04-11-2025, 08:54 PM
South Blue | Isla Kutsukku
Ciudad Pinion | Dia 70 año 16 Otoño
El viento de Pinion olía a óxido, a grasa vieja y a desesperación. En Kutsukku, nada crecía salvo la mugre y el rencor. Las calles estaban hundidas entre montículos de chatarra y huesos, y el suelo era una mezcla pegajosa de barro y aceite. Caminaba sin rumbo, con el filo del hacha descansando sobre el hombro y el abrigo abierto, dejando que el aire me mordiera la piel. Había aprendido a disfrutar de esos lugares muertos; en ellos siempre había alguien dispuesto a morir por poco. Y yo tenía ganas de mover los brazos. La ciudad de Pinion no era diferente a las otras tres, llena de niebla, de hombres con ojos hundidos y de mujeres con las manos manchadas de hollín. Todo era gris, menos la sangre, que aquí destacaba como una joya rara.
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Vi el letrero antes de oírlo. “El Diente de Cobre”, decía, grabado a medias en una plancha de metal oxidado, colgando de una cadena. El ruido venía de adentro, vasos golpeando mesas, carcajadas, alguna pelea menor y para mi perfecto. Empujé la puerta y el sonido se cortó de golpe. Las bisagras chirriaron y el calor me golpeó la cara como una bofetada húmeda. Dentro olía a cerveza agria, a sudor y a carne chamuscada, cincuenta ojos se giraron hacia mí y me pesaron. El suelo estaba pegajoso, y el humo del tabaco colgaba en el aire como una nube espesa. Crucé el umbral sin decir palabra, con la cabeza alta, dejando que el hacha brillara un instante bajo la luz mortecina de las lámparas. Los murmullos volvieron poco a poco, como un enjambre recuperando la confianza.
Me abrí paso hasta la barra. Los hombres se apartaban con ese movimiento reflejo de quien no quiere problemas, pero tampoco quiere parecer cobarde. El tabernero era un tipo delgado, con la nariz rota y una cicatriz que le cruzaba la mejilla. Me miró de arriba abajo, tragó saliva, y fingió no ver el arma. —Hidromiel —le dije, golpeando el mostrador con dos monedas.
El hombre sirvió sin hablar, le temblaban un poco las manos, bebí de un trago. El líquido era malo, pero ardía, y eso bastaba, a mi izquierda, tres tipos se rieron bajo. No hacía falta ser genio para entender de qué, mi tamaño, mi voz, mi aspecto, siempre lo mismo. Uno de ellos tenía el rostro lleno de tatuajes mal hechos, otro, una prótesis en el brazo derecho, el tercero, apenas dientes. Hablaban entre sí creyendo que yo no escuchaba.
—Capaz ni es mujer. — El último comentario fue el que me hizo reír. No de esas risas breves, no, una carcajada larga, que resonó en toda la taberna y ahogó por un momento la música desafinada de fondo. Bebí otro trago, limpié mi boca con el dorso de la mano y me giré. —¿Decías algo, gara?— No respondió y me miró con la sonrisa tensa de quien no entiende si acaba de cavarse su tumba. Le di tiempo y ni siquiera asi dijo nada. Entonces el del brazo de hierro se levantó, probablemente con la idea estúpida de demostrar algo ante sus amigos. Dio un paso, luego otro, hasta quedar frente a mí, pude oler su aliento antes de que hablara, barato, agrio.
—No aceptamos gigantes aquí —dijo el, enseñoreándose como quien tiene todo bajo control.
—Entonces tendré que bajarte un poco, gara. — Mi hacha estaba en mi mano antes de que el pensamiento se completara. No la moví aún, solo la dejé descansar en el aire, entre nosotros. La luz se reflejó en el filo y el hombre dudó, retrocedió medio paso, y sus amigos se levantaron también, por mi perfecto. Tres contra una, siempre había tenido debilidad por los números desfavorables, y más cuando tengo que aplastarle los cráneos.
El primero atacó sin aviso, torpe, pero rápido. Intentó golpearme en el rostro con el brazo de hierro. Lo esquivé con un giro de hombros, sentí el aire cortarme la mejilla, y usé la inercia para hundirle la rodilla en el estómago. El sonido que hizo fue hermoso, cayó sobre la mesa, derramando vasos y gritando. Los otros dos vinieron enseguida. El de los tatuajes sacó una navaja, el mellado, una botella rota, la botella voló primero, me rozó el antebrazo, dejando una línea roja, una herida leve, pero suficiente para encenderme.
Giré el hacha con una mano, la hoja describió un arco limpio y se estrelló contra la madera de la mesa, partiéndola en dos. Las astillas salieron disparadas. Uno de ellos se cubrió la cara, y el otro aprovechó para intentar acuchillarme. Mala idea. Le agarré la muñeca con la izquierda y le quebré los dedos contra su propia hoja. Gritó como un cerdo. El mellado trató de golpearme por la espalda, pero lo sentí venir. Clavé el codo hacia atrás, justo bajo su mandíbula. Un chasquido seco, una bocanada de sangre. Cayó de rodillas.
La taberna estalló, sillas volcadas, gritos, apuestas improvisadas. El tabernero se agachó detrás del mostrador, yo respiraba hondo, sintiendo el calor del cuerpo en plena pelea. Mis músculos zumbaban, el primero se levantó de nuevo, el brazo de hierro alzado, furioso, tambaleante. Me lanzó un puñetazo directo al pecho, lo recibí de lleno. El impacto me hizo retroceder medio paso, dolió, sí, pero no tanto como él esperaba. —Buen golpe, gara —le dije entre dientes —Ahora el mío.— Le pegué con la parte plana del hacha, directo al costado. El golpe lo levantó del suelo, chocó contra una columna y cayó inconsciente, escupiendo sangre. El del tatuaje intentó huir, pero le tiré una silla. Le dio en la espalda, y cayó como un saco, me acerqué y lo pisé con una bota, solo para asegurarme de que no se moviera más.
El silencio se extendió, denso, pesado. Solo se oía el crujido de la madera rota y el goteo de cerveza derramada. El tabernero se asomó, con cuidado. Yo respiraba con calma, el pecho subiendo y bajando, la adrenalina quemándome las venas. Tenía un corte leve en el antebrazo y un moretón formándose en las costillas, nada más. Moví los hombros, probando el cuerpo, seguía firme.
Me volví hacia los demás. Nadie se atrevía a moverse, algunos apartaron la vista, otros fingieron mirar su bebida. El perro que dormía cerca del fuego levantó la cabeza y me observó un momento antes de volver a recostarse, le di una palmada al mostrador. —Otro hidromiel y esta vez, que no sepa a orina. — El tabernero asintió sin hablar. Sirvió la bebida con manos temblorosas. Bebí despacio, saboreando el ardor. Sentí la sangre secarse en el antebrazo, la piel caliente, la satisfacción en el pecho. Había algo en la violencia que siempre me devolvía la calma, cada golpe, cada fractura, me recordaba que estaba viva, que aún era más fuerte que el mundo.
Un grupo nuevo entró en la taberna. Cuatro hombres con abrigos largos, rostros cubiertos, armas a la vista. Uno de ellos tenía una insignia vieja de la ciudad clavada en el hombro: cazarrecompensas locales, sin duda. Vieron el desastre, los cuerpos tirados, las mesas rotas, y luego me vieron a mí. El que parecía el líder dio un paso adelante. —Tú — dijo —Buccaneer.— Asentí con una sonrisa.
—Y tú un tonto, si crees que cuatro bastan, gara.—
No respondieron. El primero levantó el arma, una especie de pistola de manufactura vieja y la disparó. La bala me rozó la mejilla y se incrustó en la pared. La sangre caliente me corrió por la cara y no hice otra cosa que sonreír. El segundo cargó con una espada corta en mano. Me moví antes que él y el hacha se alzó, brilló un instante y bajó con un rugido. El filo partió su hoja en dos, siguió el recorrido y le abrió el pecho de hombro a cadera, la sangre corría a chorros por su pecho bañando todo el piso. El sonido del metal cortando carne siempre tuvo algo de música.
Los otros tres reaccionaron tarde. Uno trató de rodearme, otro disparó de nuevo y la bala impactó en mi brazo, justo sobre el bíceps. Dolió, sí, pero no detuvo el movimiento. Giré sobre mí misma, empuñando el hacha con ambas manos, y embestí al que estaba más cerca. Lo golpeé con el mango, directo en la mandíbula y cayó. Le seguí con un rodillazo en el estómago y sentí cómo el aire salía de su cuerpo, lo dejé tosiendo sangre.
El tercero, el del arma, trató de recargar. Lo alcancé antes de que pudiera. Le di una patada en la rodilla, se oyó el chasquido y luego él gritó. Le quité el arma y la lancé al fuego, luego le sujeté la cabeza y la estrellé contra la barra tres veces, a la tercera, se quedó quieto, porque claro, ¿Quién se sigue moviendo con el cráneo destrozado?
El último dudó y bajó el arma, para entonces retroceder, vi el miedo en sus ojos, eso me divirtió más que el combate. —Corre —le dije, ladeando la cabeza —Antes de que cambie de opinión. — No esperó segunda invitación, salió corriendo, pero lancé mi hacha hasta clavarse en su espalda, esperaba que muriera en el acto.
El silencio volvió, me limpié la sangre de la cara con la manga y respiré hondo. El humo del brasero mezclado con el olor metálico de la sangre me llenó los pulmones. Cerré los ojos un instante, la adrenalina seguía ahí, latiendo, pero empezaba a enfriarse. La gente de la taberna seguía inmóvil, observando. Nadie aplaudió, pero todos entendieron el mensaje de la noche, en Pinion, esa noche, yo era la más fuerte. Me serví otro trago sin pedirlo, lo levanté y bebí hasta vaciarlo. El sabor era amargo, pero ardía lo que lo hacía perfecto.
El tabernero trató de decir algo, quizás una advertencia o una súplica, pero lo interrumpí con una sonrisa. —No te preocupes, gara. Ya terminé por hoy. — Recogí el abrigo del suelo, colgué el hacha a la espalda y caminé hacia la puerta, nadie se movió, nadie respiró de más, solo el crujido del suelo bajo mis botas y el eco de mi risa llenaron el lugar.
Afuera, la niebla me recibió como una vieja amiga. Tenía el brazo ardiendo, el antebrazo cortado, y la mejilla todavía sangrando, pero el cuerpo estaba vivo, encendido. Miré hacia el horizonte invisible de Kutsukku, donde la niebla se confundía con el humo de las forjas, todo era gris, todo era feo y sin embargo, sonreí.
—Nada calienta más que una buena pelea… gara. —dije en voz baja y seguí caminando entre la niebla, dejando que la ciudad volviera a respirar después de mi paso, mientras la noche, la sangre y el acero se fundían detrás de mí como una sola cosa.
