22-10-2023, 03:32 PM
Atributos Personaje
Inventario
Día 23 de Invierno del año 6. 1:25 a.m.
Por fin llegamos tras varios meses de viaje desde que emprendimos la aventura a contra corriente. Yo tenía ya 27 años. Ataviado con la túnica marrón hasta los pies, encapuchado como los demás miembros. Mi padre y otros tres veteranos eran los elegidos para la expedición hacia el nuevo mundo. iban vestidos igual que los demás, pero con una bolsa enorme cada uno. Aun así, todos eran más fuertes y rápidos que yo, aún con tanto peso sobre el cuerpo. Mis ojos brillaban de emoción al ver a mi padre, el más joven del grupo, el más fuerte y el más rápido. El único que sabía nadar de los minks de la expedición. Llevaban una pequeña embarcación con una pobre vela deteriorada por el tiempo. Era amarillenta, en lugar de su blanco original. Contaba con 2 camarotes, un timón sobre ellos y una ínfima bodega donde habían instalado una cocina para él, esperaban, breve viaje que tendrían. Oriku era el líder de la expedición. Su carácter alegre y despreocupado distaba mucho del de su propio hijo, que era más esquivo en lo afectivo y le gustaba mantenerse en las sombras, vestido con el uniforme y siempre encapuchado observando y aprendiendo desde la distancia.
Junto a Morrel, el mink cabra, mi mejor amigo y maestro, siempre fumando en pipa. Yo odiaba que fumara en pipa. Quemaba las hiervas para, según él, que las propiedades de estas le llegaran antes al organismo. Yo era más de pociones e infusiones. Mi favorita era la de caléndula y ortiga, que me daba una sensación revitalizante, pero él fumaba ahora menta. No olía tan mal como las demás, pero aún así no me gustaba nada.
Morrel, no podrías dejarlo un rato? Que propiedades te puede proporcionar la menta silvestre si la quemas?
Ay, mi querido Sage, me deja una sensación de frescor increíble en la boca, además de proteger mis dientes
Si solo comes basura, vieja cabra. Tus dientes son tan fuertes que podrías comerte un barco.
Reí volviendo a mirar hacia delante, encapuchado. No lo percibía nadie, pero mis ojos siempre estaban fijos en mi padre, Oriku, tenía que aprender de él, buscar aventuras y ser fuerte. Quería ver el mundo en toda su plenitud y pasar la Red Line hacia el nuevo mundo junto a él. Mi madre, Plátyra, de la que me habían puesto el nombre, se acercó a nosotros. -No piensas despedirte de tu padre, Plátypo? Dijo con su voz tan dulce como siempre. Ni siquiera cuando me regañaba podía pensar en que su voz no fuese suave. La miré un momento y volví la vista de nuevo hacia el barco, donde seguían los aventureros. Un gorila, quizá el más anciano de la expedición, debilitado ya por la edad, pero que seguía conservando un brazo envidiable, levantaba una caja y la pasaba de barco a barco. En el que estábamos, lo habíamos adquirido a un precio irrisorio en la última isla, con la pequeña carraca enganchada a un lado. Había sido una ganga. Parecía que el último dueño no sabía lo que vendía, o quería deshacerse de él. Lo único cierto es que los dioses nos habían dado su favor, además de la mar calma hasta aquella noche. Fui hasta estribor, cerca del ancla incrustada en el fondo marino, impidiendo que el barco se moviera, y salté. Noté como mi cuerpo entraba en el agua, se hundía como una flecha, la sensación más agradable que conocía. Silencio, la oscuridad de la noche bajo el mar, el sabor salado del agua. Me impulsé con la cola y continué despacio con las patas traseras, alternándolas, tal y como Oriku me decía que evitase. Me acerqué al barco aún enganchado por una gruesa cuerda marrón al más grande y emergí subiendo por la borda. Me senté allí, encapuchándome de nuevo y mi padre dio un respingo al verme.
Plátypo, sabes que no me gusta que hagas eso. Avisa cuando vayas a aparecer en algún sitio.
Vengo a despedirme, papá. Ten buen viaje y regresa pronto con una ruta segura.
Partimos en unos minutos. Qué pasa, quieres venir?
Sabes que, aun siendo el líder de la expedición, los demás no van a dejar que vaya. Soy muy joven para esto. O eso dice Jarl. Ese gorila piensa que es el más listo, pero se olvida que los dioses me tienen más favor a mí que a él.
Es el más anciano y ya sabes lo que dicen, más sabe el diablo por viejo que por diablo, jrajrajra.
Si, bueno. Lo dicho, buen viaje y vuelve pronto.
Lo más difícil va a ser atravesar aquella montaña, entre los cabos. Tenemos que usar ganchos y esperar que la corriente no sea muy dura. Nos vemos pronto, hijo.
Me dejé caer de espaldas hacia el mar de nuevo y pasé por debajo del barco hacia la superficie. Me agarré de una escalera de cuerda dispuesta antes de salir del puerto por Jarl, el anciano mink gorila, y trepé hasta la cubierta del navío principal. La pequeña carraca se desató y partió hacia la montaña entre los cabos gemelos. Muy lejos, Sage pensaba en la otra parte del Paraíso, aquella mitad del Grand Line, donde decían que se podía cambiar de mar vía submarina, y pensó que debían haber ido por aquel camino, en vez del actual. Una corazonada le decía que algo iba a salir mal.
De pronto, sonó un estruendo y vi cómo un barco bajaba a toda velocidad por la montaña en dirección a la pequeña embarcación. Salté de nuevo al agua y nadé todo lo rápido que pude. Sabía que los dioses no aceptarían que nadie intentara salir por la entrada del mar de los piratas. Las embarcaciones chocaron y vi, desde debajo del agua como tablones, cajas destrozadas, partes de los barcos y cuerpos se hundían. Reconocí las siluetas de Jarl, de Maikn y de Valss. Pero mi padre, el líder de la expedición, no estaba. Nadé hacia los cuerpos, preguntándome, seriamente si podían llegar a enfadarse los diosas por intervenir en aquella terrible decisión. Aun así agarré los cuerpos del lobo y la gacela y los subí a un tablón. Sin pararme a ver nada en la superficie, y centrado en el rescate, me volví a sumergir y haciendo acopio de todas mis fuerzas, dejé en otro tablón a Jarl. Respiré un momento cansado por el esfuerzo y busqué ansioso alrededor. Vi la mitad del barco en el que había estado sentado minutos antes y nadé hacia él todo lo rápido que pude. Si Oriku estaba herido no podría nadar de regreso al barco junto a los demás.
Al llegar me quedé sin habla. Ni siquiera me puse la capucha. El shock me había bloqueado. Mi padre, a quien los dioses habían dotado de una velocidad y una fuerza y unos reflejos envidiables para cualquier mink, estaba apoyado en la pared de los camarotes, con una tabla clavada en el centro del pecho. Una lágrima corrió disimuladamente hasta mi pico y retrocedí negando con la cabeza. Me tiré al agua y me acerqué a la plataforma donde se hallaban los miembros rescatados de la exploración. Me miraron y empecé a empujar la tabla donde estaban agarrados los veteranos minks. No intercambiamos palabras durante el viaje de vuelta. Todos estaban asomados mirando hacia la proa del barco. Al subir, tras ayudar a los accidentados, miré a mi madre. No dije nada, la abracé mientras mis lágrimas, disimuladas por el agua del mar, corrían por mi cara. Me fui a mi camarote, diciéndole en el camino a Morrel que quería hablar con los miembros de la tribu a la mañana siguiente. Me acosté en mi hamaca y me quedé despierto hasta la mañana siguiente, pensando en qué debía hacer a partir de ahora.
