[Pasado] | What? A little bunny? | [Priv. Vixen] | [+18]
#1
Día 12, Invierno.
Año 15.
11:27pm.

Un silencioso Jin caminaba tranquilamente. A sus espaldas otros dos parecían acompañarlo. Los tres eran hombres trajeados, uno de ellos más alto que el propio Jin, el otro prácticamente de la misma altura que el yakuza, solo que un par de milímetros por debajo. Uno, calvo con gafas de sol, pese a la hora nocturna, tenía el tatuaje de un dragón a un lado de su calvicie y el otro era de cabello oscuro, ligeramente elevado posiblemente por algún tipo de crema. Jin, sin embargo, estaba como de costumbre impecable. Traje perfecto, oscuro, con su respectivo chaleco del mismo color, una camisa en el interior blanca y, para finalizar, una corbata perfectamente acomodada. Su cabello solo dejaba entrever unos ligeros mechones en el lado de su cicatriz, que era perfectamente visible pese a todo, y al peinado perfectamente arreglado, como ya era de costumbre para el varón de tez pálida. Lo último que lo acompañaba era una katana en su lado izquierdo, en el mismo cinturón, guardado perfectamente en el interior de su vaina.


Jin mantenía un semblante sereno, falto de expresividad y eso, lejos de resultar calmado, parecía alertar a los dos hombres que lo acompañaban, quienes para otros podían verse calmados. Jin, sin embargo, los conocía lo suficiente y percibía más que de sobra para saber qué podría estar ocurriendo. Sus pasos seguían hacia delante, del mismo modo que su mirada que seguía al frente, pero el yakuza dejó entrever su voz grave y firme.

—Repetidme qué está pasando.

Los dos varones a sus espaldas tragaron saliva, mirándose entre sí en un corto silencio. El más alto carraspeó antes de hablar. —Aparentemente, en el bar... está habiendo un problema. Lo verá cuando llegue, Jefe. — Era de noche, tarde... y nunca parecía tener un condenado descanso. Si no había más detalles, sospechaba cuál era el problema. Sin embargo se mantuvo sorprendentemente tranquilo y calmado hasta que, al fin, los pies de los tres varones frenaron justo frente lo que era un local. Una taberna, con pequeñas luces que mostraban la elegancia del lugar... Si no fuera porque desde el interior aparentemente estaban habiendo gritos... Y no especialmente amistosos.

Abrió la puerta él mismo, solo para ver cómo, frente a él, una silla volaba en el aire, pasándole por delante hasta escuchar cristales rompiéndose. Cerró los ojos, tratando de mantener la calma, respirando profundamente. —¡MALDITA PERRA ASQUEROSA! ¡NADIE TE DA DERECHO A...! — Quien gritaba era un hombre desaliñado, señalando a alguien, a saber quién, con rostro molesto, pero se silenció de forma instantánea en cuanto el propio Jin hizo acto de presencia. Una gota de sudor frío recorrió un lado de su rostro, descendiendo lentamente su mano, como si lo acabaran de atrapar haciendo una travesura.

Jin entró, calmadamente, viendo el panorama a su alrededor. Un caos en la taberna, el bartender detrás de la barra parecía haberse agachado para evitar que nada lo golpeara, algunos clientes asustados, otros simplemente haciendo apuestas en unas cartas de póker, otras confundidas o habían estado animando a que la situación siguiera escalando y, sin embargo, de repente se había hecho un silencio tal que parecía que se podía escuchar a alguien más respirar. 

La puerta detrás de Jin fue cerrada por el de menor estatura, con un “clic” que ya decía más que cualquier palabra que pudiera darse en ese momento. El barman asomó parte de su cabeza, asustado todavía, mirando de un lado a otro, viendo los nuevos allegados al ver que aparentemente el ambiente se había calmado ligeramente. Jin sacó de su bolsillo, como si no hubiera hecho que el caos repentino se silenciara, una cajita de metal, abriéndola lentamente, apreciando la hilera de cigarrillos, retirando uno de ellos y acercándola a sus labios. Pronto, el varón de su izquierda acercó un mechero a la punta del cigarrillo, haciendo que la llama iluminara el rostro pálido junto a su cicatriz, dando la primera calada.

—¿Alguien me explica qué está pasando aquí, o os tengo que arrancar la información a golpes?

Inhaló el humo del tabaco, volviendo a caminar, esta vez hasta la barra, dándole la espalda al bartender y apartando el cigarrillo, expulsando el humo de sus pulmones y dejando que volara por encima de él. A continuación, sus ojos exploraron todo su alrededor, analizando los rostros, el caos, los cristales rotos, mesas volcadas, algunos licores al otro lado de la barra que habían caído...

—Más vale que haya una buena razón para hacer esto en este bar, muchachos.

La mirada fue suficiente para hacer estremecer a más de uno. El mismo que inicialmente había estado gritando señaló a alguien que se encontraba frente a él, a cierta distancia. —¡E-ES CULPA DE ESA ZORRA! ¡NO SABE CON QUIÉN SE METE! — Los ojos de Jin se volvieron a su alrededor, analizando de nuevo quién se encontraba a su alrededor. Había más de una mujer, pero a saber quién había provocado semejante escándalo para captar la atención de esa forma.
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#2
Día 12 de Invierno del Año 15
10:24 p. m.

El frío de aquella noche se había instalado sobre mi cuerpo, obligándome a esconder mis manos dentro de los bolsillos. Mientras caminaba por las calles, iba mordisqueando una zanahoria y moviendo la nariz de un lado a otro como un conejito intentando lidiar con las bajas temperaturas. El viento corría entre los edificios, haciendo rugir los letreros de los establecimientos que aún permanecían abiertos. No tenía ningún asunto importante aquella noche. Solo quería beber tranquilamente y, con algo de suerte, encontrar algo decente que llevarme al estómago. Quizá incluso podría permitirme disfrutar de la noche sin terminar metida en algún problema. Aunque, siendo completamente sincera conmigo misma, probablemente estaba pidiendo demasiado.

Al doblar la esquina apareció el lugar. No era el más elegante, pero tampoco un antro de mala muerte; se veía de lo más cozy, y mi colita de conejo ya no aguantaba más esas bajísimas temperaturas. Al empujar la puerta, el cambio térmico fue instantáneo, y una mezcla inconfundible de madera, alcohol y tabaco inundó el ambiente. Me sacudí el frío de los hombros y me desabroché el abrigo con alivio, dejándome caer la pesada prenda sobre el brazo mientras buscaba con la mirada una mesa libre. Al quitarme el abrigo quedó al descubierto el saco negro que llevaba debajo, el cual revelaba mi piel y un par de collares metálicos superpuesto.


Fui directo a la barra, pedí mi bebida, di el primer trago y dejé escapar un aaaa~. —Ay, pinga, aquí vamos…

La paz duró exactamente lo que tardé en notar una voz desagradable rompiendo el fondo musical. Un tipo desaliñado, pasado de copas y con la confianza por las nubes. Decidí ignorarlo; era lo sensato, lo maduro... y, por desgracia, lo último que iba a hacer.

—¿Qué coño estás mirando? —soltó de repente.



Sostuve el vaso cerca de mis labios, lo bajé con calma e incliné la cabeza con una mueca de cabreo.

—¿Qué hay para mirar? —respondí, provocándolo un poco más.

Esperé sentada mientras empezaba a insultarme y a llamarme maldita perra asquerosa. Cuando intentó agarrarme, la paciencia se me agotó, y lo aparté con un movimiento seco. El forcejeo empezó a escalar, sillas y vasos volaron, haciendo que el barman se pusiera a cubierto. Aquello duró un parpadeo. Le planté una patada directa a los huevos que lo dejó doblado, sin aire y con los ojos en blanco, antes de mandarlo a volar contra otra mesa.

—¿No querías llamar mi atención, baboso? —le solté con una sonrisa desafiante—. Aquí la tienes, imbécil.—Grité...

El silencio fue absoluto e inmediato. Las risas se apagaron y hasta mi contrincante se congeló. Giré el rostro y vi entrar a tres hombres. Los dos primeros cumplían el perfil de guardaespaldas, pero el tercero acaparó toda la atención. Un sujeto vestido con una elegancia impecable, completamente fuera de lugar en medio de aquel desastre. Traje oscuro, chaleco, corbata perfecta, el cabello ordenado y una cicatriz cruzando su piel pálida. Pero lo que de verdad intimidaba era la katana que descansaba a su cintura. La reacción general dejó claro que no era un don nadie. Entonces, su voz grave retumbó por todo el local, exigiendo explicaciones ante lo que acababa de encontrar.

Apreté la mandíbula al instante, sintiendo un molesto calor que hizo que me mordiera el labio inferior de forma involuntaria. Reorganicé mi postura resuelta a no dejar que su fría presencia notara ni por un segundo el pulso irregular que acababa de provocarme. —Kishishishi —reí—. Bueno... quizá esta noche no iba a ser tan tranquila. Pero, desde luego, se acababa de poner mucho más interesante.
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#3
El silencio del individuo que se había limitado a señalar a la mujer de cabello oscuro era más que suficiente para que el yakuza comprendiera más o menos la situación. Acercó el cigarrillo hacia sus labios, sus ojos ahora volviéndose a la mujer que aparentemente se había estado enfrentando al varón que acababa de insultarla. Exploró su cuerpo con la mirada, de arriba abajo y vicebersa. Ojos rojos intensos, tez oscura, totalmente opuesta a la suya, una belleza claramente deslumbrante y, por sus orejas y su cola, podía suponer que se trataba de una Humink.

—Usted no me resulta familiar, señorita.

Su sinceridad fue directa al observar a la mujer que lo superaba por pocos centímetros en altura, volviendo la mirada hacia. —Si me permite, tengo un asunto del que encargarme. Por favor, acomódese y pida lo que quiera, yo la invit-...

—¡DE ESO NADA! ¡NO ES JUSTO! ¿NO VES QUE LA MUY PERRA ME HA GOLPEADO? ¡EN LOS HUEVOS! ¿ME OYE SEÑOR? ¡EN-LOS-PUTOS-HUEV-...!

¡BAM!

El movimiento había sido veloz, muy fugaz. Su mano había sujetado el rostro del hombre, estampándolo contra la pared más cercana en la que se encontraba. La sangre comenzó a brotar de su cabeza, manchando parte de su propia mano. Lo apretó por unos escasos segundos hasta que lentamente lo soltó, haciendo que el hombre, pese a estar consciente, cayera sentado hasta el suelo, elevando la mirada con el temblor en su rostro. Juntó ambas manos, ahora con una lágrima descendiendo por una de sus mejillas, tembloroso. —¡S-señor! ¡No quise gritarle! ¡L-lo siento! — La mano de Jin comenzó a sacudirse. Pese a la situación, su semblante se veía sorprendentemente calmado. 


—Le informé de que no iba a tolerar de nuevo que tuviera un problema más.

—No no, señor, señor, en serio... Yo no empecé, ella me golpeó. ¡De verdad! ¡La muy perra empezó! — El cigarrillo de Jin todavía humeaba entre sus dedos de la otra mano al momento de estirar su mano manchada ahora de sangre hasta que uno de los hombres que lo acompañaron le extendió un pañuelo. Elevó el cigarrillo hasta sus labios, dejándolo entre ellos para poder limpiarse él mismo la sangre. Su voz, al hablar con el varón, adquirió, además de su característico tono grave, un tono severo, temible pese a su tono falto de emoción. Eso solo hizo temblar más al hombre. 


—Si es tan cierto, estoy seguro de que ella no será la única testigo.

Elevó la mirada, desviándola hacia la mujer, ya fuera que se hubiera quedado en el lugar, hubiera obedecido o lo que fuera que estuviera haciendo, con rostro calmado, extendiendo el pañuelo sucio hacia el mismo que se lo extendió. —¿Le importaría informarme, señorita, de lo que ha ocurrido aquí? — El hombre miró a la Humink, negando con la cabeza, juntando de nuevo las dos manos a modo de silenciosa súplica. Jin observó a los dos varones que lo acompañaban, con la misma calma inicial, solo moviendo su cabeza como señal que ambos comprendieron, rodeando al hombre para que no tuviera vía de escape. A su vez, se acercó a la mujer que parecía involucrada en el desastre del local, apartando el cigarrillo de sus labios, expulsando el humo de sus pulmones en otra dirección. —¿Puedo saber cuál es su nombre también, señorita? — Hizo una nueva pausa, extendiendo su mano en dirección a la muchacha.

—Soy Onizuka Jin. Puede llamarme solo Jin si lo prefiere.

Desvió la mirada hacia donde se encontraba la barra y el bartender, quien se estremeció al ver la fría mirada del yakuza. —Póngame una copa de whisky, y lo que quiera la señorita también.

Cajita de Tabaco
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#4
El aire se sintió denso,—no me resulta familiar— y una risa baja, casi para mí misma, escapó de mis labios. Aquel tipo me midió de orejas a pies con mirada calculada. No había prisa en su expresión; al contrario, cada línea de su rostro y de sus ojos transmitía un dominio absoluto del terreno. Un leve temblor hizo sacudir mi cola. —La desconocida de turno —murmuré, inclinando la cabeza—. Supongo que tiene su gracia. No me moví cuando me ofreció asiento y bebida. Me dio casi risa ver la ironía de que ese hombre fuera tan cortés. Normalmente no habría dicho que no a una bebida gratis, pero no así, no bajo sus reglas. Supe muy bien que en ese cuarto lleno de ciega obediencia, la única que se negaba a habitar su órbita de control era yo.

El estampido de hacía segundos resonó en mis oídos, la velocidad con la que se había movido hizo que sintiera un calor en las entrañas; la verdad me la estaba pasando increíble, viendo el show de cerquita. Mis ojos no pudieron evitar mirar sus nudillos, donde la sangre del desgraciado aún dejaba rastros rojos sobre su pálida piel. Un hombre peligroso que se presenta con modales de caballero... qué combinación tan deliciosa. El cabrón del suelo no paraba de gemir de dolor, mientras el bar entero parecía contener la respiración. Con voz serena, él me pidió explicaciones, pero en lugar de darlas, di un paso hacia él y pude olerlo entonces: tabaco y cedro seco.

—Creo que ahora sí es momento de ir a por ese trago... —murmuré con tono travieso—. Un tequila soda para mí, gracias.

Apoyé el peso en un solo pie sobre el travesaño de la silla alta de la barra, arqueé la espalda en un movimiento felino que estiró cada línea de mi silueta. Mi cola se curvó con elegancia perezosa detrás de mí, acentuando mis caderas mientras me acomodaba en el asiento. Tuve bien claro el efecto que causé: cada centímetro de mi piel, cada gesto descarado y esa postura tan insolentemente cómoda estuvieron diseñados para recordarle exactamente quién tuvo el control de la situación. Incliné ligeramente el rostro, lo miré de abajo arriba con una sonrisa pícara, disfrutando de cómo el aire se volvió…

—Vixen Ventress —respondí—, un gusto conocerte, Jin. No acepté su mano de inmediato. Mi cola se agitó detrás de mí a causa de mi interés recién despertado—. Pero puedes llamarme Vi. Finalmente entrelacé mis dedos con los suyos, pero no fue un apretón convencional. Dejé que mi pulso trazara círculos sobre su palma, sintiendo la firmeza de su agarre. Mis ojos rojos no se apartaron de los suyos, desafiándolo a que retrocediera primero. Por supuesto, no lo hizo. Los depredadores nunca lo hacen.

—En cuanto a lo que ocurrió... —el come pingas de allí —señalé con mi vaso aún en la mano libre al hombre tembloroso en el suelo— quiso tocar. Yo decidí que prefería que no lo hiciera. —Incliné la cabeza, dejando que una de mis orejas de conejo se moviera deliberadamente y me acomodé el pelo detrás de la oreja.


—Pero veo que aquí tú pones las reglas —continúo, dejando que mi voz baje un tono, adquiriendo esa textura rasposa que uso cuando juego con fuego—. Y me pregunto... ¿eres tan estricto con todas las infracciones, Jin? ¿O solo cuando el desorden tiene... ciertos atributos que captan tu atención?
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#5
La ausencia de obediencia no pasó desapercibida por el yakuza, pero siendo alguien nueva por la zona no le sorprendió demasiado. Por el momento lo mejor era calmar el ambiente que, antes de llegar, pareció ser caótico. Siempre tenía que ser él quien se ensuciaba las manos con asuntos innecesarios. Dejó salir un suspiro, con el hombre todavía suplicando desde el suelo y sus dos acompañantes tratando de impedir que huyera. Claramente ellos no eran necesarios, al menos por el momento, dada la fuerza que demostraba el yakuza.

Volteó la mirada, calmado y sin prisa, apreciando la voz firme y coqueta de la mujer que, en esa ocasión, iba dirigida directamente hacia él. Ante la petición de la bebida, el camarero ni siquiera pestañeó, automáticamente comenzó a mover sus manos, trabajando en las copas que acababan de pedirte el varón y la mujer Humink. Jin, en ese momento, daba una calada, esta vez algo más larga, hacia el cigarrillo que seguía sorprendentemente impecable, habiendo terminado por completo de limpiarse la sangre del desgraciado que, al menos en su mente, había osado crear el caos en ese local.

Se adelantó a la mujer, sentándose en uno de los taburetes que había frente a la barra donde, el barman, ya tenía las bebidas listas. El whisky con tres hielos y el tequila soda al otro lado. El movimiento fue lento, medido y buscando una perfección tensa ante la presencia ahora no solo del varón, sino también de la mujer. Observó los pasos, gráciles y firmes, la coquetería en su andar, en su forma de observarlo... Pronto una sonrisa traviesa y pícara asomó de su rostro, cambiando esa frialdad por la misma sensación que ofrecía la mujer, tan bella y hermosa, frente a él. La forma de hablarle, de moverse. ¿Quién sabe? ¿Quizás podría tener algo que mejorase el mal humor de haberlo llevado hasta allí?

Hasta cuando pasó por su lado pudo descender la mirada hasta la zona inferior de su espalda, apreciando la pequeña colita de conejo moviéndose también traviesamente. No hacían falta más señales para saber él mismo que estaba en lo cierto al imaginar lo que tenía en mente. Elevó lentamente su mirada para encontrarse con los rojos ojos de la muchacha, elevando su otra mano, dejando escapar el humo del tabaco, con un par de toques sobre la barra con su dedo índice, dando una señal suficiente para que el camarero comprendiera qué era lo que buscaba. 

Apartó el cigarrillo de entre sus labios, ahora recibiendo el cigarrillo que había solicitado silenciosamente, siendo que el propio barman lo extendió hasta encontrarse en el lado de su mano el cenicero. Dejó caer la ceniza sobre él, sin apartar la mirada de la mujer ni eliminar la pícara sonrisa de sus labios, apoyando el mismo cigarrillo sobre el objeto. Estaba satisfecho, por su forma de verse, moverse, provocarlo y, por supuesto, incluso el cómo lo analizaba.

—Qué nombre más encantador el de Vixen, señorita. El gusto es todo mío.

Descendió lentamente sus ojos hacia la mano que ahora tocaba directamente la suya, en la forma en la que buscaba su... ¿pulso, quizás? Podía percibirlo, una sensación eléctrica que le daba el calor necesario para gritarle silenciosamente que probablemente esa noche le había tocado la lotería. Por el momento, y conociendo viejas experiencias, decidió mantenerse sereno, sin eliminar la sonrisa traviesa de sus labios al escuchar la explicación. Lo mejor era mantenerse profesional, y más delante de otros individuos que a saber qué podrían decir, hablar o hacer en su contra si daba un solo paso en falso. Tomó la copa de whisky, desviando ahora la mirada dando un sorbo corto hasta el hombre que le estaba señalando Vixen. Él automáticamente comenzó a negar con la cabeza, en pánico. —¡NO NO NO! ¡ESO ES MENTIRA! ¡YO NO HICE ESO! ¡ELLA ME MIRÓ MAL Y FUI POR ELLA A DARLE SU MERECIDO!

Jin apartó con suavidad la mano de Vixen, no con agresividad ni molestia, sino con una calidez lenta, calmada y suave, solo para observar al resto de los que se encontraban en el local, quienes trataban de disimular. —Me encantará ver qué opinan los testigos de esto. ¿Quién inició la pelea?

—¡No! ¡S-señor Jin! ¡Yo-...! — No hubo respuesta, ni siquiera escuchó más allá de eso, delineando con la mirada cada una de las mesas, sillas, personas que había en el entorno. El miedo podía olerse incluso más que su propio tabaco. —¿Tengo que ponerme a trabajar? — El temor se hizo entrever en el momento que el tono de su voz se volvió no solo más firme, sino que, pese a su calma, se vio una silenciosa amenaza.

—L-la señorita... estaba bebiendo tranquila... — habló finalmente una mujer de fondo, quien tenía la mirada agachada. Sus manos temblaban, luchando por mantener la calma. —Y él se le acercó... Es todo lo que... lo que sé... señor...

—¡PUTA! — Señaló a la mujer al grito ensordecedor. Jin observó entonces a los hombres, ahora viendo cómo el individuo comenzaba a correr, pero rápidamente fue sujeto por los dos hombres que lo lanzaron contra el suelo y lo sujetaron de los brazos, impidiendo que los brazos se movieran o pudiera patalear. —¡SOLTADME! ¡HE DICHO QUE ME SOLTÉIS! ¡VAIS A PAGAR POR ESTO! ¡TODAS LAS MUJERES SOIS UNAS PUTAS!

Jin, pese al enorme escándalo, se veía sorprendentemente calmado, elevando la copa hasta sus labios y dando un segundo sorbo, algo más largo que el primero antes de, finalmente, abrir su boca para volver a hablar.

—Lleváoslo. Más tarde os veré.

—¡Sí Jefe! — La instrucción velozmente fue obedecida, siendo que ambos hombres arrastraron al que había provocado ese altercado hasta el momento. Él gritaba, tratando de zafarse, insultando sin compasión ni mentalidad alguna. Incluso tras cruzar la puerta todavía se escuchó por un rato más, a medida que iba tomando las distancias necesarias hasta que, finalmente, su voz pasó de los gritos ensordecedores a voces más bajas y, finalmente, desvaneciéndose.

Descendió su copa lentamente, volviendo entonces la mirada hacia Vixen calmadamente con una alarmante tranquilidad, como si aquel show nunca hubiera existido. —Me disculpará por el disgusto que le haya podido provocar ese hombre. Tiene un problema severo de machismo del que se le fue advertido no repetir, pero parece que una advertencia no fue suficiente, señorita Vi. Procuraré que no se repita si se lo encuentra de nuevo. — Claro... “si es que volvía” algún día con sus dos pies. Volvió a mostrar su sonrisa traviesa, con los ojos fijos al cabello que acomodaba tras la oreja, el movimiento de la misma. Elegante, hermosa y encantadora en todos los aspectos debía admitir.

—No es exactamente “poner las reglas”, sino encargarme de que las mantengan.

Su voz grave y divertida escapó de entre sus labios en una risita corta, ahora siendo él quien acercó su rostro al de la contraria. Lentamente elevó su diestra, tomando uno de los largos mechones de su cabello suelto para acercarlo a su rostro, muy cerca del de ella, como si lo oliera, o besara, de un modo exquisito. —Bueno, depende de cómo me traten, puedo adaptarme, señorita Vi. ¿Qué preferiría usted? — Dejó que su hermoso cabello se deslizara de entre sus dedos con suavidad, sin apartar la mirada de los ojos ajenos.

—Dígame usted. ¿Prefiere ser infractora o cumplidora? Se me da bien tanto castigar como recompensar, dependiendo de sus gustos.

La picardía y el doble sentido estaban claros en su voz, apartando suavemente su mano, apoyando su codo sobre la barra. —Puedo recompensarla por las molestias, por supuesto, si así lo prefiere. — Reconocía un no como respuesta, a diferencia del sujeto anterior, él sí sabía aceptar un “dejar en paz” o un “no” como respuesta. —Le garantizo que será inolvidable.

Cajita de Tabaco
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#6
El taburete frente a mí se ocupó con un movimiento lento y medido. Jin se sentó cruzando una pierna sobre la otra con esa fría compostura que definía su aura, y yo sentí cómo el aire cambió —se volvió más denso, más cargado de electricidad estática— simplemente por su proximidad. El barman deslizó el whisky con tres hielos hacia él y mi tequila soda hacia mí, pero mis ojos no se apartaron del yakuza. Estaba demasiado cerca ahora, lo suficientemente cerca para que notara cómo sus dedos largos y pálidos rozaban el borde del vaso de cristal con una lentitud descarada.

—Qué nombre más encantador, Vixen —dijo, y fue entonces cuando sucedió. Esa sonrisa, Dios, esa sonrisa.

Se dibujó en sus labios como puro pecado del que no te arrepientes de cometer —pícara, maliciosa— mientras llevaba los dedos índice y pulgar a su boca, rozándolos contra su labio inferior. Sus ojos oscuros me observaban de medio lado, entrecerrados con apetito voraz. Era la mirada de un hombre que había decidido que quería jugar, y estaba evaluando cuánto disfrutaría de ello. El ángulo de su rostro resaltaba la cicatriz y la línea fuerte de su mandíbula, pero lo que dominaba era esa expresión: como si ya me estuviera desnudando sin ni siquiera tocarme.

—El encanto está en quién lo dice —respondí, inclinando la cabeza con una sonrisa pícara—. Aunque debo admitir que esperaba algo menos... convencional que un cumplido al nombre.

Tomé un sorbo de mi tequila, deliberadamente lento, dejando que el líquido abrasador bajara por mi garganta y dibujara una mirada atrevida en mi rostro.

—¡Camarero! —llamé con una voz que sonó a orden disfrazada de petición. El hombre se acercó, limpiando un vaso con un paño e intentando parecer ocupado para no tener que mirar a Jin a la cara—. Zanahorias asadas con ricotta batida y aceite de harissa, por favor. El barman abrió la boca para decir algo, probablemente una excusa sobre el menú, pero lo interrumpí con un —Hazlo— que hizo que su garganta se moviera al tragar seco antes de alejarse hacia la cocina con pasos apresurados.

Jin apartó suavemente su mano de la mía —no con agresividad, sino con una calidez calmada— para prestar atención a lo que ocurría en el local. Observé cómo investigaba, cómo su voz grave adquiría ese tono severo que hacía temblar a los demás, cómo delineaba con la mirada cada mesa y cada rostro. El miedo era palpable, casi tangible. Cuando la mujer del fondo finalmente habló, confirmando mi versión, sentí satisfacción. Jin no perdió tiempo: una orden seca bastó para que dos guardaespaldas arrastraran al bastardo fuera. Los gritos del hombre se desvanecieron gradualmente hasta convertirse en silencio, y entonces volvimos a estar solos.

Poco después, el tipo reapareció con el plato, lo dejó sobre la barra sin atreverse a mirarme y se retiró de inmediato. Allí estaban: zanahorias caramelizadas, bañadas en aceite rojizo que formaban espirales. Tomé el tenedor, pasé una zanahoria por la ricotta y la llevé a mis labios. El sabor dulce y picante explotó en mi lengua mientras masticé, no pudiendo evitar murmurar: «¡Pinga, qué delicia!», sintiendo cómo los ojos de Jin se posaron en mi boca con cada movimiento de mi mandíbula.

—Me disculpará por el disgusto —dijo, y vi cómo sus ojos se desviaban hacia mi cabello.

Se acercó lentamente, elevó su mano y tomó uno de mis largos mechones, acercándolo a su rostro como si lo estuviera oliendo o besando. Sentí el aliento detenerse en mi garganta cuando sus dedos rozaron mi sien, cuando el dorso de su mano rozó casi imperceptiblemente mi mejilla. La pregunta flotaba entre nosotros como humo de tabaco, y yo sabía que cualquier respuesta que diera marcaría el rumbo de la noche.

—¿Infractora o cumplidora? —repetí, dejando que mi voz se convirtiera en un susurro ronco. Ladeé la cabeza, haciendo que una de mis orejas de conejo se moviera con deliberada lentitud. Mi cola se agitó una vez, fuerte, antes de quedar quieta. No bajé la mirada, yo no era presa fácil... aunque algo en la forma en que Jin me observaba hizo que mi estómago se contrajera de calor.

—Me temo que no encajo bien en categorías tan... rígidas —suspiré, llevando el vaso de tequila soda a mis labios—. Además —continué—, el orden es aburrido, prefiero el caos que provocan ciertos desvíos.

Mi sonrisa se ensanchó, mostrando un destello de dientes. Estaba provocando al lobo en su propia madriguera, y la adrenalina me recorría como electricidad bajo la piel. Mi lengua rozó mi labio inferior, húmedo, y mantuve su mirada con desafío, aunque sentía que el calor se acumulaba entre mis piernas. Mi tacón subió, audaz, deslizándose por su entrepiernas bajo la barra, un contacto firme, intencionado, que duró apenas dos segundos pero que debió de sentirse como una marca. Luego me retiré, tomando mi vaso y bebiendo de nuevo, como si nada hubiera pasado, como si no acabara de jugar con fuego en la boca del lobo.


—Te advierto que soy muy exigente con mis recompensas —concluí, chocando mi vaso contra el suyo de whisky con un tintineo cristalino—. El castigo tiene que ser realmente creativo para que valga la pena portarme mal... ¿Por dónde empezamos?

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#7
Maldición, esa mujer no solo era orejas de conejo y tez morena sensual, sino también una belleza que sabía bien cómo provocarlo. ¿Cómo iba a desaprovechar semejante oportunidad? Sabía cómo responder, cómo moverse, cómo hablarle incluso. Sus ojos delineaban el camino desde sus dedos hasta su copa, y de allí al primer trago. Había sido un largo día, ¿quién no iba a permitir recompensarse un poco más por aquella coneja que parecía presentarse con tanta electricidad? —Bueno, si busca algo “menos convencional”, señorita Vi, créame, en privado le puedo garantizar mucho más que solo un cumplido con su nombre.

Era admitable ver que incluso cuando el camarero podría rechazar cualquier petición la mujer tenía la autoridad suficiente para silenciarlo. Una tipa dura... Y maldita sea, cómo le gustaban esas. Su sonrisa se ensanchó con cierta picardía y malicia, dando una calada al momento que, al fin, vio cómo parecía saborear con tremenda lentitud lo que pedía, esa dichosa zanahoria. El movimiento de sus labios, la mirada que le entregaba y, lo mejor de todo, supo exactamente qué responderle a su provocación. ¿De dónde diantres había salido semejante mujer? ¿Cómo diantres había una atracción silenciosa tan ruidosa? Ni siquiera sus oídos desarrollados eran necesarios para percibir la situación. Lo que otras temerían más, esta mujer lo ignoraba, saltando a un posible peligro encontrándose en la situación en la que estaba.

Sus ojos descendieron, percibiendo el tacón sobre su entrepierna que, pese a buscar un disimulo, el toque daría a entender perfectamente que ya había algo creciendo en el pantalón de su traje. No suficiente para ser llamativo, pero sí más que suficiente para que ambos supieran que eso no solo se iba a quedar en ese poco que había comenzado a despertar.

—...

Maldición... Ahora soloo necesitaba arrastrar a esa condenada coneja a sus fauces. Tanto atrevimiento, tanta osadía... Su sonrisa regresó, más amplia que al inicio. Pese a la situación en la que se encontraba, su rostro mantenía la serenidad y calma que pocos podrían en una situación así. Por el contrario, su mano se elevó, con el codo apoyando sobre la barra, imitando el gesto de la contraria, solo que con una sonrisa de lo más traviesa y divertida. Maldita sea, le estaba encantando esa mujer.

—Me gusta verla tan segura de sí misma, señorita Vi. Es algo de lo más encantador.

Y sensual, por supuesto. Ese pensamiento no podía dejar de cruzarse en su mente cuanto más la veía y escuchaba. Tomó su copa, elevándola una vez más hasta sus labios, dando un trago dado que, en silencio, parecía que al chocar su copa con la propia había hecho un silencioso brindis con él. La sonrisa no hizo más que ensancharse más y más, sus ojos no dejaron de contemplarla. Tampoco apartó su pie de donde se encontraba si es que así le gustaba. Lo mejor que tenía el yakuza era que era perfectamente adaptable, tanto de un lado como de otro, y estaba convencido de que por la respuesta de la mujer ella también era el caso. Su cigarrillo, por otro lado, había descendido hasta el cenicero y lo aplastó al dar el sorbo, algo más largo, para apagarlo.

Dejó, despacio, la copa de whisky sobre la barra, inclinando ligeramente su rostro, posicionándose justo frente a la mujer. Ambos labios se encontraban cerca, uno del otro, pero sin roce alguno. Solo la sonrisa traviesa del de tez pálida mientras murmuraba, oliendo su aliento, su perfume y sintiendo su cercanía.

—¿Y por qué no tratas de comprobarlo tú misma?

Allí estaba, una provocación directa, implícita y sin tapujos. Sus ojos se mantenían fijos a los ojos de la Humink. Quizás ella pudiera sentir la mezcla del olor al whisky que se acababa de tomar combinado con el tabaco que siempre acababa fumando y acababa de apagar. Esperó unos segundos solo en caso de que la mujer pudiera responderle con algo igual de creativo, sin apartar la mirada, pero ahora, después de otorgarle la misma provocación, de forma distinta, de la que ella le había entregado, volvió a posicionarse de nuevo, tomando la copa, dando un trago.

—Podemos empezar, por ejemplo, por ir a un lugar más íntimo. ¿Qué tal la zona VIP?

El cambio de hablarle de una forma formal a una informal fue algo que hizo claramente a propósito, algo que seguramente más tarde la mujer, en caso de aceptar, podría comprobar de primera mano. Dio tres toques sobre la barra, desviando los ojos hacia el camarero y extendió su zurda. No fue necesario hablar de más, el barman buscó debajo de la barra hasta encontrar una llave, con una etiqueta con las letras “VIP” en ellas y se las entregó directamente al yakuza. Cerró la mano, volviendo la mirada directamente hacia la mujer conejo manteniendo su sonrisa cargada de picardía y diversión. No apartó la mirada, por el contrario, la descendió ligeramente deleitándose en los dos atributos que parecían encontrarse tan a la vista. Su mente divagaba en la imaginación de qué tanto podría disfrutar. Sacudió las llaves, volviendo a elevar la mirada hasta los ojos de la coneja, con una sonrisa maliciosa. —¿Y bien? ¿Qué opina?

Cajita de Tabaco
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#8
Las llaves giraban entre sus dedos largos y pálidos, reflejando de vez en cuando la poca luz del bar. No pude evitar fijarme en ellas, aunque enseguida volví la mirada hacia sus ojos. No había dejado de mirarme ni un segundo, esperando mi respuesta con aquella maldita sonrisa en los labios.

—¿Qué opino? —repetí despacio, saboreando la pregunta como el último sorbo de un buen tequila—. Kishishishi... Opino que por fin dijiste algo que me interesa, yakuza.

No esperé réplica. Cerré los dedos alrededor de las llaves que balanceaban frente a mis ojos y las arranqué de su mano de un tirón seco; el metal todavía guardaba el calor de su palma cuando lo apreté en mi puño. Dejé el vaso de tequila en la barra, vaciado de un solo trago que me quemó la garganta de puro gusto, y me di la vuelta con los tacones marcando un ritmo que ya no intenté disimular. —Vamos —le dije, sin esperar a ver si me seguía el paso.

Mientras cruzaba el salón entre mesas desordenadas y cristales que alguien tendría que recoger, repasé el hilo de los últimos minutos como quien cuenta billetes: el brindis de cristal contra cristal; su cigarrillo aplastado en el cenicero con la misma calma con la que un hombre aplasta la vida de otro; el calor de su aliento a whisky y tabaco a un centímetro de mi boca cuando soltó eso de "¿por qué no lo compruebas tú misma?", y las llaves, esas malditas llaves, sacudidas frente a mi cara como un premio de feria. Todo había pasado en el orden exacto en que se cuenta una mala decisión: primero el brindis, después la provocación, después la puerta. Y yo, como siempre, eligiendo la puerta.

El pasillo del fondo olía a tabaco viejo y madera húmeda. Una alfombra roja, gastada en el centro, se tragaba el sonido de mis pasos; la música del bar quedó atrás, apagada, como encerrada en un frasco. Sentí el pulso en el cuello, en esa puntada baja del vientre que llevaba media noche negándome. Pensé en cómo había empezado todo: el frío mordiéndome las orejas, la zanahoria entre los dientes, la idea estúpida de una copa tranquila y una noche sin problemas. Kishishishi. Las mejores noches siempre empiezan con una mentira que te cuentas a ti misma.


La puerta tenía una placa de latón con las letras VIP. Metí la llave, giré, y cuando el pestillo cedió, empujé a Jin por el hombro, enviándolo un paso al interior.

—Tú primero. Quiero verte caminar hacia mi trampa, caballero.

Crucé detrás, cerré y giré el pestillo. Ese "clic" me gustó casi tanto como el del bar cuando los guardias sellaron la salida del desgraciado aquel. Guardé las llaves en el escote, donde el metal me heló la piel y me bajó un escalofrío que preferí no nombrar. Ay, pinga, pensé. Y seguí caminando.

La habitación era más de lo que esperaba: sofá de cuero oscuro hundido en las sombras, mesa baja con una botella de whisky sin destapar, dos vasos, luz ámbar que lo bañaba todo en miel y suciedad, y un espejo grande en la pared que devolvía la escena dos veces. Me gustó el espejo. Dos Vixen para el precio de una. Olía a cuero, a cedro y, por debajo de todo, a él. Di la vuelta a la mesa despacio, dejando que la habitación me conociera.

—¿Nervioso? —pregunté sin mirarlo, pasando un dedo por el respaldo del sofá—. Yo estoy perfecta. Pregunta estúpida la mía. Me planté frente a él, apoyé las dos palmas en ese pecho de traje y empujé con todo el peso de mi decisión.

—Siéntate.

El empujón hizo el resto. Me subí a su regazo de un movimiento, de frente, una rodilla a cada lado, dejando caer todo mi peso sin anestesia. Bajo mis muslos, a través de la tela del pantalón, sentí el calor primero y la dureza después: ese tamaño que en la barra apenas asomaba y ahora empujaba contra mí con la honestidad que a él le faltaba. Sonreí.

—Ahí está —murmuré, frotándome una sola vez, lentísima, de atrás hacia delante—. Llevas toda la noche intentando hacer que no se note. Qué trabajador.

Tomé la corbata por la punta, la enrollé en el puño y tiré de la tela hasta tensarla. Acerqué mi boca a su oreja y mordí el lóbulo. No fue cariño: hundí los dientes hasta saborear metal, aguanté el tiempo justo para que la marca quedara, y solté con un chasquido húmedo.

—Regla número uno, yakuza —susurré contra el cartílago—: tú no me mueves a mí, yo te muevo a ti. Y si me fallas, te dejo el cuello como un colador y me vuelvo a mis zanahorias.

De cerca, la cicatriz era una cordillera pálida que le cruzaba media cara, y no pude evitar recordar la primera vez que la vi en movimiento: el estampido de su mano estampando la cabeza del borracho contra la pared, la sangre brotando entre sus dedos, ese pañuelo con el que se limpió los nudillos como quien se limpia migas de la mesa. Y yo en la barra, apretando las piernas con la boca seca, pensando que jamás un hombre me había parecido tan hermoso haciendo algo tan horrible. Un caballero con las manos sucias. Mi exacta debilidad

Le deshice el nudo de la corbata de un tirón y la dejé caer al suelo. Los botones del cuello cedieron uno a uno bajo mis dedos; el segundo, ese no: lo arranqué de un tirón y lo mandé a rodar bajo la mesa.

—Ese lo pagas tú —avisé.

Metí las uñas por la abertura y las arrastré hacia abajo, por el esternón, despacio, con la presión exacta para que se acordara de mí mañana. La piel pálida se me antojó fría bajo la mía, y me gustó esa idea: que yo fuera lo caliente en su frío. Me moví otra vez encima de él, un vaivén corto, cruel, buscando con mi calor su dureza a través de las telas, y me detuve justo cuando el ritmo empezaba a ponerse bueno. Me quedé quieta. Totalmente quieta.

—¿Ya? —me reí baja—. Joder, Jin. Yo hubiera apostado porque aguantarías más.

Me bajé de su regazo antes de que el juego me venciera y me planté entre sus rodillas. Levanté el pie derecho y apoyé la punta del tacón contra esa dureza. Primero rozando. Después apoyando. Después hundiendo, con un giro lento de tobillo que rodó la suela contra la tela, midiendo la forma como quien lee braille.

—Pinga, mírala qué cómoda se ve ahí —dije—. Como hecha a tu medida.

Apreté un poco más, solo lo suficiente para que la comodidad se volviera matemática: presión, borde, punto exacto.

—¿Duele? —incliné la cabeza, dulce—. Bien. Así duele también cuando te rompo los huevos de una patada. Pregúntale al imbécil de la barra... aunque a él no le estuvo ni de cerca tan agradable. Tú estás disfrutando la versión buena de mi maldad. De nada.

Retiré el tacón de golpe, dejando la ausencia como regalo, y me arrodillé entre sus piernas. Apoyé las palmas en sus muslos y subí por la tela del pantalón, despacio, hasta un palmo del destino; bajé de nuevo, subí otra vez, dibujando la ruta sin pisarla. Y entonces hundí los dientes en el interior de su muslo, alto, muy alto, a través de la tela. Apreté. Aguanté. Sentí la firmeza del músculo bajo la mordida y escuché, muy cerca, una respiración que se había olvidado por completo de ser tranquila.

Solté con cuidado, pasé mi lengua sobre la marca y me quedé mirando el punto exacto donde la tela subía y todo se volvía cuestión de centímetros. Me levanté, metí los dedos en su cabello por la nuca y tiré hacia atrás, exponiendo la garganta ajena como quien abre un libro por la página que le interesa. Arrastré la lengua por la cicatriz, lentísima, de un extremo al otro, saboreando tabaco, cedro y sal.

—En la barra tuviste la boca a un centímetro de la mía —murmuré contra su piel—. Ese "compruébalo tú misma" de mierda dicho como un reto... y no te moviste. Cabrón. Me hiciste esperar una copa entera, un pasillo y una puerta con pestillo. Ese tiempo lo cobro con intereses.

Y cobré. Tomé su cara entre las manos, los dedos marcándole la mandíbula, y me quedé con su boca de un mordisco: labio inferior entre los dientes, tirón, y después la lengua, profunda, desordenada, robando el sabor a whisky que me había quedado a deber en la barra. Besé como muerden los que no piensan soltar: sin permiso y sin prisa de irse. Me separé un palmo con su labio todavía entre los míos y lo solté al final con un chasquido.

Me puse en pie de un salto, me alejé dos pasos y me dejé caer en el brazo del sofá, de lado, cruzando las piernas con toda la paciencia del mundo... que no tenía. El calor entre las piernas era un incendio propio que nadie me había pedido apagar; la cola me temblaba contra el cuero y la escondí con la elegancia de una mentirosa profesional.


Extendí una pierna, apuntando la punta del tacón hacia su boca.


—Estado de la situación, yakuza: tú, caliente a medias, a propósito; yo, perfecta por fuera y en llamas por dentro, aunque eso no lo sabrás hasta que lo ganes. —Apoyé el mentón en la mano—. Regla número dos: lo que pasó en la barra se queda a deber. Lo que pase aquí, lo cobro yo. —Señalé la punta del zapato con el mentón—. Empieza por aquí. Y si lo haces bien... kishishishi... quizá te ganes el siguiente centímetro.

Y ahí me quedé, mirándolo, con las llaves heladas contra el escote y el pulso haciendo todo el ruido que mi cara se negaba a hacer.


Bolsillo Táctico
[Imagen: HC5Abkg.png]
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