09-01-2024, 12:54 AM
(Última modificación: 09-01-2024, 04:01 PM por Tobias Murray.)
24 de otoño, año 11.
07:42 PM. Barranca Profunda. Isla Toko.
El sol comenzaba a esconderse tras el perfil que dibujaba el mar en el horizonte, la imagen era demasiado bella para ser descrita con palabras, pero lo intentaré. El tono rojizo de la luz bañaba la escarpada pared, destacando el romo perfil de las rocas, y a su vez creaba un velo destellante del mismo color sobre la superficie del mar, las nubes danzaban con la brisa vestidas de granate y violeta. Tobías estaba sentado al borde del acantilado, orientado hacia el oeste, observando el vuelo de las gaviotas y su peculiar estilo de pesca. Se acababa de encender uno de sus cigarros mientras contemplaba la despedida del astro y recordaba las aventuras vividas en aquella isla del Grand Line. El encuentro con Sage, la divertida partida de Mus, la peliaguda pelea con Viktor, el peculiar reencuentro con Joe, los exquisitos desayunos de Aurora, la tímida incorporación de Ariel, el accidente del carro que había atendido junto a Tenma, la liberación de la mina junto a sus compañeros... Muchas vivencias en un mismo lugar, el cual pronto abandonarían, o no. El joven barba naranja estaba nostálgico, esa isla le había resultado muy familiar desde el día en que desembarcaron en ella, y durante los cuatro meses que llevaban por allí, todavía le había cogido más cariño pese al abrasador clima y la hostilidad del terreno. Sus gentes eran muy agradables y cercanas, los locales acogedores a más no poder y encima no había superpoblación, todo lo contrario, poca gente, pero encantadora. A Tobías no le iban las masificaciones, era un buen lugar donde jubilarse, si algún día llegara esa fecha.
Quedaban pocos minutos de luz directa y el cigarro ya estaba a punto de convertirse en una colilla. Se había llevado unas hojas de papel, la pluma de Nekah y un botecito con tinta por si le visitaba la inspiración poder diseñar algo nuevo, pero nada. Tenía en mente un arma nueva, un rifle con tambor como cargador (imitando al de un revolver pero con doce huecos para las balas) y un apoyo extensible por si tenía que hacer un disparo de larga distancia ganar estabilidad, pero le quería dar alguna vuelta más, solo tenía un diseño bastante simple que debía detallar con más profundidad. También una, cada vez más digna, lista de mejoras para el barco y detalles personales para cada uno de sus hermanos y hermanas. El velero nuevo era una pasada, tenía tanto potencial que abrumaba un poco al carpintero, no sabía por donde empezar. Tendría que organizar un poco su trabajo, tantas aventuras le habían privado de tiempo para ello. Se levantó con intención de volver al barco, pues la cena debía de estar casi a punto y tenía muchas ganas de comenzar a redactar la hoja de ruta para la implementación de mejoras en su barco. La organización del proyecto era clave para no dejarse nada, prever los posibles gazapos y administrar mejor los recursos para tenerlos a tiempo y no malgastarlos.
Apenas había descendido diez metros del acantilado por la cara sur, cuando su aguda vista percibió un extraño movimiento en una de las ramas de uno de los arbustos que tenía al frente. Se acercó para asegurarse, pero le parecía una forma un tanto extraña para ser una rama de aquella planta local. Mientras se iba acercando no veía claro que podía haberse movido ahí si no había nada. ¿O si lo había? Tuvo que acercarse a menos de un metro para ver un enorme ojo clavado en la cara del carpintero. La escasez de luz no ayudaba a distinguirlo bien del todo, pero allí estaba el pequeño camaleón como si de una estatua se tratara y mimetizado a la perfección. Tobías lo toco con un dedo para forzarlo a que se moviera, pero nada, seguía estático. Se puso a observarlo, le fascinaba su morfología, sobre todos sus garritas prensiles. EL carpintero solía apoyarse en los diseños de la naturaleza para diseñar sus inventos y aquel pequeño animal le estaba dando ideas. Durante el exhaustivo análisis de la pequeña bestia, pudo ver que tenía una herida en la pata izquierda trasera, quizás por eso no se movía, o tal vez era por su presencia, aunque la herida era reciente y bastante seria.
El joven barba naranja pronto se preocupó por la integridad del pequeño camaleón, no entendía mucho de reptiles, pero, o era de una especie que no crecía mucho, o era una cría. Buscó entonces algún insecto con el que ganarse la confianza del pequeñín, rastreo rápido la zona pero solo vio alguna polilla y uno voluminoso enjambre de mosquitos molestando, pero eran demasiado pequeños como para atraparlos sin espachurrarlos. No le sería fácil capturar con vida a las polillas, así que comenzó a idear una trampa para insectos. Con mucha paciencia y pericia, fue entrelazando unas largas y estrechas hojas para formar un resistente recipiente esférico, al cual dejó una apertura redonda. Después tejió con el mismo tipo de hojas un embudo del mismo diámetro (por la cara ancha) que el agujero y los cosió quedando la parte estrecha del cono dentro de la esfera. Por suerte, Tobías siempre llevaba algo dulce que echarse a la boca, por si le entraba hambre, era muy goloso. Rascó el azúcar que cubría el pedazo del bizcocho, que había horneado Aurora aquella mañana, sobre la superficie cóncava de un trozo de corteza cilíndrica de unos diez centímetros de diámetro. Vertió después un poco de agua de su cantimplora para diluir el azúcar en ésta, ayudándose con una ramita e introdujo el mejunje resultante dentro del recipiente esférico. Finalmente rasgó una tira de su camiseta para usarla de asa y colgar la esfera de una rama. Solo faltaba esperar un rato, a ver si la suerte le sonreía.
Hubiera sido más fácil cogerlo y llevarlo al barco directamente, pero Tobías pensó que debía estar hambriento, no le debía estar resultando fácil alimentarse en ese estado, además no tenía prisa y quería que no fuera un acto a la fuerza, igual estaba bien donde estaba y no querría acompañarlo. Ya había visto, en un par de ocasiones, una ave sobrevolar la zona y el ulular de un búho le confirmó que pájaro era. El pobre camaleón sería presa fácil para aquella rapaz si no podía moverse con soltura. El hecho de no poder cambiar su ubicación haría que el búho terminara por percibirlo, o eso creía el carpintero, así que esperó a que un insecto cayera en su trampa (ya por orgullo) mientras vigilaba de cerca al pequeño reptil. Si se mantenía cerca disuadiría al ave de arremeter contra su potencial presa. Así lo hizo pero se hundió tanto en sus pensamientos que dejó de mirar la trampa conscientemente.
Tobías se había ensimismado demasiado, ya casi no había luz, habían pasado casi treinta minutos desde que había colgado la trampa y no había visto a ningún insecto revolotear cerca de ésta. Sin muchas esperanzas, se levantó y miró dentro a ver si había algo. Por suerte, dos polillas se hallaban en el fondo bebiendo el néctar que había creado a base de azúcar y agua, una delicia para los insectos. Cogió una con la delicadeza que una madre coge a su retoño multiplicada por diez y la acercó hasta el camaleón sujetándola por las patas. El pequeño reptil clavó ambos ojos en el insecto alado viéndolo aletear sin cesar y comenzó a abrir lentamente la boca. ¡Zas! había proyectado su lengua a una velocidad de vértigo para retraerla después con su presa enganchada en ella. Tobías se emocionó muchísimo al ver eso. Como un niño pequeño volvió a tomar el recipiente esférico y sacó la otra polilla con la misma delicadeza que a la anterior. De nuevo el chiquitín hizo alarde de su habilidad para zamparse, en un abrir y cerrar de ojos, a la segunda presa.
- ¡Vaya! Te gustan las polillas, ¿verdad? Jish jish jish. - Tobías no podía parar de sonreír. Le encantaban los animales y ese se estaba convirtiendo en uno de sus favoritos. - Aquí no estarás seguro y menos con esa herida... Te llevaré a nuestro barco para que te cure Ariel, es muy buena doctora. Tranquilo, conseguiré todo tipo de insectos para que te des un festín siempre que quieras. ¿Te vienes conmigo? - El carpintero de los Shogun Gari extendió su índice derecho justo enfrente del reptil. Siguió inmóvil, pero mirando el dedo y la cara de Tobías al mismo tiempo. Solo dejó de mirarlo cuando se volvió a escuchar a la rapaz merodeando la zona, escudriñaba el espacio que había sobre él para ver si veía al depredador. Tardó un poco, pero comenzó a mover sus patas delanteras en dirección al dedo del carpintero. - No tengas miedo chiquitín. - Lenta y pausadamente, fue avanzando sin terminar de estar seguro de lo que hacía hasta que estuvo completamente agarrado al dedo. - Jish jish jish. Que delicado eres. ¿Nos vamos entonces? -
Tobías se incorporó con el animalito agarrado al dedo, no sería seguro descender el acantilado hasta la playa con el pobre camaleón en la mano, así que decidió cobijarlo bajo su sombrero. - Agárrate a mi pelo sin reparo. En nada estamos abajo. - La noche se estaba cerrando, menos mal que el peliazul recordaba el camino a la perfección. Fue descendiendo con mucha más cautela que la que hubiera tenido si fuera solo. - Tengo que ponerte un nombre. A ver... No puede ser cualquier nombre. - Con ambas manos libres, el descenso fue muy sencillo. Tardó unos veinte minutos en llegar a la playa. Debían ser casi las nueve de la noche, los demás debían estar sentándose ya a la mesa para empezar a cenar y aún quedaba llegar a la balsa y remar un rato. No había dejado de pensar un nombre para el reptil - Lo tengo ¡Pascal! Te voy a llamar así. ¿Qué te parece? -
Recogió semillas de plantas autóctonas, para, una vez tuvieran un tamaño digno, vestir por dentro el hogar que fabricaría para Pascal. Ya veía la balsa flotando en la orilla, las estrellas inundaban el firmamento, acababa de desaparecer el último resplandor del sol en el horizonte. Mientras se acercaba a la barca, montaba en ella y remaba hasta el barco, fue pensando en diseños para el terrario que iba a fabricar para su nuevo amigo, el pequeño reptil de lengua larga. Otra tarea que se sumaba a la larga lista, tenía que hacerse un planning de una vez, pero ese proyecto lo iba a colocar en los puestos de mayor prioridad.
Al fin llegó a la base barco, que estaba anclado en la amplia bahía sur de isla Toko, agarró con la boca el cabo que tenía atado en la proa de la barca y subió con extrema precaución hasta cubierta para amarrarlo en la barandilla. Todo estaba en silencio, no había ni un alma allí, debían estar todos en comedor, cenando. Miró atrás hacia isla Toko para despedirse del lugar, era probable que partieran pronto hacia la siguiente isla, otra vez, la nostalgia se apoderó del joven barba naranja y unas tímidas lagrimas se asomaron tras sus párpados. Se seco los ojos y se dirigió hacia la puerta que conectaba la cubierta con la zona interior. Bajó por las escaleras y se plantó frente a la puerta del comedor, se escuchaba el repicar de los cubiertos y las voces de todos allí dentro, charlando, riendo. - No te asustes Pascal, puede que den un poco de miedo, pero son buena gente. Seguro que les acabas cogiendo cariño, jish jish jish. - Tomó aire y abrió lentamente la puerta para, una vez dentro, quitarse el sombrero frente a sus nakama. - ¡Que aproveche! Mirad, os presento a Pascal. - Todos miraron con incertidumbre al carpintero, no entendían que quería el carpintero que viesen. Asustado por la reacción de sus compañeros, Tobías palpó con delicadeza su cabeza para comprobar que el camaleón seguía allí. Había cambiado su color al turquesa, por eso era difícil de ver. Lo cogió con cuidado y se lo mostró a todos. Era adorable. - ¡Dadle la bienvenida a Pascal! Nos acompañará en nuestro viaje. -
Pascal
![[Imagen: l47Ucve.png]](https://imgur.com/l47Ucve.png)
