06-09-2026, 06:15 PM
Castillo Real, República de Mogaro, Nuevo Mundo.
9 de la mañana, día 20 de primavera, año 18.
9 de la mañana, día 20 de primavera, año 18.
No había mucho movimiento aquel día, puesto que era fin de semana. El antiguo castillo real de Mogaro, se había convertido en la sede del Parlamento en el que los elegidos por el pueblo discernían sobre el gobierno, la legislación y la justicia de la joven y floreciente República de Mogaro. Sin duda, aquella era la mejor obra hasta la fecha del Escuadrón de los Toros Negros, comandados por el Líder Revolucionario y Comandante de los Ejércitos del West Blue, Kisuke Kageyama. Tras una incursión relámpago en aquella isla y, tras organizar a los focos de rebelión que había en la isla, montaron en tiempo récord una ofensiva brutal que acabó con la caída del rey y de su hombre principal, el poderoso Sir Notthingham, más conocido como Jamonada. A pesar de la tiranía y opresión que el antiguo rey y sus hombres ejercían sobre el pueblo de Mogaro, la biblioteca contaba con numerosos y valiosos volúmenes de múltiples disciplinas, que, a día de hoy, estaban a disposición de todo aquel que quisiera cultivar su mente y aumentar sus conocimientos, ya fuese en ingeniería, comercio, navegación, artes marciales... las estanterías de aquella estancia estaban llenas de conocimientos que ahora estaban al alcance de todo el pueblo. Por eso mismo, el antiguo pescador, había acudido a aquel lugar en fin de semana, para no encontrar mucha gente, ávida de conocimiento y de crecer en sus asuntos con la ayuda de aquellos amigos silenciosos que son los libros.
"Espero que no haya mucha gente..."
Como había sido uno de los artífices de la liberación de la isla, Kisuke había visto incrementada su popularidad, y, por lo tanto, cada vez que era visto en público, mucha gente se acercaba a saludarle, a agradecerle, o a pedirle consejo con diversas cuestiones. Kisuke, que no era precisamente alguien paciente ni muy sociable, tenía que, habitualmente reprimirse mucho para no ser desagradable con la gente, ya que además contaba con el hándicap de su posición dentro de la Armada Revolucionaria, por lo que tenía que desahogarse luego con los monigotes que usaba en sus entrenamientos. Cada día llevaba dos docenas de estos tocones de madera al astillero para que los reparasen. Como consecuencia de esto, su poder estaba incrementándose, aunque seguía muy atrás en lo que a su habilidad como usuario se refería, pero en esta ocasión quería hacer algo diferente, había algo que necesitaba y que era imprescindible si quería aumentar su utilidad para con la Armada Revolucionaria.
"Tengo que conseguir Kairoseki para el Grand Prix..."
En los últimos libros sobre navegación que había leído, no solo se requería de una gran habilidad para navegar sin restricciones por todos los mares, como en el Paraíso, por ejemplo, donde solo podías ir hacia adelante en la ruta siguiendo el log pose. Para moverse libremente, además de las capacidades de élite que requería el navegante del barco, se necesitaba una nave a la altura, y, para ello, se requería revestir de kairoseki el casco del barco. Y ahí estaba el problema principal. El kairoseki, por lo que había podido saber consultando libros y con la guía de Panda, que era muy versado en diversas cuestiones, el Kairoseki era un misterioso material refinado que se utilizaba, de manera principal, para nulificar los poderes de los usuarios de akuma no mi. Por lo que él sabía, ese material imitaba la energía del mar, debilitando a los poseedores de las habilidades, pero iba más allá que el propio agua del mar, anulando la capacidad de utilizar ese poder. Como no podía ser de otra manera, aquel material tan conveniente, era algo muy raro y extremadamente difícil de encontrar, por lo que iba a necesitar tener conocimientos sobre el comercio para tratar de hacerse con ese recurso.
"Bueno, pues aquí estamos... a ver que encuentro..."
Acababa de llegar a la entrada del castillo, donde los guardias le saludaron con respeto y le abrieron las puertas. Entró y vio a la persona encargada de la recepción acodada con gesto aburrido sobre el escritorio, mirando a la ventana y añorando estar fuera de allí en aquella límpida y, presumiblemente, calurosa mañana. Sin variar su gesto, la buena señora miró sin interés a Kisuke y le preguntó:
-Buenos días, Comandante, ¿qué le trae al Parlamento en esta bonita mañana?
El tono era respetuoso pero monocorde, como si aquel fuese el último lugar del mundo en el que quisiera estar. Kisuke sonrió algo incómodo, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltar alguna grosería a la pobre señora, pero había que mantener las formas así que haciendo su mejor esfuerzo contestó:
-Buenos días, buena señora... El Comandante necesita aprender algunas cuestiones y prefiere hacerlo en un día más tranquilo que uno en el que haya ajetreo...
La recepcionista relajó el gesto, entendiendo lo que quería decir el antiguo pescador así que señaló las escaleras de la derecha y le indicó vagamente donde tenía que ir, aunque sabía de sobra que el revolucionario era conocedor de la localización de la biblioteca del castillo.
-Sabia decisión, como cabría esperar... Ya sabe donde se encuentra la biblioteca...
Con un gesto de la cabeza Kisuke asintió y se encaminó hacia la estancia que albergaba el saber de Mogaro, subiendo por las escaleras que le había indicado la mujer y con cierto grado de emoción. Desde que era niño, le encantaba leer y aprender cosas, aunque desde que se unió a la revolución apenas había tenido tiempo para ello y siempre era para mejorar sus habilidades de navegación; en esta ocasión, buscaba otro conocimiento, había que ampliar horizontes.
"Espero que no haya mucha gente..."
Como había sido uno de los artífices de la liberación de la isla, Kisuke había visto incrementada su popularidad, y, por lo tanto, cada vez que era visto en público, mucha gente se acercaba a saludarle, a agradecerle, o a pedirle consejo con diversas cuestiones. Kisuke, que no era precisamente alguien paciente ni muy sociable, tenía que, habitualmente reprimirse mucho para no ser desagradable con la gente, ya que además contaba con el hándicap de su posición dentro de la Armada Revolucionaria, por lo que tenía que desahogarse luego con los monigotes que usaba en sus entrenamientos. Cada día llevaba dos docenas de estos tocones de madera al astillero para que los reparasen. Como consecuencia de esto, su poder estaba incrementándose, aunque seguía muy atrás en lo que a su habilidad como usuario se refería, pero en esta ocasión quería hacer algo diferente, había algo que necesitaba y que era imprescindible si quería aumentar su utilidad para con la Armada Revolucionaria.
"Tengo que conseguir Kairoseki para el Grand Prix..."
En los últimos libros sobre navegación que había leído, no solo se requería de una gran habilidad para navegar sin restricciones por todos los mares, como en el Paraíso, por ejemplo, donde solo podías ir hacia adelante en la ruta siguiendo el log pose. Para moverse libremente, además de las capacidades de élite que requería el navegante del barco, se necesitaba una nave a la altura, y, para ello, se requería revestir de kairoseki el casco del barco. Y ahí estaba el problema principal. El kairoseki, por lo que había podido saber consultando libros y con la guía de Panda, que era muy versado en diversas cuestiones, el Kairoseki era un misterioso material refinado que se utilizaba, de manera principal, para nulificar los poderes de los usuarios de akuma no mi. Por lo que él sabía, ese material imitaba la energía del mar, debilitando a los poseedores de las habilidades, pero iba más allá que el propio agua del mar, anulando la capacidad de utilizar ese poder. Como no podía ser de otra manera, aquel material tan conveniente, era algo muy raro y extremadamente difícil de encontrar, por lo que iba a necesitar tener conocimientos sobre el comercio para tratar de hacerse con ese recurso.
"Bueno, pues aquí estamos... a ver que encuentro..."
Acababa de llegar a la entrada del castillo, donde los guardias le saludaron con respeto y le abrieron las puertas. Entró y vio a la persona encargada de la recepción acodada con gesto aburrido sobre el escritorio, mirando a la ventana y añorando estar fuera de allí en aquella límpida y, presumiblemente, calurosa mañana. Sin variar su gesto, la buena señora miró sin interés a Kisuke y le preguntó:
-Buenos días, Comandante, ¿qué le trae al Parlamento en esta bonita mañana?
El tono era respetuoso pero monocorde, como si aquel fuese el último lugar del mundo en el que quisiera estar. Kisuke sonrió algo incómodo, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltar alguna grosería a la pobre señora, pero había que mantener las formas así que haciendo su mejor esfuerzo contestó:
-Buenos días, buena señora... El Comandante necesita aprender algunas cuestiones y prefiere hacerlo en un día más tranquilo que uno en el que haya ajetreo...
La recepcionista relajó el gesto, entendiendo lo que quería decir el antiguo pescador así que señaló las escaleras de la derecha y le indicó vagamente donde tenía que ir, aunque sabía de sobra que el revolucionario era conocedor de la localización de la biblioteca del castillo.
-Sabia decisión, como cabría esperar... Ya sabe donde se encuentra la biblioteca...
Con un gesto de la cabeza Kisuke asintió y se encaminó hacia la estancia que albergaba el saber de Mogaro, subiendo por las escaleras que le había indicado la mujer y con cierto grado de emoción. Desde que era niño, le encantaba leer y aprender cosas, aunque desde que se unió a la revolución apenas había tenido tiempo para ello y siempre era para mejorar sus habilidades de navegación; en esta ocasión, buscaba otro conocimiento, había que ampliar horizontes.
