco, marcando la importancia de leerlo. Había otra puerta tras un gigante mostrador de madera, con un timbre de mano, un cuaderno de páginas amarillas y macetas que en algún momento albergaron plantas o flores. La abrió y se encerró allí como si no quisiera que lo viéramos.
Un portazo, y tras ello sonidos, no violentos, sino urgentes, de búsqueda. Metódico. No le importaba nada más entonces. Para él, éramos simples facilitadores, como decía la nota de los superiores.
No fue acto divino estar allí . Estaba todo orquestado. No ofrecí ayuda. Me quedé esperando órdenes de mi compañera. No seguiría a ningún civil, solo si su vida dependiera de ello podría ofrecerle algo de mi para el. Mi respiración era tranquila, disimulada por la máscara. Pero mis ojos, detrás de las lentes oscuras, no dejaban de moverse, atentos a las sombras, a los sonidos, a los huecos que la escena dejaba abiertos.
Dentro, el anciano murmuraba para sí. Palabras entrecortadas, frases que tal vez no eran para nosotros, sino para los fantasmas que lo habitaban. Movía cajas. Apartaba telas. Revisaba algo, que no supe qué era, como si buscara algo que había escondido hace mucho y ahora apenas recordara su forma. Sacó un estuche envuelto en cuero, marrón y agrietado. Una pieza que ameritaba cuidado por la delicadeza con la que la retiró. Lo levantó, lo miró y lo reconoció. Supo que era eso lo que estaba buscando. Lo ató junto a la pala y lo cargó en su espalda. Abrió la puerta y salió de la pieza en dirección a la salida de la tienda.
Cortó el umbral en dos. Volvió a cerrar la puerta de la tienda. Besó la llave como si se tratase de un ritual que no se repite con frecuencia. Me dio una mochila verde que cargue en mi espalda y dejándonos atrás, nos dijo.
-Nos vamos… Y he dicho nos vamos. Soy Manolo y he dicho soy Manolo.
Bebe un sorbo grueso de su bebida como si se tratara de un fuerte alcohol. Imposta gestos como si su garguero haya sido quemado por la bebida y disfruta el trago como un catador de wiski.
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