25-01-2025, 12:25 AM
(Última modificación: 25-01-2025, 12:26 AM por Max D. Bambú.)
Cuando Don Bambú liberó su aura justo antes de pasar a la acción pudo apreciar cómo Kovashi se veía sumamente afectado por ella. De acuerdo con su experiencia, esto querría decir que el samurái no era poseedor de las mismas facultades que el panda, dado que cuando sufrió los efectos de aquel aura por parte de Zarutsuki y más tarde de Sohem no sintió temor en ningún momento. Sin embargo, Kovashi parecía claramente asustado, pues sus piernas flaqueaban y se meneaban como si temblasen sobre su portentoso montícubo. El miedo, sin embargo, no incapacita a las bestias. Sólo las vuelve más peligrosas e impredecibles. Tanto era así, que mientras Don Bambú asestaba golpe tras golpe sobre el área lumbar de Kovashi, éste reaccionó de una forma prácticamente demoníaca, ignorando los golpes que se le estaban propinando y pasando a la ofensiva a pesar de todo. Panda no pudo siquiera reaccionar al tajo horizontal que el peliblanco descargó en su abdomen. Al principio ni siquiera llegó a sentir el dolor. Pero el dolor llega, vaya si llega, tarde o temprano y con toda su furia. Los ojos del panda se quedaron en blanco cuando su cuerpo se dio cuenta de lo que acababa de ocurrir. Había logrado llevar a cabo sus tres ataques, sí, pero una lluvia de sangre había sido el precio a pagar por ello. Don Bambú apretó con fuerza sus dientes tratando de resistir con un mínimo de entereza la brutalidad de aquel golpe. Logró ver cómo Kovashi descendía de su trono celestial cúbico y acortaba distancias con él. Intentó alejarse dando un par de pasos hacia atrás, pero Shishui llegó más rápido de lo que Don Bambú, todavía aturdido, podía llegar a alejarse. Tanto la anodina segunda espada de Kovashi como la vaina de Shishui salieron despedidas de su mano derecha cuando un segundo tajo, tan flojo en relación con el primero que casi pareciera la picadura de un mosquito, descendió con fuerza sobre su muñeca.
Una sonrisa se dibujó en el rostro del panda mientras Kovashi desenvainaba su segunda espada y ajustaba la vaina de Shishui en su cintura. De entre sus dientes, descendiendo por el borde inferior de sus labios, un prominente hilo de sangre similar al que surgía de la frente de Kovashi goteaba sobre la tierra batida de aquel escenario de batalla campal. ¿Por qué sonreía Don Bambú? Quizás estuviera disfrutando verdaderamente del reencuentro con su amigo. Quizás fuera el fragor de la batalla lo que le hacía feliz. Pero lo cierto es que era la muerte. Había visto la muerte en aquella espada, tan afilada como la recordaba, y le daba la bienvenida con una sonrisa. Conforme Kovashi comenzaba a gritar que siguieran con aquella macabra danza mortal, Don Bambú ya había comenzado a bailar. A pesar de la ausencia del electro, su velocidad seguía siendo muy superior a lo que el samurái, en sus ciclópeas circunstancias, podía percibir. Se había dedicado a entrenar ese aspecto de su repertorio bélico dado que era en su lentitud donde Kovashi siempre le daba una paliza. Se alejó a toda velocidad hacia atrás tres metros, saliendo del rango de las espadas de su contrincante, apretó con fuerza sus puños y dobló ambos brazos hacia atrás, como si fuera a golpear hacia delante. —¡BEARQUAKE! —Sin embargo, no era el frente lo que pretendía acribillar a puñetazos. Con aquella palabra, Don Bambú comenzó a desatar el infierno sobre el suelo al tiempo que su voluntad volvía a extenderse por el campo de batalla, envolviendo inevitablemente a Kovashi y sacudiendo la tierra bajo sus pies con la brutalidad propia del panda. Era como si una docena de martillos pilones estuviera enzarzada primero con tus pies y después con la totalidad de tu cuerpo, golpeando sin parar un instante hasta que de repente se detuvo.
Y cuando se detuvo, Don Bambú ya no estaba. Si Kovashi levantaba la mirada desde el suelo (o si no había sido derribado en un principio), podría apreciar un hoyo relativamente ancho en el suelo (2x2), donde antes estaba su oponente. Si mantenía activo su haki de observación, podría quizás percibir la presencia de Don Bambú, dos metros por debajo del suelo (distancia hasta su cabeza), dirigiéndose a toda velocidad hacia los pies del peliblanco como si de un tiburón de arena se tratase, localizándole por medio de su haki de observación una vez más activo. ¿Qué estaba tramando Don Bambú?
Una sonrisa se dibujó en el rostro del panda mientras Kovashi desenvainaba su segunda espada y ajustaba la vaina de Shishui en su cintura. De entre sus dientes, descendiendo por el borde inferior de sus labios, un prominente hilo de sangre similar al que surgía de la frente de Kovashi goteaba sobre la tierra batida de aquel escenario de batalla campal. ¿Por qué sonreía Don Bambú? Quizás estuviera disfrutando verdaderamente del reencuentro con su amigo. Quizás fuera el fragor de la batalla lo que le hacía feliz. Pero lo cierto es que era la muerte. Había visto la muerte en aquella espada, tan afilada como la recordaba, y le daba la bienvenida con una sonrisa. Conforme Kovashi comenzaba a gritar que siguieran con aquella macabra danza mortal, Don Bambú ya había comenzado a bailar. A pesar de la ausencia del electro, su velocidad seguía siendo muy superior a lo que el samurái, en sus ciclópeas circunstancias, podía percibir. Se había dedicado a entrenar ese aspecto de su repertorio bélico dado que era en su lentitud donde Kovashi siempre le daba una paliza. Se alejó a toda velocidad hacia atrás tres metros, saliendo del rango de las espadas de su contrincante, apretó con fuerza sus puños y dobló ambos brazos hacia atrás, como si fuera a golpear hacia delante. —¡BEARQUAKE! —Sin embargo, no era el frente lo que pretendía acribillar a puñetazos. Con aquella palabra, Don Bambú comenzó a desatar el infierno sobre el suelo al tiempo que su voluntad volvía a extenderse por el campo de batalla, envolviendo inevitablemente a Kovashi y sacudiendo la tierra bajo sus pies con la brutalidad propia del panda. Era como si una docena de martillos pilones estuviera enzarzada primero con tus pies y después con la totalidad de tu cuerpo, golpeando sin parar un instante hasta que de repente se detuvo.
Y cuando se detuvo, Don Bambú ya no estaba. Si Kovashi levantaba la mirada desde el suelo (o si no había sido derribado en un principio), podría apreciar un hoyo relativamente ancho en el suelo (2x2), donde antes estaba su oponente. Si mantenía activo su haki de observación, podría quizás percibir la presencia de Don Bambú, dos metros por debajo del suelo (distancia hasta su cabeza), dirigiéndose a toda velocidad hacia los pies del peliblanco como si de un tiburón de arena se tratase, localizándole por medio de su haki de observación una vez más activo. ¿Qué estaba tramando Don Bambú?
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