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[Pasado] Plaga - Caelum Drift - 17-05-2025 Dia 11 de Otoño, Año 15
La esperaNi la última playa, ni la última ola, ni el último aliento. El momento exacto en que decidí estar allí fue cuando los vi. Siluetas abandonadas y perdidas pidiendo ser rescatadas. Un pueblo hambriento de gloria y abandonado por Dios. Y aquí, un servidor, un pequeño cachorro de policía del mar jugando a ser héroe, mandado a ser héroe. La tijera de la hidalguía jamás había pasado por la tela que formaba mi uniforme. Estaba allí por hambre, por roto, por persona a la deriva que supo tender la mano pidiendo ayuda. Hoy el pueblo no estaba escandalosamente perdido, pero estaba jodido, una plaga tan letal como ignorada. Y allí estaba yo, esperando ser guiado para averiguar sobre el “pequeño” problema. Qué palabra, “pequeño”; suena diminuta, escasa de valor en el enunciado. Siempre la política tirando los intereses por la borda, soltando la mano de quien buscaba ser rescatado. Antes de releer la orden que llevaba doblada en mi bolsillo, escribí una nota. La tinta añil, sobre papel amarillo manchado, lleno de pliegues de lo que intentó ser una y otra vez una nueva figura. Ahora sería una frase para encontrar en alguien el abrigo de enunciados escritos con ganas de tender un puente, una mano. “Ningún niño nace ladrón. Ningún pueblo está condenado al exilio del abrazo fraterno, del encuentro, de la empatía. Esto no lo digo como juez, sino como poeta, como persona arrojada al mundo de la mano de la violencia, del desamor, de tormentas. Aquí me presento al costado, acompañando y nada más. Basta estar. Ningún niño nace ladrón.”
No más que cuatro palabras bastaban, pero el bolígrafo siguió escribiendo por inercia, con las ganas alocadas de dejar un mensaje para nadie, para el exacto, para el olvido. Hecho cuadrado en cuatro pliegues, el trozo de mí quedó para alguien a mi lado, mientras esperaba a ese que-se-yo para que me mostrara cómo transitar el pueblo. El destino estaba al norte, era lo único que sabía. Yo me encontraba en la gigantesca ciudad principal, fuertemente adoquinada, brutalmente llena de vidrieras que reflejaban el valor de lo hecho por el hombre. Allí parecía que nadie se enterara del lío que había más arriba, al norte. Tal vez porque en el mapa, el Pueblo Shizen era una marca, un lugar que estaba allí, pero las rutas eran invisibles, imposibles. No había información de cómo llegar. Para eso era crucial quién sería mi guía, mi “compañero”, alguien que jamás vi y que, claramente, jamás me vio. ¿Quién podría aceptar este recado con alguien tan incómodo de mirar, tan feo? Hasta los locales me condenaban, solo respetaban mi uniforme; no me veían más que eso, un servil soldado a la orden de la realeza local. Y las palabras de odio no tardaban en llegar a mis oídos, traídas por la brisa otoñal. “¿Es humano?... No quiero pasar cerca de esa bestia… Dios se apiade de su alma.” No venían ni a pedirme limosna, ni a ofrecerme bocadillos que, por cierto, abundaban vendedores con canastas llenas de un almuerzo local con aroma de tradición, de cultura. Entre los vendedores, un niño me miraba desde una esquina. Siempre gris, todo lo veía gris. Los pies del joven estaban desprotegidos, descalzos, solos sobre el terreno. Su ropa, las calles, las vidrieras, los edificios; nada en paleta de cálidos ni fríos. Sostenía su canasta con los ojos rasgados, adoloridos de tanto andar, de tanto tener que dejar de ser niño a la fuerza. Jugaba con una piedra que apenas podía mover y me miraba. Nunca dejó de mirarme. Tal vez por miedo o por compasión, nunca lo supe. Él estaba allí, estático, con el mineral entre sus piernas. Un arco reflejo a no soltar ese niño inquieto y juguetón, ese niño que a todos se nos lanza por la borda de la razón alguna vez. Me recosté contra el respaldo, un movimiento sutil pero destructor de armonía. El niño, una mujer más allá, una más acá, un hombre en la ventana; todos me miraban espantados, esperando mi siguiente movimiento. Yo, una grieta social arruinando el momento folclórico, el ritual de un pueblo que nunca dejó de andar, que estaba calmo pese a mi presencia. Con el movimiento, vi entre los huecos de mi máscara un letrero. Colgaba cansado sobre mi semblante, en una madera que parecía vieja pero resistente, lo suficiente para haber estado allí bastantes otoños. “El terror de las plagas”. La alegoría de la fealdad. O tal vez la señal que una espera por arte divino, ya que en el pueblo del norte una invasión de hormigas estaba arruinando la agricultura. Mi trabajo allí era ser presencia. Un enviado de la Marina para que, aunque solo lo pareciera, habían sido escuchados. Tal vez este lugar necesitaba un feo más de lo que parecía. Bajo mi máscara y tomando mío el momento mágico, emulé una mueca; eso que hacemos los humanos cuando algo nos da gracia.
Inventario
RE: [Pasado] Plaga - Jean D´Orlanais - 18-05-2025 Tras largas horas leyendo, corrigiendo, redactando y enviando informes, los parpados de Jean pesaban toneladas. Había pasado desde el amanecer en los despachos de administración adelantando trabajo que quedaba pendiente. Hasta ella, que realmente disfrutaba de cambiar el tercio de sus habituales labores como Marine, de índole necesariamente más física, a unas más intelectuales como era el revisar aquella documentación, tenía que admitir que al final era una tarea agotadora. El sonido del Den Den Mushi hizo vibrar la madera de la mesa, impidiendo que la joven Marine cayera sin remedio dormida presa del cansancio y del aburrimiento. Miró a aquellos y divertidos ojos saltones con una media sonrisa, con la mano izquierda sirviendo de apoyo a su cabeza, mientras de la boca del caracol salía un pequeño papel con letras negras impresas. La joven lo cogió entre los dedos cuando estuvo completo y la página descansaba completa sobre la mesa. Alzó una ceja, interesada. - Bueno, bueno, amiguito. Parece que tendremos que seguir trabajando juntos otro día. Parece que tengo cosas que hacer. - le dijo al Den Den Mushi dándole unos ligeros toquecitos en el caparazón. Tantas horas con él habían hecho que Jean le cogiera cariño al pequeño caracol, aunque no sabía hasta que punto esas pequeñas y curiosas criaturas tenían una capacidad consciente amplia o no. O si los recordaban de un día a otro. De momento, por si acaso, andaba pensando un nombre para el suyo. Salió al exterior de la base poniéndose una ligera capa azul con bordados blancos en los extremos por encima. El verano había dado paso ya a los primeros vientos otoñales y cada día refrescaba más cuando soplaba el viento. Paseando por caminos empedrados cercados por miles de hojas castañas que habían abandonado sus hogares Jean emprendió el camino hacia el centro de la ciudad. Sus ordenes eran extremadamente sencillas: Guiar a un Marine proveniente de otra isla hacía uno de los pueblos al norte de la isla. Él mismo sería el que le diera más detalles, supuso. Tampoco pensó demasiado en ello. Lo cierto era que el salir del despacho y lanzarse en los brazos de las frescas brisas otoñales era un autentico regalo. La ciudad principal del distrito se alzaba delante, un entramado de calles adoquinadas y fachadas de vidriera que reflejaban la luz con una frialdad casi indiferente. La joven Marine avanzaba entre puestos de comida y gente atareada. Sabía a quién buscaba, más o menos. El informe era escueto, pero mencionaba un uniforme poco convencional, una máscara, y una complexión difícil de pasar por alto. No parecía el tipo de persona que se confundiera fácilmente en una multitud. Y no se equivocaba. El ambiente se tensaba ligeramente al paso de una figura concreta. Las miradas se agazapaban en las esquinas, las conversaciones bajaban de volumen. Aquel debía ser su hombre. Uniforme de la Marina, mascara de gas en la cara. ¿De donde había salido alguien así? Jean se detuvo a pocos metros, sin invadir su espacio. Acomodó su capa para que su emblema de la Marina quedara visible, como presentación en señal de cortesía profesional. - Jean D’Orlanais. - se presentó con voz tranquila - He sido asignada como enlace para tu desplazamiento. Tienes que ir hacia el norte, ¿verdad? No sabía qué esperaba exactamente. Pero aquel tipo, fuera quien fuera bajo la máscara, no parecía precisamente uno más. Y el viaje prometía no ser de rutina. RE: [Pasado] Plaga - Caelum Drift - 19-05-2025 Puente. El viento traía murmullos, pequeñas palabras indescifrables, cuando escuché el hablar de pasos más cerca de lo habitual. No eran pasos quien se alejaran, eran de esos que se acercan con seguridad, con la presencia justa, exacta. No eran de vendedor, ni pasos de pueblo, ni de niño descalzo. Bajé la mirada y frente a mí vi una imponente figura femenina; los pasos ya no eran necesarios de escuchar. La decisión de su figura, recubierta del uniforme de la Marina, era la de alguien que carga el deber sin que le pese del todo. Parecía una pluma, una delicadeza en autoridad. Ella se presentó y la continué viendo el tiempo necesario, no por afecto ni enamoramiento, sino por curiosidad. La capa de bordes azules era una tela ajena para mí. Dijo su nombre como si fuera necesario. Jean. Parecía no importarle mi aspecto; no fue necesario que esquivara la mirada ni que su voz se quebrara de miedo o espanto por mi poca tradicional apariencia. Nombrarme a mí mismo en aquel momento solemne era de valientes, de héroes, de magníficos militares del mar. Yo no lo era. Doblé el papel donde tenía el recado y fui exactamente preciso para que mi nombre quedara en uno de los laterales del barco de papel que había elaborado. Me paré de golpe, a toda velocidad, como si me hubiera olvidado de que la entereza es parte del saludo entre colegas. Sin emitir palabras entonces, extendí la diestra y ofrecí la orden doblada en quince. Le ofrecí la figura con la intención de que mi nombre sea lo primero ante sus ojos. Caelum Drift. A veces, de no pronunciarlo, de no escucharlo, siento que ya no tengo nombre. La misión, si es que así se puede llamar, era sencilla. Acto de presencia en el pueblo al norte. Estaba todo escrito en el barquito de papel. La miré unos segundos tras mi máscara, estático, esperando que me diera la orden de qué hacer, cómo moverme, de qué manera debía estar a su lado. Y rompiendo la entereza, recordé las palabras del cartel: “Control de Plagas”. No hablé de inmediato. Hice que mi silencio se escuchara lo suficiente, no por duda, sino marcando mi obediencia. -Sí, al norte. Dejé escapar mi voz, que se distorsionaba al golpear con la máscara. Mantuve por un instante la mueca que nadie veía, no por gracia, sino por el absurdo de ser funcional aunque esté totalmente roto. -No tengo mapas ni nombres. Hormigas, dicen. Las plagas no siempre tienen patas. Agregué sin saber por qué lo hacía. Son de esas tantas veces en que uno dice algo sin esperar una respuesta concreta. Casi palabras que pueden ser tomadas como silencios, absurdas, sin respuestas. El niño seguía observando, pero esta vez no solo a mí, sino también a ella. Cómo alguien podía estar en presencia del monstruo durante tanto tiempo. Tal vez por su cansancio. Cuando uno está saturado, siente hermanos a los entes que lo rodean. O tal vez vio tanto por los mares que un rostro horrendo no era una razón para huir. Me giré hacia la tienda de control de plagas, no para buscar una pócima o polvo que nos ayudara con la misión, sino para romper el momento incómodo que podía generar mi presencia. Le señalé con el índice el nombre del cartel, como sugerencia, como idea, a la que suponía iba a darme la orden. A la que serviría de puente en este nuevo camino que me traían los mares, para usar la herramienta del gobierno y seguir tendiendo mi mano como alguien me la tendió a mí.
Inventario
RE: [Pasado] Plaga - Jean D´Orlanais - 19-05-2025 Una brisa de viento sopló, moviendo los extremos de la capa de Jean. El joven extendió la mano hacía la joven mientras esta se apartaba un mechón de la cara, movido por el viento. Jean dio un pequeño paso hacia él, con la duda marcada en su mano extendida y cogió el pequeño barquito de papel que le ofrecía su interlocutor. - Es muy bonito. - comentó acercándoselo para verlo mejor. Leyó que en uno de sus laterales rezaba "Caelum Drift". Vio que en otro lateral, retorcido hacia dentro, se veían más letras. Levantó la mirada hacía el marine mientras iba desdoblando los pliegues con delicadeza, como si estuviera rebobinando una historia que él ya había contado, hasta que entre sus manos hubo una pequeña nota con indicaciones concisas que confirmaban tanto su nombre como su misión en la isla. Frunció un poco el ceño, desaprobando lo escueta que era la misión de Caelum, no pudiendo evitar pensar que clase de superiores podían tener que lanzaban a sus reclutas a labores con poco más que una frase que tenía que valer tanto de instrucción como de objetivo. Inconscientemente, negó con la cabeza. Había gente así. Personas cuyas obligaciones consideraban tan importantes que no podían permitirse perder en tiempo en "nimiedades" como aquella. Era el modo en el que instituciones como la Marina se degradaban. Jean observó que los pliegues del papel no coincidían solo con los necesarios para hacer aquel barquito. Tenía más, bastantes más, de seguramente figuras anteriores. Volvió a mirar al chico, extrañada. Observó su mascara negra, que apenas dejaba adivinar sus facciones. Su uniforme de marine raso parecía absorber todo color que no fuera el gris, quedando como única exhalación de color con aquella bufanda amarilla, desgastada. Frente a él, el inmaculado traje de Jean, con su capa hondeando al viento, creaban una dicotomía que partía la calle por la mitad. Advirtió entonces que a su alrededor la gente les miraba. Los observaba con tensión, como si no supieran que estaba a punto de suceder. Era cierto que aquel chico, con la mascara de gas puesta, no daba la mayor de las confianzas. La metálica voz que salió de aquella negra mascara despertó a Jean de sus cavilaciones. Se avergonzó de inmediato de haber perdido la noción del tiempo, dejando aquellos momentos de tenso silencio entre ella y su interlocutor. - Al norte está el Pueblo Shinzen. - explicó con una sonrisa, de vuelta en sí - Es un pequeño poblado dedicado esencialmente a la ganadería y la agricultura. Te guiaré hasta él, no está lejos de aquí. Alzó la cabeza, observando el cartel que le señalaba Caelum. Si, lo cierto era que, con aquella mascara, tenía pinta de exterminador. Le miró de nuevo. - Así que una plaga de hormigas... No tengo mucha idea ni de plantas ni de bichos, pero te ayudaré en lo que pueda, ¿Tienes todo lo necesario? - preguntó acercándose a mirar al interior de la tienda. Entrecerró un poco los ojos, intentando distinguir algo entre las pequeñas ventanas que daban al interior. No sabía si Caelum había sido asignado por competencia, casualidad o castigo. Lo cierto era que aquel chico parecía más preparado para una guerra química que para una misión rural, pero si tenía que compartir camino con él, lo haría como con cualquier otro marine. RE: [Pasado] Plaga - Caelum Drift - 20-05-2025 El Exterminador. La vi abrir el barquito de papel, analizando los pliegues como si cada uno de los surcos le generara más intriga que los escritos por mis superiores. Era como una reverencia involuntaria, como si pudiera ver mis recuerdos en cada doblez y los respetara, manteniéndolos inmaculados. Ciertamente, doblaba para salvarme de lo riguroso y absurdo que puede ser una orden de la Marina. Un barquito, era más sutil, más amigable; llegaba más a mí como algo a realizar y no solo tinta impresa sobre un lienzo. La tela que la vestía bailaba con las brisas. Sus hebras rubias, exquisitas, se deslizaban hacia su rostro buscando protagonismo. El agradecimiento de ella, para mí, era más importante que el barco navegando en sus delicadas manos. Daba una calma inexplicable, una serenidad de alguien que era auténtica, que realmente estaba interesada en estar allí. El clima conspiraba con su belleza, haciendo que resaltara toda ella. Movió su cabeza de este a oeste, desaprobando algo que vaya uno a saber qué era, pero que de seguro ella vio como imprudente. No pregunté por aquella negativa, solo la miraba. Era difícil leer a alguien tan pulcro. Y cuestionarla no era una opción. Tal vez no quería ser mi compañera, y lo entendía. Era difícil ver un demonio a los ojos. Pero dijo algo más. Palabras que parecían desvanecerse, no tener valor, pero que para mí eran importantes. Ya habían pasado varios días sin que nadie me dijera nada. Ella sabía perfectamente dónde quedaba el pueblo. Sería mi lazarillo. No podía solo con los ciegos mapas que tenía, y ella parecía ser conocedora de aquellas tierras que aún eran ajenas para mí. Asentí con un único gesto, que parecía ser más una timidez que un sí. Y habló nuevamente. Estaba cargada de vida, aunque no supiera de bichos ni de plantas, la comunicación se le daba muy bien. Ella se acercó a mirar a través de la ventana de la tienda. No la detuve. La dejé. Me gustó ese gesto, como si supiera que, en el fondo, nadie mira sin buscar algo que le sea necesario. Como un movimiento estratégico. Tal vez esperaba encontrar herramientas, o respuestas, o siquiera un indicio de que yo no era tan improvisado como parecía. Me quedé a su lado buscando algo también. Era prudente que la misión fuera un éxito, y ese lugar parecía ser el ideal, puesto allí como acto divino. Pero no había nada dentro. Estaba deshabitada, en desuso, como si las cosas no tuvieran más valor que habitar estáticas el lugar. -No está a la venta, jóvenes. Y he dicho que no está a la venta. Hip, hip, hip. Una voz estragada, cansada con los años, nos invadió. Como si primero hubiera existido el sonido y luego la silueta del viejo que se nos acercó sin aviso. Yo no pude sentirlo. No lo escuché caminar, aunque cargaba unas imponentes botas de cuero. -He dicho entonces que no está a la venta. Hip, hip, hip. Repetía aquella frase. Parecía estar encantado por los toques de alguna bebida espirituosa, aunque estuviera bebiendo lo que parecía ser un refresco de cola. Su aspecto era el de un exterminador, máscara colgada en el cinto que partía en dos un mameluco azul, y en su espalda colgaba la herramienta precisa de un fumigador. -¿Los acompaño al norte? Hip, hip, hip. ¿Y he dicho que los acompaño al norte? ¿Cómo lo supo? Se tambaleaba mientras seguía repitiendo cada oración. Cada enunciado parecía que iba a terminar con el escaso equilibrio que tenía. Miré a Jean, preocupado. No por ella, sino por la informalidad de aquella eventualidad. ¿Qué deberíamos hacer?
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RE: [Pasado] Plaga - Jean D´Orlanais - 20-05-2025 No se veía nada. Ni entrecerrando los ojos, ni buscando un ángulo distinto desde las ventanas llenas de polvo y suciedad. el interior de la tienda se tornaba en una sombra densa que parecía ahogar los pocos rayos de luz que atravesaban las pequeñas ventanas. Jean se acercó un poco más al cristal, aguantando la respiración para evitar que el vaho enturbiase todavía más la precaria visual que tenía de la tienda. No se adivinaba movimiento. Únicamente una silla caída y lo que parecía una caja vacía en el suelo. Es resto permanecía inmóvil, como si aquel lugar llevase ya tiempo abandonado. Ni herramientas ni botes ni nada aparentemente útil o valioso a la vista. Varios estantes, en su día seguramente repletos de distintas mercancías, ahora solo aguantaban el peso de una gruesa capa de polvo y eventuales telarañas caprichosamente tejidas sin aparente función. Jean miró a Caelum por el rabillo del ojo. Si iba a necesitar algo, desde luego no iban a encontrarlo allí. Se alejó de la ventana, estiró su espalda y se pasó distraídamente la mano por su capa, en parte para planchar alguna posible arruga, en parte para quitarle algo de suciedad o polvo que se pudiera haber adherido. - Bueno, desde luego si vamos a necesitar algo no vamos a encontrarlo... No llegó a terminar la frase. Tras ellos, una voz brusca y quejosa los sobresalto. Jean se dio la vuelta como movida por un resorte. Instintivamente fue a llevarse la mano a la empuñadura de su espada, pero al ver que quien les hablaba era un hombre mayor la levanto, aparentando que solamente movía su capa con elegancia. - Ah... Esto... No queremos comprar la tienda, si es a lo que se refiere. Verá, somos de la Marina, venimos a... El viejo la cortó de nuevo y volvió a repetir exactamente la misma frase que antes. Jean parpadeo, confusa, no sabiendo muy bien si les estaba hablando a ellos o a las voces de su cabeza. Un anciano con un bigote cano, poco cuidado, rostro arrugado y ojos medio hundidos. Llevaba un mameluco azul, gastado, botas de apariencia pesada y una mascara muy similar a la que Caelum llevaba puesta. Volvió a hablar, esta vez mencionando que los acompañaría al norte. Jean lo miraba de hito en hito, sin saber bien como reaccionar. ¿Formaba parte de la misión? Desde luego, las ordenes que le habían dado a su ahora compañero eran tan escuetas que no sería raro que tuviera más de un enlace en la zona, pero la falta de concreción mataba el buen hacer de la rubia. Miró de reojo al Marine. No parecía sorprendido, aunque con la mascara era difícil deducir sus expresiones. Si que, a través de las lentes, se adivinaba cierta preocupación en aquellos insondables ojos plateados. Jean alzó un poco la voz. - ¡Hola! Eh... ¿Sabe lo de la plaga en Shinzen? ¿Le han mandado para ayudarnos? - preguntó en voz alta, como si supusiera que el hombre, aparte de estar borracho, también fuese medio sordo. Mientras esperaba la respuesta del anciano, discretamente dio un paso lateral, colocándose más cerca de Caelum. - Oye... - le susurró acercándose con la mano junto a los labios, en un gesto irónicamente poco discreto - ¿Tu sabes quien es este? Aquella situación estaba volviéndose algo bizarra. Divertida, pensó. Jean no pudo contener una media sonrisa.
Aclaración
RE: [Pasado] Plaga - Caelum Drift - 22-05-2025 Facilitadores. La rubia me habló y no le respondí. No porque no supiera explicar, sino porque no lo sabía. No sabía cómo ese viejo se estaba invitando. A veces, el silencio es más preciso que cualquier información a medias, que cualquier palabra de amor mentirosa. Esto fue de las primeras cosas que aprendí en la Marina; no hablar, jamás lo hacía. Me quedé estático, devorando al viejo con mis ojos, esperando algo más absurdo, algo de un claro desequilibrio mental. No giré hacia Jean cuando ella me susurró la cuestión, con su tono cómplice. Solo mis ojos, tras la máscara, miraron a mi compañera, como una antigua costumbre de soledad. Y allí moví mi cabeza con un gesto sutil, una negativa casi imperceptible. Parecía más un suspiro que un movimiento.No. Eso dijo mi cabeza, sin peso en mi respuesta pero cargada de dudas. Casi como una advertencia para Jean; ese viejo no debía estar allí con nosotros. Pero el viejo, con la intención aparente de aclarar, extendió su mano y me entregó un papel. En el papel estaba el sello de la Marina, y lo invitaban a ayudarnos con la plaga. A ayudarlo nsotros a el para ser preciso. Un fragmento del informe decía. "Sin más particulares, le encargo a mis marines la tarea exacta de reunirse con usted con el fin de facilitarle lo que necesite.
Saludo atentamente."
-Hip, hip, hip… ¡Mirá lo que dice! Y dije… ¡mirá lo que dice! Volvió a irrumpir el viejo con su particular voz, mientras buscaba algo en su bolsillo. Una antigua llave de bronce se asomo entre sus dedos. Miró la llave como si llevara años sin uso, y trató de ajustar el sentido para que ingresara con más facilidad en la cerradura la beso y la introdujo. Dio una vuelta y media, sonrió, y exclamó una carcajada irreal gritando a todo trapo. -¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡ABIERTO POR FIN! ¡Y HE DICHO ABIERTO POR FIN! Se acercó a la rubia antes de entrar y, con la voz arrastrada y el equilibrio destrozado, le dijo. -Aunque sea un breve espacio, necesitamos unas cosas de aquí antes de partir… Y digo, necesitamos unas cosas de aquí antes de partir. Seguía repitiendo cada frase, como si su propia alma estuviera desordenada, fragmentada. Entró buscando algo exacto, tambaleándose por el piso de baldosas. Aunque su andar era descuidado, se movía por los estantes y lugares de la tienda en penumbras como si fueran una extensión de su propia visión. Iba y venía, sin apuro, sin hablar, eligiendo algunas cosas y otras no. En un momento dejó la máscara y la mochila en un rincón, y tomó una pala de pozo. Pareciera que le debiéramos tiempo, ya que se sentó en una silla a reflexionar. Yo, tratando de romper el encanto que me tenía aquella tienda llena de artilugios y lo que parecían pócimas en estantes, le entregué el papel del viejo a Jean con un movimiento brusco, marcando la importancia de leerlo. Había otra puerta tras un gigante mostrador de madera, con un timbre de mano, un cuaderno de páginas amarillas y macetas que en algún momento albergaron plantas o flores. La abrió y se encerró allí como si no quisiera que lo viéramos. Un portazo, y tras ello sonidos, no violentos, sino urgentes, de búsqueda. Metódico. No le importaba nada más entonces. Para él, éramos simples facilitadores, como decía la nota de los superiores. No fue acto divino estar allí . Estaba todo orquestado. No ofrecí ayuda. Me quedé esperando órdenes de mi compañera. No seguiría a ningún civil, solo si su vida dependiera de ello podría ofrecerle algo de mi para el. Mi respiración era tranquila, disimulada por la máscara. Pero mis ojos, detrás de las lentes oscuras, no dejaban de moverse, atentos a las sombras, a los sonidos, a los huecos que la escena dejaba abiertos. Dentro, el anciano murmuraba para sí. Palabras entrecortadas, frases que tal vez no eran para nosotros, sino para los fantasmas que lo habitaban. Movía cajas. Apartaba telas. Revisaba algo, que no supe qué era, como si buscara algo que había escondido hace mucho y ahora apenas recordara su forma. Sacó un estuche envuelto en cuero, marrón y agrietado. Una pieza que ameritaba cuidado por la delicadeza con la que la retiró. Lo levantó, lo miró y lo reconoció. Supo que era eso lo que estaba buscando. Lo ató junto a la pala y lo cargó en su espalda. Abrió la puerta y salió de la pieza en dirección a la salida de la tienda.
Cortó el umbral en dos. Volvió a cerrar la puerta de la tienda. Besó la llave como si se tratase de un ritual que no se repite con frecuencia. Me dio una mochila verde que cargue en mi espalda y dejándonos atrás, nos dijo. -Nos vamos… Y he dicho nos vamos. Soy Manolo y he dicho soy Manolo. Bebe un sorbo grueso de su bebida como si se tratara de un fuerte alcohol. Imposta gestos como si su garguero haya sido quemado por la bebida y disfruta el trago como un catador de wiski.
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RE: [Pasado] Plaga - Jean D´Orlanais - 23-05-2025 Caelum seguía siendo alguien de pocas palabras, pero al menos el casi imperceptible gesto de su cabeza le indicó a Jean que no conocía a aquel viejo que, por lo tanto, era un extraño. O al menos eso parecía en un primer momento, pues el hombre, contra todo pronostico, les extendió un papel a los jóvenes reclutas. Jean se acercó a Caelum, mirando por encima de su hombro las palabras que rezaba aquella nota. Una nota oficial. Sello de la Marina, texto breve, conciso... Al parecer el anciano no iba a ayudarlos a ellos, sino al revés. - Perfecto... Le seguimos... - dijo Jean en voz baja, más para sí que para su compañero. La tienda resultó ser de aquel hombre. Con una llave algo vetusta abrió la puerta, que chirrió al moverse y los tres entraron al lugar. Olía a polvo y abandono. El viejo comenzó a moverse por el local abandonado como una sombra, con movimientos agiles y precisos. Era obvio que la conocía bien. El viejo recogió algunas cosas y se sentó en una silla, a medio camino entre la reflexión y, esperaba, la planificación de recoger todo lo necesario. Caelum le ofreció a Jean la nota para que la leyera, aunque esta ya la había cotilleado previamente. La cogió con delicadeza, le echó un nuevo rápido vistazo y la guardó en un bolsillo interior de su capa. Miró a Caelum, que seguía quieto sin decir nada y observaba los movimientos del anciano con atención. Él tampoco debía tener claro qué hacía allí. Suspirando, la joven se acercó al mostrador. Apoyó suavemente la mano sobre la madera, que crujió con un sonido hueco. El interior de la tienda tenía ese aire de espacio abandonado por la lógica. Estanterías con frascos de colores indefinibles, papeles enrollados, una pala colgada junto a una cuerda enredada, macetas vacías.... Todo parecía testigo mudo de un pasado que no quería morir. Se quedó ahí unos segundos, sin moverse. Escuchaba al viejo rebuscar tras la puerta cerrada, mientras Caelum, a su espalda, permanecía inmóvil. En ese instante, con la respiración medida, pensó en lo absurda que podía volverse la disciplina. En que nadie le había enseñado qué hacer con un loco certificado, una misión sin contexto y un compañero que parecía sacado de una pintura trágica. Un portazo seco marcó el regreso del anciano. Fue un sonido pesado pero enérgico. El hombre apareció bajo el umbral de la puerta, con un estuche envuelto en cuero atado a una pala que llevaba a la espalda y una mochila verde que le dio a Caelum nada más pasar por su lado. Parecía algo diferente. Su silueta, envejecida y descompensada, adquiría un aire de porte con aquellas herramientas encima, y parecía arrastrar consigo un impulso nacido de la propia memoria. De una labor que había ejecutado muchas veces antes y que solo él comprendía. Se dirigió a la puerta, manteniendo su hábito de duplicar las frases, como si una parte de él repitiera las cosas para asegurarse de que aun eran reales. Echó un largo trago de su bebida, que bien podía ser whisky, absenta o matarratas. Lo cierto era que disfrutó del trago como si hubiese ganado veinte años de golpe. Jean no se movió de inmediato. Desde el mostrador observó la escena y cuando el anciano, Manolo, hubo abandonado la tienda, miró a Caelum, todavía inmóvil. ¿Cuál era su tarea en aquella función? - Supongo que nuestro amigo tiene prisa. - comentó incorporándose y dirigiéndose al exterior. Con paso firme cruzó el umbral de la puerta y, caminando tras Manolo, se giró hacia Caelum. - Entonces... ¿Tienes que ayudar con la plaga? ¿O nuestra tarea es proteger a este hombre y procurar que llegar de una pieza al norte? - preguntó Jean, intentando abrir un poco la coraza de su nuevo compañero. |