[EVENTO FACCIÓN - REV.] La llama de la Revolución [Llegada desde los Blues]
#1
Venimos de este tema.

Un sinnúmero de barcos se acercaban discretamente, en la penumbra, a Baltigo, la isla blanca que refulgía en mitad de la noche. Su inconspicua superficie, cubierta de polvo blanquecino, arena y rocas, se encontraba aún a cierta distancia, protegida por los escarpados acantilados que bordeaban la totalidad de la isla. Para aquellos expuestos al viento marino, hacía un frío desgarrador, similar al que uno encontraría en las noches más gélidas del desierto más árido, que solo parecía intensificarse a medida que uno se acercaba a la isla. Sin embargo, la mayoría de nuestros protagonistas no habrían tenido ocasión de percibir la brisa aún, puesto que seguirían instrucciones estrictas de permanecer ocultos en las bodegas y los cargos de sus respectivos navíos hasta que llegase el momento de desembarcar, algo que, si bien dejaba escaso lugar a la épica, proporcionaba confidencialidad y discreción. Esto también indujo en ellos un fuerte sentido de desorientación, la mayoría de ellos siendo incapaces de saber cuánto tiempo llevaban exactamente de viaje, sin ser capaces de ver siquiera la luz del sol. La regla había sido estrictia, y ni siquiera habían podido salir a echar un vistazo al abrigo de la noche, cada una de las bodegas cerrada siempre a cal y canto.

El trayecto continuaba como lo había hecho, en líneas generales, desde que cada una de las embarcaciones saliese del puerto de recogida: en un silencio que únicamente rompían los gritos y las órdenes entre los marineros y los operarios de cada barco, propias de cualquier navío que se preciase. Por el bien de la operación, todos los revolucionarios presentes en ellos habían recibido órdenes estrictas de, además de permanecer ocultos de la vista y no moverse de la bodega de cada navío, procurar mantener silencio, o, al menos, no armar más jaleo del estrictamente necesario. El Ejército Revolucionario había sabido escoger bien los métodos de transporte para cada cual: habían elegido barcos que no levantasen sospechas de nadie en condiciones normales, habilitados para circular con normalidad a través de aquellos mares, y regidos por patrones o capitanes que supiesen bien lo que se hacían, minimizando el riesgo de que alguno de ellos se fuese a pique. Y, claro, que fuesen gente de confianza. Por una vía o por otra, se habían asegurado de que no quedase ningún cabo suelto. Los barcos, si bien independientes entre sí, llegaban en tres grupos que parecían bastante diferenciados, alcanzando Baltigo desde distintas corrientes y direcciones.
  • Por un lado, los Revolucionarios provenientes del South Blue habían sido aglomerados en la bodega de un barco pesquero de gran envergadura, el tipo de barco que uno podía ver con frecuencia pescando entre los más traicioneros oleajes del Grand Line. Su casco estaba hecho de gruesa madera reforzada con vigas por doquier, e incluso en el interior de la misma era posible ver percebes y moluscos de toda índola creciendo en la superficie de sus paredes, al calor de la humedad y la temperatura del lugar. Este barco había partido del Reino de Briss, donde había descargado su último cargamento, y había iniciado una estratégica ruta que seguía, con tal de no levantar sospechas, sus patrones habituales, deteniéndose en varias islas más del South Blue, como Isla Kárate, Baterilla o Samba. En todas ellas había hecho las paradas que hubiese cabido esperar de una embarcación como aquella, deteniéndose a efectuar reparaciones, vender parte de su cargamento y recoger a nuevos pescadores para su flota. Nada sospechoso, de no ser porque en su bodega, confinados entre enormes toneles llenos de pescado de todo tipo en diferentes grados de conservación y del hedor que los acompañaba, se encontraban varios reclutas del Ejército Revolucionario, que habían soportado estoicamente el trayecto. Junto al barco pesquero naveban otros tantos barcos, provenientes de los demás Blues. Desde el North Blue acudía lo que habitualmente se conocía como un collier brig, un colosal armatoste destinado al transporte de carbón. Era habitual ver navíos como aquel entre islas, sobre todo entre las más frías. En su bodega, entre los sacos de carbón, viajaban como polizones otros tantos reclutas norteños del Ejército Revolucionario. Venido desde el East Blue, en su travesía también los acompañaba un barco mercante de sake barato, destinado a aprovisionar decenas de tabernas porturarias y locales de dudosa reputación por todo el ancho mar, y en cuyos barriles viajaban, como pepinillos en salmuera, otro puñado de Revolucionarios con destino a Baltigo. Desde el West Blue llegaba uno de los navíos más distinguidos, destinado al restauración y coleccionismo de arte —legal y de otras clases—, cuya bodega, además de varios camaradas Revolucionarios, se encontraba repleta de cajas y estatuas de toda índole, acolchadas y sujetas con cuerdas.
  • Por otro lado, aquellos Revolucionarios que venían desde otras islas del Grand Line lo hacían subidos en lo que se presentaba como transporte especializado en movilidad y logística bovinas y traslado pecuario no procesado, pero que en realidad resultaba mucho más simple: un carguero de ganado, originario de Matsuri. Era un barco grande, de casco ancho y pesado, de escasa elegancia, cuya madera oscura e hinchada por el salitre se dejaba ver entre los restos de varias capas de pintura desconchada. En su enorme bodega, centenares de vacas viajaban apretadas en compartimentos estrechos, nerviosas o somnolientas según el día, en un suelo casi íntegramente cubierto de paja, y bajo el cual se ocultaban algunas pequeñas trampillas que venían a ser de gran utilidad en situaciones como aquella. Allí, en lo que había acabado siendo un minúsculo compartimento bajo una portezuela oculta por la paja, impregnado del constante hedor impregnado por el cargamento, con líquidos que se filtraban a través de los tablones de madera, viajaban en secreto algunos miembros de la Revolución procedentes de diversas corrientes del Grand Line, sorteando las olas de tan particular manera, enmascarados bajo aquel olor que hubiera hecho alejarse a cualquier fisgón que pretendiese meter las narices donde no le correspondiese. Junto con este navío llegaban otros dos: uno era un barco de transporte de residuos, cuyo hedor podía olerse a millas de distancia, y del cual sus pobres pasajeros, procedentes de varias islas, no podrían deshacerse en un tiempo. Otro era, simplemente, un pequeño crucero de turistas excéntricos, con controles escasos y vigilancia inexistente, y cuyos polizones habían podido sustentarse con las sobras del excelso buffet que se preparaba cada noche en la travesía. Todo ello, claro, a costa del Ejército Revolucionario, que se había asegurado de que nadie se fuese de la lengua.
  • Por último, aquellos Revolucionarios que venían desde más allá del otro lado de la Red Line, los que venían del llamado Nuevo Mundo, gozaban del medio de transporte más privilegiado de todos (sobre todo, con comparación con sus colegas del Paraíso): en solitario llegaba el mismísimo Yoru's Paradox, comandado por nada más y nada menos que Alhen Geouis, quien naturalmente también ponía rumbo a la Asamblea. El enorme y felino galeón, de presencia orgullosa, había navegado sin temor alguno a través de los mares con su llamativo casco rojo brillante, sus velas blancas y sus ornamentos dorados; poco importaba que destacase, Alhen, un maestro de la navegación, estaba acostumbrado a moverse con discreción y a evitar los lugares más peliagudos. A bordo del mismo, los Revolucionarios procedentes del Nuevo Mundo habían llevado a cabo una travesía que había transcurrido casi entre algodones, y habían disfrutado de la compañía de decenas de camaradas, compañeros del Ejército, además de todos los lujos que semejante barco pudiese ofrecer a sus cargos más importantes. A Alhen no le disgustaba la opulencia, eso estaba claro, pero sabía sostenerla con una navegación firme y segura. El Yoru's Paradox era una auténtica torre entre la discreción de los demás barcos que se acercaban a Baltigo, más bien insignificantes en comparación, tanto por su tamaño como su aspecto.

Estos no eran los únicos: a medida que se aproximaban a Baltigo, más y más barcos se volvían visibles. Había una enorme y polvorienta gabarra dedicada al transporte de ladrillos y tejas, y, no muy lejos de ella, un pequeño barco mercante cargado de grano. Hacía aparición también un barco de reparto de pescado salado, cargado, además de con quienes ya podéis imaginar, con barriles de salazón, así como un par de mercantes de verduras y frutas de todo tipo. Uno de los más curiosos era un enorme mercante de patatas y tubérculos, de una pesadez y una elegancia que haría palidecer a muchos de los buques insignia del mismísimo Gobierno Mundial, que parecía navegar junto a un barco que transportaba brea y alquitrán por varios astilleros. Y todos, con un silencio comprado u obtenido mediante la coacción, iban cargados también de quienes se disponían a prenderle fuego al mundo. En algunos casos, el viaje no había tomado más que un par de días, pero en otros uno podría haber jurado que llevaban semanas. Y esto no era únicamente debido a las enormes distancias a recorrer, sino a elementos variables y mucho más impredecibles como las inclemencias del tiempo, los caprichos de las corrientes, o algún inesperado amago de inspección que habría puesto bastante nervioso al más pintado. Sin embargo, tras tan tortuosos trayectos, aquellos navíos se acercaban finalmente a su destino, Baltigo, donde los esperaba un suceso sin precedentes en la historia del mundo.



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#2
La era de la revolución había llegado. Claramente fue lo que entendió Yamaguchi cuando una voz distorsionada llegó a su den den mushi. El mensaje estaba claro, y es que la causa revolucionaria le requería en la isla de Báltigo. Parecía que, finalmente, después de volcarse en sus entrenamientos, podría hacer algo tras dedicarse a la revolución, provocar un cambio que sacudiría el mundo. Desde que pudo ver que Sera se echó a la mar y que había conseguido ganarse una reputación lo suficientemente grande como para valer 30 millones, Yamaguchi se sentía que no podía quedarse atrás. Este era su momento.

Con las directrices claras, Yamaguchi esperó lo necesario en Isla Karate, siempre atento a la zona costera que aparecería su billete hacia Báltigo hasta que, finalmente, un robusto y resistente barco pesquero atracó en esas aguas. Cuando éste llegó, cogió todos sus objetos personales, utensilios y armas y fue directo a subirse al navío. Una vez delante, los nervios se apoderaron de él, incluso para alguien tan tranquilo como él. Claramente era un asunto de alta relevancia Vamos Ryu no es tan difícil… Vas te presentas, y te subes al barco… comenzó a acercarse hacia la persona a cargo hasta que, debido a los nervios y a su natural torpeza, Yamaguchi se tropezó con un pedrusco en el trayecto y cayó de bruces.

[Imagen: 38504f990191b6cd79d0585eb2736b47.jpg]

Genial… comenzó a incorporarse, presentando la cara rojiza por el planchazo. Ya que había hecho el ridículo, no tenía mucho que perder. [b]Disculpe mi entrada… Se presenta Ryu, Yamaguchi Ryu, solicito permiso para subir al barco, por favor.[/b] se paró frente a la persona a cargo, haciéndole el saludo marcial de la revolución tras pedirle permiso, no teniendo opción el encargado a dejarle pasar al ver que, Yamaguchi, conocía el saludo revolucionario.

Una vez subido al barco, Yamaguchi tenía instrucciones claras de introducirse en la bodega y, pasara lo que pasara, no salir de allí. Parecía que la revolución se iba a tomar muy en serio su clandestinidad para poder asistir a la asamblea sin ser detenidos. Sin embargo el largo trayecto al que el charlatán estuvo sometido fue extremadamente duro, llegando nuevos y variopintos reclutas por cada parada que iba haciendo el pesquero a lo largo de su ruta, y acumulándose un olor que resultaba complicado, incluso para alguien con un sentido atenuado al olfato como Yamaguchi tenía. Además, el no fumar para no apestar la habitación del barco, se le hacía un infierno al iniciado de la revolución. No era capaz ni de saber cuántos días llevaba navegando, abriendo y cerrando su encendedor por pura inercia.

Cuando Yamaguchi creía que iba a perder del todo su cordura, su den den comenzó a emitir un sonido estático [b]¿Y esto?
sacó su medio de comunicación de su mochila, comprobando que este no funciona, ¿qué estaba pasando? Disculpen, mi den den parece que no funciona, ¿os ocurre lo mismo? preguntó al resto de polizones, con los que no había interactuado demasiado durante su estancia, sin saber que estaba a nada de la principal sede del Ejército Revolucionario.

¡Viva la revolución!
[/b]
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#3
Atributos Personaje



¿Qué rayos estaba pasando? Por un momento estaba tomando el sol en su bañador tipo speedo favorito, ese púrpura con corte un poco más fino y con diseños dorados, entre los cuales destacaba un gran loto en su atributo preferido. Perfectamente cómodo, embetunado de bronceador, con sus cosas en un bolso y sus lentes favoritos colocados cuando su Den Den Mushi sonó con un mensaje encriptado e instrucciones claras. Claro, formaba parte de un grupo al que era leal, y no podía negarse al llamado. No perdió mucho tiempo, dejó todas sus cosas dentro de la mochila, incluyendo sus guanteletes, y logró adentrarse al barco pesquero tan discretamente como su toque divino, sintonía natural y demás atributos le permitieran ser.

Dentro no habló. No pudo decir absolutamente nada al verse como una sardina. Literalmente, entre peces y demás miembros que probablemente eran tan nuevos en el movimiento como él. Miga no tenía ni un año sirviendo al ejército, ni siquiera había viajado fuera del South Blue, por consiguiente, estaba ansioso. ¿A dónde iban? No lo sabía, pero no le importaba. ¿Era un grupo especial al que debían llevar clandestinamente por sus grandes habilidades a algún rincón remoto? Probablemente.

En realidad, en su mente solo pasaba una cosa: se estaban tomando todas las molestias de transporte y discreción porque sabían que llevaban un gran ser iluminado entre sus filas. Era la coartada perfecta, se sentía empoderado a pesar de que las escamas le herían una que otra vez, y el olor a pescado se fue intensificando con el viaje, haciéndose cada vez más repugnante. Sin embargo, en su fantasía solo importaba una cosa, que él y su grupo llegaran sanos y salvos a donde fueran.

Solo seguiría órdenes, a menos que su grupo decidiera hacer algo distinto. Se mantendría hablando consigo mismo, maquinando múltiples posibilidades de lo que pasaba. Además, tomaba siestas tanto como podía, después de todo no podía hacer mucho más. Cuando escuchó al otro mencionar su problema con el Den Den Mushi no le prestó atención. — No te preocupes, compañero, andas acompañado del gran ser iluminado, Miga Jero. Nada malo puede pasar en mi presencia. — Respondió con una convicción que hasta él mismo se la creía.



Karmas
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#4
Había pasado demasiado tiempo en Baterilla, ya estaba pensando en moverse, no porque alguien se lo haya pedido, sino por su afán de no quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar. Lo último que quiere es encariñarse con una isla a la cual no le debe nada y tampoco tiene mucho que ofrecerle. Lo malo era que no sabía cuál era su siguiente paradero, nunca ha tenido una ruta fija en su cabeza, pero ahora que tenía la intención de pertenecer al ejercito revolucionario no sabía si tenía que esperar ordenes o seguir a sus anchas en los blues, aunque la decisión ya estaba tomada, quería salir de ahí lo antes posible. Ahora solo quedaba ver cómo y donde... Pequeños detalles sin mucha importancia.

El puerto fue su destino para buscar una salida y un destino. Era raro el no tener una orden que seguir, una misión que cumplir, una línea de corrupción que cortar, nada de nada. Pensaba en ir a alguna de las islas que le faltaba por recorrer de los blues, aún tenía la intención de profundizar su conocimiento sobre la flora y fauna de este pequeño lado del mundo. Suspiró ante ese pensamiento, pues recordó que el mar azul lo odia por haber comido esa bendita (o maldita) fruta que hace que su cuerpo se transforme en algo que nunca pensó posible, ahora sería el triple de difícil saber qué es lo que esconden las profundidades del mar... Una verdadera lástima.

Para no seguir lamentándose en las posibilidades que la naturaleza le quitó, comenzó a fijarse en los barcos, decidiendo cuál de ellos iba a tener el honor o la desgracia de tenerlo como tripulante. Antes de que pudiera tomar una decisión sintió un jalón en una de sus mangas que resaltaban por su anchura.
 Un joven rubio de unos 17 años lo interrumpió - Tú eres Dean ¿no? Pelo blanco, escuálido, ropa rara... Sí, eres tú. - Dijo mientras apoyaba las palmas de sus manos en ambas rodillas y jadeaba, como si hubiera finalizado una maratón - Súbete a la bodega del barco que llega en unos veinte minutos. - aquel desconocido joven enderezó su postura y ya parecía listo para marcharse - Debes comprarte un Den Den Mushi, la información no puede llegarte siempre mediante carta o recados. - El extraño comenzó a dar sus primeros pasos para alejarse. - Maldito tacaño... - El peliblanco no sabía si tendría que haber oído eso, pero lamentablemente pudo escuchar ese insulto, aunque no se lo tomó mal, pues razón no le faltaba. Debía adquirir algún método de comunicación, en algún momento Kasui o Shirohime necesitarán algo de él, aunque conociendo a ese par, quizá lo último que hagan sea contactarlo.

Ya tenía un destino y algo que hacer, pero había otra cosa que seguía sin convencerlo del todo. Con la revolución nunca hay nada claro, al menos para un simple aspirante como él. Nunca las ordenes son concretas, siempre hay mensajes encriptados que tiene que resolver, pistas que seguir, conversaciones entre las que saber leer. Nunca podía ser "ve a este lugar y haz esto..." eso quizá era una de las grandes quejas que iba a levantar si llegaba a estar frente a alguno de los peces gordos de la organización, aunque para eso falta demasiado, ¿no?

Tan puntual como el reloj, el barco llegó a los 20 minutos que mencionó aquel joven. Se formó una fila para poder abordar, pero nadie dijo nada, la gente solo iba subiendo y se adentraba en la bodega, como si ya todos supieran lo que estaban haciendo. Dean no quiso llamar la atención, así que simplemente imitó la actitud de todos lo que estaban allí, lo único que quería era ser una oveja más del rebaño y justamente eso iba a ser. 

Hubo algunas miradas que amagaron con incomodarlo, pero se desvanecían cuando se daba cuenta de que estaba siendo observado. Podría haber puesto más atención a aquello, pero durante todo el viaje su mente estuvo en el desagradable olor a pescado, haciendo que este viaje sea uno de los más incómodos y molestos que recuerda. A los 20 minutos de partir del puerto de Baterilla se sentó en el suelo y cerró los ojos. Lo único que podía ayudarlo a escapar de ese molesto olor, eran unas buenas horas de sueño y nada mejor para dormir que una buena cama hecha de madera rígida, mejor que cualquier almohada.

El movimiento y repiqueteo de todos los tripulantes terminó por despertarlo, de pronto todos empezaron a moverse con cierta ansiedad. Mientras se sobaba los ojos producto del sueño pudo escuchar como todos se estaban poniendo de pie y acercándose a la puerta. -
Estamos cerca, ya casi llegamos - Esa fue la única frase que pudo distinguir con claridad, el resto se perdió en el resto de murmuros. 

Muy posiblemente aquel barco ya estaba cerca del destino, así que optó por estirar las piernas y levantarse, no sin antes estirar los brazos y la espalda, en la cual notaba molestias por haber dormido en un lugar y posición para nada cómoda. Una vez estuvo de pie investigó los rostros que estaban cercanos a él para ver si veía una posible amenaza o a alguien conocido, como no encontró a nadie simplemente se limitó a sonreír. -
Bueno... Veamos qué es lo que nos tiene preparado el destino. - Nunca creyó en algo como el destino, pero ya que iba hacia un rumbo desconocido y sin mayor información, confiar en que todo estaba predestinado comenzaba a ser una opción más que tentadora. 

Dean seguía estirándose mientras esperaba alguna instrucción o que el barco llegue al puerto del destino, conociendo como trabaja el ejercito revolucionario, seguramente tenga que esperar a que lo segundo pase. Luego de eso ya verá cómo avanzar e ir a donde tiene que ir, después de todo fue alguien del ejercito revolucionario le dijo que abordase en el barco... ¿por qué fue alguien del ejercito, verdad?

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#5
Kasui

El niño salió de entre los matorrales en cuanto escuchó aquello que le dijeron a su compañero Dean, haciendo un leve gesto hacia Shirohime con el que le indicó que los siguiera, los que nos convocaron ya nos debían conocer lo suficiente, seguro que nos habían observado, además, siendo él un estratega entendió bastante rápido que aquello venía de algún lado, la forma en la que nos citaron…muy discreta, propia de el ejército al que aspirábamos pertenecer.

— Ajá. ¿Recuerdas lo que preguntaste el otro día de que haríamos? Ya lo sabemos.

Tras decir aquello el niño se volvió a esconder como si de una sombra se tratase, poniéndose a la espera de la llegada de aquel barco que precisamente si, fue puntual. Aquella frase que él mismo dijo, lo puso a pensar nuevamente en la otra cosa que le preguntó su compañero sobre sus intereses. Sobre sus “propósitos” realmente él tenía uno en verdad, este no era más que sobrevivir, pero necesitaba algo más allá y como niño encaprichado, no podía parar de pensar en aquello.

El joven suspiró y volvió a sacudir la cabeza para así levantar su ceja derecha seguida de la izquierda. Manteniendo alerta en su alrededor para buscar movimientos sospechosos, el niño embarcó con sus compañeros, no sin antes hacerle un gesto a su compañera (Shirohime) para que mantuviera silencio, no era momento para uno de sus numeritos y realmente se iba a molestar si lo hacía ahora. Procediendo a esconderse en aquel mal oliente lugar…no sin antes…robar un rollo de cinta que vio descuidado de su dueño pues, no podía evitarlo, además le podía ser muy útil en algún momento.


Tras llegar al lugar donde se escondieron, el niño se acercó a su compañera para así hablarle en un tono muy bajo, tanto, que a menos que alguien pusiera atención en lo que hablaban ellos, sería difícil escucharles, esto buscando no llamar la atención de fuera pues obviamente estaban escondidos y iba a ser así durante días.

-a ver, mi ruidosa compañera. Ajá…vamos a hacer una prueba de lealtad. Ajá

Tras esto el niño sacó la cinta que se robó y se la puso en la boca, dándole un par de vueltas con la intención de que quedase claro su objetivo.

-necesito que me prometas, con el meñique…que durante este viaje y lo que respecta al mismo, a menos que sea estrictamente necesario, vas a estar en silencio. Si necesitas decir algo, levantas la mano, si es algo crucial, puedes ignorarlo…¿entendido? Ajá

Tras su entendido se podría ver cómo le temblaba una ceja con algo de frustración, se temía lo peor, no podía permitir que su compañera hiciera uno de sus espectáculos de Romeo y Julieta en ese momento, no te voy a mentir, al niño le agradaba e incluso le divertía pues era como ver una obra de teatro, pero en ese momento necesitaba seriedad pues todo apuntaba a algo serio. El niño, tras aquello cambió su mirada totalmente pues, era su compañera y entendía que aún que él no mucho, ella tenía sentimientos, siendo así como colocaría los ojos tiernos (a lo gato con botas) para así pedírselo por favor.

-por favor…ajá

Tras aquello se sentó, y sentado hizo lo justo más que vigilar a sus compañeros para que estos se comporten y a aquellos desconocidos que viajaban con ellos los cuales, si estaban escondidos, era por la misma razón.

El barco desembarco, con ello, pasaron los días, las semanas incluso. Su nuevo integrante del equipo (cuya historia de llegada al team hablaremos en otro momento) habló con aquel tipo que parecía ser ciego, no le parecía mal del todo, solo le pidió con un gesto que bajase el volumen, haciéndoselo también a aquel ciego sin…tener en cuenta que era ciego pues nunca había tratado con uno.

Durante todo el viaje el niño pudo aprovechar para pensar en aquello, de hecho obtuvo una respuesta. Es más, tímidamente se acercó a su compañero albino y le susurró lo siguiente:

~Sabes…Dean…ya tengo un propósito. Siempre he querido sobrevivir…espero ser capaz de cuidar de mi…aja

Tras aquello lo miro. Y dijo algo que no esperaba decir en ningún momento.


-y creo que también quiero cuidar de ustedes. Mi propósito es que sobrevivamos. Ajá

Tras decir aquello no espero respuesta, solo se preparo con su rostro inexpresivo (aún que muerto de vergüenza por dentro) y se mantuvo a la espera de llegar a su destino. Llevaban días navegando, le encantaría saber dónde estaban y pensó, si le gustaría saberlo a él, seguro que a su navegante más…aquella muchacha…tanto talento y tanta despreocupación. Agradecía que alguien así estuviera con ellos y no en su contra, realmente, había algo en ella que era de temer.

El niño suspiró por su nariz, estaba acostumbrado a suspirar sin hacer ruido, estaba preparado para cualquier cosa incluso, para tomar cualquier responsabilidad. Solo tenía 12 años…pero él se sentía un adulto, con todo y vicios. Hablando de vicios…si, el niño tenía las chucherías contadas, como fue un largo viaje las dosificó y se comía solo una al día, estaba siendo horrible para él, aún que nunca lo mencionó. Echo un corto vistazo al grupo que habían logrado reunir en aquella isla y el mismo se sintió levemente orgulloso y protegido.
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#6
Bueno.

No iba a decir ni mú en este trayecto. Por algún azar del destino fue atraída hacia lo que se llamaría un... un... esto, no era precisamente algo que alguien como ella esperaba. Shirohime, esperaba haber sido transportada en un barco de lujo de color blanco con perlas y un imponente casco digno del movimiento de la revolución andante; un ejemplo de lucha y gloria, de fuerza y valentía. Ah, la sola idea de ello le reconfortaba tanto y le animaba a seguir con el trayecto: Porque si debe de ser sincera... esto no era en absoluto lo que esperaba. Lejos de mostrar disgusto, o queja, pensó que la revolución, el movimiento tan ansiado que esperaba merecía más.

Horas atrás.

Ella como siempre, estaba haciéndose una máscara facial en la habitación de un lugar que había alquilado para pasar las noches, como cualquier ciudadana normal. El lujo, la comida, el confort, absolutamente todo era algo con lo que podía enorgullecerse y alguien como ella, no merecía menos. Estaba tan cómoda, tan tranquila y en una zona de confort que no deseaba dejar.

Pero ese día, ese día tan especial: Su Den Den Mushi recibió una llamada con unas instrucciones extrañas y unas indicaciones que no logró reconocer del todo. Por eso apenas tuvo la oportunidad de retirarse la máscara, masajearse unas dos o tres veces la cara con calma, tratándola con el cariño que merece. Ah, es cierto que la revolución la llamaba pero también lo era que su belleza no podía esperar, no, la dama de blanco, princesa del mundo nuevo, Shirohime, no podía ni debía descuidar su aspecto físico. Una adecuada alimentación basada en las medidas justas, una rutina de ejercicio que le permitía mantener esa privilegiada figura y Carmen, su amiga, la serpiente blanca que permanecía tan tranquila observando, analizando como su amiga cuidaba y dedicaba tanto cariño a su aspecto físico.

Cuando se vistió... lo hizo con una pieza de ropa interior oscura, por arriba y por debajo; una pieza de encaje preciosa con la que pensó salir, e iba a hacerlo. Pero pensó, decidió que por encima utilizaría un par de medias negras altas, una falda oscura de pliegues, una camiseta oscura sin mangas y por encima una chaqueta de mangas largas, blanca. Con un peinado de cola alta partió después de ponerse unas botas de suela gruesa, altas, y por supuesto: su amiga Carmen, ubicada en su cuello como un excéntrico collar.

Luego pensó que debía hablar... que debía expresar su voluntad y lo gritaría, gritaría a lo alto la fuerza de su voluntad... pero por hoy, y como una prueba de lealtad hacia el nuevo mundo aceptó la propuesta del niño. Asi que a todas y cada una de las indicaciones asintió, a todas. Si debía hablar o decir algo importante alzaría o le haría un gesto, pero si no era el caso cerraría los ojos e imaginaría su mundo ideal.

Lo único que se le ocurrió para opinar, fue que quizás se equivocaron de destino... que el barco tal vez no era ese. Pero hizo caso omiso y decidió seguir el trayecto acordado.
⌈ — Diálogo — ☪ “ Pensamiento ” ☪ Narración ⌋

Baúl de los recuerdos
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#7
El puerto de Briss nunca había estado realmente en silencio, pero aquella mañana el ruido parecía distinto. No era el bullicio cotidiano de comerciantes, pescadores o borrachos madrugadores, había tensión en el aire, algo invisible que hacía que incluso las gaviotas parecieran gritar más fuerte de lo normal y como siempre yo estaba en medio de todo aquello, obviamente. —¡NO, NO, NO, ESCÚCHAME BIEN! ¡Ese no es el problema real de Briss!— Mi enorme mano señalaba al pobre vendedor ambulante que probablemente solo intentaba cobrar unas frutas. —¡El problema real es que ustedes llevan años aceptando migajas mientras un puñado de viejos vestidos de seda deciden cuánto vale el sudor del pueblo! ¿¡Y saben qué es lo peor!? ¡QUE YA LO NORMALIZARON!—
 
—Roger, tenemos que irnos.— Murmuró uno de los revolucionarios ocultos mientras cargaba cajas al barco. —¡Y ESO ES EXACTAMENTE LO QUE DIGO!— Continué sin siquiera girarme hacia él. —¡La gente siempre dice tenemos que irnos, tenemos que esperar, todavía no es el momento! ¡¿Y cuándo demonios será el momento entonces?!— Una mujer me lanzó una zanahoria desde un puesto cercano y la atrapé en el aire sin dejar de hablar. —¡GRACIAS CIUDADANA COMPROMETIDA CON EL CAMBIO!— Le di una mordida inmediata mientras mis orejas se agitaban al viento. Honestamente, había imaginado algo muy distinto. Briss estaba podrida desde arriba, cualquiera con ojos podía verlo. Nobles corruptos, guardias que protegían bolsillos antes que personas, impuestos absurdos, barrios olvidados, estaba convencido de que tarde o temprano terminaría liderando alguna clase de levantamiento local, aunque fuera accidentalmente, pero la revolución había llamado.
 
Y cuando la revolución llama, uno responde, porque eso era más grande que Briss, mucho más grande. Exhalé lentamente mientras finalmente subía al barco. La madera crujió bajo mi peso y mis enormes orejas se movieron apenas cuando miré por última vez hacia la ciudad. —Pensé que haría más aquí antes de irme— Admití por primera vez en un tono extrañamente tranquilo. —Aunque bueno, supongo que eso significa que el mundo allá afuera está todavía peor.— y sinceramente, esa idea me emocionaba. Mis ojos brillaron casi de inmediato. —¡¿SE IMAGINAN SI LA ISLA A LA QUE VAMOS ESTÁ EN PLENA REVUELTA?! ¡¿O SI HAY UNA DICTADURA LOCAL?! ¡¿O SI NECESITAN UN DISCURSO?!—
 
—Roger, ni siquiera sabemos a dónde vamos. — Respondió una mujer joven con la cara llena tatuajes.  —¡ESO LO HACE MEJOR!— Abrí ambos brazos hacia el horizonte como si estuviera saludando al propio mar. —¡UN NUEVO PUEBLO! ¡NUEVAS PERSONAS! ¡NUEVOS PROBLEMAS ESTRUCTURALES QUE RESOLVER! ¡ESTO ES EXACTAMENTE DE LO QUE HABLO CUANDO DIGO QUE EL CAMBIO NO DESCANSA!— Probablemente estaba demasiado feliz para alguien abandonando su hogar sin rumbo claro, pero yo jamás había necesitado certezas, solo movimiento, solo historia, solo un lugar donde pudiera meterse en medio del caos y empezar a hablar.
 
Pero las órdenes eran claras, demasiado claras de hecho pero sinceramente odiaba las órdenes claras cuando incluían palabras como silencio, ocultos y no llamar la atención. La bodega del enorme pesquero olía a sal, humedad, madera vieja y pescado almacenado durante demasiado tiempo. Un olor que probablemente haría vomitar a cualquiera normal, pero que en aquel momento era menos insoportable que el verdadero problema, el aburrimiento. —Esto es contraproducente para la revolución.— Declaré completamente serio mientras permanecía sentado sobre un barril enorme. —¿Cómo esperan cambiar el mundo encerrando a sus mejores elementos sociales dentro de una caja flotante? —Nadie respondió, incluso uno de los revolucionarios ni siquiera levantó la mirada. Llevábamos días así, sin ver el sol, sin saber dónde demonios estábamos, sin siquiera poder asomarnos a cubierta. Mis enormes orejas se movían constantemente, intentando captar conversaciones a través de la madera del barco. Ese probablemente había sido el verdadero castigo, encerrar a alguien como yo cerca de decenas de conversaciones ajenas sin permitirme meterme en ellas, crueldad absoluta si me lo preguntan.
 
—Hace dos horas escuché a un marinero discutir sobre apuestas de peces espada.— Comenté rompiendo nuevamente el silencio. —Y nadie aquí quiso investigar más. Eso es exactamente por qué el Gobierno Mundial sigue ganando terreno político.—
 
—Roger— uno de los tantos ya cansados de mis discursos me iba a parar pero no lo permití.  —¡NO, ESCÚCHAME! ¡TODO ESTÁ CONECTADO! Las apuestas ilegales generan corrupción local, la corrupción genera hambre, el hambre genera criminalidad y eventualmente alguien termina trabajando para nobles incompetentes. — Un suspiro colectivo recorrió la bodega, ya iban varios así en lo que llevábamos desde que desperté, porque incluso intentando hablar bajo, seguía sintiéndome como alguien dando un discurso frente a una plaza entera.
 
Me levanté finalmente del barril y comencé a caminar de un lado a otro entre cajas y redes de pesca, incapaz de permanecer quieto demasiado tiempo. —Además, ¿qué clase de misión secreta es esta? ¡Nos esconden como contrabando revolucionario! ¡Yo debería estar arriba hablando con la tripulación, entendiendo la situación sociopolítica de las rutas marítimas, generando conexiones humanas!—
 
—Precisamente por eso te encerraron aquí abajo.— Murmuró alguien desde el fondo. Me detuve, pensé en ello unos segundos. —Eso es razonable. — Admití con una honestidad brutal, luego volví a caminar y mis dedos golpeaban distraídamente una zanahoria contra la palma de mi mano mientras mis oídos seguían atentos a cada crujido del barco. Habíamos parado varias veces, eso estaba claro. Lo sabía por los cambios de voces, por los sonidos externos, por el movimiento de mercancías y por el acento distinto de algunos hombres que ocasionalmente escuchaba sobre cubierta, pero no saber dónde estábamos me estaba matando lentamente, yo necesitaba información como otros necesitaban agua. —¿Y si estamos entrando a territorio controlado por el Gobierno Mundial?—, —¿Y si esta misión termina siendo una infiltración?—, —Apuesto cien berries a que necesitan un orador—, luego hubo silencio otra vez, entonces apoyé ambas manos sobre mis rodillas y sonreí ampliamente pese al encierro porque algo estaba pasando y eso me llena de motivación y emoción porque soy parte de eso.

Arriba La Revolución
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#8
El constante crujido de la madera acompañaba el lento balanceo del barco mientras este avanzaba entre las aguas heladas cercanas a Baltigo. En la oscuridad de la bodega apenas entraba algo de luz entre las rendijas de las tablas superiores, dejando débiles líneas blanquecinas sobre barriles húmedos, redes de pesca y cajas amontonadas. El olor era desagradable incluso para alguien acostumbrado al mar: pescado viejo, salmuera y humedad encerrada durante días. Aun así, el enorme mink tigre blanco permanecía completamente inmovil entre las sombras. 

Sentado sobre un viejo cajón de carga, Shiryūko mantenía ambas espadas descansando sobre sus piernas. La más larga, Byakuren, destacaba por su elegante saya negra lacada y la fría presencia de su hoja. Junto a ella descansaba el wakizashi, más corto pero igual de cuidado, colocado en paralelo como si ambas armas formasen parte de un mismo cuerpo. Sus enormes manos recorrían lentamente el filo de la katana principal, utilizando una pequeña tela oscura cuidadosamente doblada. Cada movimiento era lento y preciso, todo un minucioso ritual. Después hacía exactamente lo mismo con la hoja corta, dedicándole el mismo cuidado y respeto. Para Shiryūko no existía una espada más importante que la otra. Eran una sola voluntad.

Arriba podían escucharse pasos apresurados: gritos de marineros, órdenes rápidas... El barco estaba desacelerando. Una de las orejas felinas del mink se movió apenas unos centímetros, mientras sus ojos azul glaciar se elevaban lentamente hacia el techo de madera.

Finalmente habían llegado... BALTIGO.

El frío comenzaba a filtrarse incluso hasta la bodega pero Shiryūko apenas parecía notarlo. Terminó de limpiar el wakizashi y lo guardó lentamente en la cintura junto a Byakuren. El choque de ambas sayas rompió el silencio, un sonido metálico, seco y pesado, dentro del compartimento. Durante unos segundos no hizo nada más, simplemente permaneció sentado observando la oscuridad frente a él... Pensando. El viaje había sido largo. Demasiadas voces, ruido y olores para alguien acostumbrado a navegar solo.

—Hmph...— Un leve gruñido escapó de su garganta.

Tomó entonces, la pequeña botella de sake envuelta en tela negra que descansaba junto a sus pertenencias. Bebió un único trago, antes de volver a cerrarla cuidadosamente.

—El sake barato debería considerarse un crimen.— Murmuró con absoluta seriedad mientras se incorporaba lentamente. La vieja madera del compartimento crujió bajo el peso de su enorme cuerpo. Incluso ligeramente encorvado por la estrechez de la bodega, la presencia del mink resultaba intimidante. El haori blanco cayó sobre sus hombros mientras ajustaba el obi, donde descansaban ambas espadas. La daitō ligeramente más adelantada y el wakizashi colocado junto a ella con perfecta simetría.

Sus ojos recorrieron lentamente a los demás pasajeros ocultos allí abajo: reclutas revolucionarios, nerviosos. Algunos apenas podían disimular la tensión en sus rostros. Shiryūko, caminó entonces hacia la escalera de salida con pasos lentos y pesados. El suelo de madera temblaba ligeramente bajo cada movimiento, pero antes de subir a cubierta se detuvo. Sin girarse siquiera, habló con aquella voz grave y calmada que sonaba más como el gruñido contenido de una bestia, que como palabras humanas.

—Si alguno vomita al desembarcar...— Hubo un breve silencio. —Procurad no hacerlo cerca de mis espadas.— Y continuó avanzando hacia cubierta.
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#9
El oleaje pareció intensificarse bajo el casco de cada uno de los navíos en que los diversos grupos habían estado viajando, volviéndose más agitado y violento a medida que se aproximaban a la costa. Desde lo alto de la cubierta del Yoru's Paradox, sus tripulantes pudieron observar el resto de barcos que parecían convergir con el suyo en aquella isla en particular, todos atraídos, como si de una fuerza magnética de tratase, hacia Baltigo. Poco a poco, los barcos comenzaban a detenerse, pero sin fondear del todo. Gritos desde cubierta, procedentes de los trabajadores de cada barco, comenzaron a indicar a los tripulantes ocultos en sus bodegas, entre su cargo, que podían empezar a salir ordenadamente. Lo hacían todo con una prisa y una eficiencia admirables, conscientes de la profunda ilegalidad en que estaban incurriendo al hacer aquello, y queriendo quitarse de enmedio lo antes posible, sin disimularlo ni un poco, pero cumpliendo profesionalmente con su compromiso, monetario o de otro tipo, con el Ejército Revolucionario.

De cada barco y barcaza se extendieron improvisadas pasarelas hechas de tablones que a duras penas parecían soportar el peso de los Revolucionarios. Sin embargo, aguantaron. A medida que los Revolucionarios bajaron de sus barcos finalmente, el aire fresco pareció una bendición, por frío que fuese, para sus castigadas fosas nasales, que durante días habían aguantado el hedor de vivir en la bodega de un barco, si no algo peor para alguno de ellos. La vista era espectacular: decenas y decenas de individuos bajaban de los barcos, agrupándose por centenares en la costa de la isla. Desde el interior de la misma, con parsimonia pero con firmeza militar, como si aquello se tratase de un desfile del mismo Gobierno Mundial —ironías aparte—, comenzaron a llegar figuras portando antorchas, de las escasas fuentes de luz que podían verse en la superficie de aquella isla. Lo que allí se estaba formando pasaba poco a poco de parecer una enorme muchedumbre y empezaba a asemejarse a un ejército. Un ejército en mitad de la nada, en lo alto de aquel pedrusco blanquecino en mitad del mar, pero un ejército al fin y al cabo.

Las figuras que habían llegado con las antorchas se cuadraron ante los recién llegados, que continuaban creciendo en número a medida que las bodegas de aquel sinfín de barcos continuaban vaciándose. Una vez todos hubieron desembarcado, los navíos que los llevaron hasta allí no tardaron en comenzar a desmontar a toda prisa las pasarelas y a soltar amarras, no sin que sus capitanes recibiesen bolsitas de (no tan) misteriosos contenidos, presumiblemente el finiquito de los generosos pagos por haber llevado a cabo aquella arriesgada labor. Los de las antorchas no parecieron reconocer a nadie, salvo, por supuesto, a quienes habían llegado en el Yoru's Paradox, frente a los que se cuadraron con especial firmeza, especialmente en el caso de Alhen Geouis, conscientes de la importancia de sus rangos.

Una pregunta recorrió las cabezas de los presentes: ¿qué estaban haciendo allí? Lo cierto era que, por muy multitudinaria que resultase aquella congregación, no había mucho más en Baltigo, que más bien parecía un peñasco salino en mitad del mar que una isla civilizada que pudiese albergar una Asamblea de aquellas magnitudes. No había infraestructura, ni... casi gente, realmente, más allá de aquellos encapuchados con antorchas, que exigieron silencio de los recién llegados. Lentamente, como si no fuera con ellos la cosa, comenzaron a caminar, guiando al grupo en una silenciosa procesión, caminando hacia el interior de la isla. Era cierto que en su mismo centro, entre las rocas, existía una fortaleza pétrea, blanca como el resto de la isla, pero no había señales de vida en la misma, ni luces, ni humo, ni ruido, ni nada.

Bajo las frías estrellas del Grand Line, entre puntuales rachas de viento que levantaban enormes oleadas de arena blanca y polvo que se deslizaba entre las rocas, todos los Revolucionarios convocados caminaron en silencio, a la expectativa de ver de qué iba todo aquello. Todos menos, claro, Alhen, que fumaba despreocupadamente a medida que caminaba, e incluso en aquellas condiciones parecía encantado de abanicarse con vanidad, como si no fuera con él la cosa. Lo cierto era que él sabía bien qué los esperaba, aunque no pronunció palabra al respecto.

Lentamente, toda la muchedumbre allí acumulada comenzó a aproximarse a aquella gran fortaleza que regía sobre la isla, construida quién sabe cuánto tiempo atrás y con qué propósito, guiada por aquellas mismas antorchas que encabezaban la procesión nocturna. La edificación era de piedra, aparentemente la misma piedra blancuzca que predominaba en el resto de la isla, pero mucho más desgastada por su exposición a los elementos, de aspecto prácticamente abandonado, erosionada por los fuertes vientos que asolaban Baltigo en sus días de tormenta. Tan erosionada estaba, que en muchos puntos parecía fundirse con la propia roca en torno a la cual había sido edificada, produciendo una construcción que, a ojos vista, daba la impresión de fundirse con su propio entorno de una forma inquietantemente orgánica.

La puerta principal estaba abierta de par en par, sus destartaladas puertas de madera inmóviles y polvorientas, como si nadie las hubiera tocado en mucho tiempo. Al otro lado, lo que el grupo encontró fueron, además de varias pequeñas subidas de acceso a las zonas superiores de la misma, una enorme escalera que parecía descender hacia la penumbra. Sin embargo, abajo, al fondo de aquellos peldaños excavados en la roca y desgastados por las pisadas y los años, parecían esperar luces oscilantes, como de fuego, acompañadas de un ruido. Un ruido que, de hecho, no hizo sino intensificarse a medida que todo el grupo bajaba por aquel lugar.

A medida que terminaban de bajar aquellas escaleras, todos quedaron deslumbrados por cuanto esperaba abajo. Tras un pórtico también excavado en piedra, se extendía un enorme patio de armas, iluminado por centenares de antorchas y braseros, donde esperaban otros tantos cientos de personas que charlaban alegremente, y que parecían haber estado esperándolos. A un lado y otro de la colosal estancia, entre sus columnas excavadas en la aquella misma roca blanca de forma tosca pero experta, colgaban enormes estandartes, bordados a mano, con el emblema del Ejército Revolucionario, y sus siglas: "R. A.". Resultaba impresionante para cualquiera ver aquello, puesto que aquel emblema rara vez se veía, y mucho menos exhibido de forma tan orgullosa y evidente. Estaban en casa. Poco a poco, una serie de figuras que parecían destacar entre la muchedumbre comenzaron a organizarla en varios grupos.

[Imagen: ltXq672.jpeg]



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