08-09-2026, 05:16 PM
(Última modificación: 08-09-2026, 05:17 PM por Magnus Brand.)
[Reino de Briss,
South Blue,
48 de verano, año 18]
South Blue,
48 de verano, año 18]
El olor a humedad y salitre se mezclaba con el de las esporas verdosas que cubrían su mendrugo de pan. Magnus se encontraba sentado sobre unas cajas de mercancía que crujían agónicamente bajo sus más de trescientos kilos. Estaba masticando tranquilamente mientras se fumaba su cigarro de buenos días, exhalando gruesas columnas de humo denso que escapaban por las comisuras de sus labios. Se notaba que no era tabaco de la mejor calidad, pero a él le gustaba ese en concreto.
El puerto del reino de Briss estaba tan ajetreado como de costumbre: comerciantes gritando, gaviotas graznando y marineros descargando barriles.
Magnus se dispuso a escribir un poema matutino. Eran sus mejores obras, segun su experiencia. Se dispuso a mirar a su alrededor para obtener inspiración.
«Hmmm... Gaviota... ¡compota! No, no. Compota no. Gaviota... ¡pelota! No, no... pelota no me pega aquí. Gaviota... ¡flota! Esta está mejor» —El buccaneer se encontraba en su pico de creatividad del día.
Sin embargo, el oído de Magnus captó un sonido rítmico, metálico y dolorosamente familiar que hizo que tuviese que olvidarse de su poesía por un rato.
Clac. Clac. Clac.
Eran grilletes. El roce del acero pesado contra los adoquines.
Magnus detuvo su mordida. La enorme cicatriz que nunca terminó de cerrarse en su pectoral izquierdo comenzó a escocerle con una intensidad furiosa, como si su piel llevara décadas negándose a sanar precisamente para advertirle de momentos como este. Comenzó a rascarse el pecho mientras clavaba su afilada mirada en la callejuela de su derecha.
De las sombras del callejón emergió un oficial de la Marina. Llevaba el impoluto abrigo blanco con la palabra "Justicia" bordada en la espalda, aunque la ausencia de charreteras delataban que no era un alto mando, sino un soldado raso de pacotilla. La cuestión es que no caminaba solo. Con su mano izquierda tiraba de una cadena oxidada que terminaba en el cuello de un hombre andrajoso, descalzo y con la mirada completamente rota. Aquel hombre sangraba por las rodillas, tropezando a cada paso y suplicaba piedad entre sollozos ininteligibles.
A pocos metros, un aristócrata local con un ridículo sombrero de plumas esperaba con los brazos cruzados. Magnus observó, en absoluto silencio, cómo el soldado empujaba al esclavo fugado a los pies del noble. El aristócrata sonrió, sacó una abultada bolsa de tela que tintineaba con el inconfundible sonido de los berries, y se la entregó al oficial discretamente.
—La Justicia de la Marina siempre protege los legítimos intereses de los ciudadanos de Briss, mi señor —dijo el soldado, guardándose el soborno con una sonrisa —Esta escoria no volverá a intentar escapar.
Magnus sintió que la sangre hervía a través de todo su cuerpo. No lograba acostumbrarse a la hipocresía del gobierno mundial. La misma Marina, que se llenaba la boca hablando de paz y de justicia, actuando como el perro faldero de los esclavistas por un par de monedas. Los dedos del buccaneer se clavaron en el mendrugo de pan mohoso, casi haciéndolo migas.
Arrancarse sus propias cadenas le había costado cincuenta y seis años de miseria. No iba a permitir que nadie más fuera arrastrado de vuelta al infierno.
Se levantó, y el simple acto de ponerse en pie hizo que las cajas de madera bajo él terminaran de ceder con un estruendo sordo. Sus más de cinco metros de altura proyectaron una sombra que cubrió de golpe al marine, al noble y al esclavo.
Sin decir ni una sola palabra, Magnus caminó hacia ellos con pasos pesados que hacían vibrar los adoquines. El aristócrata, pálido como un cadaver, retrocedió tropezando con sus propios pies y huyó corriendo hacia el interior de la ciudad, dejando al soldado solo ante el buccaneer.
—¿Quién demonios te crees que eres, salvaje? —escupió el marine, desenvainando su sable reglamentario, aunque con un ligero temblor que traicionaba su falsa valentía —Estás interrumpiendo un procedimiento oficial de la Marina. ¡Lárgate antes de que te arreste por obstrucción!
Magnus ni siquiera lo miró a la cara. Sus ojos se fijaron directamente en el esclavo que temblaba en el suelo, encogido, esperando el golpe. El revolucionario se agachó con una lentitud exasperante, haciendo crujir sus propias rodillas, que ya tenían más de sesenta años de desgaste, y le tendió el trozo de pan duro y mohoso que llevaba en la mano, o lo que quedaba de él.
—Come —le ordenó Magnus con su voz profunda y grave —El estómago vacío te hace pensar como un cobarde. Necesitarás fuerza si planeas correr.
El esclavo miró el pan, completamente aterrorizado y sin atreverse a mover un músculo. El soldado, sintiéndose profundamente insultado por ser ignorado de esa manera, dio un paso al frente y soltó un manotazo violento, golpeando el brazo de Magnus y mandando el preciado mendrugo de pan a rodar por un charco de lodo y alquitrán.
—¡Te he dicho que te largues, pedazo de animal! —gritó el marine, con la vena del cuello a punto de estallar.
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta las gaviotas parecieron dejar de graznar. Magnus bajó la mirada hacia su pan, ahora empapado en fango negro. Privar a un hombre de su libertad era un pecado imperdonable, así como tirarle la comida a alguien que había pasado décadas muriéndose de hambre. El marine acababa de cruzar un par de líneas de no retorno.
Magnus se incorporó lentamente. Se sacó el cigarrillo a medio consumir de la boca y se lo apagó directamente en la cicatriz del pecho, un extraño pero ya común alivio en el picor de su cicatriz. Tiró la colilla al charco, junto al pan.
—Acabas de cometer dos errores fatales, soldadito hijo de puta. —dijo Magnus visiblemente enfadado, clavando su mirada asesina en el marine —El primero ha sido ponerle una correa a un ser humano como si fuera un jodido cerdo.
El soldado tragó saliva, aferrando su sable con ambas manos, dándose cuenta demasiado tarde del inmenso error de cálculo que había cometido.
—¿Y-y el se-segundo? —Preguntó entrecortadamente sin querer saber la respuesta.
—¿Qué cojones dices, subnormal?
Magnus no usó ninguna técnica refinada. No había artes marciales ni posturas de combate. Solo la furia de un viejo revolucionario que ya no sentía la necesidad de demostrarle nada a nadie. Flexionó sus grandes piernas y saltó. A pesar de su tonelaje, se movió con una agilidad aterradora, elevándose por encima del teniente. En el aire, giró su cuerpo y descargó una patada voladora con el talón por delante, apuntando directamente al centro del pecho del marine.
El impacto sonó como un cañonazo. La bota de Magnus hundió la caja torácica del marine, destrozando el esternón y lanzando su cuerpo como un muñeco de trapo varios metros hacia atrás. El oficial chocó contra un muro de ladrillos, resquebrajándolo, y cayó al suelo sin vida antes de que la sangre siquiera empezara a manchar su abrigo blanco.
Magnus aterrizó pesadamente, levantando una nube de polvo. Se acercó al cadáver para registrar sus bolsillos. Lanzó todo lo que encontró al mar, incluyendo el dinero que había recibido del aristócrata y unos papeles que ni siquiera se molestó en leer, excepto un llavero. Se dirigió hacia el esclavo y le tiró el llavero a la cara.
El hombre, aún en el suelo, lo miraba como si estuviera viendo a una deidad monstruosa. O a un monstruo, a secas.
—Eh, tú, cabronazo —le dijo Magnus, rebuscando en los bolsillos de su propio abrigo —Ya no tienes dueño. Búsca tu mismo la puta llave, que yo no tengo paciencia para esas gilipolleces. Y, si quieres, levanta el culo de ahí y lárgate si no quieres que los refuerzos de aquel capullo inerte te culpen de esto o te vuelvan a encadenar por yo qué cojones sé.
Sacó un nuevo cigarrillo, aplastado y ligeramente húmedo, y se lo llevó a los labios. Extrajo el hermoso encendedor con forma de sirena que le había regalado aquella anciana, admiró su diseño por un segundo y encendió la punta del tabaco, dando una larga y profunda calada. El humo se mezcló con la brisa marina mientras recogía su mendrugo de pan del lodo, limpiándolo descuidadamente contra la tela de su abrigo.
—Toma esto. Y como vea que lo tiras, te arranco la cabeza. ¡Que aproveche! —le dijo Magnus al esclavo mientras veía cómo se alejaba corriendo con el mendrugo de pan en la mano.
Los gritos de alerta ya empezaban a sonar en la lejanía. Los silbatos de la Marina sonaban cada vez más cerca, anunciando que el caos estaba a punto de desatarse en el puerto de Briss. Al viejo revolucionario no le interesaba ser arrestado.
Magnus exhaló el humo, se rascó el pecho, y echó a andar hacia los callejones con su característico paso pesado, sonriendo de medio lado.
—Gurorororo... Estos niños de mierda van a matarme de un disgusto
Cuando llegó a la taberna Bag's Cat, su favorita, sacó su cuaderno y se dispuso a terminar su poema:
¡Cómo vuela la gaviota!
Qué libre es
Encima flota
Qué hija de puta
Cuando llegó a la taberna Bag's Cat, su favorita, sacó su cuaderno y se dispuso a terminar su poema:
¡Cómo vuela la gaviota!
Qué libre es
Encima flota
Qué hija de puta
Off
![[Imagen: qWhXPFX.png]](https://i.imgur.com/qWhXPFX.png)
