[Presente Relativo] | La Sombra Del Ancla | [Aventura T1] [Vixen & Fumi]
#1
75 de verano, año 18
21:46pm
Taberna La Sombra Del Ancla


La calma se respiraba en la isla, así era aparentemente. Era una noche de calma, algo fresca, pero después de un largo día caluroso incluso se podía agradecer. Las calles que rodeaban el puerto parecía que habían comenzado a reducir el bullicio lentamente al ir oscureciendo el cielo. Lo único que podía acompañarlos en la isla en ese momento era, por ahora, el sonido de algún que otro borracho, el sonido de las maderas crujiendo en viejos edificios con construcciones algo más descuidados y, sin embargo, había un lugar donde la noche estaba muy lejos de terminar.

Esa era, la taberna que, pese a no verse ni grande ni llamativa, tenía una construcción de dos plantas, con un viejo letrero en la misma entrada que colgaba con el nombre del mismo, “La Sombra del Ancla”. Las letras estaban pintadas en la madera que colgaba en la parte superior de la entrada. Varias ventanas se veían iluminadas en el interior y, la pintura exterior se veía desgastada por los años, además de algunas tablas que claramente habían sido sustituidas por otras de distinta tonalidad, dando la impresión de que el establecimiento había logrado sobrevivir en más de una sola mala época. El interior, en cambio, se veía lleno de vida.

Al entrar, lo primero que podía darles la bienvenida era el olor a comida caliente, alcohol barato y tabaco, llenado el ambiente como algo característico y único del propio local. Varias mesas estaban ocupadas de clientes, algunos comerciantes, otros habitantes de la zona, algún que otro pirata que pudiera estar de paso quienes aprovechaban las últimas horas del día para beber algo antes de regresar a sus hogares.

Detrás de la barra, mientras tanto, se encontraba un camarero cabello negro azabache, denso y ondulado, recogido en un moño bajo e informal, dejando caer varios mechones rebeldes sobre la frente y los lados de la cara, con el cabello ligeramente largo que, actualmente, estaba sujeto con un pequeño moño tras su cabeza, viéndose elegante pero cansado. Sus ojos estaban cargados de ojeras aunque mantenía una sonrisa agradable y amable para todo cliente que se le presentara. Ahora el camarero estiraba una jarra de cerveza sobre la barra a uno de sus tantos clientes.

—Aquí tienes.

Hizo una pequeña pausa, contemplando su alrededor, viendo el ambiente calmado, solo para volver la mirada hacia su cliente, con un tono algo más severo, aunque manteniendo su misma amabilidad. Claramente no era el primer encuentro con ese cliente. —Y esta vez procura no romper otro vaso. — Desde el otro lado, el mismo cliente dejó escapar una carcajada antes de hablar.

—¡Fue un accidente! ¡Lo juro!

—Claro, claro. Todos los vasos que rompéis son accidentes.

El camarero negó con la cabeza, aunque una pequeña sonrisa apareció durante un instante en su rostro. Parecía una de tantas noches, algo normal y cotidiano para no solo el camarero, sino también dueño de la taberna que, pese a todo, se veía calmado y satisfecho... Si no fuera por algo concreto. El varón de vez en cuando paseaba la mirada en la entrada principal. Algo que podía ser sutil, pasar desapercibido para muchos, algo incluso que podría considerarse normal si esperaba clientes, pero si las personas se fijaban más en su expresión, podía ver una mirada preocupada. Cada vez que la puerta se abría su mirada iba directamente hacia ella y, al descubrir que no era quien esperaba, dejaba salir un suspiro de alivio y volvía una vez más a su labor, volviendo a mantener su sonrisa resplandeciente y amabilidad características del propio empleado.

Pero ahora sí, allí estaban. El sonido de la pequeña campanita que daba la bienvenida en la puerta desde la entrada principal sonó, haciendo que nuevamente el camarero volviera instantáneamente la mirada a la entrada. —¡Bienveni-...! — hizo una pequeña pausa, su sonrisa, pese a que se mantenía, ahora se veía más temerosa y ansiosa. —...dos... — terminó la frase, ahora en un tono mucho más bajo a la inicial.


Quienes entraban eran un grupo de hombres. Algunos de ellos se veían altos y corpulentos. Los caracterizaba un abrigo oscuro a un par de ellos, otros eran más jóvenes y con aspecto menos refinado. Dos de ellos llevaban garrotes colgando de la cintura, otro un cuchillo bajo su chaqueta, algunos iban con katanas y otros solo tenían unos guantes como si fueran a pelear en cualquier momento.

El último en entrar cerró la puerta detrás de ellos. Las conversaciones en el interior de la taberna no se detuvieron de forma inmediata, pero sí fue disminuyendo lenta y progresivamente. Algunos miraban a los recién llegados, otros, borrachos, estaban ajenos a la situación que parecía presentárseles en ese momento. El grupo de hombres ni siquiera devolvió el saludo, no hubo respuesta por parte de ninguno de ellos. Uno se limitó a estudiar y analizar todas las mesas en la que varios clientes ya se encontraban cómodos. No hubo conversación directa de ninguno de ellos hasta que, finalmente, sus ojos se clavaron en el camarero que había tras la barra. Sonrió, ahora de oreja a oreja, con una malicia clara hasta que finalmente habló.

—Ah, mira, allí estás. — El camarero, al escucharlo, se quedó completamente inmóvil, por un momento, incluso pareció que se olvidó de respirar y su sonrisa, amable y agradable hasta entonces, de repente parecía desvanecerse por completo. Tragó saliva. La mano, que entonces estaba limpiando una copa, paró cualquier tipo de movimiento. Lentamente, descendió sus brazos, dejando la copa que había limpiado en una superficie para evitar que se cayera.

—Buenas noches — dijo finalmente. Su voz sonaba más seria, incluso algo temblorosa mientras observaba al grupo de hombres entrar. El recién llegado caminó hacia la barra, al igual que el resto de sus compañeros, que lo siguieron tras su espalda, para dejar escapar una carcajada que, claramente, no tenía nada de diversión.

—¡Maaahahahaha! ¡Buenas noches dice este! ¿Lo habéis oído? — el resto del grupo rió a carcajadas también, acompañándolo en una burla silenciosa. El camarero, sin embargo, no respondió, ni siquiera apartó las manos de debajo de la barra, ocultando el temblor de las mismas. Fue entonces cuando quien inició la burla golpeó la barra con ambas manos, inclinándose ligeramente para observar frente a frente al camarero. —Han pasado ya seis meses. — Su tono ahora sonaba a amenaza. El camarero, por su lado, descendió la mirada. Una gota de sudor frío recorría un lado de su frente, llegando a tragar saliva.

—L-lo sé... — murmuró en voz baja, sin tener el valor de observarlo directamente.

—¡Seis meses!

—He dicho que lo sé. — Su voz no sonaba agresiva, por el contrario, se mantenía baja, ahora incluso temblándole.

—Bien, bien. Entonces sabrás perfectamente por qué estamos aquí. — Las voces alrededor ahora comenzaron a apagarse, siendo que lo único que los acompañaba en todo el local era la suave música de los Den-Den Mushis que buscaba un aire ambiental y la conversación que se estaba dando en ese mismo instante. El hombre que había estado hablando esperó una respuesta que claramente no llegó. Eso no lo frenó. —¿Dónde está? — El nerviosismo del hombre se vio ahora más implícito.

—N-no lo tengo...

—No he preguntado si lo tienes o no, ¿o es que estás jodidamente sordo? ¿Eh? — Se inclinó ligeramente hacia el camarero, con un aire cargado de más amenaza. —Te he preguntado dónde mierda está. — Una vez más no hubo silencio, por el contrario, el silencio parecía extenderse por la taberna. El camarero apretó los dedos alrededor del paño que llevaba en la mano desde el otro lado de la barra.

—He tenido problemas. — Una vez más, una carcajada escapó de los labios del grupo de hombres, dejando que resonara por toda la taberna, incluso golpeando un par de veces más la barra del bar con una de sus manos.

—Mira, todos tenemos problemas.

—La temporada ha sido mala. Apenas he podido mantener el negocio abierto. Tengo una familia que alimentar...

—Eso no es asunto mío.

—Necesito un poco más de tiempo...

Esta vez ninguno de los hombres respondió inmediatamente. Que no hablaran resultó más incómodo que cualquier otra amenaza. El hombre se incorporó, elevando el rostro, con una expresión de disgusto. —Ya te dimos tiempo. — Descendió la otra mano para así apoyarse en la barra. —Mucho tiempo. — El camarero lo miró, al fin, teniendo el valor que hasta entonces le había faltado.

—Puedo pagar...

—¿Cuándo? — No hubo respuesta —Eso pensaba. — El hombre dio de nuevo un pequeño golpe sobre la barra. No fue especialmente fuerte pero sí suficiente para que algunas botellas y copas que se encontraban sobre ellas tintinearan y temblaran —Escucha bien, viejo. No hemos venido a discutir contigo. Nos debes dinero. Una cantidad que llevamos demasiado tiempo esperando. Hoy venimos a cobrar y no vamos a irnos hoy con las manos vacías. — El camarero respiró profundamente, buscando el valor que hasta entonces parecía haber desaparecido.

—No voy a entregaros lo poco que me queda. — Aquella frase cambió el ambiente. El hombre que había estado conversando dejó de sonreír.

—Entonces tendremos que buscar otra manera.

Uno de sus acompañantes dio un paso hacia la barra, el camarero retrocedió. —No aquí.

—¿Por qué no?

—Porque esto es mi negocio.

—Entonces quizá deberías haber pensado en eso antes de pedir dinero prestado. — El camarero apretó los dientes y las manos con más fuerza... Hasta que alguien, desde una mesa cercana, habló interrumpiendo el momento, haciendo que todos se voltearan en su dirección.

—¡Eh! — Todas las miradas se desviaron hacia allí. Era uno de los clientes que llevaba ya varias copas encima. Levantó la mano, ahora claramente molesto. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas por el alcohol que ya llevaba encima. —Si vais a pegarle, hacedlo fuera. — Uno de los cobradores lo miró con disgusto —Tú no te metas.

—Estoy intentando beber tranquilo.

—Pues sigue bebiendo.

—Lo estaba haciendo hasta que habéis empezado a gritar. — El camarero cerró los ojos durante un segundo, tratando de calmarse un poco, buscar una forma de poner orden. Abrió la boca, murmurando un “Por favor...” que no llegó a ninguna parte porque, por desgracia, ya era demasiado tarde. El cobrador más joven dio un paso hacia el cliente.

—¿Tienes algún problema? — La silla del hombre chirrió contra el suelo cuando este se levantó.

—Bueno, depende. — Varias personas comenzaron a apartarse de sus mesas, incómodas. La tensión que hasta entonces se había concentrado únicamente entre el camarero y los recién llegados empezó a extenderse por toda la taberna. El dueño del local salió de la barra, tratando de interponerse entre ellos y el cliente. Levantó ambas manos. 

—¡Basta! — Su voz salió mucho más fuerte de lo esperado. —No voy a permitir que montéis una pelea aquí dentro. — El hombre cobrador que había conversado en todo momento lo observó.

—Entonces paga.

—No puedo.

—Entonces aparta.

El camarero permaneció frente a él, no parecía estar dispuesto a moverse. Durante unos segundos ninguno de los dos pareció ceder, hasta que el cobrador levantó lentamente la mano, con un rostro molesto... Pero no llegó a golpearlo. No fue necesario ya que uno de sus acompañantes tomó una botella de la barra, ahora vacía, y la dejó caer contra el suelo.

¡CRASH!

El ruido hizo que varios clientes se sobresaltaran. El hombre aprovechó para hablar, tomando otra nueva botella que claramente no era de las más baratas del local. —Última oportunidad. — El camarero miró los cristales esparcidos por el suelo y, a continuación, levantó la vista, temblando.

—No tengo el dinero.

El hombre sonrió. —Entonces empezaremos por el negocio. — Una silla salió despedida, la madera golpeó una mesa, varias botellas cayeron al suelo, alguien gritó y, en cuestión de segundos, la taberna dejó de ser un lugar tranquilo. Los cobradores comenzaron a avanzar entre las mesas, apartando a los clientes que se interponían en su camino. Uno de ellos volcó una mesa para abrirse paso; otro agarró a un hombre por el cuello de la camisa y lo apartó de un empujón. El camarero retrocedió detrás de la barra.

—¡Parad! ¡Parad de una vez! ¡Por favor!

Nadie parecía dispuesto a escucharlo. El primer golpe llegó apenas unos segundos después. Un puño impactó contra una mandíbula y, la respuesta fue inmediata. La mesa más cercana se volcó, una botella salió disparada, otro grito más de otra clienta. Entonces todos los presentes comprendieron lo mismo: aquello ya no era una discusión, sino el inicio de una pelea. El cobrador inicial que había conversado en todo momento permaneció cerca de la barra, aparentemente más interesado en controlar la situación que en participar directamente, sus ojos recorrieron el establecimiento hasta detenerse en los presentes.—Si alguien quiere hacerse el héroe... — dijo con tranquilidad —Que lo piense bien. — Señaló los cristales bajo sus pies —Porque nosotros no nos vamos a marchar hasta cobrar.

Detrás de él, uno de sus hombres levantó una silla. La taberna entera parecía haberse quedado suspendida durante un instante. El camarero permanecía detrás de la barra, pálido, mirando cómo su establecimiento comenzaba a quedar destrozado y, para empeorar, el grupo de hombres armados ocupando el local creaban todo el caos, los clientes intentaban escapar y la pelea estaba a punto de extenderse por todas las mesas... La decisión de qué hacer quedaba en manos de quienes se encontraban allí.

Cajita de Tabaco

[Imagen: bTjgVIr.png]
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#2
75 de Verano, Año 18
21:25 Pm
A las cercanías de la Taberna La Sombra del Ancla


El hambre es una implacable fiera que devora el cuerpo desde dentro, y Vixen experimentaba aquel tormento con una intensidad que casi igualaba a su propia ferocidad. Las calles del puerto se desvanecían tras ella mientras sus pies dejaban huellas rítmicas en el empedrado, un contrapunto sordo al golpeteo de su corazón impaciente. La noche se había apoderado ya de la isla, envolviendo los callejones en un manto de sombras que bailaban al ritmo de las parpadeantes farolas, proyectando siluetas alargadas y retorcidas que parecían moverse con vida propia. A Vixen no le importaba la oscuridad; sus ojos carmesí penetraban la penumbra como faros de sangre, detectando cada matiz, cada movimiento en los rincones donde la luz no se atrevía a llegar, un detalle que pasaba desapercibido para los ojos comunes.


Un grupo de marineros borrachos, cuyas risas resonaban un instante antes, enmudeció al verla acercarse. Sus ojos se abrieron de par en par y sus cuerpos se pegaron a las paredes para dejarle paso. Vixen no necesitaba oír sus cuchicheos para saberlos de memoria: «la giganta», «la Humink». Sus orejas de conejo captaban cada murmullo, pero para ella eran solo el zumbido insignificante de insectos. Los rumores eran como mosquitos; molestos, pero inofensivos a menos que les dejaras picar. Y Vixen nunca dejaba que la picaran.

El aroma la guio. No el olor a sal del mar ni el rancio perfume de los locales cerrados, sino algo mucho más prometedor: una mezcla de carne asada, cebolla caramelizada y, maldición, definitivamente zanahorias. Su nariz comenzó a moverse con rapidez; un tic involuntario del que no lograba zafarse. Sus sentidos se agudizaron al instante, siguiendo aquella estela aromática como un tiburón cuando persigue a su presa.

—Ahí está —susurré al avistar el letrero desgastado: «La Sombra del Ancla». El delicioso aroma que escapaba del interior me hizo sonreír—. Kishishi... ¡Hora de comer!

La taberna no parecía gran cosa desde fuera, pero Vixen había aprendido que las mejores joyas a menudo se esconden bajo capas de hollín y harina. Empujó la puerta con un movimiento decidido, haciendo sonar la pequeña campanita que anunciaba su llegada, un sonido agudo que cortó el murmullo ambiente como una navaja. El interior era un caos ordenado. El olor a comida caliente, mezclado con el humo del tabaco y el perfume del alcohol barato, creaba una atmósfera que, lejos de repelerla, la invitaba a entrar. Sus ojos carmesí recorrieron el local, evaluando a cada cliente y cada potencial distracción. La mayoría parecían inofensivos: comerciantes cansados, con rostros marcados por el sol; habitantes locales con miradas perdidas en sus copas; y algún que otro pirata de paso.

Detrás de la barra, un hombre con cabello negro azabache trabajaba con agotada eficiencia. Vixen lo notó de inmediato: la forma en que sus hombros sostenían el peso del mundo con una sonrisa, cómo sus manos, aunque rápidas y seguras al servir, llevaban una ligera tensión. Un hombre cargado de preocupaciones, aunque se esforzaba por ocultarlas tras una máscara de amabilidad profesional.


Vixen ocupó una mesa en una esquina estratégica, desde donde podía vigilar todo el perímetro, una vieja costumbre de quien confiaba más en sus patadas que en la suerte. Una vez acomodada, hizo su pedido, decantándose por algo fuerte para beber y, por supuesto, cualquier plato que llevara zanahorias. Mientras el hombre se alejaba para preparar mi pedido, dejé que mis sentidos se extendieran por la taberna. El murmullo de las conversaciones, el sonido de las copas y el ir y venir de los clientes llenaban el ambiente. El camarero regresó con una jarra de aguardiente de grano. Vixen lo observó mientras servía, notando cómo sus manos, aunque firmes, temblaban ligeramente. Algo lo atormentaba, algo más allá del simple cansancio del trabajo. Su mirada se desviaba constantemente hacia la puerta, cada vez que la pequeña campana sonaba.

El estofado llegó en un cuenco de barro humeante, y el aroma que emanaba era casi sobrenatural. Trozos de cerdo tierno que se deshacían con la mirada, zanahorias brillantes que prometían dulzura, y una salsa espesa y oscura que gritaba "COMEMEEEEE". Su primer bocado fue una revelación. La carne se derretía en su boca y las zanahorias proporcionaban el contrapunto dulce perfecto. El camarero sonreía desde detrás de la barra, al ver que alguien apreciaba realmente su comida.

Y entonces, la campanita sonó de nuevo.

Esta vez, el sonido no fue alegre. Fue agudo, penetrante, como una alarma de incendio. El ambiente cambió al instante. Vixen sintió el cambio antes de verlo. El aire se volvió denso, y Vixen no necesitó girarse para saber que algo andaba mal. Vio el rostro de Aiden desmoronarse. La sonrisa se desvaneció como la espuma en la playa, reemplazada por una máscara de puro terror.

Escuchó las amenazas. Escuchó el temblor en la voz del dueño cuando intentaba ganar tiempo. Y, sobre todo, escuchó la absoluta falta de empatía en las palabras de esos imbéciles.

—Seis meses... No tengo el dinero... Entonces empezaremos por el negocio —retumbaban las frases en la mente de Vixen como un eco molesto.

Una vena comenzó a latir con fuerza en su sien morena. Su instinto protector alfa, esa chispa interna que mezclaba un profundo desprecio por los abusones con un trauma personal no resuelto del todo, se encendió como gasolina arrojada al fuego. Ella no era una heroína. Pero nadie que jodiese su comida o la tranquilidad de un tipo honesto que acababa de prepararle un estofado de diez sobre diez iba a salir con los cojones intactos de aquella taberna. No estaba de humor para aguantar gilipolleces.

Cuando el primer cobrador lanzó una botella al suelo y la violencia estalló formalmente, volcando mesas y arrancando gritos de pánico entre los clientes, Vixen soltó un suspiro pesado, casi aburrido, mientras se ponía de pie lentamente.

—Pinga, qué manera tan grosera de arruinarme la digestión —murmuré para mí misma, con una sonrisa torcida, salvaje y desquiciada iluminándome el rostro—. Habéis elegido un momento de mierda para empezar con esto.


Bolsillo Táctico
[Imagen: HC5Abkg.png]
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#3
75 de Verano, Año 18
21:48 Pm
Exterior de la Taberna La Sombra del Ancla

— Esto no pinta nada bien… — Dije desde lo alto de un tejado, en frente de aquella vieja y desgastada taberna. Hace un rato que me disponía a dar mi patrulla del día por terminada y descansar cuando, de repente, desde lo alto de los tejados pude ver a un grupo de hombres los cuales, por sus pintas, seguramente pertenecieran a alguna de las muchas bandas de la isla. Aunque eso no fue lo que me preocupó; por las risitas que iban soltando y por como se avanzaban, con un paso firme pero apurado, era más que evidente que querían gresca, y los cabrones ya tenían claro a donde iban a llevarla. Así que decidí seguirlos, solo para asegurarme de que la cosa se quedase en otra pelea de bandas del montón.Y ahora aquí me hallo, viendo como todos esos hombres entran uno detrás de otro en esa taberna…
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No puedo quedarme aquí pasmada, tengo que asegurarme de que esos maleantes no la fuesen a liar parda. Así que me dispuse a bajar del tejado: usando mis famosas habilidades motrices, salte sobre unas cajas, y de estas, baje al suelo con otro breve salto. Y así, antes de darme cuenta, ya me encontraba en el suelo… Un momento… ¿¡Acabo de bajar de lo alto de un tejado sin terminar comiéndome los adoquines del suelo!? ¿!Yo!? Me quedé atónita asimilando lo que acababa de pasar; tantos meses saltando entre tejados al fin daban su fruto. — JAJAJAHIIIJAJA ¡Chupaos esa, tejados! Centella uno, alturas ciento veintitrés. Comienza mi remont- ¡AUCH! — Mi celebración fue rápidamente interrumpida por una teja suelta impactando contra mi casco. ¡Estas dichosas tejas cualquier día matan a alguien!

El golpe me hizo volver a centrarme, por lo que me acerqué a la taberna, quedándome cerca del marco de la puerta escuchando la escena que se desarrollaba en su interior. Al parecer, el pobre tabernero tiene una deuda pendiente y estos bastardos, sabiendo que no va a poder pagar, piensan usarlo de excusa para destrozarlo todo. No necesitaba saber nada más, ya era hora de intervenir; puede que el tabernero se metiera en este lío al pedir dinero, pero si le prestas dinero a alguien que no tiene nada, lo haces para ayudarle, no para someterle. Esa escoria va a recibir su merecido. Me disponía a entrar en escena cuando de respeto lo oí — Necesito un poco más de tiempo... — El intento de súplica de aquel pobre hombre… En ese momento, mi cuerpo se congeló y mi expresión se volvió rápidamente la de alguien en pánico. Esas palabras, habían despertado en mí el recuerdo que pretendía esconder en lo más profundo de mi cabeza: la noche que lo perdí todo.

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Su voz se fue intercalando en mi mente con la de mi padre; no pude hacer más que escuchar sus desesperados intentos de negociación. Una tras otra, sus palabras no eran otra cosa que suplicas por clemencia adornadas, las de un pobre hombre que quería proteger lo poco que tenía. Y ahí estaba yo, como aquel día, congelada al otro lado de la puerta. Pero, antes de que me diese cuenta,  las voces de otros civiles se iban sumando al conflicto, sacándome del trance. Mierda esto se va a salir de control, centrate Fumi, solo entra por esa puerta y haz de heroína como siempre. Ya no eres ninguna cría, esta vez… Esta vez no lo arruinaras todo… ¿Verdad?

Y en cuestión de segundos comenzó el desastre: esos desgraciados estaban arrasando el local y amedrentando a los civiles. — ¡AAAGGGHHH! — Deje salir un fuerte grito mientras golpeé rápidamente mi cabeza contra el marco de la puerta. ¡Se acabó ya la tontería! Ahora mismo, quien se encuentra ante esta puerta no es Fumi ¡NO! Frente esta puerta se encuentra, ni más ni menos, que la mismísima emisaria de la justicia ¡Centella! ¡Y mientras lleve este casco, no pienso dejar que ni uno de esos desgraciados se salgan con la suya!.

En cuestión de apenas segundos ahí estaba yo, entrando dentro del desastre que se estaba montando en la pobre taberna. Nada más adentrarme unos pocos pasos, a una distancia en la que todo el mundo pudiese verme, alce mis brazos en señal de paz mientras inhalaba tanto aire como pudieran mis pulmones, preparándome para lo que estaba apunto de hacer. — ¡QUIETOS TODOS O REVIENTO LA TABERNA CON TODOS DENTRO! — Grite a todo pulmón, tratando de llamar la atención de todo el mundo en la sala para frenar momentáneamente el conflicto.

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Mientras tanto, ajena a si mi delicado plan había surtido efecto o no, ubique a las personas importantes en todo esto: el pobre tabernero, que se encontraba en shock en medio de todo el conflicto, y el tolai con aires de grandeza que se creía el jefe de estos peleles, que se encontraba tan pancho en la barra de la taberna. Ok, una vez analizado el perímetro, toca dar uso al encanto Centella. Y procedí a alzar mi voz nuevamente, esta vez dirigida al cobrador en la barra. — ¡AHÁ! ¡Oye, tú! Tú eres el que corta el bacalao por aquí, ¿no?— Comencé a avanzar lentamente hacia el centro de la sala — ¿Qué te parece si vamos parando este circo, eh? Si tantas ganas tienes de cobrar, déjamelo a mí; yo me puedo encargar de que cobres de lo lindo —

Tras la capa
[Imagen: bpP6EeU.png]
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#4
El silencio fue un acompañamiento en el momento que escucharon el sonido de la voz de la mujer de largo cabello oscuro y orejas de conejo. Apenas duró unos escasos segundos. Uno de los cobradores, que se encontraba más cerca de las mesas, giró lentamente la cabeza hacia Vixen en cuanto la vio ponerse en pie lentamente. Hasta entonces, la presencia de la Humink conejo había resultado en un segundo plano para los cobradores, el camarero y los clientes que todavía se hallaban aterrorizados, pero la forma que tuvo de levantarse dejó clara su intención, no había pasado desapercibida para quienes estaban más cerca de ella. Uno de ellos hizo una mueca al escucharla, elevando su diestra y señalando a la humink con el dedo pulgar de su mano derecha. —¿Y esta de dónde ha salido? — Otro, situado unos pasos más atrás, soltó una breve carcajada, divertido por la situación que parecía darse.

—¿Qué pasa? ¿Ahora también tenemos que aguantar a los héroes de turno? Ya dijimos antes que os lo pensarais dos veces. — El hombre que parecía estar llevando la voz cantante hasta entonces, todavía desde la barra, ni siquiera respondió de inmediato. En un momento dado se había apoyado en un lado de la barra con sus codos, sin embargo, se apartó, abriendo sus labios con intención de contestar... Si no fuera por la repentina e inesperada llegada de una nueva llegada. Su mirada pasó de Vixen a la recién llegada que acababa de irrumpir de forma tan llamativa.

Claro que, desde la perspectiva de Fumi, pudo ver a algunas personas, incluso fuera del local, alguien fumando, otros paseando... Aparentemente ajenos a lo que ocurría en el interior. Podía ver desde el umbral de la puerta a los individuos, la escena que se estaba propiciando en el interior, las amenazas y los cristales rotos.

Ahora bien, tras su increíble entrada y la amenaza, Fumi había conseguido algo que ni siquiera los gritos anteriores habían logrado. Por unos segundos, todos se quedaron quietos, en silencio. Uno con una silla sobre su cabeza, otro con una botella al lado de la barra, incluso alguien, quizás un cliente que había estado un largo rato pasando en el baño todavía sostenía sus pantalones y estaba quieto, estupefacto ya no solo por su entrada, sino también la situación que ni él comprendía. Hubo alguien que no tomó aquella gloriosa entrada como algo positivo. Al contrario, palideció, el camarero, quien hasta entonces había intentado calmar el ambiente, ahora estaba impactado, asustado, viendo lel destrozo en la entrada principal de su local. —¡¿Qué?! ¡No, no, no! — exclamó, mirando primero a Fumi y después a los cobradores —¡Por favor, no rompáis nada más! ¡Necesito el local para comer! —  Sus ojos recorrieron rápidamente las mesas destrozadas, las botellas rotas y los muebles que ya habían sufrido bastante aquella noche. Estaba claro que cada vez estaba más y más pálido, el miedo ahora escalaba incluso más, juntando ambas manos a modo de súplica. —¡Esta es mi taberna! ¡Por todos los mares! — La desesperación en su voz dejaba claro que aquella amenaza, aunque quizá pretendiera intimidar a los cobradores, había tocado precisamente donde más le dolía a él.

Por el contrario, quien parecía llevar la voz cantante dejó escapar una risa seca. De hecho la torpeza de la recién llegada era incluso mejor, algo que los cobradores estaban viendo como algo mejor. Si aceptaban la amenaza, al menos a su modo de ver, solo era mayor ventaja.

—No sé de qué agujero habrás salido, pero si vienes buscando problemas, has elegido un lugar muy acertado ahora mismo.

Su sonrisa solo se ensanchaba, ampliándose de oreja a oreja. Entonces dio un paso hacia adelante con aire seguro y firme. —Y tampoco entiendo qué clase de idiotas se creen que pueden meterse en asuntos ajenos y salir tan campante. — Por supuesto, esta vez hablaba con ambas mujeres, con un tono menos tranquilo, igual de amenazante y despectivo que el empleado al camarero. Y ahora ya no solo era cuestión de dinero. —Como hemos dicho, nosotros no planeamos irnos hasta recibir lo que nos merecemos. — Elevó su mano, señalando esta vez al camarero, quien se estremeció. —Este hombre tiene una deuda y lleva seis meses sin pagarla. Nosotros venimos a cobrarla. No hay nada más. ¿O acaso planeáis pagar vosotras por él? ¿Hm?

Señaló con la barbilla al dueño de la taberna. —Si queréis encargaros de que cobremos de lo lindo... — Una sonrisa torcida apareció en su rostro, ahora cargada de ego —...podéis intentarlo. — Fue entonces que el camarero volvió a ponerse nervioso, volviendo a tomar un valor que había perdido, posicionándose justo frente al varón que se hallaba todavía cerca de la barra. Tragó saliva, pero alzó la voz por primera vez desde que todo el caos había iniciado.

—¡No! ¡Ellas no tienen nada que ver con esto! — Abrió ambos brazos, tratando de barrerle el paso como un silencioso escudo. Sus ojos, llenos de estrés, ahora parecían querer dejar caer alguna lágrima que contuvo. —¡No quiero que nadie más salga herido por mi culpa! Se lo suplico...— La frase provocó que varios de los cobradores intercambiaran miradas y uno de ellos resopló, solo para hablar como respuesta, girando ligeramente su rostro y con una mueca desagradable.

—Pues haber pagado. —  El camarero bajó la mirada. Por un momento pareció que iba a responder y, sin embargo, no fue capaz, conociendo bien su propia situación. Sus manos se mantuvieron en la misma posición y él ni siquiera se apartó, pero sí dejó caer la mirada lentamente. Sus hombros temblaban, producto de la mezcla de terror y debatirse con mantener la calma, sus pensamientos atormentándolo en silencio.

—Ya os he dicho que no puedo... — Aquella respuesta hizo que el cobrador que había hablado con él anteriormente se acercara un poco más, esta vez a él directamente, a duras penas manteniendo una distancia muy pequeña.

—Entonces tendremos que buscar otra forma de recuperar lo que nos debes. — La frase quedó suspendida en el aire, los ojos del cobrador contemplaban al camarero con desagrado, sin una pizca de comprensión ni intento de empatía alguna. Mientras tanto, a su alrededor, los clientes que todavía permanecían en la taberna comenzaron finalmente a apartarse lentamente. Algunos se escondieron detrás de las mesas, otros se dirigieron hacia las paredes y más de uno aprovechó el caos para buscar una salida. El ambiente había cambiado por completo. Ya no quedaba demasiado de aquella tranquila taberna de hacía unos minutos, solo la madera rota, cristales esparcidos por el suelo, mesas desplazadas y un grupo de hombres que no parecía tener intención de marcharse, además del desastre de la puerta principal que había ocasionado la mujer del casco.

El cobrador volvió a mirar a las dos mujeres por encima del hombro del camarero —Vamos, “heroínas”. — Abrió ligeramente los brazos.

—Enseñadnos qué sabéis hacer.

Uno de sus compañeros dio un paso hacia un lado, mientras otro ajustaba la mano alrededor del mango de su arma. Ninguno había atacado todavía, pero la distancia entre ambos grupos comenzaba a reducirse y, esta vez, nadie parecía dispuesto a echarse atrás.

Cajita de Tabaco

[Imagen: bTjgVIr.png]
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