21-09-2026, 09:01 PM
73 de Verano del año 18,
Isla del Kárate.
Había conseguido empleo en una pequeña cafetería en las afueras de la isla. Era tranquila, lo suficientemente acogedora como para poder pretender ser habladora y hacer alguna que otra pregunta indiscreta a los lugareños. No demasiado abarrotada como para ser estresante, o ruidosa como para que fuera difícil conversar. La mayoría de clientes no permanecían en la conversación lo suficiente como para sacarles demasiada información, pero granito a granito había ido reuniendo bastante y comenzaba a tener una imagen más o menos completa de la isla. Un chico, joven, que había ido a pedir un batido para llevar le había comentado que Kárate era conocida por dos cosas en particular: su arroz y sus artes marciales. Lo había dicho con ese tono de orgullo propio de los más patriotas. Había dicho que él era estudiante en uno de los dojos, no era el más conocido, pero él hablaba del dojo con mucho cariño. Entrenaba por la mañana en el dojo y por la tarde iba a ayudar a su familia en los arrozales. Tenía una hermana menor que se había aficionado a las artes marciales, pero aún así entendía la importancia del arroz, por lo que trabajaba en los arrozales con la familia por la mañana y, hasta entrada la noche, entrenaba en el dojo en el que él estaba. Estaba también muy orgulloso de su pequeña hermana, no dejaba de hablar de ella.
— No he visto barcos comerciales. — Dijo Aria mientras entregaba el café a una señora y su grupo de amigas.
La señora se encogió de hombros. — ¿Por qué deberíamos de hacer el esfuerzo nosotros? Si alguien quiere nuestro arroz o nuestras técnicas, tendrá que venir él mismo. — Respondió con una sonrisa confiada.
— No podemos perder nuestro tiempo en ir a otros lados. — Añadió otra de las señoras.
Las mujeres siguieron hablando hasta que ella les sirvió su pedido y estas tomaron asiento en una mesa no muy alejada. Claro que aun si se hubieran sentado en la mesa más lejana, seguirían estando a su alcance en cuanto a oído. La hora del fin de su turno se acercaba cuando un hombre llegó a la cafetería un poco apurado. Le dio conversación, como siempre hacía. El hombre no se la siguió mucho y pidió un café, por lo que ella comenzó a trabajar.
Las mujeres le llamaron y le instaron a acercarse a su mesa.
— ¿Niño, al final qué ha pasado con lo de tu hermana? — Preguntó una de las señoras, la única que ya se había terminado su café.
El hombre suspiró. — Nada, se niega a mostrarme el testamento, y sin saber que pone no puedo hacer nada.
Otra de las mujeres resopló. — ¡Los hermanos deberían llevarse bien! — Regañó, como si sus palabras fueran a mágicamente solucionar la situación. El hombre parecía pensar algo similar porque se limitó a asentir.
— ¿No has hablado entonces con tu abogado? — Cuestionó la primera.
— ¡Que va! — El hombre se dejó caer en el asiento con agotamiento. — ¿Sabes lo caro que son? Primero necesito revisar el testamento.
Aria se acercó y sirvió el café al hombre, que agradeció de inmediato. No demoró mucho en bajar la mirada y comenzar a remover el café de la forma más triste que ella hubiera visto jamás. — Disculpa que me meta, pero tal vez conozco a alguien que podría ayudarte. — El hombre alzó la mirada de inmediato. Su mirada parecía decir “sigue”, así que siguió hablando. — Tengo un amigo que conoce a alguien que es un informador, puedo pedirle que se ponga en contacto contigo si quieres. Seguramente pueda conseguirte la información que necesitas.
El hombre dudó, bastante. No terminaba de estar interesado. — ¿Qué tan caro es ese informador?
— Acepta información como pago además de berries. — Eso pareció gustarle mucho más — El pago depende bastante del tipo de información que solicites, él podrá informarte mejor.
— Muchísimas gracias por tu ayuda.
Aria sonrió. — No es nada, es un placer ayudar. Le diré que te encuentre esta noche en el callejón de al lado de la cafetería. — Aria recogió la taza vacía de una de las señoras y el plato vacío en el que antes le había servido un par de tostadas.
— Gracias muchacha. — Dijo la mujer. — Tráeme un trozo de esos pasteles que tenéis, anda.
— Enseguida.
— ¿Ya puedes permitírtelo? — Cuestionó la tercera mujer con una sonrisa burlesca, la que no había hablado en todo momento.
— No digas tonterías, uno tiene que comer. — La mujer rodó los ojos. — Así están los críos de hoy en día, delgados como un palo por no comer adecuadamente.
Aria negó con la cabeza con una pequeña sonrisa, lejos de donde sus clientes pudieran verla. No tardó en llegar su sustituta, por lo que, tras entregar el platillo, se despidió de todos y se fue.
Trabajó durante un par de días en el asunto, y cuando llegó la noche del tercero, se armó con unos tacones para ganar altura y una gabardina negra larga, que cubriría su figura por completo. Llevaba ropa extra además, para así parecer más grande y había estado practicando una voz lo suficientemente grave como para parecer un hombre. La oscuridad de la noche haría el resto.
Por un momento, había pensado en ayudar a ese hombre siendo Luna. Sin embargo, era demasiado peligroso. Y poco eficiente. Luna debía ser una chica con quien fuera fácil de hablar, una joven ingenua con sueños de ser periodista. A quien necesitaba para el papel que tenía que hacer no era Luna. Se le había ocurrido mientras revisaba los periódicos que guardaba en su carpeta y había visto el anuncio de la línea telefónica caliente de Garnet. Un periodista es aquel que comparte la información, ¿pero de dónde la obtiene? Claro, de los informadores. Y Luna no era apta para ser un informador. Aria tampoco, se suponía que ella seguía atrapada en su jaula. Sabía que sería más complicado ser esta otra cosa, construir a Luna le había costado mucho trabajo, y había tenido que basarse en la Luna real para poder actuar como ella. Pero esa otra persona, el informador, no le conocía, no sabía nada de él, y no sabía por dónde comenzar para crearlo. ¿Cuál era su objetivo? ¿Y su personalidad?
Tal vez no lo necesitaba.
Estaba esperando en el callejón. Se había comprado por la mañana un den den, iba a ser el den den de Luna, pero seguramente su den den tendría que esperar por el bien de poder comunicarse con su futuro cliente. No le costó escuchar unos pasos ansiosos acercarse a ella. Tratando de ser sigilosos y fallando en el intento. Se detuvo frente a ella, era el cliente, como esperaba.
— ¿Nombre? — Cuestionó ella, con el tono de voz más frío que pudo encontrar. Su espalda permaneció erguida y su tono controlado. Tal vez estaba imitando un poco a su padre.
— T-Theo. — Respondió ansioso. — ¿Y el tuyo? — Se atrevió a preguntar.
— Nadie. — Su respuesta pareció asustar al hombre, pues bajó la mirada de inmediato. Parecía a punto de huir. — ¿Qué necesitas de mí?
— Información. — Respondió en tono bajo. — Bueno, claro, que tonto. — Pareció regañarse a sí mismo. — Mi hermana está escondiendo el testamento de nuestro padre, que en paz descanse, y necesito saber su contenido.
Aria pretendió pensar la solicitud. Ya sabía en realidad cuál sería su respuesta.
— ¿Cómo pagarás? — Cuestionó. — ¿Oro o poder? — Repitió las palabras que había estado ensayando una y otra vez.
El hombre parecía genuinamente confundido. — ¿Con información? — preguntó de vuelta.
— Con poder entonces…. — Aclaró ella. — Trataré tu caso, dame un número al que pueda llamarte para acordar el próximo encuentro.
El hombre anotó un número en un trozo de papel y se lo dio a Aria. Después dudó, y dudó, y finalmente habló. — ¿No necesitas la información primero?
Ella negó con la cabeza. — Aun no poseo la información que quieres.
— Ya veo… — Tartamudeó, un poco más tranquilo. Parecía que el trato “justo” le había hecho sentir un poco más a salvo.
Aria se había cambiado de ropa. Había optado por ropa oscura y ceñida al cuerpo, más apta para trabajos de sigilo, y recogió su pelo en un moño bajo para que no le molestase.
Llegar al lugar había sido sencillo, pasar desapercibido, para alguien como ella, no había sido ningún reto. Colarse en propiedad ajena tal vez sí que lo sería. La puerta principal fue descartada fácilmente, no importaba cuántas identidades pudiera construir, ninguna de ellas le ayudaría a forzar una cerradura. Inspeccionó los alrededores, no encontró puertas traseras, para su desgracia, pero sí logró encontrar una ventana sin asegurar. La abrió con cuidado, la traspasó, y ya estaba dentro, en el baño si quería ser exacta.
Registró la pequeña habitación y, tras no encontrar nada interesante, siguió su camino. Las siguientes estancias no fueron diferentes. La casa estaba en silencio, y buscar sigilosamente podía ser tedioso y largo, pero no muy divertido. Abrió otra puerta y escuchó el ruido de algo moviéndose. Había dado con la habitación de la que debía ser la hermana de su cliente. Ella estaba durmiendo, de cara hacía ella. Con cuidado cerró la puerta de nuevo y siguió el registro. Tal vez debería de habérselo imaginado en ese momento, pero las posteriores horas fueron solo una infructuosa y larga búsqueda sin sentido. Los papeles que buscaba no estaban en el salón, ni en el despacho, ni ocultos en el sótano. Seguramente ella los había guardado en su habitación.
Con eso en mente, se vio obligada a regresar. Registrar la habitación donde alguien duerme es mucho más difícil que buscar en una estancia vacía. Podía escuchar la respiración regular de la chica, y cada vez que la veía fluctuar, aun si era por un momento o por muy poco, se detenía en seco. De nada le hubiera servido si la dueña se despertaba.
Ni siquiera pudo celebrar cuando los encontró.
Los leyó por encima, pero no tenía tiempo para analizarlos con calma, por lo que se limitó a comenzar a calcarlo. No sería una copia muy creíble, pero si estaba en lo cierto, ella tampoco parecía revisarlos cada día. Siempre y cuando no le diese un doble vistazo, no notaría la diferencia. Ocultó de vuelta el testamento calcado en su lugar, el último cajón de la mesita de noche, y justo en ese momento la respiración de la chica se alteró.
Se escondió bajo la cama sin pensarlo demasiado mientras luchaba por contener la respiración. La chica se levantó de la cama mientras murmuraba palabras ininteligibles. Los pasos se alejaron, poco a poco y torpemente. Se obligó a permanecer escondida mientras los escuchaba descender las escaleras y entrar en lo que creyó sería la cocina. Agradecía no haberlo revuelto todo, porque de haberlo hecho, hubiera sido descubierta. Escuchó el grifo del agua por unos momentos y al poco escuchó los pasos volver a subir. El cuerpo de la chica cayó en la cama sin cuidado, se removió bastante hasta encontrar la postura deseada, y su respiración comenzó a regularse nuevamente.
Esperó una vez estuvo dormida, unos pocos minutos, no había nada bueno en ser impaciente. Y solo cuando estuvo confiada en que no despertaría, salió de la cama y posteriormente de la habitación. Caminó hasta llegar al baño y salió de la casa.
— Al fin… — Resopló con alivio, agazapada en el césped, cansada de contener su respiración durante tanto tiempo. Le recordaba a su infancia, cuando se escondía debajo de su cama para que su padre no la encontrase. Tardó un poco en descubrir que eso no funcionaba. Su padre siempre sabía dónde estaba.
Suspiró con cansancio, decidiendo apartar esos pensamientos, y regresó a su casa. Una vez allí, se dio otro par de días para leer y analizar el testamento que tanto le interesaba a su cliente.
Esperó, en el callejón, a que su cliente llegase. No tardó en hacerlo, parecía bastante ansioso.
— Tengo lo que buscabas.
— ¿Lo tienes? — Cuestionó él emocionado.
Aria asintió. — ¿Conoces a alguien llamado Rennard? — Preguntó directamente por el nombre real de su hermano. No tenía sentido preguntar por Reen pues era solo un apodo que tenía en casa.
— ¿Rennard? — La confusión en su mirada era clara.
— Un chico de pelo rosa, alto, de ojos azules. Debía ser fácil de reconocer, siempre llevaba una ballesta a la espalda.
El hombre se quedó pensativo. Aria no esperaba nada desde el principio, pero la nula respuesta a sus preguntas le decepcionaron de todos modos. Sacó su reloj de bolsillo de entre su ropa y se lo mostró al hombre. — Solía llevar esto encima.
— ¡Oh, Nath! — Exclamó el hombre con una sonrisa en cuanto vio el reloj. — Ese es su reloj, siempre lo llevaba encima sin importar qué. Estuvo en el dojo que regentaba mi padre una temporada.
— ¿Nath? — Aria guardó de vuelta su reloj. — Debía estar utilizando un nombre falso o un apodo.
Theo asintió. — Así dijo que se llamaba.
— ¿Sabes dónde fue después de Kárate?
El hombre negó con la cabeza. — Pero sé de dónde venía.
Aria sonrió, aunque seguramente no sería visible para su cliente. — Dame el nombre de la isla y daré como pagado este trato.
El hombre asintió rápidamente, seguramente esperaba más preguntas. Seguramente se lo estaba dando barato, pero estaba bien así, estaba feliz de al fin encontrar el rastro de su hermano.
Una vez hecho el intercambio, ella le entregó el testamento, el real, el que había robado a la chica. Aunque bueno, de real no tenía nada, seguramente lo había falsificado. Tal vez por eso ese hombre estaba buscando la forma de obtener información sobre él.
— ¡Muchas gracias! — Exclamó el hombre haciendo una profunda reverencia. — Espero que encuentres a Nath, era un buen tipo, dile que se pase por Kárate que hace años que no le vemos. — Aria no corrigió la información. No tenía sentido. El hombre repitió el agradecimiento una segunda vez y se fue.
Ella se quedó en el callejón un par de minutos, sin poder borrar la sonrisa. Tal vez Reen estaba muerto, pero sus pisadas habían permanecido en el mundo. Y ella estaba deseando seguirlas para poder ver como había vivido su hermano en ese tiempo. ¿Qué había visto? ¿Había merecido la pena? ¿Había sido feliz?
Estaba segura de que sí.Pensamiento || Diálogo || Narración
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