[Pasado-Fic] Una gran biblioteca
#1
Poco después de la conquista, al calor de la creación de un nuevo gobierno popular capaz de llevar Mogaro hacia la prosperidad, el Ejército Revolucionario empezó a establecerse oficialmente en la isla como protectores de su libertad. La base militar estaba completamente planeada. Era un tema que llevaba mayormente Kisuke, porque Don Bambú podía aportar lo justo al tema. Por su parte, se encargó más bien de la planificación de un complejo maderero más eficiente que el actual pues el panda era, al fin y al cabo, carpintero. Pero antes de ser carpintero, Don Bambú fue bibliotecario. En aquellos años pasados en los que pasaba las tardes ayudando a su querida madre en la modesta biblioteca de Isla Conomi se forjó parte de su personalidad: su lado más pacífico y estudioso. Lamentablemente, en los tiempos que corren, no es ese el lado que más a proliferado. La otra cara de la misma moneda que es Don Bambú está hecha a mano por su padre, en las frías mañanas de duro entrenamiento con un viejo marine jubilado que buscaba de su hijo una grandeza que a penas podía ofrecerle. Sin embargo, con la batalla terminada y el territorio conquistado, por fin cabía un respiro para el guerrero que aullaba en su interior. Por fin tenía tiempo y ganas de sentarse al calor de una pequeña hoguera a leer sus viejos libros y manuales que ya tenía más que vistos.

Don Bambú no recuerda si fue uno de los encargados (la palabra sirviente quedó abolida) de la limpieza del castillo el que se lo dijo. Le vio leyendo día tras día al calor de su hoguera, quizás con expresión aburrida, y decidió comentarle así de pasada que el castillo tenía una biblioteca un poco en desuso. Por si quisiera consultarla para leer algo diferente. El caso es que una buena mañana de caluroso verano, Don Bambú exploró el castillo del antiguo rey y encontró tras una pesada puerta, que prácticamente parecía incrustada en la pared por la hinchazón de las humedades que sufría, una biblioteca.
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#2
El tamaño de la biblioteca era considerable. Por lo menos diez veces más grande que la pequeña biblioteca que regentaba con su madre en sus años de juventud. Las estanterías estaban plagadas de libros, aunque el pasar de los años tenía los mismos en un estado lamentable. Muchos de los lomos de los libros presentaban evidentes marcas de moho y todas las estanterías estaban llenas de polvo. Allí había, sin embargo, un proyecto que Don Bambú veía con claridad cristalina: Aquella biblioteca no debía desperdiciarse. El día que descubrió la biblioteca se dedicó a vagar por la misma, observando qué clase de libros se custodiaban en ella. El actual rey no debía de ser muy aficionado a la lectura, porque ninguno de los libros allí presentes habían visto movimiento en los últimos años. Quizás la colección fuera de alguno de sus antepasados, quizás del antiguo rey Ricardo. En sus largos paseos por entre las estanterías, Max encontró varios libros de gran interés que apartó para posterior consulta, cuando un equipo de limpieza estuviera organizado para restaurar el lugar.

Al día siguiente, Max se comunicó con el jefe del servicio de limpieza para hablarle de la librería y de la necesidad de restaurarla. Acordó con él la elaboración de un contrato para el trabajo y esa misma tarde un grupo de diez personas, hombres y mujeres, se presentó para ayudar en todo el proceso. Max, que tenía extensos conocimientos en el arte de la preservación de documentos, dio la indicaciones necesarias sobre cómo proceder en la tarea. Este trabajo, debido a la suciedad que plagaba la biblioteca, duró dos largas semanas de jornadas de 8 horas exclusivamente dedicadas a arreglar las estanterías y eliminar el moho de los libros. La tarea de revisar cada uno de los volúmenes para revisar los daños en el papel o el pergamino, dependiendo de cuán antiguos fueran, tardaría mucho más. A lo largo de todo el proceso, Don Bambú fue aprovechando la ocasión para hojear y apartar todas las obras que desde su erudita perspectiva pudieran tener algún tipo de interés. Había una gran cantidad de libros de historia, entre los cuales se encontraba una copia del volumen que le regaló Derya hace muchos años: Skypiea: Mito o realidad, de M. B. Noland. Pese al deplorable estado en el que se encontraba este libro, Don Bambú deció guardarlo con los libros de interés que había estado apartando por el cariño que le tenía a la obra en cuestión.
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#3
Este volumen presentaba unas características inusuales, sin embargo. A pesar de su extremo deterioro, las letras del texto todavía eran bien legibles, denotando la calidad de su elaboración. El papel era denso, de un gramaje bastante grueso, y casi pareciera que cada página estuviera compuesta de otras tantas. Don Bambú era un experto en libros. Había trabajado con ellos casi toda su vida. Fue gracias a esta experiencia, que el panda se dio cuenta de que no tenía un libro normal entre sus manos. Además el texto era un poco diferente. Comparándolo con el volumen que le regaló Derya en su día, Don Bambú se dio cuenta de que había fragmentos que no relataban exactamente la mismas historia. A pesar de que el volumen que le regaló Derya daba algunos detalles correctos y un montón de datos erróneos sobre Skypiea, esos errores no estaban en la copia más antigua. Es más, en lugar de datos incorrectos sobre la propia isla en el cielo, Don Bambú se encontró con un montón de información sobre algo tan difícil de estudiar como el legendario reino de Shandora. Al cabo de unas horas de lectura, el panda dedujo que lo que tenía entre sus manos, tan maltratado como estaba por el tiempo, era uno de los originales de la obra de Noland. No le resultaba difícil de entender el por qué. El Gobierno Mundial era de sobra conocido por la brutal censura que aplicaba a los libros que no quería que fueran publicados. Intentar borrar la obra de Noland de la historia, sin embargo, presentaría serias dificultades y podría hacer efecto rebote y hacerla más conocida. En lugar de prohibir el libro y quemar todos los ejemplares, la censura modificó ligeramente los datos sobre Skypiea y borró todo rastro de Shandora.

Esta era la deducción del panda, pero ¿por qué haría nadie algo así?
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