04-09-2026, 03:06 PM
Día 40 de Verano, Año 18 - Zona montañosa de Isla Karate
La subida empezaba detrás de los últimos dojos, donde los tejados de pizarra dejaban paso a una vereda de tierra dura y piedras blancas que estaban ya brillosas de todas las veces que los aprendices habían subido por ellas, erosioando la rugosa superficie con sus pasos. A esas horas el sol caía de lado sobre la montaña, todavía sin la fuerza de la tarde, pero el calor ya se agarraba a la nuca y hacía que la camiseta negra se pegara entre los omóplatos, que menudos omoplatos todo sea dicho, y en resumidas cuentas empezaba a picar mas de la cuenta. Hanma caminaba sin prisa y Ratatouille viajaba dentro del cuello de la camiseta, asomando el hocico blanco cada vez que el Gran Oni se detenía ante una curva. Habían salido antes del desayuno y ya llevaba el estómago vacío, una molestia pequeña comparada con el peso muerto de los hombros. A unos cientos de metros sobre el barrio de los dojos, la senda se estrechó, mucho o mas bien demasiado para alguien de la envergadura de Hanma, entre dos paredes de roca. La de la izquierda subía casi recta, cubierta de manchas de musgo seco. La de la derecha se inclinaba hacia el camino, con raíces gruesas asomando entre las grietas y una fila de piedras sueltas había bajado desde arriba durante la última lluvia y se había acumulado en el paso. Era un desprendimiento viejo y localizado, nada mas lejos que un pequeño obstaculo en el camino que para otra persona tendria que bordear o escalar todo pero para Hanma la piedra quedaba justo a la altura de su cintura. Medía algo menos de dos metros de largo, tendría el ancho de una mesa estrecha y estaba enterrada hasta casi la mitad. La tierra había endurecido alrededor de su base. El Gran Oni la miró durante un rato, analizando cuidadadosamente lo que se encontraba frente a el y lo que la diosa naturaleza le habia dado. No calculó con números, no era muy bueno en eso. La observó como observaba una olla antes de ponerla al fuego dónde agarraba, por dónde se podía mover, qué parte estaba mal apoyada. El bloque no pesaba más de lo que sus dos manos podían levantar con esfuerzo, a simple vista. Si trataba de arrancarlo hacia arriba, la tierra lo sujetaría y gastaría fuerza sin avanzar. Si lo volcaba hacia el lado bajo, la pendiente haría parte del trabajo y no tenia chiste. Hanma apoyó una mano en la piedra. Ratatouille salió de la camiseta y trepó hasta su hombro, clavando las uñas en la tela, ya que sabia lo que venia a continuacion.
-No voy a romperte. Voy a sacarte de aquí.-
La roca no podía responderle, era una roca. El reto estaba en su propio cuerpo y para consigo, aquellas palabras eran para uno mismo y nadie mas. Hanma dio un paso atrás y examinó el lugar con más cuidado. A la derecha había una caída de tierra que descendía unos cuatro metros antes de terminar en un grupo de arbustos. No quería enviar el bloque ladera abajo. Podía dar contra una raíz grande, detenerse más abajo o abrir un surco innecesario. La salida correcta era hacia el frente siempre de frente, al tramo ancho que quedaba junto a la pared izquierda. Allí dejaría la piedra sin cerrar el paso y sin convertir el camino en otra trampa para los individuos mas pequeños. Primero retiró con los dedos los cantos pequeños que rodeaban la base. No los lanzó. Los fue apartando con la palma, uno a uno, hasta despejar la parte inferior. Ratatouille bajó al suelo y se refugió detrás de una raíz, lejos de la zona que Hanma había marcado con sus huellas ya que no quería ser aplastada de repente por una piedra enorme ¡El fin de la gran rata ratatuille!. El Gran Oni flexionó las rodillas para coger impuslo pero la espalda quedó recta. Los pies se clavaron en el suelo formando una base en la que empujar y sus dedos buscaron dos puntos firmes bajo el borde de la piedra. No lograba rodearla con los brazos. Tendría que levantar una esquina y hacerla girar.
El primer intento no movió el bloque, al menos no todo lo que el habia pensando en un momento. Hanma apretó las manos, tensó los antebrazos y empujó hacia arriba. La tierra se compactó bajo sus zapatos debido a la gran presión ejercida. El borde de la roca se hundió un poco en sus palmas, pero la piedra no respondió. El aire salió por su nariz con un sonido grave, de repente era un toro soltando toda su fuerza por sus orificios nasales. El polvo se le pegó a la piel. Hanma siguió respirando por la nariz, esperando que el temblor de los brazos se marchara sin quejarse. Aflojó los dedos y se quedó quieto. Separó medio paso el pie derecho, metió el hombro bajo el borde y colocó la mano izquierda en la parte superior para impedir que el bloque resbalara y acabara aplastando a la pequeña rata a sus espaldas. Ratatouille asomó la cabeza desde detrás de la raíz. Hanma la vio de reojo y la miró algo enfadado. No debía estar allí, sin levantar la voz, señaló con dos dedos el lado seguro de la pared. La rata se movió por el suelo y se metió entre dos piedras planas. Entonces Hanma volvió a cargar el peso. Esta vez no buscó levantar la roca entera. Empujó con las piernas, giró la cadera y levantó solo la esquina enterrada. La tierra se abrió alrededor del borde. Un puñado de polvo cayó sobre sus brazos. El bloque subió unos centímetros y quedó apoyado en un ángulo torpe.
Aprovechó ese hueco y bajó la mano derecha, metió los dedos por debajo y avanzó el pie izquierdo hasta que el talón encontró una zona de grava compacta y entonces empujó. El peso de la roca le tiró de los hombros. Los músculos de la espalda se dibujaron bajo la camiseta y el cuello se le puso rojo. Un sonido grave le salió del pecho, como un quejido de todo su cuerpo por la proeza. Tiró hacia sí lo justo para despegar la base y, cuando la piedra perdió su apoyo, la empujó hacia el lado ancho del camino. El bloque avanzó un palmo. Luego otro. No cayó. Rodó sobre una cara irregular, golpeando el suelo con un estruendo sordo que rebotó entre las paredes. Hanma dio un paso junto a ella y mantuvo ambas manos contra la superficie para guiarla. Los zapatos resbalaron sobre la grava por lo que llevo a que una rodilla tocara el suelo. La piedra quiso recuperar su posición y volvió a hundirse en la tierra, pero el Gran Oni ya había cruzado el punto de apoyo. Apretó la mandíbula y empujó de nuevo. La roca rodó hasta quedar contra la pared izquierda, fuera de la línea de paso. Allí se detuvo, sostenida por la pendiente corta y por un saliente natural de la pared. Solo quedaba un surco de tierra de unos pocos centímetros y una franja de polvo sobre el camino.
Hanma permaneció inclinado un momento, con las manos apoyadas en los muslos. El sudor le bajó por la sien y cayó sobre una piedra pequeña. Ratatouille salió de su escondite y cruzó el sendero pegada al suelo hasta alcanzar su zapato. Olisqueó la marca de tierra que le cubría los dedos y luego levantó la cabeza, como si esperara su parte del desayuno. La dejó sobre el hombro. Después se acercó al bloque desplazado. Lo golpeó una vez con los nudillos, no para dañarlo, sino para comprobar que no fuera a deslizarse de vuelta sobre el camino. La roca respondió con un sonido hueco. Estaba firme y bien asentada. Si alguien subía por allí no tendría que trepar ni arriesgarse a pasar por el borde del barranco. Hanma miró hacia abajo. Desde aquel punto se veía una parte del barrio, los patios de arena y las líneas oscuras de los tejados. Más lejos, el puerto era una mancha junto al mar. Isla Karate parecía pequeña desde arriba. Él también lo había parecido durante años, hasta que cada puerta cerrada le enseñó a empujar un poco más fuerte.
-Esto sí sirve.-
Sacó del bolsillo una tira de carne seca que había guardado para Ratatouille y la dejó en su pequeña boca. La rata se acomodó sobre su hombro. Hanma miró el camino despejado, pero no bajó todavía. Había subido para probar su fuerza y la prueba había terminado sin una montaña rota, sin una casa tocada y sin nadie que tuviera que pagar por su esfuerzo. El resultado le bastaba y le sobraba. A unos metros del bloque, entre la maleza que cubría la pared, distinguió una línea de piedras planas colocadas por manos humanas. No formaban parte del desprendimiento. Subían hacia una cornisa escondida, casi borrada por los años. Hanma siguió la marca. Olió el aire. Allí arriba llegaba un aroma débil a humo y a grasa caliente, demasiado limpio para ser una fogata vieja y demasiado reciente para pertenecer a un nido de animales. Ratatouille dejó de masticar. Hanma volvió a mirar la senda que acababa de abrir y después la escalera de piedra oculta entre las plantas. El hambre desapareció de su cara. Dio un paso hacia la cornisa, dejando el camino libre a su espalda.
-Primero se termina una cosa. Después se busca quién cocina ahí arriba.-
El Gran Oni empezó a subir por las piedras antiguas, con Ratatouille agarrada a su melena roja.
