Dicen que el oro brilla más cuando está rodeado de mierda y escoria. No sé quién se inventó esa cagada de frase,pero seguro que algún estudioso con que no ha matado una mosca en su vida y con el estómago hasta arriba de vino, pero aquí, paseando solo por las calles doradas de Shandora, casi que le doy la razón. Cada tejado, cada columna, cada farola de segunda de esta ciudad reluce como si los dioses se hubieran meado en oro líquido sobre las piedras. Es precioso. Es asquerosamente precioso. Y yo aquí, arrastrando la derrota de los Juegos, como quien arrastra una resaca de cinco malditos días, con el orgullo todavía ardiendo por dentro.
El maldito Hijo de la luz. Ese marine con cara de virgen ofendida, que se suponía que era mi compañero de equipo y que decidió, en el peor momento posible, que sus principios de mierda pesaban más que ganar. Que le follen. No pienso perder ni un segundo más pensando en ese soplapollas fosforito, que ya bastante tiempo le he dedicado sin querer. Ahora toca otra cosa. Hoy toca comprobar si el rumor que corre por cada esquina de esta ciudad de nubes es real, o es otro cuento para asustar novatos.
Haki, lo llaman. Una fuerza de voluntad que vive dentro de todo bicho con sangre en las venas, aunque la mayoría ni se entera de que la tiene dentro. Los que más de cerca han experimentado la muerte, mejor lo dominan, o eso se comenta. Dicen que te acerca al poder de los dioses. Yo, que ya he tenido el orgullo de cruzar el acero con una valkirja, un enviado divino y salir vivo dos veces, tengo mis dudas razonables con esas habladurías. Pero también tengo curiosidad, y cuando algo me pica en la curiosidad, no hay dioses que me paren hasta comprobarlo con mis propias manos. Y si fuera necesario, con Yggdrasil. Nada detesto más que las estafas.
Voy descamisado, como de costumbre, dejando que el airecillo de las alturas me acaricie el torso y las pinturas de guerra resecas que me embadurné al llegar aquí, trazos negros y rojos por brazos y pecho, con pintura quebradiza tras tanta carrera y tiempo en la grada de los Juegos. Me los pinté con calma, cosa rara en mí, sentado en el borde del Veðrfölnir mientras el resto de la tripulación se preparaba para la aventura. Ahora me recuerdan que no pude derramar sangre enemiga en la arena, y que mi piel luce como si lo hubiera hecho. Yggdrasil reposa en mi hombro derecho, como siempre, y los martillos gemelos cuelgan del cinto, Sköll y Hati, pacientes. Nunca se sabe cuándo hay que convencer a alguien con argumentos contundentes.
El palacio de este tal Kaelith no cuesta encontrarlo apenas. Basta con preguntar a cualquiera de estos alados y hablar con cautela sobre "el maestro", casi como si fuera una figura pública. Algunos hasta bajan la cabeza al mencionarlo, como si fuera un tema demasiado sagrado para hablarlo en la calle. A mí ese tipo de devoción siempre me ha dado repelús. La gente que se arrodilla tan rápido suele llevarse ostias del mismo tamaño. En fin, cada isla con sus rarezas y costumbres, aunque le estoy pillando el gustillo a eso criticar ideologías ajenas . Pero esta vez solo quiero ver si el cuento se sostiene o es viento.
Un crío con pinta de vivir mejor que cualquiera de mis hombres me señala el camino con dedo tembloroso, sin atreverse casi a mirarme a la cara, y me suelta un par de indicaciones antes de salir corriendo como si le hubiera amenazado o algo del estilo. -¡Gracias, chavalín!- Le agradezco con un bocinazo, más por fastidiar que por otra cosa, y sigo mi camino con una risa enérgica
El camino sube entre terrazas doradas y jardines colgantes con una vegetación que no había visto en mi vida, flores blancas que parecen hechas de nubes sólidas y árboles que se retuercen y agarran al oro con las raíces, como si tuvieran miedo de caerse al vacío. Algún que otro pájaro con plumas imposibles y de fantasía se me queda mirando desde las ramas, ladeando la cabeza, como preguntándose qué cojones hace un gigantón de siete metros paseando semidesnudo por su jardín del paraíso. El aire aquí arriba pesa menos, casi se saborea dulce. Por un segundo, se me olvida la mala leche. Un rato corto, porque el recuerdo del Marine vuelve a rondar y aprieto a Yggdrasil con ira vengativa y frustración. Suelto el aire. Que le den, pero no toca centrarse en eso ahora. Hoy no.
Al final del sendero, cruzando un arco enorme custodiado por dos estatuas de guerreros alados en posición de combate, se deja ver el palacio. Y no es lo que me esperaba, la verdad. Nada de la ostentación o arquitectura lujosa que uno se imagina cuando le hablan de un "maestro reputado". Es sobrio, casi soso a primera vista. Piedra blanca, pulida, sin apenas algún que otro adorno, como si el edificio tuviera la misma disciplina que dicen que tiene su dueño. Me planto delante de la entrada, una puerta doble tan alta que hasta yo tengo que dar un par de pasos atrás para verla por completo, y por primera vez en el día siento algo parecido al respeto. No por el oro, sino por el orden. La sensación de que aquí dentro cada piedra está donde tiene que estar y que la han colocado así de forma preventiva. -Bonita casita te has montado, jarul jul jul...- murmuro, subiendo los escalones de dos en dos con una sonrisa torcida. -A ver si el dueño está a la altura de la fachada, que las apariencias engañan más que una puta de puerto.- No hay guardias ni nada que se le parezca. Cosa rara, viniendo de unos tipos tan estirados. O es muy confiado, o es tan peligroso que no le hacen falta. Las dos opciones me gustan por igual. Golpeo la madera con el puño varias veces, con la fuerza justa para que el eco retumbe por todo el edificio y probablemente por medio barrio de alrededor. Si el tío este es tan sensible al ruido como cuentan de su poder místico, empezamos con mal pie. Mejor así, también te digo. Los principios se prueban desde el primer segundo, y yo no soy de llamar con delicadeza ni lo voy a ser nunca.
El silencio que sigue se alarga más de la cuenta. Ni pasos, ni voz, ni nada que responda del otro lado. Por un momento me planteo si tirar la puerta abajo de un hachazo y ahorrarme la cortesía, pero algo me dice que empezar destrozándole la casa al tío que quiero que me enseñe algo, no es la mejor estrategia del mundo. Cuestión de paciencia, aunque no es algo que me sobre ahora mismo, la verdad. Me apoyo en el marco, cruzo los brazos, y me pongo a silbar una tonadilla que aprendí en Whisky Peak hace ya la tira de tiempo, de los Soles Púrpura. Solo para matar el rato.
Y entonces, cuando ya levanto el puño otra vez para volver a aporrear la puerta, esta se abre sola. Pero no hay nadie del otro lado. Solo oscuridad por todas partes y, al fondo, un pasillo con antorchas que se pierde hasta donde alcanza mi vista. -Bueno...- resoplo, reajustando a Yggdrasil sobre el hombro con una sonrisa macabra que me cruza el rostro. -A ver qué poder nos espera aquí dentro. ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!-
Cruzo el umbral sin pensarlo ni medio segundo. No existe el miedo para mi.
El pasillo es largo, más de lo que parecía desde fuera, y las antorchas van dibujando sombras que bailan sobre las paredes de piedra blanca. No hay ninguna imperfección ni suciedad en la roca. Ni una. Empiezo a sospechar que aquí dentro barren tres veces al día y pulen con artesanía cada rincón, no vaya a ser que un grano se salga de su sitio. Poco privilegio, pero todo medido al detalle, me gusta. El eco de mis propios pasos descalzos retumba más de lo que me gustaría, y Yggdrasil raspa levemente el techo con su filo desgastado, porque el pasillo no está pensado para alguien de mi tamaño, eso está claro. Cuento cinco puertas cerradas a un lado y al otro, todas idénticas. Todas tienen el mismo pomo dorado, y por un instante me pregunto si esto es un palacio o me he perdido en un camino recto que se repite.
Pasados varios minutos llego al final. Al fondo, una sala amplia y circular, con el techo abierto al cielo de Skypiea. Entra luz de sobra, una luz blanca y limpia que ilumina el centro de la estancia, donde hay un tipo que me da la espalda, con alas negras recogidas y una especie de estoque fino apoyado contra la pared, envainado. Está fumando. El humo sube sinuoso por el aire, serpenteando de un lado a otro, dibujando criaturas disformes hasta perderse para siempre. -Llegas tarde.- dice, sin darse la vuelta.
Ni siquiera me ha visto entrar, aunque alguien tan ruidoso como yo siempre se deja ver venir. -¿Tarde para qué? Que yo sepa no habíamos quedado, amigo.- respondo arqueando una ceja en señal de desgana. Doy unos pasos hacia el centro de la sala, dejando que Yggdrasil golpee el suelo con cada paso, demostrando que tampoco estoy para aguantar a más idiotas en esta isla flotante. -¿Tú eres el famoso Kaelith? Porque si es así, esperaba a alguien más... No sé, más impresionante.- Entonces se gira. Y aunque no pienso admitirlo jamás, el tipo da bastante mal rollo, impresiona bastante. Cuatro metros y medio de tío flaco pero fibroso, de piel oscura y pelo blanco cayéndole por los hombros como una cascada de nieve sucia, y unas gafas redondas tras las que se adivinan unos ojos azules tan claros que recuerdan a una vidriera de una catedral. La nariz afilada, barbilla que parece tallada a cincel. Va vestido de verde turquesa, ancho, casi como un uniforme militar, con guantes blancos que contrastan con todo lo demás. Me mira de arriba abajo, sin prisa, con la misma cara que pondría alguien evaluando un caballo antes de comprarlo o si apostarlo todo en una mano de poker. Aunque conmigo es victoria asegurada.
-Otro más.- suelta, dando una calada que no parece acabar nunca. -Cada semana se presenta uno nuevo pensando que la fuerza y el tamaño bastan para todo. Y cada semana me equivoco al esperar que alguno sea distinto.-
-¡¡JARUL, JUL JUL JUL…!!- Me río, fuerte, con un rugido que rebota en cada rincón de la sala. -Mira tú qué casualidad, porque yo también pienso que los cuatro ojos con traje de jardinero no aspiran a ser gran cosa. Y aquí estamos los dos decepcionándonos mutuamente. Empezamos de puta madre.- mantengo la mano que sostiene el mango de mi hacha con tensión.
Kaelith no se ríe. Ni siquiera cambia la expresión. Le da otra calada al cigarro y lo apaga contra la palma de la mano, sin inmutarse ni un pelo ni pestañear por un segundo, como si su piel fuera inmune a las llamas o él mismo las dominase. Un gesto de coraje, sin duda. Empieza a caerme mejor solo por eso. Cualquiera que apague fuego con la mano y no se queje lo más mínimo, tiene mi respeto y mi atención. -¿A qué has venido, Buccaneer?- pregunta, cruzando los brazos tras la espalda, con esa postura tan tiesa que parece que se haya tragado una escoba. -Porque dudo mucho que sea a admirar la arquitectura.-
-A comprobar si eso del Haki es verdad, o es otro cuento que os inventáis los de aquí arriba para sentiros especiales.- suelto sin rodeos, no tengo ni ganas ni ánimos de entrar con delicadezas. -He oído que tú eres el que lo enseña. ¿Maestro te llaman, no es así? Si existe un poder capaz de rivalizar con los dioses, tengo la obligación de dominarlo-
Por primera vez algo se mueve en su cara. No una sonrisa ni nada que se le parezca, pero sí algo similar al desprecio, afilándose un poco más. -La insolencia no es una virtud, buccaneer. Es solo la máscara que usan los débiles para disimular que no saben nada.-
-Ya, ya… Aunque la modestia y la cortesía tampoco parece que sean lo tuyo, así que lo dejamos en empate.- le devuelvo el golpe sin perder la sonrisa, aunque noto que me está invadiendo un sentimiento de violencia y ganas de pelear. Este tío tiene un don especial para tocar las narices sin levantar la voz, hay que reconocerlo.
Poco a poco empieza a caminar hacia mí sin prisa, como quien pasea por su propio jardín aunque tenga a un gigante de siete metros plantado en el salón. Se detiene a una distancia prudencial, la cabeza bien alta a pesar de que aún así tiene que torcer el cuello para mirar hacia arriba y verme la cara. -¿Sabes cuántos como tú he entrenado en toda mi vida?- pregunta, con ese tono aburrido de quien ya se sabe la respuesta antes de hacerla. -Guerreros que confunden la fuerza con poder real. Que creen que porque pueden partir una montaña de un puñetazo, ya han entendido cómo funciona el mundo. Y todos, sin excepción, fracasan en el primer intento porque no tienen ni la más mínima idea de lo que significa ser un guerrero de la mente.-
-¿Un guerrero de la mente? Ninguna estrategia es mejor que un hachazo en el cráneo.- respondo con sorna, alzando a Yggdrasil contra el hombro con un gesto exagerado. -Pero resulta que lo de fracasar no va conmigo. He perdido antes contra cosas mucho peores que un viejo con alas y aires de superioridad. Y aún así, sigo peleando. No me rindo jamás. ¿me vas a enseñar, o prefieres seguir hablando de lo especial que eres tú en vez de dejarme demostrar lo que valgo?-
-¿Peores?- repite, con una ceja arqueada, la primera muestra de curiosidad real que se le escapa. -¿Y contra qué, exactamente, se supone que has peleado que te hace pensar que estás por encima de mis palabras?-
Chasqueo la lengua y le respondo con una mirada furtiva. No tengo ganas de sacar el tema de Musashi aquí, delante de un tío al que acabo de conocer y que ya me está tratando como si fuera el rey de los estúpidos. -Cosas que no te incumben. Pero estoy convencido de que conoces mi nombre y mis títulos. Deja de perder el tiempo conmigo.-
Silencio. Un silencio largo, de esos que en otro contexto acabarían con alguien decapitado. Kaelith me mira fijamente, sin pestañear, calibrando si merece la pena perder el tiempo conmigo o mandarme a tomar por culo de vuelta a la calle dorada. Casi puedo ver como me asesina con la mirada tras esas gafas redondas -Tienes suerte de que hoy tenga curiosidad.- dice al fin, ajustando la montura de sus gafas y caminando hacia el centro de la sala, donde recoge su estoque del suelo y la sujeta con una elegancia pomposa y frágil, como si el arma se fuera a romper. -Muy pocos llegan hasta mi puerta sin que los envíe alguien. Eso dice algo de ti, aunque no sé todavía si eres valiente o insensato.-
-Puede que las dos cosas a la vez.- respondo, encogiéndome de hombros. -Suele pasarme mucho eso.-
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa le tuerce la comisura de la boca. Muy leve. Apenas lo habría detectado si no fuera porque llevo toda la vida cazando ese tipo de gestos en la cara de mis rivales antes de que decidan atacar. -Bien.- dice, sacando otro cigarrillo del paquete y encendiéndolo con un chasquido de dedos que no llego a entender del todo, aunque sospecho que tiene algo que ver con los de su raza. -Te voy a dar la oportunidad de comprobarlo con tus propios ojos. Pero te aviso, gigante: no voy a adaptar mi método a tu ignorancia. El Haki no entiende de músculos ni de hachas del tamaño de un árbol. Entiende de voluntad. Aunque admito que rebosas un aura… diferente.-
-¡Nadie tiene más voluntad que yo!.- contesto, con la sonrisa más ancha que llevo en todo el día. -Nunca reniego de una buena pelea y jamás dudo sobre lo que hago o dejo de hacer. Libertad verdadera, de la que ya no queda.-
Kaelith resopla, un sonido a medio camino entre la risa contenida y un fastidio genuino. Por un instante creo, solo creo, que este tío puede llegar a caerme bien de verdad si no me toca demasiado los cojones en las próximas horas.
Se planta en una de las paredes circulares, donde hay grabados unos símbolos que soy incapaz de leer, y con dos dedos traza algo en el aire que no llego a entender del todo. La luz de la sala cambia por completo, apagándose ligeramente, como si el propio edificio respondiera a una tecnología sin necesidad de que él se esfuerce más de la cuenta. Menudo numerito, pienso, aunque no lo digo en voz alta porque tampoco quiero meter la pata. -Sígueme.- ordena, sin mirar atrás, caminando hacia una zona más abierta y amplia. -Y deja de arrastrar ese hacha por el suelo como si fuera un perro con correa. Ya sé que la llevas encima, no hace falta que me lo recuerdes con un surco sobre el mármol.-
-Yggdrasil no se arrastra, se luce.- corrijo, casi indignado Trato de calmarme mirando a mi compañera de vida. -Intimida más que tú y que yo juntos, así que respeta.-
Kaelith apaga el segundo cigarrillo del mismo modo que el primero, con la mano desnuda, sin un ápice de dolor en la cara. Empiezo a pensar que ese truquito lo hace para presumir delante de las visitas, y está perdiendo su efecto con cada repetición. Con un gesto de la mano me invita a seguirle hacia una zona más despejada de la sala, donde el suelo cambia a unas losas circulares grabadas con símbolos que sigo sin reconocer, aunque tampoco trato de hacerlo. -Antes de que te dé por hacer preguntas, escucha con atención. No pienso repetirme dos veces, y si lo hago, será la última vez que te dedique un segundo de tiempo.- dice, con ese tono de maestro cansado que ya ha aguantado a cientos de alumnos peores que yo. -El Haki no es magia. No viene de ningún dios, ni de ningún artefacto. No te creas tampoco que es algo que provenga de una fruta del diablo.- Me lanza esa última frase mirándome fijo, y por un instante me pregunto si sabe algo de lo mío con Musashi. Descarto la idea rápido. Demasiada casualidad hasta para mí. -El Haki vive dentro de todo ser vivo. Incluso los más patéticos e inútiles, todos lo tenéis. Aunque la mayoría muere sin haberlo experimentado o sentido siquiera con la punta de los dedos.- continúa, caminando despacio en círculos a mi alrededor, como un tiburón al acecho de su presa. -Se divide en tres. Kenbunshoku, el haki de observación. Este te permite sentir la presencia de otros más allá de tus sentidos normales, su voz, lo llamamos, aunque no tiene nada que ver con oír de verdad. Busoshoku, el haki de armamento, que reviste tu cuerpo o tus armas con una fuerza invisible capaz de golpear incluso a lo que normalmente no se puede tocar. Y… Bueno, para ti, hasta aquí es suficiente.-
-Bien, basta de cháchara.- suelto, cruzándome de brazos. -¿Y cuál de los dos me vas a enseñar tú, maestro cuatro ojos?-
-Ninguno, si sigues faltandome al respeto.- responde, sin inmutarse. -Pero si te calmas lo suficiente para no interrumpirme cada dos frases, empezaremos por el de observación. Es el más accesible. El primero que cualquier guerrero mínimamente digno consigue dominar. Y aún así, te va a costar más de lo que imaginas.-
Me pica la curiosidad poderosamente, y sin vergüenza ni apuro, le suelto. -¿Y cómo sé que no me estás vendiendo humo? Porque hasta ahora solo he oído palabras bonitas pero no he visto nada capaz de enfrentar enemigos.-
Kaelith no responde con palabras. Se aparta unos pasos, cierra los ojos, y durante un segundo entero… no pasa absolutamente nada. Estoy a punto de soltar algún comentario sobre la puesta en escena ridícula que me está montando, cuando de repente, sin que yo haya movido ni un músculo, gira la cabeza exactamente hacia donde tengo el brazo izquierdo levantado a media altura, como si fuera a rascarme la nuca.
-Baja el brazo.- dice, sin abrir los ojos. -Ibas a rascarte por la picazón que sientes en tras el cuello, pero has de estar atento. Puedo sentirte. Como te decía. Ignorante.-
Me quedo un segundo en blanco, con el brazo a medio camino, sintiéndome como un crío al que acaban de pillar intentando robar de un tarro de galletas. Es exactamente lo que pensaba hacer, joder. No he movido apenas un dedo todavía y el tío ya sabía lo que planeaba y mi malestar. -Vale, ya me has convencido, cabronazo.- admito, dejando caer el brazo del todo y soltando una risa nerviosa que intento disimular como puedo. -¿Y eso cómo cojones se hace? Porque yo ahí solo he visto a un tipo cerrando los ojos como si te fueras a marcar una siesta de campeonato.-
-Porque eso es exactamente lo que parece desde fuera para quien no lo ha sentido nunca.- responde, abriendo por fin los ojos y clavándome esa mirada azul celeste que empieza a resultar inquietante. -Por dentro, es otra cosa completamente distinta. Es aprender a callar el ruido de tu propia mente el tiempo suficiente para escuchar lo que hay más allá de tus ojos y de tus oídos. La presencia de los otros seres vivos, su intención, incluso antes de que se mueva un solo músculo.-
-Suena a meditación de monje aburrido.- comento, arrugando la nariz. No es mi terreno, para nada. Yo funciono mucho mejor con nervio y provocando tanto escándalo como puedo. -Como si viera más allá de lo evidente.-
-Se asemeja a lo que dices, en la superficie.- concede Kaelith, aunque con un tono de fastidio, como si le doliera físicamente tener que rebajar la explicación a mi nivel. -Pero no es contemplación vacía. Es concentración absoluta del espíritu. Silenciar el cuerpo, aplacar el orgullo, eliminar todo lo que normalmente grita dentro de ti para dejar sitio a algo mucho más sutil.-
Aplacar el orgullo. Menuda mierda de expresión. Además, de todas las cosas del mundo que me pueden pedir, va y me pide precisamente la única que no sé concedo ni borracho. Me río otra vez, aunque esta vez me sale más forzada. -¿Y tú cómo lo conseguiste? Porque dudo que hayas nacido ya con este don, meditando en plan sereno desde la cuna.- suelto, más por picarle que por curiosidad real, aunque en el fondo sí que me interesa saberlo.
Kaelith se queda callado un instante, mirando hacia el techo abierto, hacia el cielo azul de Skypia que se cuela por encima de nosotros. -Con dolor… Con disciplina y dolor.- responde al fin de forma breve, sin ganas de dar muchos detalles. -Como todo el mundo que lo consigue de verdad. La comodidad no enseña nada, buccaneer. Solo la adversidad abre esa puerta.-
-Por fin estamos de acuerdo en algo.- respondo,dejando de lado la mala intención para reemplazarla por un rostro más afable. -Yo llevo toda la vida aprendiendo a hostias, así que si de eso se trata, tengo experiencia de sobra.-
-Aprender a hostias y aprender de verdad no son lo mismo.- puntualiza, con ese tonito de superioridad que ya empieza a sonarme casi familiar. -Pero bueno, vamos a verlo. Se acabaron las especulaciones- Kaelith suelta el humo despacio, mirándome con algo que no sé si es lástima o simplemente diversión mal disimulada. -Cierra los ojos y quédate quieto. Y por el amor de todos los Lunarian cálla ese ruido que llevas en la cabeza el tiempo suficiente para intentarlo de verdad.-
Cierro los ojos. Cómo no.
Cierro los ojos y durante un segundo, solo uno, casi lo consigo. Silencio y oscuridad total. Nada de ruido salvo mi propia respiración pesada, y el viento de las alturas colándose por el techo abierto de la sala. Casi que me siento orgulloso de mí mismo. Entonces me acuerdo del hijo de la luz y el aguilucho de los huevos. Del cabrón de Zaratsuki, mirando a la grada con esa cara de superioridad moral mientras dejaba caer el partido, mientras tiraba a la basura los Juegos por un puñado de principios que a nadie le importan una mierda cuando hay una victoria en juego. Y el silencio se rompe de forma catastrófica. Aprieto los puños sin querer, los músculos de la espalda se tensan, y la calma que llevaba diez segundos intentando fabricar se va a tomar por culo en un instante. -Te has movido, idiota.- dice Kaelith, sin abrir siquiera los ojos él mismo, con esa voz plana que ya empieza a sacarme de mis casillas más que cualquier grito. -Llevas ocho segundos. Es, con diferencia, el peor tiempo que he presenciado en años.-
-¡¡¡Ocho segundos ni de coña, tío!!! Es imposible que haya aguantado tan poco- protesto abriendo los ojos de golpe, indignado. -Además, no es fácil quedarse quieto pensando en nada cuando no dejo de vivir aventuras.-
-Ese es exactamente el problema.- responde, encendiendo otro cigarrillo con una calma. El tío es tan pasivo en ese sentido que empieza a resultarme insultante. -No se trata de pensar en nada. Se trata de dejar que el pensamiento pase sin que te arrastre con el. Tú, en cambio, te lanzas de cabeza detrás del primero que aparece, como un perro tras una pelota.-
-Un perro. Vaya comparación más atrevida para el tío que podría dividirse a la mitad de un solo tajo.- gruño iracundo, cansado de soportar tanto comentario.
-No te vengas arriba, pirata. Eres tan consciente como yo de donde estás y quién me protege.- puntualiza, con ese aire de superioridad tan suyo que hace que me den ganas de partirle la cara solo para ver si le cambia la expresión. -Otra vez. Y esta vez, intenta contener tus impulsos más de ocho segundos, si eso es posible para ti.-
Vuelvo a cerrar los ojos. Esta vez me lo tomo con más calma, aprieto los dientes y respiro hondo. Intento imaginar algo tranquilo, como una taberna con cerveza fresca y mujeres que se derriten por tus músculos. Diez segundos. Quince. Empiezo a pensar que igual sí que valgo para esto, que igual Sigurd Haakon, orgulloso bucanero, puede aprender algo de sutileza si se lo propone en serio. Y entonces siento algo. Una presencia sombría y lejana. Como un cosquilleo detrás de la nuca que no sabría explicar con palabras. Me emociono tanto que abro los ojos de golpe, giro la cabeza hacia donde creo que viene, señalo con vigor y grito antes de pensarlo. -¡AHÍ! ¡Te he pillado, cabrón, estás detrás de esa columna!- Silencio. Kaelith sigue exactamente donde estaba antes en su lugar, sin haberse movido ni un centímetro. Me mira con una expresión que baila entre el agotamiento mental y algo parecido a la decepción. -No hay nadie detrás de esa columna.- dice, con indignación, aunque mostrando un temple absoluto -Has sentido tu propia imaginación, no el Haki. Que no es lo mismo, aunque a ti te parezca idéntico.-
-¡Pues yo he sentido algo, me cago en todo lo cagable!- vuelvo a rechistar, empezando a mosquearme de verdad. No me gusta un pelo que me traten como a un niñato torpe, y menos delante de un tío que se las da de erudito y sabelotodo.
-Has sentido lo que te ha dado la gana sentir. Es la reacción más común entre los principiantes desesperados por resultados rápidos.- responde Kaelith, sin alterar el tono ni una nota más alta que otra. No sé que me parece más irritante, si eso o el cómo se ajusta la montura de gafas con el dedo corazón -La ansiedad no genera Haki, buccaneer. Genera espejismos.-
Vuelvo a intentarlo por tercera vez ya, y esta vez me juro a mí mismo y por Ubbe que no voy a caer en la misma trampa. Cierro los ojos con fuerza, casi apretando los párpados, como si eso ayudara en algo, y me concentro tanto en no pensar en nada que empiezo a pensar precisamente en eso, en lo mucho que me está costando no pensar en nada, lo cual, ahora que lo digo en voz alta dentro de mi cabeza, suena tan estúpido como parece. -Estás apretando los ojos.- dice Kaelith, sin necesidad de mirarme siquiera. -Eso no es concentración. Es tensión. Son cosas muy distintas.-
-¡Pues dime tú cómo coño se hace en vez de decirme todo lo que hago mal, joder!- suelto, abriendo los ojos otra vez, ya con el ceño fruncido de verdad.
-Te señalo a la Luna con el índice y te quedas mirando el dedo como un pasmarote. No aprecias la majestuosidad de la Luna ni de mis palabras. Solo ves el dedo- responde, sin un ápice de compasión, dándole otra calada al cigarro con esa parsimonia que ya me está sacando humo por las orejas a mí también, aunque del otro tipo.
Cuarto intento. Esta vez ni siquiera dura los ocho segundos anteriores. Un pájaro pasa volando cerca del techo abierto, suelta un cacareo estridente, y mi cuerpo entero se gira instintivamente hacia el ruido, martillos gemelos en mano y preparados para atacar, antes de que mi cabeza procese que es solo un pájaro estúpido y no una amenaza real. -Cinco segundos.- anuncia Kaelith, con una frialdad que roza ya el sadismo. -Vas empeorando.-
-¡Era un pájaro, joder, cualquiera se gira si oye algo así de repente!-
-Cualquiera no, Sigurd. Un guerrero que domine el Haki de Observación sabría, sin necesidad de girarse, que se trataba solo de un ave y no de una amenaza. La diferencia entre tú y ese guerrero es exactamente lo que estamos intentando construir aquí, y de momento la distancia entre ambos parece más bien un abismo.-
Aún así, insisto. No pienso perder, no me pienso rendir. Quinto intento. Me siento en el suelo esta vez, con las piernas cruzadas, como le he visto hacer a algún que otro monje en mis viajes, aunque con mi tamaño la postura queda más ridícula que otra cosa. Miro por un instante a Yggdrasil parece reposa en el suelo junto a mi, inamovible. Cierro los ojos. Cojo tanto aire como puedo. Intento no pensar en el hijo de la luz, ni en los Juegos, ni en la humillación de perder delante de media Grand Line. Intento pensar en nada. En absolutamente nada. Once segundos. Casi un récord personal, aunque tampoco es que la comparación esté para tirar cohetes, viendo el historial que llevo hasta ahora. Y entonces, sin venir a cuento, me pica la nariz. Un picor tonto y estúpido, de esos que no se van hasta que te rascas, y claro, me rasco con ganas, porque nadie en su sano juicio aguanta una molestia de nariz por un momento de disciplina espiritual. -Doce segundos.- anuncia Kaelith, con un deje irónico -Derrotado por tu propia nariz. Es, sin duda, la causa más patética que he presenciado hasta la fecha, y llevo décadas viendo fracasar a soldados por motivos ridículos.-
-¡No es culpa mía que me picara la nariz, joder! ¿Qué cojones quieres que haga, Kaelith? Dejo que me crezca un moco del tamaño de Sköll por no rascarme?- la voz ya está subida de tono, notando cómo la vergüenza se mezcla con la rabia en un cóctel que no me gusta un pelo. Nunca me ha gustado sentirme torpe. Y este tío lleva una hora regalándome esa sensación como quien reparte panfletos en la calle.
Sexto intento. Este ni siquiera lo pienso contar como un intento de verdad, porque antes de que pasen tres segundos ya estoy pensando de más en lo ridículo que debo de estar ahí sentado, un gigante de siete metros con las piernas cruzadas como un pato de granja mareado, y la risa que me entra al pensarlo me hace abrir los ojos yo solo, sin que Kaelith tenga siquiera que decir nada. -Ni te molestes en contar ese.- digo, levantándome de golpe y sacudiéndome el polvo de las piernas y los hombros que no existe. -Definitivamente, esto no es para mi. No me sale de ninguna de las maneras. No se me ocurre nada ya.-
Kaelith me mira fijamente, sin decir nada durante un buen rato, y por primera vez en toda la tarde detecto algo en su expresión que no es desdén puro. Es más parecido a la curiosidad de un científico observando un experimento que se resiste a salir bien. -¿Alguna vez has estado quieto de verdad, buccaneer?- pregunta, con un tono distinto, más pausado. -No me refiero a dormido, ni a borracho, ni agotado tras una batalla. Me refiero a quieto, con la mente despejada, sin nada que resolver, sin nada que golpear.-
Lo pienso por un segundo, cosa que ya es rara en mí, porque normalmente no me paro a pensar demasiado antes de contestar. Lo hago más con el corazón que con la razón -No.- admito con una sinceridad. Eso si que no me cuesta ni me sorprende. -Nunca. Ni siquiera durmiendo, la verdad, porque hasta en sueños ando dándome de hostias con algo o pensando en la siguiente masacre.-
-Ya me lo imaginaba- responde, casi con lástima genuina esta vez, no la fingida de antes. -Eso lo explica todo.-
Estoy ya bastante hasta los huevos. Suelto un bufido, agarro con fuerza a Yggdrasil y la dejo caer contra el suelo con un golpe seco de muñeca que hace temblar las losas circulares bajo nuestros pies. -¿Sabes qué? A la mierda esto de cerrar los ojos y quedarme quieto como una estatua. Yo aprendo mejor con sangre y acero. Enséñame a pelear con esa mierda invisible en vez de con teatrillos de meditación de monasterio.- Kaelith arquea una ceja, la primera reacción de auténtica sorpresa que le veo desde que he entrado por la puerta. -¿Perdona?-
-Lo que oyes. Ponme delante algo que golpear, algo contra lo que pelear, y a ver si así se me despierta esa cosa que dices que llevo dentro. Porque esto de sentarme a pensar en nada mientras tú fumas tranquilamente no me está llevando a ningún sitio.-
-Eso es exactamente lo contrario de lo que necesitas.- responde, apretando la mandíbula, dejando entrever un rastro de auténtica irritación colándose bajo esa fachada tan controlada. -El combate solo alimentará tus impulsos, no los calmará. Si no puedes aguantar ni ocho segundos tu propia cabeza en silencio, mucho menos vas a conseguirlo con adrenalina de por medio.-
-¡Pues entonces dime tú qué coño hago! ¡Así, quieto, no me sale ni de coña!- estallo, alzando la voz tanto como puedo. El eco rebota por toda la sala circular como si quisiera darme la razón. -Llevo toda la vida solucionando las cosas a hachazos, tío. No me pienso disculpar porque no me nazca el convertirme en un monje zen solo porque tú lo digas.-
Nos quedamos un rato en silencio, yo respirando fuerte por la nariz, él con el cigarro a medio consumir entre los dedos. Ambos mirándonos como dos toros a punto de embestir aunque ninguno de los dos tenga la intención real de hacerlo. Es raro, pero en ese silencio incómodo, cargado de mala hostia por mi parte y de decepción por la suya, siento algo parecido al respeto crecer un poco más. Este tío no me está regalando nada, y eso, evidentemente, lo prefiero. Kaelith me observa un rato largo, en silencio, con esa mirada recelosa recorriéndome de arriba abajo, valorando algo que solo vuela por su cabeza. Da una última calada al cigarrillo, lo apaga contra la palma sin inmutarse, como siempre, y por fin suspira. Un suspiro cargado, largo, del tipo que sueltan los profesores cuando entienden que van a tener que cambiar todo su plan de estudio por culpa de un solo alumno especialmente cabezota. -Está bien.- dice al fin, aunque le cuesta más de lo que le gustaría admitir. -Vamos a intentarlo de otra manera. Pero si esto tampoco funciona, carnicero, te aseguro que el problema no seré yo.-
-Te aseguro que yo no fallo, amigo. Y menos cuando me dan una segunda oportunidad.- respondo, con retintín, aunque por dentro, muy en el fondo, empiezo a agradecer que este tío no se haya rendido conmigo todavía. Eso también dice algo de él.
Kaelith se pasea hasta llegar a una de las paredes de la sala y descuelga de un soporte de artesanía exquisita un segundo estoque, más corto que el suyo, con la punta y el filo cubiertos por una funda de cuero recién trabajado. Podria ser una espada indomable para un humano corriente, pero para el Lunarian no queda en más que una ropera elegante. Me lo lanza sin previo aviso, y lo agarro al vuelo con una sola mano, casi por instinto. -¿Y esto qué es? ¿Piensas que voy a pelear con este palillo de dientes?- pregunto, mirando el arma con una mezcla de desprecio y curiosidad. Comparado con Yggdrasil, parece un juguete para crios.
-No vas a pelear conmigo, no te emociones.- responde, sacando su propio estoque de la vaina con un gesto diestro que demuestra habilidad, pero que para mí sigue siendo demasiado teatral. -Vas a intentar tocarme. Solo eso. Yo mantendré los ojos cerrados todo el tiempo. Tú, con los ojos abiertos, tendrás que acercarte y golpearme, aunque sea solo un roce.-
-¿Y esto en qué cambia nada de lo que hemos hecho hasta ahora?- pregunto refunfuñando, sin entender la estrategia o la razón detrás de esto
-En que ahora tu cuerpo va a estar ocupado en algo que sabe hacer bien.- explica a la vez que cierra los ojos y adopta una postura relajada, casi despreocupada, con el estoque bajado a un lado. -Vas a moverte, vas a atacar, vas a sentir la adrenalina que tanto necesitas. Y en algún momento, entre ataque y ataque, tu mente va a tener que callarse sola, porque estará demasiado ocupada intentando pillarme por sorpresa. Se acabó el silencio. Ahora vas a navegar por tus pensamientos como un timonel- Me quedo un segundo parado, sorprendido de que sea consciente de lo que hago bien o dejo de hacer en mi tripulación. Este tío escucha más de lo que aparenta o deduce muy bien para ser un capullo tan estirado.
-Vale, esto ya me gusta más.- admito sonriente de nuevo, una sonrisa que empieza a asomar de verdad, no la forzada de antes. -Pero te aviso desde ya que no pienso ir con delicadeza solo porque tengas los ojos cerrados o seas tú.-
-No espero menos de ti.- responde. Detecto algo parecido a diversión genuina en su forma de decirlo, aunque siga con la cara tan seria como al principio.
Me lanzo hacia él sin previo aviso, con toda la velocidad que me permite el cuerpo, y el estoque prestado por delante, como un aguijón de avispa. Kaelith, sin abrir los ojos, ladea el cuerpo apenas unos centímetros, lo justo para que mi punzada pase de largo, rozando el aire donde hace un instante estaba su torso. No he sido capaz ni de rozar sus ropajes. -Otra vez.- dice, todavía con los ojos cerrados, sin moverse del sitio. Vuelvo a la carga, esta vez cambiando el ángulo, intentando pillarle por el flanco con un corte lateral. Nada. Se aparta con la misma facilidad, como si le hubiera avisado con antelación de mis intenciones. Da la sensación de que la propia espada le avise, como si me oliera antes de llegar. Empiezo a mosquearme otra vez, aunque de un modo… diferente. Esta rabia me sienta mejor, más familiar, más mía. Ataco una y otra vez. Varias veces. Una docena de estocadas y cortes al aire. Cada intento con más fuerza, más rapidez, más rabia contenida, y cada vez Kaelith se mueve lo justo, sin abrir los ojos, sin perder esa expresión de calma casi insultante en la cara. En algún momento entre el intento número doce y el trece, dejo de pensar en el hijo de la luz. Dejo de pensar en los Juegos, en la derrota, en el orgullo herido de Musashi. Solo pienso en el siguiente golpe. En el siguiente. Y después en otro más -Interesante.- murmura Kaelith, esquivando otro tajo con un giro mínimo de cadera. -Llevas más de un minuto sin ninguna intención asesina real detrás de tus golpes. Estás jugando.-
-¡Un huevo de pato viudo estoy jugando! ¡Estoy intentando ensartarte como a un pollo!¡¡Jarul jul jul jul…- protesto, aunque en el fondo, algo dentro de mí sabe que tiene razón. Hay algo distinto en este combate. Más ligero. Casi divertido, en el sentido más puro y estúpido de la palabra.
-Precisamente por eso.- responde, todavía sin abrir los ojos, esquivando otro ataque con una facilidad que empieza a resultar casi ofensiva. -Estás disfrutando. Y cuando disfrutas, tu mente deja de aferrarse a todo lo demás. Ahora, en vez de pensar en golpearme con fuerza, intenta cerrar los ojos y sentir dónde voy a estar sin que me mires directamente.-
-¿Y eso cómo cojones se hace en mitad de una pelea?- pregunto, sin dejar de atacar, aunque cada vez con menos rabia y más ritmo, bailando en un duelo sin darme apenas cuenta de ello.
-No lo pienses. Déjalo pasar por tu cuerpo, no por tu cabeza.- responde, y por primera vez en toda la tarde, su voz suena distinta. Menos maestro. Más guía. -Tú no piensas cuando manejas ese hacha tuya. Simplemente sabes dónde va a caer antes de moverla. Haz lo mismo. Cierra los ojos y navega el combate como navegas en el mar azul.-
Algo se enciende dentro de mí. No sé explicarlo mejor que eso. Una chispa de conexión con algo incomprensible, como cuando encajas la última pieza de un rompecabezas sin ni siquiera darte cuenta de que la tenías ya en la mano.
Dejo de atacar con rabia. Dejo de pensar en el golpe siguiente como una necesidad urgente que hay que cumplir a toda costa. Me quedo quieto un segundo sosteniendo el estoque en la oscuridad, respirando, mirando a Kaelith sin verlo del todo, si es que eso tiene algún sentido. Y entonces lo siento.
No sé cómo describirlo mejor. No es ver, ni oír, ni tocar. Es como si de repente hubiera un hilo invisible entre mi pecho y el suyo, conectados, vivos, que se mueve cuando él se mueve, aunque yo tenga los ojos fijos sobre él y él lleve con los suyos cerrados desde el principio. Siento como su aura se desplaza hacia la izquierda sin la necesidad de mirar. Lo sé con la misma certeza con la que sé puedo percibir en él un atisbo de alegria y despreocupación, como si sus sentimientos me mandaran una carta por correo. Es como si el mundo entero se hubiera vuelto un poco más lento, un poco más claro, como cuando el humo de una batalla se despeja de golpe y por fin ves lo que tienes delante.
El estoque diminuto roza el hombro del ángel oscuro. Apenas un centímetro, un corte que apenas rasga la ropa, pero es un impacto real, el primero de toda la tarde. Kaelith abre los ojos de golpe, y por primera vez desde que he entrado en esta casa, veo algo parecido a la sorpresa genuina en su cara rancia -Vaya.- musita, casi sin esfuerzo. Una palabra, corta, casi como si se le hubiera escapado sin querer.
-¡¡¡TE HE TOCADO, CABRÓN!!!- grito, con una euforia que no siento desde hace días, desde antes de los Juegos, desde antes de que el mono me arruinara la fiesta. Suelto una carcajada tan fuerte que retumba por toda la sala circular, un rugido de guerra que hace vibrar hasta las antorchas de las paredes. -¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!! ¡Lo he sentido, joder, lo he sentido de verdad!- Tiro el ridículo estoque al suelo, sin pensarlo, y me pongo a pisar el suelo con éxtasis y me retuerzo para terminar saltando en una explosión de euforia. Golpeo el aire con los puños, suelto otro rugido que se oye hasta la calle de fuera, y por un instante se me olvida completamente que hay un tío de cuatro metros y medio mirándome con cara de estar presenciando el espectáculo más absurdo de su vida. Una victoria es una victoria. Y uno la celebra como merece
Kaelith se lleva la mano al hombro, donde el estoque le ha rebanado las costuras de la ropa, y la retira despacio, examinando el gesto con una atención explícita casi científica, como si necesitara confirmar con sus propios ojos qué ha pasado de verdad. -Kenbunshoku.- desliza en un susurro, más para sí mismo que para mí. -Un destello. Muy breve, muy inestable todavía, pero real.-
-¡¡Pues claro que es real comemierda!! ya te dije que en cuanto me pusieras algo que golpear, lo iba a conseguir!- presumo, clavando la aguja prestada contra el suelo con un golpe seco de muñeca, orgulloso como un conquistador que acaba de ganar su primera pelea en tierras extranjeras. -¿Ves? No hacía falta tanto teatrillo de silencio y mierdas así, papanatas. Solo hacía falta que me dejaras hacer a mi manera.-
-No te confundas.- responde Kaelith, recuperando su tono seco de siempre, aunque hay algo distinto en su voz, algo que suena, contra todo pronóstico, a respeto genuino. -No lo has conseguido por la violencia. Lo has conseguido por el instante exacto en que dejaste de necesitarla. Ese hilo que has sentido no nace de la fuerza. Nace del silencio que hay debajo de ella. Has llegado a ese silencio por un camino distinto al que suelo enseñar, eso es todo. El destino sigue siendo el mismo.-
-Bueno, pues llámalo como te dé la real gana, me la pela. El resultado es el mismo.- respondo, encogiéndome de hombros fanfarrón, aunque en el fondo sé que tiene razón en su método. Algo ha cambiado en mí durante esos segundos. Algo pequeño, sutil, pero innegable. Todavía siento ese cosquilleo raro en el pecho, como un eco de lo que acaba de pasar, y me sorprendo intentando aferrarme a él, intentando entender qué cojones acabo de hacer para poder repetirlo cuando quiera. Puede que sea esta la razón por la que Musashi era capaz de derrotarme.
Kaelith envaina su espada con un movimiento preciso y elegante. Me mira de arriba abajo, esta vez sin el desprecio inicial, sino con algo parecido al ego de haber enseñado incluso al más bárbaro de los hijos del mar. -Vas a necesitar meses, tal vez años, para dominarlo de verdad. Lo que has sentido hoy… ha sido un parpadeo, nada más. Un guerrero completo mantiene esa percepción encendida en todo momento, no solo cuando el enemigo se digna a jugar contigo con los ojos cerrados.-
-Nhaa, que te calles ya de una vez.- respondo, todavía con la sonrisa clavada en la cara, incapaz de borrarla aunque quisiera. -Soy un prodigio y lo sabes. Y estoy deseando probar este nuevo poder contra mis siguientes víctimas.-
-Espero, por el bien de mi paciencia, que la próxima vez tardes menos de doce intentos en dejar de rascarte la nariz.- suelta, con un tono que casi, casi, podría confundirse con humor si no fuera porque su cara sigue tan seria como siempre.
-¡Al próximo le arrancaré la nariz sin necesidad de mirarla!- me burlo de forma estridente y exagerada. Me ciega la ambición de poder detectar enemigos que ni siquiera están a la vista.
Kaelith resopla, casi una risa contenida, aunque se cuida mucho de dejarla salir del todo. -Puede que después de todo no seas tan inútil como los demás que han pasado por esta sala.- admite, a regañadientes, encendiendo otro cigarrillo con ese chasquido de dedos que sigo sin entender del todo. -Espero no tener que volver a verte en mucho tiempo. Y que para la próxima vez, vengas más curtido y concentrado. No seré tan indulgente si hay una segunda vez.-
-¿Indulgente? La próxima vez pienso derrotarte en combate singular, te lo aseguro- juro y no en bano, aunque sin verdadero enfado, con Yggdrasil ya de vuelta en mi hombro, pesada y familiar, como siempre. -Pero bueno, ya nos veremos. Al amanecer del quinto día, con la misma cara bonita y las ganas de partirte la cara otra vez.-
-Cuento con ello.- responde, dándome la espalda ya, encaminándose hacia donde sea que este tío desaparece cuando no está torturando a gigantes con sus delirios de poderes místicos
Salgo de la sala con el pecho inflado y el sentimiento tan mío de orgullo desmedido, aunque esta vez hay algo distinto mezclado con la euforia habitual. Algo que no sabría explicar con palabras, ni falta que hace. He sentido algo real hoy, algo que no viene de mis músculos ni de mi acero ni de toda la sangre que he derramado por el mundo hasta ahora. Y si algo he aprendido en todos mis años de guerra, es que cuando algo funciona una vez, funciona mil veces más y sigue evolucionando
Cruzo el pasillo de vuelta hacia la salida, con el eco de mis pisadas retumbando otra vez contra las paredes blancas, y una sola idea rondándome la cabeza mientras el sol dorado de Shandora me golpea de lleno al salir. Pronto arderá el mundo. Y la próxima vez, lloverá sangre desde las nubes
Ubbe se va a mear de risa cuando le cuente que un tío con gafas y un cigarrillo casi me deja el ego por los suelos en menos de una hora. Que se ría todo lo que quiera. Al final, el capitán del Ragnarok, Sigurd Haakon ha sentido algo que ningún hachazo del mundo le había enseñado nunca, y eso, para alguien que lleva toda la vida resolviendo las cosas a golpes, vale más que cualquier victoria en cualquier arena dorada del cielo.
