18-09-2026, 07:28 AM
64 de Verano del año 18,
Isla del Kárate.
Aria llevaba caminando y hablando con personas dos días. Por las mañanas había conseguido un empleo en una pequeña cafetería cerca de un dojo, lo suficientemente concurrida como para poder hacer alguna que otra pregunta indiscreta a sus clientes, pero lo suficientemente tranquila como para mantener un ambiente acogedor y tranquilo. Algunos de sus clientes, la mayoría, le habían dado respuestas vagas a sus preguntas, no muy interesados en responder las dudas de una periodista novata. Alguno que otro, sin embargo, se había ido un poco de la lengua.
Isla del Kárate.
Nota del Autor
Aria llevaba caminando y hablando con personas dos días. Por las mañanas había conseguido un empleo en una pequeña cafetería cerca de un dojo, lo suficientemente concurrida como para poder hacer alguna que otra pregunta indiscreta a sus clientes, pero lo suficientemente tranquila como para mantener un ambiente acogedor y tranquilo. Algunos de sus clientes, la mayoría, le habían dado respuestas vagas a sus preguntas, no muy interesados en responder las dudas de una periodista novata. Alguno que otro, sin embargo, se había ido un poco de la lengua.
Había oído muchos rumores, entre ellos, había bastantes que saltaba a la vista que eran meras exageraciones. Pese a eso, se había sentido obligada a confirmarlos. Un hombre había hablado sobre un suceso que ocurría cada noche en uno de los dojos que un familiar suyo frecuentaba. Normalmente cuando la información dependía de relativos, también tendía a tener más exageraciones y falsedades, pero escuchó de todos modos. Según el hombre, alguien aparecía cada noche para hacer “algo” en el estadio de dicho dojo. El hombre insinuó que eran trampas, por supuesto, y se quejó de que había un estudiante en ese dojo que había estado ganando los últimos combates gracias a las trampas que este “alguien” hacía.
Aria llegó al dojo. Era un edificio más grande de lo que esperaba, pero se notaba que tenía un aire familiar. La puerta principal estaba cerrada, no era ninguna sorpresa. A un lado se alzaba una alta verja de madera. Por las rendijas se podía ver un jardín, pero con la oscuridad de la noche, no se podía apreciar mucho más. Aria se acercó a la puerta principal. Miró a su alrededor, asegurandose de que no hubiera nadie que pudiese ser testigo de sus acciones y, finalmente, pegó el oído a la puerta.
Tirada Precisión
No logró escuchar nada, pero no podía estar segura de si era porque no había nadie o porque estaba tratando de abarcar demasiado terreno. En cualquier caso, por lo menos tenía la certeza de que no había nadie cerca de la puerta. ¿Qué tan cerca?, quien sabe. Dio un paso atrás y le echó un vistazo al cerrojo de la puerta. No era ninguna experta, ¿pero que tan difícil podía ser abrir un cerrojo? Se puso de cuclillas, sacó un pequeño clip para el pelo (modesto, no como los adornos que solía utilizar en el pasado) y comenzó a trastear. Seguro que con un poco de paciencia, la puerta se abriría en un periquete.
Tirada Destreza
— Tal vez no sea tan sencillo. — Había pensado después de media hora de no conseguir nada. Pero no iba a rendirse. Había visto a los protagonistas de sus novelas hacer esa clase de cosas con facilidad. ¡Ella no iba a ser menos! — Mentirosos. — Murmuró con frustración después de otra larga media hora. Sabía que los libros mentían, los héroes que describen no existían. ¿Pero quien iba a decir que incluso algo tan simple como forzar una cerradura también fuese a ser mentira? Tal vez su padre tenía un poco (y solo un poco) de razón en que leía demasiadas novelas. ¡Debió haber leído algún manual sobre forzar cerraduras! Pero no, había leído sobre falsos héroes que forzaban falsas cerraduras, así que ahora tenía que forzar una cerradura real con conocimientos ficticios. — Me rindo — Murmuró por lo bajo, dejándose caer al suelo con un resoplido. Todo lo que había logrado era un dolor de cabeza y perder dos horas de su vida. Tras unos minutos de tranquilizarse y admirar las estrellas del cielo, volvió a levantarse. Se sacudió el polvo de la ropa y se acercó a la valla que daba al patio. Con un poco de suerte, podría saltarla y encontrar alguna puerta interior con menos seguridad. Esperaba que, en esta ocasión, saltar una valla fuese igual de sencillo en realidad y en ficción. Aunque comenzaba a perder la esperanza.
Tirada Agilidad
Con algo de dificultad, logró trepar hasta lo alto de la verja. Desgraciadamente, una vez arriba, perdió el equilibrio y tuvo que bajar de la forma rápida y mala: cayendo al suelo. Se forzó a no soltar una maldición en voz alta y se limitó a mantenerse quieta por un momento, como si así el dolor en su tobillo fuese a desaparecer mágicamente. Claramente los libros le habían fallado de nuevo. Debería encontrar algún libro sobre forzar cerraduras y saltar vallas ajenas.
Escuchó unos pasos cercanos, por lo que su pequeño descanso se vio interrumpido y tuvo que apresurarse a esconderse tras unos arbustos.
Tirada Inteligencia
Un hombre con una lanza llegó al lugar un poco después de que ella se hubiera escondido. Miró a los lados, sujetando con fuerza la lanza y con la expresión de quien ha visto un fantasma. Tras asegurarse de que no hubiera nadie a simple vista, dio un sonoro suspiro de alivio y llevó su lanza al hombro. — Que susto, pensé que alguien se había colado… — Murmuró con una sonrisa fácil.
— ¡Gin, si no vuelves te saltamos el turno! — Exclamó una voz lejana. El hombre con la lanza (Gin supuso que sería su nombre), sin embargo, logró escucharlo bien. Debía tener tan buen oído como ella.
— ¡Voy!
Nadie respondió y el tal Gin volvió corriendo por donde había venido. Aria esperó un poco más antes de salir de su escondite y, finalmente, se dio tiempo para mirar a su alrededor. Podía ver a lo lejos la puerta que había usado Gin para entrar, no necesitaría acercarse para saber que habría gente al otro lado, aunque por lo menos parecían estar lo suficientemente lejos de ella. Había un camino de tierra que comenzaba en la puerta y se adentraba en el jardín. Aria lo siguió con la vista,, avanzando escondida entre los arbustos. Llegó a su objetivo: La tarima donde se suponía que se estaban llevando a cabo las trampas. Escogió un escondite desde donde pudiera observar lo que pasara y se acomodó. Le esperaban unas largas horas. Para su sorpresa, el hombre de los rumores realmente hizo su aparición. Se irguió al instante, sorprendida de que la información fuese cierta. El sospechoso llevaba algo en las manos y parecía estar buscando algo. — ¿De verdad está haciendo trampas? — Trató de enfocar su atención en el hombre y en lo que decía.
Tirada Precisión
Sin embargo, hablaba demasiado bajo como para poder escuchar lo que decía desde donde se encontraba. Lo que si pudo vislumbrar fue lo que llevaba en la mano, a duras penas, pues estaba demasiado oscuro. No parecía nada que pudiera utilizar para hacer trampas, parecía… ¿comida? Algo se movió entre los arbustos, cerca de donde ella estaba, y casi se le para el corazón por el susto. — ¿Un gato? — Siguió con la mirada el pequeño felino, que caminaba con confianza y calma hasta el hombre. Este sonrió de inmediato, se arrodilló y le ofreció lo que fuera que llevara en la mano. Debía ser algún tipo de chuche para animales, pues el gato aceleró el paso de inmediato y comenzó a comer con entusiasmo. Hundió los hombros y volvió a apoyarse contra el árbol de su espalda. Con que era eso lo que había pasado. Suspiró, con una sonrisa en los labios, y observó la escena en silencio. Bueno, había sido una misión fallida, pero debía admitir que las vistas eran bonitas. Iba a tener un problema para salir, eso sí.
El hombre terminó de acariciar al gato y volvió por donde había llegado. El camino de tierra seguía más allá, le daba bastante curiosidad, pero ya no tenía más razones para seguir investigando. Había confirmado que era un falso rumor. Ya estaba moviéndose para volver cuando escuchó unos pasos llegar a la tarima. Pensó que debía ser de nuevo el ex-sospechoso, pero se equivocaba. Fuera quien fuera, no quería que nadie lo reconociera, llevaba una gabardina negra y la capucha ocultaba su rostro. Caminaba despacio, tratando de no hacer ruido y que nadie lo viera. Claramente ya había fracasado, aunque no lo supiera. Notó que también parecía llevar algo en las manos, aunque trataba de ocultarlo entre la tela de su ropa. Enfocó su vista. Estaba demasiado oscuro para poder ver algo que el hombre estaba tratando de esconder deliberadamente, pero debía intentarlo.
Tirada Precisión
Sus manos temblaban ligeramente por la adrenalina y el miedo acumulados. Cuando sus ojos enfocaron, finalmente, lo que probablemente era un arma, no podía creerse lo que estaba viendo. — ¡¿Una bomba?! — Exclamó, incorporándose por el susto. Fue tarde cuando se dio cuenta de que estaba totalmente visible para el terrorista. No estaba preparada para eso. Sintió su corazón en un puño y todo en lo que pudo pensar fue en la pistola que tenía oculta en su ropa. En el pánico, ni siquiera notó que lo que se suponía que había identificado como una bomba, brillaba ante la luz de la luna como la hoja de una daga.
— ¡¿Quien eres?! — Cuestionó el terrorista, sacando un cuchillo y apuntándolo a ella.
Aria dio un paso hacia atrás, temerosa. Si tomaba alguna decisión equivocada, el terrorista podría detonar la bomba y desconocía el alcance del arma.
— ¡¿Quién eres?! — Volvió a gritar, esta vez agitando el arma blanca frente a ella. Estaban tal vez a unos 10 metros de distancia, no estaba segura de por qué estaba utilizando como objeto disuasorio un pequeño cuchillo en lugar de la bomba que escondía, pero tampoco planeaba comenzar a discutir con él sobre cómo cometer crímenes.
Trató de calmarse, debía tranquilizar al terrorista o todos saltarían por los aires.
Tirada Voluntad
Respiró hondo. A no ser que fuese suicida, el terrorista no detonaría la bomba así como así. Y puesto que iba vestido de negro, para pasar inadvertido, todo apuntaba a que estaba tratando de hacer explotar el lugar en secreto. — Luna. — Respondió con un tono de voz falsamente calmado. — Soy periodista.
El hombre pareció ponerse nervioso. — ¡Largo de aquí!
No podía dejar que el hombre pusiera la bomba, todos los que estuvieran en el dojo, incluido el tal Gin y el chico del gato, estarían en peligro. Tomó aire, sacó la pistola que mantenía oculta y la apuntó al terrorista. — Entrega todo lo que lleves encima. — Ordenó, tratando de parecer mucho más dispuesta a apretar el gatillo de lo que lo estaba. Nunca había matado a nadie y esperaba que esa no fuera la primera vez.
Tirada Voluntad
No estaba segura de si fue porque sus manos temblaban ligeramente, o por la adrenalina que debía estar sintiendo el terrorista, pero el hombre no se tragó su farol. Gritó mientras se echó a correr en su dirección. Ella entró en pánico, pero dudó. Su dedo se negaba a apretar el gatillo. El terrorista tiró el cuchillo en su dirección, y aunque ni siquiera pasó cerca suyo, se vio obligada a tratar de esquivarlo. Fue la distracción perfecta para que el terrorista cambiara de dirección y huyera hacia los arbustos. — Mierda. — Maldijo al verlo internarse en la pequeña arboleda. Dudó por un momento, el suficiente para que una voz en su cabeza dijera — Es demasiado peligroso — y la otra respondiera — ¡Tiene una bomba! —. No necesitó pensar nada más y echó a correr tras el terrorista. — ¡Alto! — Exclamó sin detenerse.
Todo el ruido que estaban haciendo debió servir de algo, pues algunas personas salieron del dojo, entre ellos el tal Gin y el chico que había cuidado del gato. El encapuchado se detuvo en el instante en el que estos se cruzaron en su camino. Aria se detuvo también y respiró pesadamente por el esfuerzo mientras devolvía su pistola a su escondite entre la tela de su ropa. La pistola no le había servido de mucho, sin embargo, confiaba en que esos competentes con lanza, fueran mejor fuerza disuasoria que ella. — ¡Cuidado, tiene una bomba! — Exclamó tras recuperar un poco el aliento, señalando acusadoramente al terrorista.
El encapuchado se giró a mirarla con la velocidad del rayo y le dio una mirada sorprendida. — ¿Qué? — Dijo con confusión.
Respiró hondo, tratando de calmarse a sí misma. Si tenía razón y no era suicida, entonces no detonaría la bomba descuidadamente. Solo debía asegurarse de que no se volviera loco. — Eso no es tan difícil. — Pensó, sintiéndose un poco más confiada. — ¡No me engañas, vi que tenías una bomba! — Repitió ella.
Los hombres prepararon sus lanzas y rodearon al encapuchado.
— ¿Hirohito, eres tú? — Preguntó Gin, escondido tras algunos hombres, sosteniendo la lanza con manos temblorosas. — ¡¿Cómo has podido caer tan bajo como para convertirte en un terrorista?! — Gritó con reproche y ofensa. Pese a eso, permaneció bien lejos del peligro.
— ¡No tengo ninguna bomba! — Respondió el terrorista. — ¡Está loca!
— ¡¿Vas a negar que te has colado al dojo?! — Acusó Aria, señalándolo nuevamente.
— ¡Tú también te has colado! — Respondió Hirohito.
Todas las miradas cayeron en ella, como si fuese algún tipo de partido de ping pong. Ella notó sus mejillas un poco calientes, agradecería a la noche que no haría evidente su vergüenza. — Vamos, no eres Aria, eres Luna. — Se dijo a sí misma. — ¡Yo soy periodista, tú un terrorista!
Las miradas volvieron a él.
— ¡No soy un terrorista!
— ¡A las personas que ponen bombas se les conocen como terroristas!
— ¡Por Dios! — El terrorista llevó sus manos a su pelo y tiró de él con frustración. — ¡Yo solo venía a robar, maldición! — Confesó con frustración. — ¡¿De donde mierda sacas lo de la bomba?! — Hirohito se quitó la gabardina y mostró que ya no le quedaban cartas bajo la manga.
Aria frunció el ceño con confusión, por primera vez, dudando de lo que realmente había visto. Se acercó con cuidado al presunto terrorista y lo registró, pero ya no llevaba más armas, y ni rastro de la bomba. — No me digas que…
— Sí, estabas equivocada. — Afirmó ofendido.
— …que has tirado la bomba en algún lugar del bosque…
— ¡NO!
Los demás luchadores, que no parecían querer seguir escuchando el arrebato, no tardaron en apresar al presunto terrorista. No dejó de quejarse ni por un momento de lo injusto que era que lo acusaran de terrorismo cuando ni siquiera sabía como crear (o donde comprar) una bomba.
— Nosotros nos encargamos de registrar el lugar. — Dijo uno de los hombres, el que había dado de comer al gato, acercándose a ella. — Muchas gracias por su ayuda, señorita Luna.
— El placer es mío, lamento haberme colado.
El hombre negó con la cabeza. — Haremos la vista gorda, dado lo sucedido. — Con un gesto de cabeza, pareció darle órdenes al resto de hombres, quienes comenzaron a separarse en parejas para registrar el dojo en busca de la bomba.
Gin fue el único que no se fue con nadie, sino que se acercó al chico del gato y a ella. — Permite que te acompañemos a la salida.
Dio un último vistazo a los hombres que registraban el jardín y aceptó el ofrecimiento. El rumor había sido desmentido y el peligro de la bomba sería (o eso esperaba) solucionado por ellos, así que podría dar por finalizado su día.
Dio un último vistazo a los hombres que registraban el jardín y aceptó el ofrecimiento. El rumor había sido desmentido y el peligro de la bomba sería (o eso esperaba) solucionado por ellos, así que podría dar por finalizado su día.
No había obtenido gran información, pero por lo menos había descubierto que disparar a alguien no es tan sencillo como parece. Debía comenzar a mentalizarse sobre el hecho de que, en algún momento, tendría que disparar (por algo había comprado balas), o sería ella quien acabaría muerta.
Pensamiento || Diálogo || Narración
Apariencia Alter-Ego
Resumen

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