04-03-2026, 05:54 AM
Día 33 de Verano, Año 17
Localización: Isla Karate, faldas de la Gran Montaña Central, zona de arrozales.
El eco del impacto contra el tronco del bonsái aún resonaba levemente en el silencioso patio del dojo, mientras las ondas en el estanque se desvanecían, acariciando con suavidad la cintura ocre de la gyojin. Mizuki bajó sus enormes manos, observando fijamente los nudillos que finalmente habían logrado canalizar su inmensa energía sin perturbar la paz del agua. El suave tintineo de los grilletes pulidos y sin cadenas en sus muñecas le sirvió como un ancla metálica hacia su propia realidad, trayendo a su mente un torrente de recuerdos.
-Tantas cosas han pasado para llegar a este exacto segundo... el agotador viaje remando en aquel bote maltrecho desde Baterilla, la agobiante tranquilidad del Reino de Sorbet, el tedio de tener que esconder mi verdadera fuerza bajo la fachada de una simple mensajera o una bestia salvaje de taberna buscando pleitos. Aquellos días oscuros encadenada y sometida parecen ahora tan lejanos... Cada gota de sudor derramada en esta isla, el dolor de la subida por la montaña y cada hora de frustración chocando contra el agua han valido completamente la pena. Finalmente estoy afilando mis propios colmillos para la causa correcta.- pensó la mujer tiburón tigre, sintiendo cómo una profunda sensación de orgullo y realización calentaba su pecho, desterrando por completo el frío residual de la madrugada.
Frente a ella, Batch Kalão descruzó los brazos lentamente. Su rostro de orejas planas y piel verde mantenía aquella severidad casi esculpida en piedra, pero sus ojos delataban una minúscula chispa de aprobación que su terco orgullo jamás verbalizaría frente a un estudiante. Ajustó su alto turbante con el círculo dorado y dejó escapar un suspiro controlado y sumamente marcial.
-No celebres prematuramente, forastera. El Uchimizu es apenas la primera sílaba en el vasto y complejo vocabulario del verdadero Karate Gyojin.- sentenció el estricto maestro, dándose la media vuelta para caminar hacia la galería principal del edificio, obligando a Mizuki a prestar total atención a su espalda -Si tu intención es verdaderamente someterte a mi tutela, debes saber que mi autoimpuesta rutina no admite descansos prolongados ni debilidades emocionales. Aceptaré pulir la tosquedad de tus movimientos, pero a partir de hoy, tus cimientos serán puestos a prueba hasta que tus propias escamas te duelan.-
La sonrisa dentada de Mizuki solo se ensanchó ante la promesa de dolor constructivo. Salió del estanque con pasos pesados, el agua escurriendo por sus musculosas piernas atigradas, genuinamente ansiosa por escuchar la siguiente directiva.
-Tu dominio sobre la transferencia de energía al agua es aceptable para una simple novata. Ahora deberemos enfocarnos en la proyección pura de la fuerza a través de los sólidos.- continuó el hombrecillo verde sin detener su marcha ni mirar atrás -Una vez que te seques, comenzaremos con los preparativos para el Hyakumaigawara seiken, el verdadero golpe de las cien tejas. Asumo que tu densa musculatura será capaz de soportar el impacto sin fracturarse los huesos en el primer intento.-
Los ojos azules de esclerótica negra de la gyojin brillaron con una intensidad repentina, olvidando al instante el cansancio y el hambre acumulados.
-¡Sha sha sha! ¿El verdadero golpe de las cien tejas? Eso suena a que vamos a destruir muchas cosas hoy, maestro Batch Kalão.- exclamó la oji-azul, apresurando el paso para alcanzar al instructor mientras sacudía el agua de sus cabellos castaños con entusiasmo -¡Por favor, cuénteme más sobre eso! ¿Cien tejas de arcilla normal o usan algún material especial más duro de esta montaña? ¿Se golpean todas apiladas en una torre o en una sucesión rápida? ¡Prometo que no romperé nada que usted no me ordene romper, pero necesito saberlo todo!-
El maestro de piel verde detuvo su marcha abruptamente, girando sobre sus talones con una precisión casi militar que hizo ondear levemente su inmaculada ropa blanca. La efusividad desmedida de la gigantesca mujer ocre parecía rebotar contra su ceño fruncido y su postura rígidamente orgullosa, pero Batch Kalão sabía que debía encauzar esa energía destructiva antes de que la tiburón tigre decidiera poner a prueba sus nudillos contra las invaluables paredes del dojo.
-Silencia tu escandalosa curiosidad por un momento y escucha con atención, forastera.- ordenó el hombre del alto turbante, alzando un dedo para enfatizar su punto de forma severa -El Hyakumaigawara seiken, o el Verdadero golpe de las cien tejas, no es un simple truco de feria para romper arcilla. Su nombre es una declaración absoluta de su potencia destructiva. Es una técnica que, ejecutada correctamente, concentra tu energía cinética de tal manera que causa un daño con prácticamente el doble de la fuerza habitual de un puñetazo de su usuario.-
El maestro hizo una breve pausa, asegurándose de que la densa mente de su alumna estuviera asimilando la magnitud física de sus crípticas y estrictas palabras.
-Un artista marcial que domina este impacto no solo pulveriza cien tejas apiladas con insultante facilidad, sino que al conectar contra el cuerpo de un oponente, la transferencia de fuerza es tan abrumadora que puede mandar a una persona volando hasta diez metros por el aire en el mejor de los casos.- explicó Batch Kalão, cruzando los brazos nuevamente sobre su pecho -Para alguien de tu masivo tamaño y fuerza natural de tiburón tigre, duplicar ese impacto base te convertiría en un cañón de carne y hueso, pero si lo haces mal, solo te destrozarás el brazo.-
-¿Duplicar mi fuerza base en un solo impacto? Por todos los mares... si ya de por sí mis golpes directos rompen madera como si fuera papel húmedo, con esta técnica podría atravesar el casco de un buque de la Marina de un solo puñetazo, o mandar a volar a esos engreídos oficiales sin sudar la gota gorda.- pensó Mizuki, abriendo desmesuradamente sus ojos de esclerótica negra mientras una sonrisa dentada y francamente peligrosa se dibujaba en sus fauces. Sus manos se cerraron en puños por puro instinto, haciendo tintinear suavemente los grilletes pulidos y sin cadenas de sus muñecas.
-¡Sha sha sha! ¡Eso suena exactamente como el tipo de sutileza que necesito en mi arsenal, maestro! ¿Por dónde empezamos? ¿Le pego a una de esas montañas?- preguntó ansiosa, dando un pequeño salto en su lugar que hizo vibrar el suelo de piedra.
-Empezamos por conocer tus verdaderos límites actuales.- replicó el estoico instructor, caminando hacia un rincón del patio donde colgaba un inmenso y pesado tronco de hierro envuelto en gruesas capas de cuerda de cáñamo -Antes de enseñarte a duplicar tu poder, debo registrar tu impacto máximo sin la técnica. Solo así mi estricto juicio podrá determinar si ejecutas el golpe correctamente cuando llegue el momento de examinarte. Golpea este cilindro con toda la fuerza bruta que tengas, sin contenerte.-
La gyojin de cabello castaño asintió vigorosamente, sacudiéndose las últimas gotas de agua del estanque de sus escamas ocre. Se plantó frente al masivo objetivo de prueba, separó sus fuertes y musculosas piernas para anclar su centro de gravedad con la ayuda de su pesada cola atigrada, y preparó su brazo derecho. Sus músculos se tensaron al máximo, lista para dejar que el maestro midiera la devastadora potencia base que la había mantenido con vida hasta ahora.
El pesado tronco de hierro envuelto en gruesa cuerda de cáñamo colgaba estoico frente a Mizuki. La mujer de más de dos metros treinta ancló firmemente sus pies descalzos y su pesada cola atigrada en la piedra del patio. Apretó los dientes, tensó cada fibra muscular de su hombro y espalda ocre, y lanzó un derechazo brutal. El impacto sonó como el choque de dos buques de guerra; la densa madera y el metal crujieron violentamente, haciendo que el masivo cilindro se balanceara hacia atrás con una fuerza abrumadora. Una ráfaga de viento barrió el polvo alrededor de sus pies.
Batch Kalão observó la oscilación del tronco sin alterar ni un milímetro la expresión severa de su rostro de piel verde. Su terco orgullo jamás admitiría en voz alta que la fuerza base de aquella forastera era monstruosa, suficiente para destrozar la cubierta de un galeón. En su lugar, el maestro de inmaculadas ropas blancas chasqueó la lengua y ajustó su alto turbante.
-Fuerza bruta, carente de todo refinamiento. Como el coletazo de un Rey del Mar enfurecido.- dictaminó con frialdad -Ahora, observa lo que el rigor marcial puede lograr con mucha menos masa muscular. ¡Tú, acércate!-
El maestro señaló a uno de los estudiantes humanos que acababa de llegar al patio, un hombre de estatura promedio, complexión delgada y mirada serena, que Mizuki recordaba haber visto acarreando sacos de arroz el día anterior. El joven hizo una reverencia, se plantó frente al tronco de hierro aún oscilante y, sin los grandes preámbulos de la gyojin, ejecutó el Hyakumaigawara seiken.
El impacto no fue un estruendo sordo, sino un estallido agudo y penetrante, como el disparo a quemarropa de un cañón. El cilindro de hierro no solo retrocedió, sino que vibró violentamente, emitiendo un gemido metálico desde su núcleo, mientras las gruesas cuerdas de cáñamo se deshilachaban en el punto exacto del impacto. La transferencia de energía era tan abrumadoramente superior que Mizuki sintió la onda expansiva chocar contra sus propias escamas.
-Por todos los mares... ese tipo apenas debe pesar ochenta kilos mojado. Si me llega a dar ese golpe de lleno, me rompe un par de costillas seguro.- pensó la mujer de escleróticas negras, abriendo sus ojos azules con asombro mientras miraba las manos sin marcas del humano y luego sus propios nudillos -¿Cuántos de estos pequeños humanos en este dojo pueden hacer algo así? He estado dependiendo tanto de mi cuerpo de tiburón tigre que frente a ellos... soy prácticamente débil a nivel marcial. Si no afilo mis colmillos con estas técnicas, cualquier maestro o estudiante avanzado de esta montaña podría mandarme a volar diez metros sin sudar.-
Lejos de desanimarla, la abrumadora revelación encendió una hoguera de motivación pura en el pecho de la mujer ocre. La diferencia técnica era un abismo, pero uno que estaba totalmente dispuesta a saltar con todo su empeño.
-¡Sha sha sha! ¡Eso fue absolutamente increíble!- exclamó Mizuki, chocando sus pulidos grilletes con una amplia y dentada sonrisa, sus ojos ardiendo de determinación -¡Por favor, maestro, deje de hacerme esperar! Dígame exactamente cómo tengo que colocar los pies y los hombros para lograr que mis golpes suenen y duelan de esa manera.-
-La impaciencia es enemiga de la perfección.- replicó Batch Kalão, cruzando los brazos nuevamente -Vuelve a la posición inicial. Duplicar tu fuerza destructiva requiere sincronizar la respiración con la rotación de la cadera en el milisegundo exacto del impacto. Empezaremos a corregir tu postura ahora mismo.-
El sol castigaba sin piedad la piedra del patio central, evaporando rápidamente el agua que salpicaba de las cascadas y creando un ambiente denso y sofocante, pero el sonido de los impactos contra el pesado tronco de hierro no se había detenido en las últimas cuarenta y ocho horas. Mizuki respiraba con pesadez, el sudor resbalaba por su piel ocre atigrada empapando por completo su ajustada camisa negra. Sus formidables nudillos, acostumbrados a destrozar mandíbulas y partir madera sin sufrir rasguños, ahora mostraban un tono rojizo y la piel ligeramente escamada por la fricción constante contra las gruesas cuerdas de cáñamo. Habían pasado dos días de repeticiones infernales, y la frustración de la mujer tiburón tigre solo era superada por su inquebrantable terquedad.
-Alinear la cadera, tensar el hombro, contener la respiración y soltar el aire exactamente en el milisegundo en que los nudillos hacen contacto... Suena tan malditamente simple cuando el maestro de piel verde lo explica, pero mi cuerpo entero grita pidiendo simplemente aplastar el objetivo con todo mi peso. Retener esa violencia instintiva para canalizarla en un solo punto penetrante me está costando más que arrastrar aquel bote por medio océano.- pensaba la gyojin de escleróticas negras, bajando los brazos por un instante para sacudir el entumecimiento de sus músculos mientras el leve tintineo de sus grilletes pulidos y sin cadenas le recordaba que rendirse no era una opción.
A escasos metros de ella, resguardado bajo la sombra de uno de los gigantescos bonsáis, Batch Kalão la observaba con los brazos rígidamente cruzados. Su postura era tan inamovible como su expresión severa, negándose categóricamente a ofrecerle a su enorme alumna más de un par de minutos de descanso entre series. Para el maestro del alto turbante, el dolor físico era simplemente debilidad abandonando el cuerpo, y su autoimpuesta rutina no toleraba la mediocridad.
-Tu cadera sigue rotando una fracción de segundo tarde, forastera. Estás empujando el cilindro de hierro en lugar de atravesarlo con tu energía.- sentenció el estricto instructor, su voz cortando el aire pesado de la tarde con autoridad -El Hyakumaigawara seiken no es un empujón glorificado. Si no logras que la fuerza nazca desde la planta de tus pies y estalle en tus nudillos al mismo tiempo, jamás lograrás duplicar tu poder destructivo. Vuelve a tu postura. ¡Hazlo hasta que la cuerda se rompa o tus huesos lo hagan!-
-¡Sha sha sha! ¡No se preocupe por mis huesos, maestro, estos colmillos de tiburón aguantan mucho más que un simple tronco!- respondió Mizuki con una sonrisa dentada y feroz, ignorando por completo el ardor punzante en sus manos y la fatiga acumulada en sus hombros.
La gigantona de cabello castaño volvió a anclar sus pies descalzos y su pesada cola en la piedra ardiente. Cerró sus agudos ojos azules por un segundo, visualizando el estallido agudo que aquel estudiante humano había logrado días atrás. Inhaló profundamente, llenando sus masivos pulmones, y se lanzó hacia adelante. Esta vez, forzó a su cadera a girar con una velocidad vertiginosa, sincronizando el latigazo de su brazo derecho con una exhalación violenta. El impacto conectó. No fue el estruendo perfecto de un cañonazo, pero el sonido fue notablemente más agudo y seco que los anteriores. El cilindro de metal vibró con un gemido agudo y Mizuki sintió, por primera vez, que la onda de choque no rebotaba hacia su brazo, sino que penetraba directamente en el hierro.
El gemido agudo del hierro resonó por unos segundos más en el sofocante aire del patio antes de disiparse. Mizuki bajó el puño derecho, sintiendo un latido sordo pero satisfactorio en sus nudillos rojizos. Había logrado canalizar la energía de forma mucho más limpia. Sin embargo, antes de que pudiera celebrar su pequeño avance, la inconfundible voz autoritaria de Batch Kalão cortó su naciente entusiasmo con la frialdad de una cuchilla.
-Un impacto apenas mediocre, forastera. Has dejado de empujar la madera como una bestia torpe y al menos has comenzado a golpear con verdadera intención.- dictaminó el maestro de piel verde, descruzando los brazos para acomodar su alto turbante con el círculo dorado -Pero tus nudillos no tocarán una sola teja de prueba hasta que comprendas el inmenso peso de lo que pretendes destruir. El tutelaje en este dojo no es gratuito, y mi estricta rutina diaria exige que los materiales de práctica de mis alumnos sean renovados.-
El orgulloso gyojin pez señaló hacia un escarpado y estrecho sendero de piedra que ascendía hacia las laderas orientales, donde el denso humo de los hornos de arcilla se mezclaba con las nubes de la montaña.
-Tu tarea será subir a las canteras y descender cargando las tejas para todo el alumnado. No lo confundas con un simple recado de servidumbre, es la forja definitiva de tu núcleo.- explicó Batch Kalão, adoptando una postura rígidamente marcial para impartir su lección -El fundamento absoluto del Karate Gyojin, ya sea para disparar el letal Uchimizu o para ejecutar el destructivo Hyakumaigawara seiken, es un centro de gravedad inquebrantable. Si tu estructura colapsa bajo una carga aplastante, tu energía cinética se disipará inútilmente antes de llegar al puño. Mantén tu cadera perfectamente alineada y tu respiración sincronizada con cada paso bajo el peso. Falla en esto, y la montaña te romperá la espalda.-
-¡Sha sha sha! ¡Entendido a la perfección, Gran Maestro! Consideraré esto como mi pago formal por su invaluable paciencia. ¡Le prometo que seré la mula de carga más fuerte y disciplinada que esta montaña haya visto jamás!- respondió la oji-azul con una enorme sonrisa dentada, haciendo chocar los pulidos grilletes sin cadenas de sus muñecas mientras emprendía la marcha hacia el sendero sin una pizca de duda.
Un par de horas más tarde, el verdadero infierno físico había comenzado. Mizuki descendía por los irregulares y traicioneros escalones de piedra cargando una torre absurdamente alta y ancha de pesadas tejas de arcilla cocida sobre su amplia espalda ocre. Las gruesas cuerdas que aseguraban el material se clavaban profundamente en sus hombros, y cada escalón obligaba a sus fuertes piernas de tiburón tigre a tensarse al límite bajo la monumental presión. El sol castigaba sus escamas, pero ella se aferraba a las palabras de su obstinado instructor.
-Inhalar al bajar el pie... tensar el abdomen... exhalar al estabilizar la cadera... Por todos los mares, este hombrecillo verde es un sádico brillante. Bajar material para decenas de estudiantes de una sola vez es una locura, pero su lógica es aplastante. Si logro caminar con esta monstruosa montaña de arcilla sobre la espalda sin perder la alineación de mi centro, concentrar todo mi peso en un solo puñetazo sin desequilibrarme será algo completamente natural. Solo tengo que aguantar... este dolor es solo debilidad abandonando mi cuerpo.- pensaba la gyojin de escleróticas negras, apretando con fuerza su mandíbula.
Una gota de sudor resbaló por su nariz, pero Mizuki mantuvo la mirada fija al frente, marcando un ritmo de descenso constante y pesado que honraba la inquebrantable disciplina marcial que tanto anhelaba dominar.
El sol comenzaba a ocultarse tras la inmensa montaña central cuando la gigantesca silueta de Mizuki cruzó finalmente el umbral del patio del dojo. Sus pesados pasos de tiburón tigre hacían vibrar levemente la piedra bajo sus pies descalzos, y su respiración era un fuelle ronco y constante que delataba el brutal esfuerzo de las últimas horas. Sobre su amplia espalda ocre, atada con gruesas cuerdas de cáñamo que habían dejado dolorosas marcas rojizas en su piel, descansaba una torre de tejas de arcilla tan absurdamente alta que parecía desafiar las leyes de la gravedad. Con una lentitud agónica y una precisión milimétrica nacida del puro miedo a tener que repetir el viaje, la gyojin flexionó sus temblorosas rodillas, estabilizó su pesada cola y depositó el monumental cargamento en el suelo sin que un solo crujido delatara roturas.
Al soltar las cuerdas, un suspiro largo y gutural escapó de sus fauces mientras estiraba los entumecidos músculos de sus hombros. El tintineo de los pulidos grilletes sin cadenas en sus muñecas sonó como una melodía celestial, marcando el final de su tortuosa tarea de carga.
-Por todos los dioses del mar... creí que mi columna iba a partirse en dos a mitad del camino. Pero el cabezota del maestro tenía razón, mantener la cadera alineada y la respiración bajo control impidió que el peso me aplastara y me hiciera perder el balance. Siento el centro de mi cuerpo tan denso y anclado al suelo que dudo que la patada de un gigante pudiera moverme un centímetro ahora mismo.- pensó la oji-azul, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de su mano escamada y esbozando una sonrisa exhausta pero triunfal.
Batch Kalão emergió de las sombras del pabellón principal, caminando con su habitual postura rígidamente marcial. Sus impecables ropas blancas contrastaban con la suciedad y el sudor de su alumna. El gyojin pez verde se detuvo frente a la pila de tejas, escudriñando la arcilla con sus agudos ojos, buscando el más mínimo defecto o grieta provocada por la torpeza. Tras unos largos y tensos segundos, el estricto maestro se irguió, cruzó los brazos sobre su pecho y ajustó su alto turbante con el círculo dorado. Su inquebrantable orgullo le impedía verbalizar un halago directo, pero la ausencia de reprimendas era, en su peculiar y estricto idioma, la mayor de las aprobaciones.
-Tu carencia de delicadeza ha sido compensada por una terca resistencia, forastera. Ninguna pieza ha sido mermada.- dictaminó el hombrecillo verde con frialdad, girándose hacia un par de estudiantes humanos que observaban atónitos la montaña de arcilla -¡Preparen la plataforma central! Apilen cien tejas exactas para la novata. Es hora de comprobar si este ejercicio de servidumbre ha logrado alinear verdaderamente su caótico centro de gravedad y duplicar su poder destructivo.-
-¡Sha sha sha! ¡Se lo dije, Gran Maestro, soy la mejor mula de carga que encontrará en todo el South Blue!- exclamó Mizuki, recuperando de golpe su ruidosa vitalidad mientras sacudía los brazos para que la sangre volviera a fluir hacia sus rojizos nudillos.
Se posicionó frente a la plataforma de piedra donde los alumnos acomodaban apresuradamente el imponente bloque de cien tejas. La mujer de más de dos metros treinta separó las piernas y bajó su centro de gravedad con una naturalidad fluida que antes no poseía.
-¡Y ahora que mis piernas están bien ancladas a la tierra, estoy más que lista para hacer que todo ese esfuerzo valga la pena pulverizando esto de un solo golpe!- agregó, mientras sus agudos ojos de esclerótica negra se fijaban con intensidad depredadora en el centro exacto del objetivo, lista para desatar el verdadero golpe de las cien tejas.
El patio central quedó sumido en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el murmullo de las cascadas artificiales y el suave tintineo de los grilletes pulidos en las muñecas de Mizuki. Frente a la inmensa mujer tiburón tigre se alzaba un monolito de arcilla cocida: cien tejas perfectamente apiladas sobre un recio pedestal de piedra. Los estudiantes humanos contenían la respiración, apartándose instintivamente varios pasos hacia atrás por puro instinto de supervivencia. Incluso Batch Kalão descruzó levemente los brazos, sus agudos ojos fijos en la postura de la forastera, evaluando con escrutinio milimétrico cada músculo tenso bajo su piel ocre.
-Cien tejas... Si golpeo esto solo con mi fuerza bruta habitual, mi puño se detendrá en la número treinta y me destrozaré los huesos de la mano contra la densidad acumulada. No hay espacio para el salvajismo ni los empujones aquí. Tengo que ser un cañón. El peso que cargué en la montaña ahora es mi ancla... la energía debe penetrar limpiamente.- pensó la gyojin de escleróticas negras, cerrando sus ojos azules por un instante para visualizar el estallido perfecto y el gemido del tronco de hierro.
Mizuki separó sus fornidas piernas descalzas, hundiendo los dedos en la piedra del patio. Su pesada cola atigrada se tensó como un resorte en la retaguardia, asegurando un centro de gravedad absolutamente inamovible gracias al infernal acarreo previo. Inhaló profundamente, llenando sus masivos pulmones con el aire fresco del ocaso.
De repente, sus ojos se abrieron de golpe, brillando con una ferocidad letal. Su cadera rotó con una violencia vertiginosa, un latigazo mecánico que nació desde la planta de sus pies y viajó hacia arriba. El torque giró su torso, arrastrando su hombro derecho hacia adelante en el milisegundo exacto en que sus pulmones expulsaron el aire en un grito sordo y concentrado. Su puño se disparó.
-¡Hyakumaigawara Seiken!- rugió la oji-azul, impactando el centro exacto de la teja superior.
El sonido no fue el de la arcilla rompiéndose; fue un trueno ensordecedor, el estallido de una bomba de presión. La onda de choque estalló en forma de anillo alrededor de sus nudillos rojizos, barriendo el polvo del patio y agitando violentamente las inmaculadas ropas blancas de Batch Kalão. La fuerza destructiva, literalmente duplicada por la técnica perfecta, no se dispersó en la superficie, sino que atravesó la pila como un taladro invisible.
Las cien tejas se desintegraron en una fracción de segundo. No se partieron en mitades, se pulverizaron en una nube de polvo rojizo y fragmentos minúsculos que salieron disparados en todas direcciones. El impacto fue tan abrumadoramente penetrante que el recio pedestal de piedra bajo la arcilla crujió de forma agónica, cediendo bajo la onda cinética remanente y partiéndose en dos con un sonido seco.
Mizuki se quedó congelada en su postura, con el brazo extendido y el humo del polvo de arcilla disipándose a su alrededor. Miró su mano derecha, completamente ilesa, y luego el cráter de escombros frente a ella.
-¡Sha sha sha! ¡Por todos los reyes del mar! ¡Mire eso, Gran Maestro! ¡Si le doy a un buque de la Marina con esto, le vuelo la cubierta entera de un solo puñetazo!- exclamó, girándose hacia el estricto gyojin verde, vibrando de pura adrenalina y orgullo.
El polvo rojizo de la arcilla pulverizada descendía lentamente sobre el patio como una fina llovizna marciana, cubriendo las baldosas de piedra y los pies descalzos de la enorme mujer tiburón tigre. La onda expansiva del impacto aún parecía resonar en el aire pesado del ocaso, pero el silencio abrumador de los estudiantes humanos era la prueba irrefutable de la monstruosa demostración de poder. Mizuki mantenía su postura, con el brazo derecho extendido, respirando con una agitación controlada mientras la adrenalina corría caliente por sus gruesas venas.
A pocos metros de distancia, Batch Kalão permanecía inmutable. El estricto maestro de piel verde no retrocedió ni un solo milímetro ante la ráfaga de viento y escombros. Con una lentitud exasperante, descruzó los brazos y se sacudió una mota imaginaria de polvo de su inmaculada ropa blanca. Sus ojos de orejas planas se clavaron en el pedestal de piedra partido en dos, y luego en el rostro radiante de su gigantona alumna. Su terca cabezonería le impedía sonreír, pero su deber como instructor le obligaba a reconocer el hito, a su muy particular manera.
-Has logrado concentrar la energía sin fracturarte los huesos de la mano, forastera. Supongo que es un avance aceptable para la cantidad de horas que has desperdiciado golpeando el aire.- dictaminó el hombre del alto turbante, con una voz desprovista de toda emoción, restándole importancia al cráter que la gyojin acababa de crear -Sin embargo, antes de que tu desmedido ego comience a celebrar, debes entender que destruir un objetivo inerte y estático es apenas el trabajo de un principiante afortunado.-
La sonrisa dentada de Mizuki no vaciló, pero sus orejas se agudizaron, prestando total atención a la repentina lección del instructor.
-Has ejecutado el Verdadero golpe de las cien tejas plantada en tierra firme, con todo el tiempo del mundo para alinear tu cadera, anclar tu pesada cola y controlar tu respiración.- continuó Batch Kalão, comenzando a caminar en círculos lentos alrededor de ella, evaluando su postura bajo la luz menguante -Pero el campo de batalla es caos absoluto, no un patio de entrenamiento. En un combate real, tus enemigos no esperarán a que te prepares. Si quieres que esta técnica te sirva para algo más que demoler muros, debes dominar tu centro de gravedad en condiciones imperfectas.-
-Maldita sea, el hombrecillo verde tiene toda la razón en eso. Romper arcilla quieta es un truco de feria comparado con intentar conectarle un golpe a un oficial rápido o a un marine usando el Geppo. Si no aprendo a disparar este cañón humano en pleno movimiento, solo seré un blanco gigante, predecible y lleno de aberturas.- razonó la oji-azul, apretando sus rojizos nudillos mientras asimilaba la cruda verdad de sus palabras.
-A partir de mañana, la piedra plana se acabó.- sentenció el maestro con severidad -Tu siguiente reto será ejecutar el impacto letal con la misma potencia destructiva mientras te encuentras en el aire. Tendrás que aprender a soltar el golpe mientras saltas, mientras caes al vacío, balanceándote sobre un solo pie al borde de un precipicio, o incluso suspendida en las ramas de los bonsáis, sosteniéndote únicamente con esa cola tuya. Hasta que tu cuerpo no sea su propio ancla, no habrás dominado verdaderamente el arte.-
-¡Sha sha sha! ¡Siempre buscando la manera de complicarme la vida, Gran Maestro! ¡Me parece absolutamente perfecto!- exclamó Mizuki a viva voz, haciendo chocar los pulidos grilletes de sus muñecas con renovado entusiasmo, sin mostrar un ápice de miedo ante la tortura física que se avecinaba -Si golpear de pie es de novatos, entonces le prometo que mañana mismo empezaré a destrozar objetivos colgada cabeza abajo si es necesario. ¡Dígame dónde colgamos los nuevos troncos de prueba!-
El sol matutino apenas lograba perforar la densa niebla que se aferraba a los escarpados acantilados de la Isla Karate, pero el frío húmedo de la altitud no era suficiente para aplacar el calor que irradiaba el cuerpo exhausto de Mizuki. A unos quince metros de altura sobre uno de los profundos estanques naturales de la montaña, la mujer de más de dos metros treinta se encontraba suspendida totalmente cabeza abajo. Su pesada cola de tiburón tigre estaba fuertemente enroscada alrededor de la gruesa y retorcida rama de un bonsái gigante, las escamas ocre raspando contra la áspera corteza en un intento desesperado por mantener la fricción y evitar la caída. La sangre se agolpaba peligrosamente en su cabeza, dándole un tinte rojizo a su rostro mientras sus agudos ojos azules de esclerótica negra se fijaban en el pesado tronco de hierro que el maestro había ordenado colgar y que ahora oscilaba frente a ella.
-¡Maldita física de superficie! En el suelo, la fuerza nace de la tierra, sube por las piernas y estalla en los nudillos sin esfuerzo. Aquí arriba, sin un piso de piedra que me devuelva el empuje, intentar lanzar el golpe de las cien tejas solo provoca que mi propio puñetazo me lance hacia atrás por el puro retroceso. Si no logro convertir mi cola en una raíz de acero inamovible y usar mis abdominales como un resorte explosivo, jamás duplicaré el impacto... solo daré empujoncitos tristes y me quedaré totalmente expuesta en el aire.- pensó la gyojin, apretando los dientes con una mezcla de frustración monumental y terquedad pura.
Inhaló profundamente, tensando su núcleo hasta que los formidables músculos de su abdomen atigrado parecieron tallados en piedra. Intentó rotar la cadera en el vacío, forzando un latigazo antinatural, y disparó su puño derecho. ¡Clang! El impacto contra el hierro envuelto en cáñamo fue sonoro, pero carente por completo de la penetrante onda de choque del día anterior. Peor aún, la fuerza de reacción violenta empujó el enorme cuerpo de la mujer hacia atrás, desestabilizando radicalmente su agarre. La cola resbaló de la madera húmeda y Mizuki cayó al vacío, agitando los brazos con un ruidoso y caótico tintineo de sus grilletes pulidos sin cadenas antes de estrellarse contra las heladas aguas del estanque con un chapoteo monumental que levantó una cortina de agua a varios metros a la redonda.
Desde el borde de piedra del acantilado, la figura impecable de Batch Kalão observaba el desastre hidrodinámico con los brazos rígidamente cruzados. El estricto maestro de piel verde no movió un solo músculo de su rostro de orejas planas, ajustando su alto turbante con el círculo dorado antes de emitir su lapidario veredicto.
-Una exhibición francamente lamentable, forastera. Te sacudes en el aire con la misma gracia que una trucha torpe y moribunda atrapada en la red de un pescador novato.- dictaminó el instructor, con una voz áspera y carente de toda compasión -Tu cuerpo aún es un esclavo de la comodidad de la piedra para generar energía. Mientras tu centro de gravedad colapse al primer indicio de inestabilidad, el Verdadero golpe de las cien tejas te será inútil. Vuelve a subir.-
La cabeza de Mizuki emergió del estanque, escupiendo un chorro de agua hacia un lado mientras se pasaba una gran mano por el cabello castaño empapado para despejarse la vista. Lejos de verse derrotada o humillada, una amplia sonrisa cargada de afilados colmillos se dibujó en su rostro.
-¡Sha sha sha! ¡Solo estaba comprobando la profundidad y la temperatura de este estanque por si algún compañero resbala, Gran Maestro!- exclamó a viva voz, nadando rápidamente hacia la pared de roca escarpada para comenzar a escalar de vuelta al árbol, clavando sus gruesos dedos en la piedra con una energía envidiable -¡Deme unos intentos más! ¡Le aseguro que esta rama y mi cola están a punto de hacerse muy buenas amigas, para antes del mediodía ese pedazo de hierro va a chillar de dolor!-
-Voz femenina- ||-Voz masculina- ||-Piensa-
Código:
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